La primera vez que hablé con Jesús, me presenté. Le dije quién era, como se hace con alguien que uno recién conoce.
Y le hice un pedido. Le dije que me gustaría ser consciente de que Él era real. Que tampoco pretendía que hiciera aparecer luces violetas. Pero que me gustaría darme cuenta de que realmente estaba hablando con alguien.
Pasaron unos días.
Estaba en la oficina. En un momento de relax, di vuelta la silla y me quedé mirando por la ventana, hacia toda la calle. Justo enfrente de mi oficina había un árbol todo florecido de violeta. Un jacarandá.
Ahí vino el flechazo al corazón. A través de ese árbol, sentí que Jesús me decía: «Acá tenés tus luces violetas».
Ésa fue la primera vez.
Lo que más me impacta, todavía hoy, es que el color lo elegí yo. Lo dije como ejemplo de algo que no le iba a pedir. Y la respuesta llegó exactamente en ese color.
Obviamente, ese árbol ya estaba ahí. El jacarandá florece cada primavera, y muchas veces lo hace antes de que le salgan las hojas nuevas. Por eso no se ve un árbol verde con algunas flores, sino una copa entera violeta. Jesús no hizo aparecer nada. Yo lo viví así: usó un árbol y su proceso de florecer para que me diera cuenta de que Él era real.
Alguien podría decir que fue casualidad. Es cierto que no lo puedo probar. Para mí fue el comienzo de todo.
Me gusta pensar que el primer gesto de Jesús conmigo no fue un trueno ni una visión. Fue un árbol floreciendo a su tiempo, frente a una oficina cualquiera, mientras yo hacía una pausa en el trabajo.
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