Categoría: El jacarandá y las luces violetas

Libro de Nicolás Bertoa: Cuando Dios habla a través de la naturaleza.

  • El jacarandá y las luces violetas

    El jacarandá y las luces violetas

    Cuando Dios habla a través de la naturaleza.

    Este libro reúne catorce testimonios de cómo viví la presencia de Jesús a través de la creación: árboles, aves, animales, el viento y un sendero. Algunas experiencias me sorprendieron, otras me dejaron preguntas que todavía no puedo responder.

    El recorrido comienza cuando yo necesitaba señales para saber que Jesús me escuchaba. Termina frente a un naranjo que crece y da fruto sin preocuparse por producirlo. En el medio, lo que más fue cambiando no es la naturaleza: es mi forma de conversar con Él.

    Nicolás Bertoa

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    Índice del libro

  • Epílogo: ¿El naranjo se esfuerza por dar fruto?

    Epílogo: ¿El naranjo se esfuerza por dar fruto?

    Enfrente de mi casa hay un naranjo. Da naranjas agrias.

    Lo veo todos los días, pero nunca me había detenido mucho a pensar en él. Simplemente está ahí. Vive, crece y da sus frutos.

    Muchas veces las naranjas caen al suelo y se pudren, porque nadie las junta. Uno podría preguntarse para qué da tantas, si nadie las aprovecha.

    Sin embargo, el árbol las sigue dando. No necesita saber quién las va a recoger.

    Ya conté que muchas veces no sé a quién le llega lo que comparto: los libros, los audiolibros, las reflexiones, las predicaciones, los estados de WhatsApp. En cierto sentido, me parezco al naranjo de enfrente. No necesito controlar el destino de cada fruto para que tenga sentido darlo. Me gustaría que lo que comparto llegue a alguien y lo acerque a Jesús. Pero eso no está en mis manos. Lo mío es confiar en Él con los resultados.

    Un día me di cuenta de algo más. El naranjo no sólo da naranjas. También da sombra. Y cuando cae granizo, protege los autos que están debajo. Aunque nadie juntara una sola naranja, el árbol seguiría sirviendo. Y no sabe todas las maneras en que ayuda a lo que tiene alrededor.

    Hace unos dos años, mi esposa plantó un limonero. Todavía tiene que crecer mucho antes de dar limones en abundancia. Se lo puede regar y cuidar, pero no se le puede exigir que dé lo mismo que un árbol de muchos años. Hay procesos que necesitan tiempo. Y me parece que crecer con Jesús se parece mucho más a crecer como un árbol que a cumplir un proyecto con plazos.

    Hasta acá hablé del fruto como lo que comparto con otros. Pero hay otro fruto, más adentro: lo que Jesús va haciendo crecer en mí. Y ésta es la idea que más me importa de todo el libro.

    El árbol no trata de dar fruto. No está obsesionado con producir naranjas. No se compara con los árboles vecinos. No se preocupa por lo que va a pasar el año que viene. Se queda donde está, recibiendo agua, luz y lo que la tierra le da. Y de esa vida, cuando llega el momento, aparece el fruto.

    Jesús dijo: «Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como la rama no puede dar fruto por sí misma si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí».

    En ese mismo discurso, Jesús dice también que permanecer en su amor es amar como Él amó. Permanecer no es quedarse quieto. Pero la vida no sale de la rama. Sale de la vid.

    Es fácil convertir la vida cristiana en una lista de cosas para mejorar. Más paciencia. Más bondad. Más humildad. Pero si pongo la paciencia como meta, termino obsesionado con mi impaciencia. Y cada vez que tropiezo, me frustro. En cambio, si mi meta es estar con Jesús, los cambios en mi carácter pueden ir apareciendo como consecuencia de estar con Él.

    No buscar la paciencia, sino buscar a Jesús. No angustiarme por cuánto fruto doy ni por quién lo recibe, sino quedarme unido a Él.

