Capítulo 6: ¿Ese árbol pelado era yo?

Hubo un tiempo en que estuve desconectado de Jesús.

Un día le estaba hablando. Le decía que no me estaba sintiendo bien conmigo mismo. Y de repente vi un árbol totalmente seco. Sin frutos. Sin hojas. Nada. Totalmente pelado.

Cuando vi ese árbol, me vino la impresión: así estaba yo. Pelado. Sin fruto. Desconectado. Había perdido el primer amor.

Fue doloroso reconocerlo. Pero lo viví como un mensaje de Jesús: estaba en un tiempo de poda, y tenía que volver a conectarme con Él.

Lo bueno es que la historia no terminó ahí. Al tiempo, vi otro árbol. Tenía un brote. Y a través de ese brote, Jesús me hizo ver que en mí también el brote ya estaba apareciendo. Que le había hecho caso a su consejo.

Un árbol sin hojas puede estar muerto. Pero también puede estar en invierno: muchos árboles pierden las hojas en el frío y, aunque por fuera parezcan secos, por dentro siguen vivos, con las yemas nuevas ya formadas, esperando el calor. Y también puede estar podado: alguien le cortó ramas, no para matarlo, sino para que crezca mejor.

No sé si el árbol que vi estaba muerto, dormido o podado. Lo que sí sé es que lo que yo estaba viviendo no era la muerte. Lo entendí como algo entre el invierno y la poda.

Jesús habló de la poda. Dijo: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Toda rama que da fruto, la limpia, para que dé más fruto». Y después: «Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como la rama no puede dar fruto por sí misma si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí».

Eso era lo que yo había perdido. No una técnica, no una disciplina. La conexión.

El hermano Lorenzo vio un árbol pelado en invierno y pensó en las hojas que iban a volver. Yo vi un árbol pelado y primero me vi a mí mismo. Después vi el brote. Me parece que las dos cosas son verdad: un árbol sin hojas puede ser un diagnóstico, y también una promesa.

¿De dónde estoy sacando la vida: de la rama, o de la vid?

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