Mes: febrero 2024
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La ciudad de Jerusalén ha sido destruida muchas veces. Ciudades y aldeas de Palestina desaparecieron tal como se conocieron en los tiempos de Cristo. Con el paso de los años, las nuevas generaciones simplemente han construido nuevas ciudades sobre las antiguas.
Hace algunos años viajé a Tierra Santa en compañía de otras personas. Por entonces visitamos el estanque de Betesda. Queda a 24 metros debajo de la superficie de la ciudad actual, y uno puede descender por los escalones en espiral hasta llegar al nivel del estanque, en el mismo lugar donde estuvo en los días de Jesús.
Al llegar a los cinco pórticos, otras escaleras descienden aún más, hacia la oscuridad, hasta llegar a las aguas aún existentes del estanque. Uno de los de nuestro grupo en aquel tiempo, desapareció accidentalmente en el estanque, al tratar de bajar por la escalera oscura. ¡Para su sorpresa, las aguas lo movieron a él, en vez de que ellas fueran movidas!
Pero el estanque de Betesda sigue ahí y nos da una vislumbre de cómo era la situación en los tiempos de Jesús.
La historia del hombre en el estanque de Betesda se halla en el quinto capítulo de Juan: «Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese» (Juan 5:1-5).
Esto era el «abra-cadabra», la magia de sus días. El Lourdes donde la gente podía hallar salud y sanidad; por lo menos era lo que se creía.
«Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo.
»Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día» (vers. 5-9).
El resto del capítulo no es más que un seguimiento a esta historia. Jesús fue citado a la corte y se le hizo comparecer ante un tribunal terrenal. Jesús, el Señor del sábado, es acusado de violar el sábado. Si la situación no fuera tan trágica, hasta podría ser cómica. Jesús, el Creador, el que hizo todo lo que hay en el mundo, el responsable de mantener el corazón latiendo en el pecho de las mismas personas que lo acusaban. Es una situación sumamente interesante.
En seis ocasiones distintas acusaron a Jesús de quebrantar el sábado. Y al estudiar dichas circunstancias, notará que Jesús siempre decidió en favor de la persona, mientras que los dirigentes religiosos siempre favorecían la ley.
Pero en Mateo 12:12, Jesús dijo: «Es lícito hacer el bien en los días de reposo». Así que Jesús «quebrantó» el sábado para poderlo guardar. Y los dirigentes judíos, mientras trataban de guardarlo, lo quebrantaban. Cuando Jesús favorecía a la persona, en realidad exaltaba también la ley. Estas dos no se excluyen mutuamente. Es lícito hacer el bien en los días de reposo.
La palabrita lícito es muy interesante. El texto no dice: «Sería lindo que hicieras el bien en sábado»; ni «es tu privilegio hacer el bien». En otras palabras, eso es lo que la ley requiere. Es como viajar por una de esas carreteras que tienen un cartel que dice «Velocidad mínima 60 kilómetros por hora» No sólo es permitido manejar más rápido que 60, sino que si uno maneja más lento que esto, estaría quebrantando la ley. Hacer el bien en sábado es lo que requiere la ley, y Jesús vino para revelar el verdadero propósito del día de reposo. Dio un paso gigantesco al pasar por sobre toda costumbre y tradición, y mostrar el verdadero propósito de la observancia del sábado.
Aquel sábado, Jesús se paseaba por los cinco pórticos. La gente que yacía alrededor del estanque eran casos desahuciados. Sus familiares y amistades los llevaban a ese lugar como último recurso. Algunos habían erigido albergues rústicos junto al estanque; pero a otros los traían todos los días. Todos esperaban que las aguas fueran removidas para ser los primeros en bajar al estanque. Los enfermos deformados, lisiados y desesperanzados yacían por doquier esperando.
Jesús caminaba solo entre los sufrientes, sin que éstos lo notaran. Empezaba su ministerio. Más tarde, la gente lo seguiría, lo apretaría y estaría a sus pies. Pero aquel día no lo seguía la multitud, no había mujeres que empujaran entre los observadores, tratando de tocar el borde de su manto.