    Con las señales me pasa algo parecido. Jesús explicaba muchas cosas con la naturaleza, y la Biblia está llena de ejemplos tomados de la creación. De Salomón se cuenta que habló de los árboles, desde el cedro del Líbano hasta la hierba que crece en la pared, y de los animales, las aves, los reptiles y los peces.

    No creo que haya que andar buscando señales en cada árbol. Pero tampoco quiero cerrar esa puerta, porque es una de las formas en que Dios se comunica.

    Y hay algo que fui aprendiendo. Los flechazos al corazón no llegan cuando los persigo. Llegan como sorpresas, cuando no los espero. Igual que el fruto del árbol.

    El hermano Lorenzo vio en un árbol de invierno la providencia y el poder de Dios. Después vivió más de cuarenta años conversando con Él en las tareas de todos los días: primero en la cocina del convento, y más tarde arreglando sandalias. Sin buscar nada extraordinario.

    Al principio de este libro, yo le pedía a Jesús luces violetas, murciélagos y ramas gigantes. Necesitaba saber que me escuchaba.

    Hoy miro el naranjo de enfrente, y no le pido nada.

    Me alcanza con saber que Jesús está conmigo.

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  • Capítulo 14: ¿Por qué se frenaron los perros?

    Capítulo 14: ¿Por qué se frenaron los perros?

    Habíamos sacado a pasear a la perra con mi hijo Nikito.

    De repente vinieron dos perros. Querían atacarla, molestarla. Yo trataba de hacer malabares. Por un lado, que a mi perra no la mordieran. Por otro, que no le pasara nada a mi hijo.

    Hasta que en un momento dije, en voz audible: «Jesús, ayúdame».

    Y los dos perros se quedaron inmóviles. Quietos. Y se fueron.

    Ahí me di cuenta. Y también se dio cuenta mi hijo. Fue un testimonio para él: Jesús también maneja la naturaleza.

    A la semana siguiente salí yo solo con la perra. Y apareció uno de esos perros.

    Esta vez fue distinto. Era consciente de la presencia de Jesús. Y le dije, como quien le comenta algo al que camina al lado: «Ahí vienen de nuevo».

    El perro se paró en medio de la calle. Y se fue.

    La primera vez fue un pedido de ayuda en medio del apuro. La segunda fue un comentario. Me parece que eso es lo que el hermano Lorenzo llamaba la práctica de la presencia de Dios. Saber que Él está, y hablarle con naturalidad. No sólo cuando todo se desborda. También en una vereda cualquiera, paseando a la perra.

    Una noche, Jesús cruzaba el lago con sus discípulos y se había dormido en la barca. Se levantó una tormenta fuerte. Los discípulos lo despertaron gritando: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?». Jesús se levantó, le habló al viento y al mar, y todo se calmó. Después les preguntó por qué tenían tanto miedo, y si todavía no tenían fe.

    Me llama la atención el orden. Jesús no esperó a que tuvieran más fe para ayudarlos. Primero los ayudó. Después les hizo la pregunta.

    Eso me pasó a mí. La primera vez le pedí ayuda en medio del apuro, y Jesús me ayudó. La segunda vez estaba tranquilo, y Jesús me ayudó igual.

    Ya conté lo de la raya en Maceió. Ahí no se movió nada. Acá los perros se frenaron. No tengo una explicación para la diferencia. No voy a decir que acá oré mejor, o que allá me faltó fe. No creo que sea así. Las dos cosas son parte de mi historia con Él.

    Lo que más me alegra de este testimonio es que Nikito estaba ahí. No se lo tuve que contar.

    ¿Le hablo a Jesús sólo cuando necesito ayuda?

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  • Capítulo 13: ¿Por qué murió el pajarito?

    Capítulo 13: ¿Por qué murió el pajarito?

    En la casa donde vivíamos antes, encontramos un pajarito en el suelo. Al parecer, el árbol había tenido algún problema, y el pajarito se había caído. Era bebé. No podía volar.

    Lo trajimos a casa. Lo pusimos en una caja. Le dimos pan con leche y agua.

