Con los árboles me pasa algo particular. Cuando dibujo con chicos, casi siempre termino dibujando árboles. Me sale solo.
Todos los años, cuando florecen los jacarandás, una amiga me escribe. Ve los árboles violetas y se acuerda de algo que le conté hace mucho: la primera vez que Jesús me habló a través de un árbol. Me lo recuerda cada primavera. Este año no fue la excepción.
A mí me pasa lo mismo. En diagonal a mi casa hay un árbol de flores violetas. Cada vez que florece, lo recibo como un pequeño mimo de Jesús. Me recuerda aquella primera experiencia, cuando recién lo estaba conociendo.
Este año, además, estuve meditando en La práctica de la presencia de Dios, el libro que recoge las conversaciones del hermano Lorenzo, un hermano carmelita que vivió en París hace más de trescientos años. En la primera conversación aparece cómo se convirtió.
Tenía dieciocho años. Era invierno. Vio un árbol sin hojas, y pensó que dentro de poco las hojas iban a volver, y después las flores y el fruto. En ese árbol pelado vio la providencia y el poder de Dios. Esa visión nunca más se le borró del alma. Encendió en él un amor por Dios tan grande que, más de cuarenta años después, no sabía si había crecido.
Un árbol sin hojas. Nada más.
Cuando leí eso, me resonó muchísimo. Y fue el flechazo final. Me dije: tengo que escribir un libro con las experiencias en que Dios me habló a través de la naturaleza. Las veces en que me ayudó a entender algo. Las veces en que me aconsejó. Las veces en que me hizo sentir querido, mimado, protegido. Y las veces en que me cambió de dirección.
Ellen G. White lo dice en una frase de El Camino a Cristo: «Dios nos habla por la naturaleza y por la revelación, por su providencia y por la influencia de su Espíritu». Y enseguida agrega: «Pero esto no basta; necesitamos abrirle nuestro corazón».
Me parece que este libro cuenta justamente eso. La creación me llamó la atención hacia Jesús. Pero lo que más me cambió fue empezar a conversar con Él.
Y Jesús enseñaba así. Señalaba. «Miren las aves del cielo». «Fíjense en los lirios del campo». Hablaba de semillas, de higueras, del viento. Miraba lo de todos los días y ahí mostraba al Padre.
Este libro es eso: testimonios. Los cuento como pasaron.
Cuando digo que Jesús me habló, no hablo de una voz que escuché con los oídos. Es una impresión fuerte, adentro, que yo llamo un flechazo al corazón. Un jacarandá florece en primavera, una paloma se posa, una rama se cae. No puedo probar que cada cosa fue obra de Él. Lo que puedo contar es lo que pasó, y cómo lo viví hablando con Jesús.
No todos los testimonios terminan con una respuesta. Algunos terminan con una pregunta, y así los dejo.
¿Puede Dios hablar a través de un árbol?
Creo que sí. No porque lo haya leído en algún lado, sino porque me pasó.
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