Así que Jesús caminó entre los pórticos observando a los sufrientes, deseando poder sanarlos. ¡Quería sanarlos a todos! Si yo hubiera estado allí y lo hubiera reconocido, y si hubiera sabido acerca de su poder, habría gritado: «¡Adelante Jesús! ¡Sánalos a todos!»
Pero él no podía hacerlo. Su misión todavía comprendía demasiadas cosas. Si los hubiera sanado a todos, habría concluido su trabajo prematuramente. A decir verdad, por sólo sanar a un hombre dio un paso gigantesco hacia la cruz. Esa es la razón por la cual no sanó a todos los leprosos. Si lo hubiera hecho habría interferido con su misión superior: la salvación de la humanidad. Por eso es que Dios no puso fin al pecado hace tiempo. Por eso no puede sanar hoy a todos los enfermos, lisiados de los hospitales y asilos para ancianos e instituciones de enfermos mentales. Dios, en su infinita sabiduría, ha permitido que el pecado siga su curso hasta sus últimas consecuencias para que todos lo identifiquen y sepan lo que realmente es. Y cuando el mundo llegue a su final, todos estarán plenamente convencidos de la malignidad del pecado.
Pero mientras Jesús caminaba por los pórticos, deseando sanarlos a todos y tal vez previendo el día cuando el pecado terminaría para siempre y todos serían restaurados, vio a uno cuyo caso era el más deplorable de todos. La compasión se apoderó de él.
Era un hombre que había padecido 38 años. Sus amigos y familiares lo abandonaron y el único hogar que le quedaba era éste, junto al estanque. De pronto Jesús se detiene, lo observa y le hace una pregunta aparentemente sin sentido.
-¿Quieres ser sano?
-¿Disculpe usted? ¿Qué cree que hago aquí?
-¿Quisieras ser sano? -Evidentemente Jesús quería que el hombre lo dijera.
Y bien, ya saben su respuesta.
-Sí, es lo que busco, pero no hay quien me ayude aquí. No hay un hombre disponible. No tengo suficientes fuerzas para bajar al estanque. Alguien siempre me gana. Es inútil.
Jesús no pierde el tiempo. No mide sus palabras. Mira al hombre y con el poder que proviene del Dador de la vida, del Creador, de Aquel que hizo el universo, el poder que puso a brincar al polvo al mandato de su voz en la creación, da la orden: «Levántate, toma tu lecho, y anda».
Nótese la secuencia interesantísima en este momento. El registro dice que 1) inmediatamente el hombre fue sanado, 2) tomó su lecho, y 3) caminó.
Cuán fácil resulta introducirnos nosotros mismos en el cuadro. Quisiéramos un poco de crédito, un poco de gloria para nosotros. Y decimos: «Dios ayuda a aquellos que se ayudan ellos mismos». Queremos que los dones de Dios dependan, de alguna forma, de nuestros propios esfuerzos. Tal vez han escuchado la explicación, según algunas personas, que lo que hizo posible que este hombre caminara fue el hecho de forzar su voluntad, apretar los dientes y realizar un tremendo esfuerzo para obedecer el mandato de Jesús. Y en la medida que se esforzó por hacerlo, recibió sanidad y pudo caminar. ¡No fue así! Jesús lo sanó en el acto. En primer lugar, recibió sanidad; luego se levantó, tomó su cama y anduvo. El acto de caminar y tomar su cama fueron los resultados de haber recibido sanidad, no la causa.
Y vemos a este hombre caminando, digamos mejor brincando, alrededor del estanque. ¿Qué representa el estanque? Todo lo que hacemos para producir nuestra propia sanidad. El estanque puede simbolizar aquello que tratamos de hacer para lograr nuestra propia salvación, nuestra victoria o nuestra propia justicia.
Tal vez sólo unos pocos, cuya enfermedad era de origen mental, sanaron porque así lo creyeron. Pero este hombre era débil.
Carecía de fuerzas, no tenía energía para llegar a la orilla del estanque. Era un caso desesperado.
