Categoría: El jacarandá y las luces violetas

Libro de Nicolás Bertoa: Cuando Dios habla a través de la naturaleza.

  • Capítulo 6: ¿Ese árbol pelado era yo?

    Capítulo 6: ¿Ese árbol pelado era yo?

    Hubo un tiempo en que estuve desconectado de Jesús.

    Un día le estaba hablando. Le decía que no me estaba sintiendo bien conmigo mismo. Y de repente vi un árbol totalmente seco. Sin frutos. Sin hojas. Nada. Totalmente pelado.

    Cuando vi ese árbol, me vino la impresión: así estaba yo. Pelado. Sin fruto. Desconectado. Había perdido el primer amor.

    Fue doloroso reconocerlo. Pero lo viví como un mensaje de Jesús: estaba en un tiempo de poda, y tenía que volver a conectarme con Él.

    Lo bueno es que la historia no terminó ahí. Al tiempo, vi otro árbol. Tenía un brote. Y a través de ese brote, Jesús me hizo ver que en mí también el brote ya estaba apareciendo. Que le había hecho caso a su consejo.

    Un árbol sin hojas puede estar muerto. Pero también puede estar en invierno: muchos árboles pierden las hojas en el frío y, aunque por fuera parezcan secos, por dentro siguen vivos, con las yemas nuevas ya formadas, esperando el calor. Y también puede estar podado: alguien le cortó ramas, no para matarlo, sino para que crezca mejor.

    No sé si el árbol que vi estaba muerto, dormido o podado. Lo que sí sé es que lo que yo estaba viviendo no era la muerte. Lo entendí como algo entre el invierno y la poda.

    Jesús habló de la poda. Dijo: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Toda rama que da fruto, la limpia, para que dé más fruto». Y después: «Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como la rama no puede dar fruto por sí misma si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí».

    Eso era lo que yo había perdido. No una técnica, no una disciplina. La conexión.

    El hermano Lorenzo vio un árbol pelado en invierno y pensó en las hojas que iban a volver. Yo vi un árbol pelado y primero me vi a mí mismo. Después vi el brote. Me parece que las dos cosas son verdad: un árbol sin hojas puede ser un diagnóstico, y también una promesa.

    ¿De dónde estoy sacando la vida: de la rama, o de la vid?

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  • Capítulo 5: ¿Quién golpeaba mi ventana?

    Capítulo 5: ¿Quién golpeaba mi ventana?

    Durante un tiempo estuve enojado con mi vecino.

    Sentía ruidos en los vidrios de la ventana del patio. Pensé que el vecino tiraba algo desde su lado, y que eso pegaba en nuestra ventana. Me enojé.

    Pero después me di cuenta de que no era el vecino. Estaba sentado, y vi que era un árbol. Un árbol de su casa.

    Ese árbol tiene una forma particular de soltar sus semillas. No deja caer el fruto al piso, como un naranjo. No espera a que el viento se lleve las semillas, ni a que un pájaro se las coma. Lo suyo explota. El fruto se abre de golpe y lanza las semillas con fuerza. Lo que golpeaba nuestro vidrio era la cáscara, que después caía al piso.

    Tanto enojo, y era un árbol haciendo lo suyo.

    En esos días yo venía hablando con Jesús sobre compartir. Escribo libros, grabo audiolibros que subo a YouTube, publico en la página web y en los estados de WhatsApp. Y muchas veces no sé a quién le llega nada de eso.

    A través del ejemplo de ese árbol, Jesús me hizo saber lo que tenía que hacer: tirar lo que comparto. Que no se quede conmigo. Tirarlo. Alguien lo iba a recoger.

    Ese árbol no apunta. No elige dónde cae cada semilla. Las suelta, y salen para cualquier lado: al pasto, a la vereda, contra mi ventana.

    Entendí que no tenía que dirigir lo que comparto a tal o cual persona. Tenía que soltarlo como una botella con un mensaje que uno tira al mar. Y dejar que el mar se ocupe de que llegue al destino correcto.

    Jesús contó la parábola del sembrador. El sembrador sale a sembrar, y la semilla cae en el camino, entre piedras, entre espinos y en buena tierra. La parábola no habla de cómo elige dónde sembrar. Pero cuando la leo, me imagino a alguien que siembra a lo ancho, sin poder controlar dónde cae cada semilla. Y siembra igual.

    ¿Cuánto de lo que suelto está cayendo en lugares que nunca voy a ver?

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  • Capítulo 4: ¿Y si se caía una rama gigante?

    Capítulo 4: ¿Y si se caía una rama gigante?

    Estábamos en un retiro espiritual en Los Quebrachos, un predio adventista en Córdoba.

    Yo estaba hablando con Jesús. Le dije que quería una señal para estar seguro de que Él estaba ahí conmigo, de que realmente me escuchaba.

    Y otra vez usé mi frase: «No te voy a pedir que se caiga una rama gigante de un árbol. Pero me gustaría que, aunque sea, pase algo de eso».