    Mientras tanto, yo le decía a Jesús que Él cuidaba a los pajaritos y los alimentaba, como dice la Biblia. Que Él se encargaba de su cuidado. Que seguramente lo iba a cuidar.

    Le seguíamos dando agua y pan, pero el pajarito no comía. Había estado al sol. Y cada vez que nos acercábamos a la caja, tenía miedo. Así que lo dejamos solo y tranquilo.

    Pero el pajarito terminó muriendo.

    Me fui a caminar. Y le hablé a Jesús. Estaba molesto.

    Le dije que Él lo podría haber cuidado. Que nosotros habíamos hecho lo que pudimos. Aunque, la verdad, no sabíamos bien cómo ayudarlo. Hoy sé que el pan con leche no es alimento para un pichón, y que a veces los pichones están en el suelo y sus padres los siguen cuidando. No sé si algo de eso cambió lo que pasó. Que por qué lo había dejado morir, si en su Palabra habla de los pajaritos, y dice que los cuida y que los alimenta.

    Mientras le hablaba de esto, empecé a darme cuenta de que había pajaritos cerca de mí. Y que cuando yo caminaba, volaban hacia el lado en que yo iba.

    Ahí sentí la presencia de Jesús, conmigo.

    No hubo respuesta. Pero al menos entendí que me estaba escuchando.

    Jesús dijo: «Miren las aves del cielo, que no siembran ni cosechan ni guardan en graneros, y el Padre de ustedes, el que está en los cielos, las alimenta».

    Y en otro momento dijo: «¿No se venden dos gorriones por una moneda? Y ni uno de ellos cae a tierra sin el Padre de ustedes».

    Durante mucho tiempo leí esa frase como una promesa de que los pájaros no caen. Pero no dice eso. Dice que no caen sin el Padre. Los gorriones caen, y Jesús lo sabía. Yo lo leo así: no caen solos.

    No quiero usar esa frase para cerrar lo que me pasó, como si lo explicara. No lo explica. Me molestó que el pajarito muriera. Pero ese día, en vez de una respuesta, recibí compañía. Y la compañía llegó con alas.

    ¿Qué hago cuando Jesús, en vez de explicarme, simplemente se queda conmigo?

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  • Capítulo 9: ¿Dónde estaba el séptimo hongo?

    Capítulo 9: ¿Dónde estaba el séptimo hongo?

    Soy orador de un ministerio que se llama Momentos a Solas con Cristo. El programa tiene seis momentos y una reunión de oración.

    Al principio, los momentos del uno al seis los daba como un pez en el agua. Me sentía capacitado, me sentía muy bien. Tenía testimonios en cada momento. Conocía el contenido. Y me sentía con autoridad para enseñarlo, porque lo vivía.

    Pero la reunión de oración siempre me costó. No era algo que me gustara. Y no me sentía cómodo enseñándola, porque no era algo que yo viviera.

    En uno de los retiros espirituales, en Los Quebrachos, fui a un lugar en la naturaleza. Y de repente vi, a un costado, seis hongos puestos en fila.

    Seis hongos. En fila.

    Cuando vi esos hongos, vino el flechazo al corazón. Entendí que era un mensaje para mí. Cada hongo era uno de los seis momentos. Algo que yo ya tenía muy bien entendido, algo que estaba creciendo. Pero no estaba el séptimo. No estaba la reunión de oración.

    Me fui de ese retiro, y pasaron los meses.

    Empecé a entender la reunión de oración. Fue un tema por el que clamé. Le pedí ayuda a Jesús. Y me fui familiarizando, fui entendiendo más y mejor.

    En otro retiro espiritual volví al mismo lugar. Fui al sitio exacto donde habían estado los hongos.

    En lugar de seis hongos, había uno solo.

    Lo entendí así: ése era el hongo que faltaba. Justo ahí había crecido el séptimo.

    Vino el flechazo otra vez: «Ahora también está la vigilia. Ahora entendiste. Ahora está todo completo».