¿Se ha puesto usted en su lugar? No perdamos la lección espiritual de esta historia. ¿Cuál es su estanque hoy? ¿Ha estado tratando de ganarse el cielo procurando ser suficientemente bueno para llegar allá? ¿Acaso es ese su estanque? Jamás llegará por sus propias fuerzas.
¿Ha tratado de obtener la victoria sobre algún pecado en su vida? ¿No ha obtenido la paz deseada? ¿Está a punto de caer en la desesperación? ¿Es ese su estanque? ¿Qué en cuanto a los miembros de iglesia que tratan de hacer algo para que Cristo regrese? ¿Acaso no han escuchado eso? ¿Ha analizado los lemas que dicen: «Levantémonos y terminemos la obra»? Sin embargo, escuchamos que la población del mundo crece más rápido de lo que se puede diseminar el evangelio, y estamos a punto de darnos por vencidos. ¿Es ese su estanque hoy?
Tenemos toda clase de estanques que luchamos por alcanzar. Tal vez hay alguien hoy que ha estado tratando por 38 años o más de llegar a su estanque y todavía no lo logra. ¡Tengo buenas nuevas para usted! Hay una fuente llena de sangre, proveniente de las venas de Emmanuel; y los pecadores, al sumergirse en esta fuente, lavan las manchas de sus pecados. Hay un manto para aquellos que se encuentran desnudos, un manto tejido sin un solo hilo de virtud humana. Se le ofrece hoy como un obsequio. Es el manto del poder de Jesús que cubre sus fracasos.
Así que, por favor, acompáñeme hoy por uno de esos cinco pórticos. Jesús está pasando. Se inclina sobre usted y le pregunta «¿Quieres ser sano?»
Aquí nos metemos en lo que algunos llaman el evangelio subjetivo. Ellos dicen: «No hablemos acerca de ser sanos. Seamos objetivos. No hablemos de nosotros mismos».
¿Se puede imaginar a Jesús inclinado frente a este hombre en el estanque mientras le pregunta: «¿Quieres ser sano?» Y el hombre le responde: «Oh, eso es demasiado subjetivo. Sólo atribúyele un poco de justicia a mi cuenta en el cielo. Eso será suficiente».
Podemos agradecer a Jesús por lo que hizo en la cruz, pero podemos agradecerle igualmente por lo que desea hacer en cada vida hoy. Charles Spurgeon, gran predicador del pasado, lo dijo de esta manera: «Y ahora, mis queridos oyentes, les preguntaré: ¿Quieren ser sanos? ¿Desean ser salvos? ¿Saben lo que es ser salvos? Oh, dirán ustedes, es escapar del infierno. No, no, no. Eso es el resultado de ser salvos. Ser salvos es completamente diferente. ¿Quieren ser salvos del poder del pecado? ¿Desean ser salvos de la codicia, de pensar como piensa el mundo, de ser impuros? ¿Anhelan liberarse de un temperamento malvado, de ser injustos, impíos, dominantes, borrachos o profanos? ¿Están dispuestos a abandonar el pecado más acariciado de sus almas?
-No -dice alguien-, no puedo decir honestamente que deseo precisamente eso.
-Entonces no eres la persona a la que estoy hablando hoy. Pero habrá quien diga:
-Sí, deseo deshacerme del pecado, con todas sus ramificaciones y raíces. Deseo, por la gracia de Dios, hacerme cristiano en este mismo día y ser liberado de mis pecados.
-Entonces, levántate, toma tu lecho, y anda.
¿No quisieran aceptar al mejor Amigo que jamás podrían hallar, al Señor Jesús en persona, quien se pasea por los cinco pórticos? No vino a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento. Y él dice: «Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra» (Isaías 45:22). Él está dispuesto a arriesgarse por ti. Su compasión siempre lo domina, y hoy te ofrece la sanación espiritual que tanto deseas.
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Actualmente hay mujeres que manejan martillos neumáticos o perforadoras de mano. Las hay conductoras de camiones, dependientas de gasolineras y oficiales de policía. Algunas personas han pensado y discutido largamente acerca del papel que desempeña la mujer en la iglesia. Alegan que, si los derechos de la mujer tienen méritos en otras áreas, ¿por qué no permitirles que ocupen cualquier posición dentro de la iglesia?