    Esa misma noche se cayó una rama gigante de un árbol. Hizo tanto ruido que nos despertó a todos.

    Cuando la vi, vino el flechazo al corazón: «Acá tenés la rama que me decías».

    Luces violetas. Un murciélago. Una rama gigante.

    Tres veces dije «no te voy a pedir esto». Tres veces llegó exactamente eso.

    Para mí dejaron de ser coincidencias. Lo viví como un idioma que Jesús encontró conmigo: tomarme la palabra justo en lo que yo decía que era imposible. Y hay algo de humor en eso. Me imagino a Jesús escuchándome decir «no te voy a pedir una rama gigante», y sonriendo.

    Quiero ser honesto con algo. No creo que esto sea una fórmula. No creo que alcance con decir «no te pido tal cosa» para que Dios la mande.

    En los Evangelios, a Jesús le exigieron señales para ponerlo a prueba, y se negó a darlas. Y hay una escena que me parece muy honesta. Un funcionario le rogó que sanara a su hijo. Jesús primero le dijo: «Si no ven señales y prodigios, no creen». Y después sanó a su hijo.

    Yo no le pedía señales para probarlo. Se las pedía porque estaba empezando y quería saber que no hablaba solo. Me parece que Jesús lee el corazón que hay detrás del pedido.

    En los testimonios que siguen ya no le pido que me demuestre que existe. Algunos son lecciones que me enseñó mientras caminaba. Otros llegaron mientras oraba. Y en algunos no le pedí nada: le comenté algo, como se le comenta a un amigo que va al lado. Jesús me siguió hablando a través de la creación. Lo que fue cambiando fue lo que yo le pedía.

    ¿Cuándo deja uno de necesitar pruebas de que lo escuchan?

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  • Capítulo 3: ¿Un murciélago en el piso de mi casa?

    Capítulo 3: ¿Un murciélago en el piso de mi casa?

    Fue mi primer Año Nuevo con Jesús.

    Estaba en mi departamento meditando en las Escrituras. Fue un lindo momento. Entendí algunas cosas sobre la voluntad de Dios para mi trabajo.

    En medio de esa meditación, le volví a decir a Jesús lo de siempre. Que quería ser consciente de que realmente me estaba escuchando. Y le dije: «No te voy a pedir que entre un murciélago por la ventana. Pero me gustaría saber que estás conmigo».

    Terminé de meditar. Me iba a pasar Año Nuevo con mis padres. Mientras estaba cerrando todo en el departamento, vi en el piso un bultito negro.

    Lo quise agarrar. Pensé que era un terrón de tierra.

    Era un murciélago. Uno pequeño, que estaba dentro de mi casa.

    Ahí me di cuenta de que Jesús también me había escuchado.

    Con el jacarandá había dicho «no te pido luces violetas». Ahora había dicho «no te pido un murciélago». Y las dos veces llegó justamente eso.

    Yo usaba esas frases como ejemplos de algo absurdo, algo que no le iba a exigir. Y Jesús me tomaba la palabra en lo que yo decía al pasar. A mí me parece que me estaba mostrando que me escuchaba palabra por palabra. Incluso lo que yo mismo no tomaba en serio.

    Le había dicho «murciélago» casi en broma. Y ahí estaba, en el piso, a mis pies. Casi lo levanto pensando que era un terrón de tierra.

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  • Capítulo 1: ¿Me respondió con un jacarandá?

    Capítulo 1: ¿Me respondió con un jacarandá?

    La primera vez que hablé con Jesús, me presenté. Le dije quién era, como se hace con alguien que uno recién conoce.

    Y le hice un pedido. Le dije que me gustaría ser consciente de que Él era real. Que tampoco pretendía que hiciera aparecer luces violetas. Pero que me gustaría darme cuenta de que realmente estaba hablando con alguien.

    Pasaron unos días.

    Estaba en la oficina. En un momento de relax, di vuelta la silla y me quedé mirando por la ventana, hacia toda la calle. Justo enfrente de mi oficina había un árbol todo florecido de violeta. Un jacarandá.

    Ahí vino el flechazo al corazón. A través de ese árbol, sentí que Jesús me decía: «Acá tenés tus luces violetas».

    Ésa fue la primera vez.

    Lo que más me impacta, todavía hoy, es que el color lo elegí yo. Lo dije como ejemplo de algo que no le iba a pedir. Y la respuesta llegó exactamente en ese color.

    Obviamente, ese árbol ya estaba ahí. El jacarandá florece cada primavera, y muchas veces lo hace antes de que le salgan las hojas nuevas. Por eso no se ve un árbol verde con algunas flores, sino una copa entera violeta. Jesús no hizo aparecer nada. Yo lo viví así: usó un árbol y su proceso de florecer para que me diera cuenta de que Él era real.

    Alguien podría decir que fue casualidad. Es cierto que no lo puedo probar. Para mí fue el comienzo de todo.

    Me gusta pensar que el primer gesto de Jesús conmigo no fue un trueno ni una visión. Fue un árbol floreciendo a su tiempo, frente a una oficina cualquiera, mientras yo hacía una pausa en el trabajo.