    Fue un gran alivio. Y pude ver en los hongos el recorrido honesto de lo que me venía pasando: mis virtudes y fortalezas, y las cosas en las que estaba flojo o necesitaba mejorar.

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  • Capítulo 10: ¿Jabalíes en medio de la oración?

    Capítulo 10: ¿Jabalíes en medio de la oración?

    Fue en otra reunión de oración de Momentos a Solas con Cristo, en Los Quebrachos, en el mismo predio donde había ocurrido el testimonio de los hongos.

    Estábamos orando con mi esposa. Y de la nada, empezamos a escuchar ruidos que venían del monte.

    Dejé de orar y me puse a conversar con Jesús.

    Y vimos que del monte venían unos cerdos salvajes, tipo jabalíes, con sus hijitos.

    Esos animales pueden atacar. Pero yo, la verdad, no tenía miedo.

    Le empecé a decir a Jesús: «Jesús querido, Vos controlás la naturaleza. Nos estás protegiendo. Nosotros estamos orando». Yo estaba disfrutando de verlos. Le agradecía por esos cerditos. Me daba cuenta de que eso también era una forma de decirnos: «Estoy con ustedes. Me doy cuenta de que están orando».

    Pero mi esposa tenía un poco de miedo. Y le pedía a Jesús que se los llevara.

    En ese momento, justo cuando ella le pedía que se los llevara, una de las personas que estaba ahí los espantó. Los cerdos se asustaron y se fueron corriendo de vuelta al monte.

    Me gusta mucho esta escena, porque es la misma situación con dos oraciones distintas. Yo agradecía y disfrutaba. Ella tenía miedo y pedía que se fueran. Ninguno de los dos estaba equivocado. Y me parece que a los dos nos escuchó.

    Lo que pasó fue que una persona los espantó. Nada espectacular. Alguien que hizo lo que había que hacer, en el momento justo. Yo lo viví como la respuesta al pedido de mi esposa. Me parece que muchas veces Jesús responde así: a través de alguien que está cerca.

    En los Evangelios, Jesús no trataba a todos de la misma manera. A Pedro, que se hundía en el agua por miedo, le tendió la mano. A María, que lloraba en el jardín, la llamó por su nombre. A cada uno lo encontraba donde estaba.

    Lo de Brasilia había sido años antes. Allá, los animales me sobresaltaban para que no me durmiera. Acá, en una reunión de oración, aparecieron animales que podían ser peligrosos, y yo estaba en paz, conversando con Jesús.

    Ya no hacía falta que me despertaran.

    ¿Hace falta que todos le pidamos lo mismo para que nos escuche?

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  • Capítulo 11: ¿De dónde vino ese viento cálido?

    Capítulo 11: ¿De dónde vino ese viento cálido?

    Estábamos en otra reunión de oración de Momentos a Solas con Cristo. Éramos pocos: siete personas.

    Yo estaba orando solo, y veía que hacía frío. A mí el frío nunca me complicó demasiado. Pero veía que probablemente los demás la estaban pasando mal.

    Así que se lo comenté a Jesús. No era un pedido formal. Le comenté, como a un amigo, que la gente podía tener frío, que hiciera algo.

    Terminó ese bloque de oración. Fuimos y nos sentamos para recibir la próxima instrucción.

    El cielo estaba totalmente despejado. Y de la nada vino un viento súper cálido. Como si fuera el aire de un secador de pelo al máximo.

    Todos lo empezamos a sentir. Nos empezamos a mirar unos a otros, porque nos dimos cuenta de que estaba pasando algo. De repente estaba súper frío, y ahora cálido. No vino ninguna tormenta. No llovió. No hubo nubes. Nos pareció súper raro. Y lo vivimos como Dios respondiendo a la oración.

    Después hablé con uno de mis amigos que también estaba en ese retiro. Y me contó algo.

    En el mismo bloque en que yo le estaba comentando a Dios lo del frío, él le estaba pidiendo que por favor lo ayudara. Le estaba costando orar con ese frío.