Para aquellos que se formulan estas preguntas -y tal vez para otros también-, el tema de cómo trató Jesús a las mujeres puede ser muy interesante. Debería ser de interés por lo menos para el 50 por ciento de los lectores de este libro; ¡sin embargo, no estoy seguro acerca de cuál 50 por ciento!
En años recientes, más de un autor ha presentado a Jesús como defensor de las mujeres. ¿Será esto verdad, a la luz de los cuatro evangelios? Si en realidad fuera adalid de las mujeres, ¿en qué sentido lo es y de qué manera defendió la feminidad?
Si consideramos los aspectos culturales y sociales de los días de Cristo, notaremos que los líderes de la iglesia, los rabinos, eran cualquier cosa menos defensores de los derechos de la mujer. En realidad, una oración proveniente de la literatura rabínica que pudo haber sido usada aun en sus días, reza de la siguiente manera:
«Bendito eres, oh, Señor nuestro Dios, Rey del universo, que no me hiciste pagano. Bendito eres, oh, Señor nuestro Dios, Rey del universo, que no me hiciste siervo. Bendito eres, oh, Señor nuestro Dios, Rey del universo, que no me hiciste mujer».
Esta oración ha sido alterada en años recientes -la han parchado un poco-, pero básicamente así decía y así se pensaba en los días de Cristo. Otro extracto de la literatura rabínica reza de la siguiente manera: «Feliz es aquel que tiene hijos, ay de aquel que tiene hijas». ¡Por favor, recuerden que éstas no son mis palabras! Sólo trato de establecer el trasfondo cultural de los días de Jesús. Definidamente no era muy popular en esos días defender los derechos de la mujer.
En primer lugar, consideremos brevemente las enseñanzas de Jesús. Frecuentemente hacía referencia a la mujer en sus historias y parábolas. Todos recordamos la parábola de la mujer que puso levadura al pan: una historia que explica el reino de los cielos. Hemos oído las parábolas de la oveja perdida, el hijo pródigo y la moneda perdida: una moneda perdida por una mujer probablemente era parte de su dote. Hemos escuchado acerca de las diez vírgenes en una parábola que habla acerca del fin del tiempo. Jesús contó una historia acerca de la viuda importuna, en la que ilustra la importancia de ser persistente en la oración. En una ilustración, Jesús habló acerca de la mujer de Lot y de la reina de Saba. Y ya hemos expuesto en detalle la manera como Jesús alabó a la viuda en el templo después que dio su ofrenda de dos blancas. En Mateo 21, después de la historia de los dos hijos -de los que sólo uno obedeció a su padre-, Jesús dijo que hasta las rameras entrarían al reino de los cielos antes que los dirigentes religiosos de sus días. En el primer sermón que presentó en Nazaret Jesús hizo referencia a la viuda de Sarepta de los tiempos de Elías.
Cuando habló a los discípulos acerca de su segunda venida, se refirió a dos mujeres que molían en el molino. Jesús hablaba frecuentemente acerca de mujeres ilustrando con ellas sus enseñanzas. Consideremos por unos momentos unos ejemplos de su relación con las mujeres. Un escritor lo explica de la siguiente manera: «En su relación con las mujeres, el estilo de vida de Jesús era tal, que sólo se puede calificar como asombroso. Trató a las mujeres como verdaderos seres humanos, iguales a los hombres en todo aspecto. Jamás se escucharon de sus labios palabras de desprecio. Del mismo modo como el Salvador se identificó con los oprimidos y los desheredados, habló con las mujeres y acerca de las mujeres con completa libertad y sinceridad».
Al considerar la relación de Jesús con las mujeres, notemos en primer lugar su relación con su propia madre.
Cuando tenía 12 años, al realizar su primer viaje al campestre de Jerusalén, se separó de sus padres, y ellos siguieron su camino sin darse cuenta de que él no estaba con ellos. Cuando finalmente lo hallaron, después de buscarlo por tres días, lo reprendieron. Aun a la edad de 12 años, les respondió: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?» (Lucas 2:49).
