Epílogo: ¿El naranjo se esfuerza por dar fruto?

Enfrente de mi casa hay un naranjo. Da naranjas agrias.

Lo veo todos los días, pero nunca me había detenido mucho a pensar en él. Simplemente está ahí. Vive, crece y da sus frutos.

Muchas veces las naranjas caen al suelo y se pudren, porque nadie las junta. Uno podría preguntarse para qué da tantas, si nadie las aprovecha.

Sin embargo, el árbol las sigue dando. No necesita saber quién las va a recoger.

Ya conté que muchas veces no sé a quién le llega lo que comparto: los libros, los audiolibros, las reflexiones, las predicaciones, los estados de WhatsApp. En cierto sentido, me parezco al naranjo de enfrente. No necesito controlar el destino de cada fruto para que tenga sentido darlo. Me gustaría que lo que comparto llegue a alguien y lo acerque a Jesús. Pero eso no está en mis manos. Lo mío es confiar en Él con los resultados.

Un día me di cuenta de algo más. El naranjo no sólo da naranjas. También da sombra. Y cuando cae granizo, protege los autos que están debajo. Aunque nadie juntara una sola naranja, el árbol seguiría sirviendo. Y no sabe todas las maneras en que ayuda a lo que tiene alrededor.

Hace unos dos años, mi esposa plantó un limonero. Todavía tiene que crecer mucho antes de dar limones en abundancia. Se lo puede regar y cuidar, pero no se le puede exigir que dé lo mismo que un árbol de muchos años. Hay procesos que necesitan tiempo. Y me parece que crecer con Jesús se parece mucho más a crecer como un árbol que a cumplir un proyecto con plazos.

Hasta acá hablé del fruto como lo que comparto con otros. Pero hay otro fruto, más adentro: lo que Jesús va haciendo crecer en mí. Y ésta es la idea que más me importa de todo el libro.

El árbol no trata de dar fruto. No está obsesionado con producir naranjas. No se compara con los árboles vecinos. No se preocupa por lo que va a pasar el año que viene. Se queda donde está, recibiendo agua, luz y lo que la tierra le da. Y de esa vida, cuando llega el momento, aparece el fruto.

Jesús dijo: «Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como la rama no puede dar fruto por sí misma si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí».

En ese mismo discurso, Jesús dice también que permanecer en su amor es amar como Él amó. Permanecer no es quedarse quieto. Pero la vida no sale de la rama. Sale de la vid.

Es fácil convertir la vida cristiana en una lista de cosas para mejorar. Más paciencia. Más bondad. Más humildad. Pero si pongo la paciencia como meta, termino obsesionado con mi impaciencia. Y cada vez que tropiezo, me frustro. En cambio, si mi meta es estar con Jesús, los cambios en mi carácter pueden ir apareciendo como consecuencia de estar con Él.

No buscar la paciencia, sino buscar a Jesús. No angustiarme por cuánto fruto doy ni por quién lo recibe, sino quedarme unido a Él.

Con las señales me pasa algo parecido. Jesús explicaba muchas cosas con la naturaleza, y la Biblia está llena de ejemplos tomados de la creación. De Salomón se cuenta que habló de los árboles, desde el cedro del Líbano hasta la hierba que crece en la pared, y de los animales, las aves, los reptiles y los peces.

No creo que haya que andar buscando señales en cada árbol. Pero tampoco quiero cerrar esa puerta, porque es una de las formas en que Dios se comunica.

Y hay algo que fui aprendiendo. Los flechazos al corazón no llegan cuando los persigo. Llegan como sorpresas, cuando no los espero. Igual que el fruto del árbol.

El hermano Lorenzo vio en un árbol de invierno la providencia y el poder de Dios. Después vivió más de cuarenta años conversando con Él en las tareas de todos los días: primero en la cocina del convento, y más tarde arreglando sandalias. Sin buscar nada extraordinario.

Al principio de este libro, yo le pedía a Jesús luces violetas, murciélagos y ramas gigantes. Necesitaba saber que me escuchaba.

Hoy miro el naranjo de enfrente, y no le pido nada.

Me alcanza con saber que Jesús está conmigo.

Anterior: Capítulo 14 · Índice del libro