    Dos personas. Una comentando, otra pidiendo. Y lo que todos sentimos como una sola respuesta, para los siete.

    Fue el cariño de Dios, usando la naturaleza para que la reunión de oración se pudiera hacer bien.

    Sé que existen vientos cálidos que llegan de golpe, con cielo despejado. En Córdoba conocemos el viento norte. Puede que tenga una explicación así. Pero lo que me sigue asombrando no es el viento. Es el momento.

    Lo que más me llama la atención de este testimonio es la forma en que le hablé. No fue una oración solemne. Fue un comentario, de esos que uno le hace al que tiene al lado. Me parece que eso es lo que el hermano Lorenzo llamaba la práctica de la presencia de Dios: conversar con Él durante el día.

    Me recuerda a las bodas de Caná. La madre de Jesús le comentó: «No tienen vino». Jesús le respondió que todavía no había llegado su hora. Y aun así, hizo algo.

    ¿Cuántas cosas le comento a Jesús sin darme cuenta de que me está escuchando?

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  • Capítulo 12: ¿Qué me picó en la playa de Maceió?

    Capítulo 12: ¿Qué me picó en la playa de Maceió?

    Este testimonio es distinto. No digo que haya sido Jesús hablándome. Lo cuento porque es parte de lo que viví con la naturaleza, y porque todavía tengo preguntas.

    Nos fuimos de viaje en familia a Brasil, a Maceió. Estábamos en la playa. Pisé en un lugar de la arena donde había una raya. No me di cuenta de que estaba ahí. Y me picó.

    Yo siempre la llamé mantarraya, pero las mantarrayas no pican. Por cómo fue, lo más probable es que haya sido una raya de las que tienen una espina en la cola.

    Fueron las tres horas más horribles y dolorosas de toda mi vida. Hasta que fuimos a un hospital en Maceió, me pusieron una inyección y se me pasó.

    Después supe que meter el pie en agua caliente, sin que llegue a quemar, suele aliviar mucho ese dolor, aunque igual hay que ir al médico. Si lo hubiera sabido, habría sabido mejor cómo manejarlo. Pero no lo sabía.

    Por un lado, estaba agradecido. Agradecido de que no le hubiera pasado nada a ninguno de mis hijos, ni a mi esposa.

    Pero por otro lado estaba enojado. Y se lo dije a Jesús. Le decía: «¿Cómo no corriste esa raya? ¿Cómo no usaste tu poder? ¿Por qué no la espantaste?».

    Es algo que, hasta el día de hoy, no tiene respuesta.

    No tengo una explicación que cierre. Podría decir que algo bueno salió de eso, que aprendí algo. No lo sé. No lo voy a inventar.

    Lo que sí sé es que las dos cosas conviven en mí. La gratitud porque no le pasó a nadie más de mi familia. Y las preguntas, que siguen abiertas.

    Me parece que se puede hablarle así a Dios. Job lo hizo durante capítulos enteros. Los salmos están llenos de reclamos: «¿Hasta cuándo, Señor?». Y Jesús mismo, en la cruz, gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?». No escondió la pregunta.

    Un libro sobre cómo Dios habla a través de la naturaleza no puede contar sólo las veces en que todo cerró bien. La creación también duele. Y hay momentos en que uno le habla a Jesús y no escucha respuesta.

    Creo que la fe no consiste en tener todas las respuestas. Consiste en seguir hablándole, también cuando no las hay.

    ¿Por qué no la corriste?

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  • Capítulo 8: ¿Murciélagos y una víbora en plena vigilia?

    Capítulo 8: ¿Murciélagos y una víbora en plena vigilia?

    Estábamos en una reunión de oración en Brasilia. Eran como vigilias, de madrugada.

    A mí esas reuniones siempre me costaron. Por el frío, por el sueño o por el desánimo.

    En una de esas noches estaba aburrido, sin ganas de orar. Estaba arrodillado orando, y de repente empecé a ver sombras.