A simple vista uno puede pensar que Jesús se portó desafiante con sus padres. Pero no fue así, porque el registro del Evangelio testifica que descendió con ellos y estuvo sujeto a ellos los siguientes 18 años. Pero hay una implicación muy clara en este pasaje y es que Jesús -por primera vez- manifestó una tensión y equilibrio entre la lealtad hacia su familia y la lealtad hacia su Padre celestial.
La segunda referencia acerca de Jesús y su relación con su madre aparece en la historia de la boda de Caná. Recordamos que ellos necesitaban más jugo de uva. La mamá de Jesús acudió a él y le hizo saber la necesidad surgida. Y Jesús le respondió: «¿Qué tienes conmigo, mujer?» (véase Juan 2:4).
Muchas personas piensan que ésta fue una actitud algo ruda. Pero un estudio cuidadoso de las formas del lenguaje de esos días demuestra lo contrario. En realidad, puede haber sido una respuesta respetuosa. Sin embargo, la sugerencia permanece de que a pesar del respeto que tenía Jesús por su madre, debía velar cuidadosamente por el equilibrio entre ese respeto y el trabajo que su Padre le encomendó que hiciera.
La tercera referencia nos remite a Capernaúm, donde la mamá y los hermanos de Jesús trataron de verlo, pero no pudieron debido a la multitud presente. En vez de interrumpir su predicación, él dijo: «Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos ese es mi hermano, y hermana, y madre».
Nuevamente enfatiza que el servicio a Dios no puede ser relegado a un segundo lugar, aun frente a la relación familiar. Y su propia madre, aunque haya sido bendita entre las mujeres, no podía llegar al reino de los cielos por el solo hecho de ser su madre. Necesitaría sostener su propia relación con Dios.
La cuarta referencia a la relación de Jesús con su madre ocurre al pie de la cruz. Mientras pendía de la cruz, miró hacia abajo y la vio parada junto a Juan … Juan, el que siempre estaba ahí. Jesús dijo: «¡Mujer, he ahí tu hijo!» y a Juan, «¡He ahí tu madre!» (Juan 19:26-27). De esta manera mostró un cuidado solícito por su madre hasta el mismo fin.
Ahora, otra área de la relación de Jesús que tiene que ver con las mujeres que eran seguidoras suyas. «Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Chuza, intendente de Herodes y Susana, y otras muchas [¡y muchas otras!] que le servían de sus bienes» (Lucas 8:1-3).
Jesús tenía como sus seguidores a doce apóstoles y un grupo de mujeres galileas. ¿Por qué lo seguían? ¿Lo hacían por invitación de alguien? Jesús dijo a sus apóstoles en una ocasión: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros» (véase Juan 15:16). Bien podría ser que Jesús hubiera escogido a estas mujeres también.
¿Qué hacían ellas? Lo acompañaban. Y uno bien podría especular acerca del problema que se presentaba cuando llegaban a un poblado en busca de alojamiento. Lo sostenían financieramente. Hay evidencia que algunas de estas mujeres eran ricas. Lo acompañaron hasta el mismo fin. Cuando los doce discípulos huyeron en su carrera de cien metros tratando de salvar sus propios pellejos, las mujeres permanecieron cerca de él y fueron las primeras en recibir el mensaje de la resurrección.
Otro ejemplo de la relación que tenía Jesús con las mujeres es su amistad con María y Marta. Ya conocen la historia. Se encuentra en el décimo capítulo del Evangelio según San Lucas. Allí se dice que María se sentó a los pies de Jesús. ¿Qué significa esto? En los días de Cristo, el alumno se sentaba a los pies de su maestro. Es más, Marta llamó a Jesús «el Maestro» en Juan 11, cuando llamó a María y le dijo: «El Maestro está aquí». En los tiempos de Cristo era inaudito que un rabino le enseñara a una mujer. De hecho, los rabinos decían que era preferible enseñarle a un samaritano que, a una mujer, ¡y ya saben lo que sentían por los samaritanos! Pero María se sentó a los pies de Jesús, y de los labios de su hermana Marta salió una de las más grandes afirmaciones acerca de Jesús y de quién era él en realidad. Sucedió en ocasión de la muerte de Lázaro. Jesús acababa de llegar a Betania. Marta dijo: «He creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que has venido al mundo» (Juan 11:27). ¿Cómo se puede pedir mayor fe que ésta?