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  • Capítulo 2: ¿Por qué volvió la paloma?

    Capítulo 2: ¿Por qué volvió la paloma?

    Yo estaba recién empezando. Había conocido a Jesús hacía poco, y quería más pruebas de que era real.

    Había una ventana con reja donde nunca se posaba ninguna paloma. Nunca. Y un día le dije: «Jesús, cómo me encantaría que, para darme cuenta de que me estás escuchando, se pose una paloma en este momento en la reja».

    En el momento en que lo estaba diciendo, vino una paloma y se posó.

    Me emocioné. Lo llamé a mi amigo, el que me había ayudado a conocer a Jesús. La paloma se fue.

    Le empecé a contar lo que había pasado. Y en el momento justo en que le mencioné que se había posado una paloma, la paloma volvió. Y se posó en el mismo lugar.

    Desde ese día, en esa ventana, nunca más se posaron palomas.

    La primera vez, yo podía pensar que era casualidad. Una paloma pasa, se posa en una reja, se va. Pero volvió. Y volvió justo cuando yo lo estaba contando. A mí me parece que fue una confirmación de la confirmación.

    Y me parece que tiene algo de ternura. Yo estaba empezando. Tenía miedo de estar inventándome todo. Jesús no me reprochó que le pidiera una señal. Me mandó una paloma. Y después me la mandó de nuevo.

    Me recuerda a Tomás. No estaba cuando Jesús se apareció a los demás discípulos, y dijo que no iba a creer si no veía. Ocho días después, Jesús volvió y le mostró las manos. Y también le dijo que son felices los que creen sin haber visto.

    Las dos cosas son verdad. Jesús atendió la necesidad de Tomás. Y le mostró que había algo más allá de ver. En ese momento, a mí me pasaba lo primero: necesitaba ver. Lo segundo vino después.

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  • Prólogo: ¿Puede Dios hablar a través de un árbol?

    Prólogo: ¿Puede Dios hablar a través de un árbol?

    Con los árboles me pasa algo particular. Cuando dibujo con chicos, casi siempre termino dibujando árboles. Me sale solo.

    Todos los años, cuando florecen los jacarandás, una amiga me escribe. Ve los árboles violetas y se acuerda de algo que le conté hace mucho: la primera vez que Jesús me habló a través de un árbol. Me lo recuerda cada primavera. Este año no fue la excepción.

    A mí me pasa lo mismo. En diagonal a mi casa hay un árbol de flores violetas. Cada vez que florece, lo recibo como un pequeño mimo de Jesús. Me recuerda aquella primera experiencia, cuando recién lo estaba conociendo.

    Este año, además, estuve meditando en La práctica de la presencia de Dios, el libro que recoge las conversaciones del hermano Lorenzo, un hermano carmelita que vivió en París hace más de trescientos años. En la primera conversación aparece cómo se convirtió.

    Tenía dieciocho años. Era invierno. Vio un árbol sin hojas, y pensó que dentro de poco las hojas iban a volver, y después las flores y el fruto. En ese árbol pelado vio la providencia y el poder de Dios. Esa visión nunca más se le borró del alma. Encendió en él un amor por Dios tan grande que, más de cuarenta años después, no sabía si había crecido.

    Un árbol sin hojas. Nada más.

    Cuando leí eso, me resonó muchísimo. Y fue el flechazo final. Me dije: tengo que escribir un libro con las experiencias en que Dios me habló a través de la naturaleza. Las veces en que me ayudó a entender algo. Las veces en que me aconsejó. Las veces en que me hizo sentir querido, mimado, protegido. Y las veces en que me cambió de dirección.

    Ellen G. White lo dice en una frase de El Camino a Cristo: «Dios nos habla por la naturaleza y por la revelación, por su providencia y por la influencia de su Espíritu». Y enseguida agrega: «Pero esto no basta; necesitamos abrirle nuestro corazón».

    Me parece que este libro cuenta justamente eso. La creación me llamó la atención hacia Jesús. Pero lo que más me cambió fue empezar a conversar con Él.

    Y Jesús enseñaba así. Señalaba. «Miren las aves del cielo». «Fíjense en los lirios del campo». Hablaba de semillas, de higueras, del viento. Miraba lo de todos los días y ahí mostraba al Padre.

    Este libro es eso: testimonios. Los cuento como pasaron.

    Cuando digo que Jesús me habló, no hablo de una voz que escuché con los oídos. Es una impresión fuerte, adentro, que yo llamo un flechazo al corazón. Un jacarandá florece en primavera, una paloma se posa, una rama se cae. No puedo probar que cada cosa fue obra de Él. Lo que puedo contar es lo que pasó, y cómo lo viví hablando con Jesús.

    No todos los testimonios terminan con una respuesta. Algunos terminan con una pregunta, y así los dejo.

    ¿Puede Dios hablar a través de un árbol?

    Creo que sí. No porque lo haya leído en algún lado, sino porque me pasó.

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