    Cuando miré bien, vi que eran murciélagos volando alrededor mío. No eran chiquitos. Eran grandes.

    Eso me dio bastante adrenalina. Se me fue el sueño, y me puse a orar con más fervor.

    En ese lugar había un cañaveral cerca. Por eso, se ve, había tantos murciélagos. Así que cambié de lugar.

    Yo soy estructurado. Cuando encuentro un lugar, vuelvo siempre al mismo. Así que todas las noches iba a orar a ese lugar nuevo.

    Una de esas noches, cuando llegué, había una pequeña víbora.

    Otra vez, la adrenalina. Esa noche estuve mucho más atento. Más atento en la oración, más atento en lo que decía. Y esa noche se volvió muy especial.

    No sé por qué aparecieron esos animales esas noches. Pero yo lo viví así: Jesús estaba usando la naturaleza para despertarme. Para que me mantuviera atento. Para que no bajara la guardia.

    Muchas veces, la naturaleza me había hablado con cosas lindas: flores violetas, una paloma. Esta vez me habló asustándome. Pero los murciélagos no me hicieron nada, y la víbora tampoco. Sólo me despertaron.

    Me recuerda a Getsemaní. La última noche antes de la cruz, Jesús les pidió a Pedro, a Santiago y a Juan que velaran con Él mientras oraba. Volvió y los encontró dormidos. Le dijo a Pedro: «¿Así que no pudieron velar conmigo ni una hora? Velen y oren. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».

    Junto con la pregunta, Jesús dijo algo que es verdad para todos: uno quiere, pero el cuerpo no acompaña. Con toda la distancia que hay entre esa noche y una vigilia en Brasilia, yo me reconozco en esos discípulos. Quería orar, pero el sueño y el frío ganaban.

    A mí me parece que los murciélagos y la víbora fueron una forma de cuidado. Como alguien que te toca el hombro cuando te estás quedando dormido en un momento importante. No para retarte, sino para que no te pierdas lo que está pasando.

    ¿Qué cosas incómodas me están despertando para algo que no me quiero perder?

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  • Capítulo 7: ¿Qué había al final del sendero?

    Capítulo 7: ¿Qué había al final del sendero?

    Fuimos al sur con mi esposa, a Villa La Angostura, Bariloche, toda esa zona. Nos habían dicho que los senderos eran muy lindos.

    Entramos en un sendero que se metía en un bosque. Mientras caminaba, iba orando. Y le iba diciendo a Jesús: «Esto es como la meditación bíblica».

    Uno se va adentrando en la historia, como en un bosque. Puede elegir si se adentra poco o mucho. Pero si pasa el tiempo suficiente meditando, mirando los detalles, viviendo la experiencia, realmente llega a sacar joyas.

    En un momento, el sendero se empezó a meter en una especie de bosque más oscuro. Pero era muy atractivo.

    Y de repente, de la nada, cuando terminó el sendero, se abrió todo el paisaje. Delante aparecieron las montañas, con toda su majestuosidad.

    Ahí, frente a esa majestuosidad, sentí realmente la presencia de Jesús. Y me di cuenta de que era justamente lo que le venía diciendo. Cuando uno lo busca de todo corazón, cuando medita en las Escrituras en profundidad, llega a cosas que lo sorprenden.

    Desde adentro del bosque no había ningún indicio de lo que había del otro lado. Nunca hubiese pensado que estaba eso.

    A su pueblo, que estaba en el exilio, lejos de casa, Dios le dijo por medio de Jeremías: «Me van a buscar y me van a encontrar, porque me van a buscar con todo su corazón». Me parece que eso muestra cómo es Dios: no se esconde de los que lo buscan de verdad.

    Esta caminata fue distinta de las primeras experiencias. No le había pedido ninguna señal. Iba caminando y conversando con Él. Y el camino mismo se volvió la respuesta.

    ¿Cuánto me pierdo por quedarme en el borde del bosque?

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