Otro suceso que ilustra la relación de Jesús con las mujeres ocurrió cuando fue ungido en una fiesta en la casa de Simón. Los cuatro Evangelios lo registran. Lo que ocurrió allí habría sido mal visto por todos los judíos de sus días: Jesús permitió que una mujer lo tocara con el cabello suelto. (En aquellos días, soltarse el cabello era algo que sólo hacían las mujeres de la calle.) No sólo eso, sino que Jesús dijo, y quedó registrado para todas las generaciones, que esa mujer había hecho algo muy hermoso.
Luego tenemos a Jesús y a la mujer samaritana. En los días de Cristo, había una regla que decía: «Un hombre no debe estar solo con una mujer en una posada, ni siquiera con una hermana o hija, debido a lo que los demás hombres puedan pensar. Un hombre no debe hablar con una mujer en la calle, ni siquiera con su propia mujer, y especialmente si no es su mujer, debido a lo que los demás hombres puedan pensar». ¡Esto nos muestra claramente qué clase de hombres había en aquellos días! Pero Jesús habló con la mujer junto al pozo, sin avergonzarse por haberlo hecho, quebrantando de esta manera la rígida costumbre judía.
La experiencia de Jesús y la mujer adúltera que fue arrastrada hasta su presencia, de igual manera quedó registrada. Él la defendió en presencia de todos los que estaban listos a condenarla. ¡Vaya, las experiencias de Jesús y su relación con las mujeres parecieran no tener fin!
¿Y qué en cuanto a Jesús sanando a mujeres? Sanó a la suegra de Pedro … en el día de reposo. Quebrantó dos reglas a la vez, puesto que no sólo la sanó en sábado, sino que la tocó, la tomó de la mano.
Otra instancia quedó registrada en Lucas 13:10-17: la mujer que había sufrido una rara enfermedad por dieciocho años. Nuevamente, fue sanada en sábado, y Jesús la tocó públicamente, algo absolutamente prohibido entre los judíos.
También quedó anotada la historia del hijo de la viuda que fue resucitado en la aldea de Naín. Jesús interrumpió el cortejo fúnebre y trajo alegría a un corazón atribulado. Cuando resucitó a la hija de Jairo, Jesús nuevamente quebrantó las costumbres y tradiciones judías al tocar a la niña muerta y traerla nuevamente a la vida.
Cuando iba camino a esa cita, una mujer entre la muchedumbre se acercó a tocar el borde de su manto. Jesús se detuvo y preguntó: «¿Quién me tocó?» Llamó a esta tímida mujer, la sacó del anonimato y la reafirmó como una persona digna de recibir sanidad. Reconoció públicamente su fe y determinación. La trató como a un ser humano.
Una de las últimas experiencias de Jesús en relación con las mujeres sucedió en el camino al Calvario. Las mujeres lloraban. Tal vez no hayan tenido demasiado contacto previo con Jesús, pero sus corazones fueron tocados por su sufrimiento.
¡Deberíamos tener más hombres como ellas! Hombres como Simón el cireneo, que no pudo callar al ver sufrir a un Hombre debajo de la cruz. Pero las mujeres lloraban, y Jesús las tomó en cuenta.
No se registra una sola instancia en los Evangelios cuando una mujer se haya mostrado hostil hacia Jesús. Jesús se asociaba espontáneamente con ellas y presentaba su mensaje por igual tanto a hombres como a mujeres. Trataba a las mujeres con deferencia en todo sentido. Escogió tanto a mujeres como a hombres para ser sus amigos especiales. Aceptó sus demostraciones de aprecio, las que calificó como algo hermoso. Nunca dudó en ministrar a las mujeres. Y demostró que era posible asociarse con ellas en un plano elevado y espiritual. Por la aceptación y consideración que mostró hacia las mujeres, puede considerársele como el paladín de las mujeres.
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Un doctor judío de Los Ángeles formaba parte del cuerpo médico de un hospital perteneciente a una denominación protestante. En cierta ocasión contó sus experiencias de cómo era un extraño en ese lugar y de qué manera llegó a ser una persona de confianza. Estaba a punto de graduarse de su especialidad médica y una parte de su examen final consistía en entrar en el cuarto de un paciente que jamás había visto y salir en unos minutos con un diagnóstico. Se había entrenado bien a los pacientes para que no dieran a conocer su padecimiento.
Este médico judío entró en el cuarto que se le había asignado, donde había una mujer en la cama. Él pensó para sí, más vale que pruebe suerte, así que preguntó:
-¿Qué tiene?
-Usted es el médico, averígüelo -le respondió la paciente.
De modo que comenzó a examinarla. Después de unos momentos le pidió que se diera vuelta en la cama, y ella se movió como dos centímetros.
El médico volvió a insistir:
-Discúlpeme, por favor, pero necesito que se voltee.
La mujer se movió otros dos centímetros.
Para entonces, y en su frustración, el médico empezó a pronunciar frases y palabras seleccionadas en yiddish, ignorando que la dama también era judía. Ella lo miró unos instantes y le preguntó:
-¿Es judío?
-Sí -respondió el médico.
-¡Padezco diabetes! -le confió la dama.
Él explica que jamás se había sentido más integrado o afiliado a un grupo como en esa ocasión.
Ya sea que se esté hablando acerca de la práctica médica o de la iglesia o del mundo en general, es posible ser alguien de casa o un intruso. En realidad, si pensamos unos instantes, veremos que es posible ser de casa aun cuando se esté afuera; o ser un forastero, aun cuando se sea de casa.
Con esto en mente, es emocionante notar cómo trató Jesús a los forasteros de sus días para descubrir quiénes eran realmente los de casa.
«Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir. Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo. Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: Es digno de que le concedas esto; porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga.
«Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya estaban cerca de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sano. Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. «Al oír esto Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. ‘Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo» (Lucas 7:2-10).
Jesús se maravilló de la fe del centurión. En los evangelios se registran dos ocasiones específicas cuando Jesús se maravilló, y por razones opuestas. En ésta, se maravilló por la fe de un forastero. En la otra, por la falta de fe de los de casa, el grupo religioso de sus días.
Supongo que ha oído hablar acerca de las siete maravillas del mundo. ¡La última vez que revisé la lista, eran unas 280! Pero consideremos las siete maravillas de esta historia: siete elementos de los cuales podemos maravillarnos al repasar esta experiencia.
El primero tiene que ver con el centurión, el cual envió a unos ancianos a Jesús para que le contaran acerca de su siervo que estaba enfermo. ¿No es maravilloso que un gentil -considerado como un perro por el pueblo religioso de sus días-, tuviera el valor de hacer lo que hizo? Los gentiles eran forasteros. Se consideraba que no eran dignos de que Dios los tomara en cuenta, ni de recibir sus bendiciones y salvación. Así que verdaderamente ha de haber tenido mucha fe para intentar siquiera ingresar al sistema judío.
No sólo era gentil, sino también romano. Los romanos, en los días de Jesús, eran la clase de personas que si hacía frío, podían detener en la calle a un judío y despojarlo de su abrigo; si un romano llevaba una carga muy pesada, podía obligar a algún judío que se la llevara. Los soldados romanos no se conocían por su amabilidad, cortesía ni virtudes. Este hombre no sólo era soldado romano, sino también un centurión, encargado de cien hombres del ejército romano. Era un candidato poco probable para ejercer gran fe.
El segundo elemento del que podríamos maravillarnos en esta historia es el hecho de que el centurión era un cristiano. Evidentemente su fe provenía de una experiencia personal con Dios, y sabía algo acerca de Dios, aun antes de conocer a Jesús. En realidad, conocía suficientemente acerca de Dios como para percibir que Jesús era Dios. Ni siquiera los judíos del tiempo de Jesús lo habían reconocido. Estaban tan ocupados en tratar de ser buenos, externamente, que no tuvieron tiempo para reconocer la identidad del Galileo. Pero el centurión sabía quién era.
Él dijo: «Yo tengo autoridad». Luego describió los límites de su autoridad. Pero se veía a sí mismo como un simple reflejo en la presencia de Aquel que tenía todo el poder del cielo y de la tierra. Reconoció en Jesús a Uno que tenía autoridad; su fe aceptó a Jesús como Uno enviado por Dios. Aparentemente en su mente no existían dudas al respecto. Todo el pueblo religioso de sus días podría haberse unido a él, si lo hubieran deseado.
El tercer elemento que me gustaría destacar de este centurión es el hecho de que él no pidió señales. La gente de sus días siempre pedía señales. «Muéstranos una señal y creeremos». Jesús les dijo en una ocasión:
-Ustedes no creerían aunque resucitara a uno de los muertos.
Más tarde, lo comprobó al resucitar a Lázaro, y no sólo no creyeron, sino que hicieron un complot para matar tanto a Jesús como a Lázaro, a quien había levantado de los muertos. La señal no hizo ninguna diferencia.
Al noble judío que acudió a Jesús, le dijo:
-Si no viereis señales y prodigios, no creeréis.
Cuán fácil es fundamentar nuestra confianza en Dios cuando recibimos las respuestas que hemos pedido. Jesús percibió en el corazón del noble judío la fe condicional de alguien que no creería a menos que viera señales y prodigios. Pero no fue así con este centurión romano. Aceptó a Jesús tal cual era, aun antes de ver las señales y los prodigios.
Un cuarto elemento que debería maravillarnos de esta historia es la condición del siervo. Era un hombre que estaba muriéndose. La petición del centurión era más que simplemente rogar que se lo sanara de una gripe o resfrío. Este hombre estaba en problemas serios. Yacía en su lecho de muerte. Sin embargo, el centurión estuvo dispuesto a pedir lo aparentemente imposible. Él creía que el Creador del universo podía decir la palabra y su siervo sanaría.
¿Está usted dispuesto a pedir algo grande a Dios? ¿O tiene miedo de que si le pide algo grande no se lo conceda? ¿Tiene suficiente fe sólo para traer a los pies de Dios las peticiones pequeñas? ¿O se parece al centurión que le trae a Dios las peticiones imposibles?
Un quinto elemento que puede maravillarnos es el hecho de que la fe del centurión era tan grande que pudo decirle a Jesús: «Sólo di la palabra y mi siervo sanará». Imagínese ir al médico hoy por causa de un problema serio de salud de un ser querido. ¿Estaría dispuesto a decir: «Sólo di la palabra. Dinos cuál medicina lo sanará, y eso será suficiente?»
Este hombre tuvo la oportunidad de decidir si el Gran Médico le haría una visita a domicilio o no. Y él rehusó esta oportunidad diciendo: «No es necesario. Sólo di la palabra». Eso requiere mucha fe, ¿no le parece?
En este punto se puede ver la lección espiritual de la historia. Al concentrarnos en el milagro de la sanidad podríamos perder de vista la lección más profunda. Sabemos que no todos los que oran y piden sanidad física son sanados en el acto. Hasta los más consagrados sufren y mueren en este mundo de pecado.
Pero es un principio eterno y universal que Dios se complace en perdonar los pecados. Y la única condición que se requiere es que acudamos a él y se lo pidamos. En su plan lleno de sabiduría, Dios no incluye la sanidad de las enfermedades físicas de todos. De lo contrario, ya habríamos desarrollado un mundo lleno de cristianos por interés del arroz, gente que le sirve sólo por los favores que pueden obtener de él. Dios quiere un pueblo que le sea fiel hasta la muerte, que testifique ante el mundo que seguirá amándolo y confiando en él sin importar lo que suceda.
Pero cuando se trata del perdón de los pecados, él perdona todos nuestros pecados, y aún más. Él también sana todas nuestras enfermedades espirituales. Acudimos al Gran Médico en busca de algo más que el perdón. Vamos a él para ser sanados. Y su plan es que nos levantemos y caminemos en una vida nueva. La victoria, la obediencia y el triunfo, no sólo el perdón, están al alcance de todo aquel que acuda a sus pies.
Su voluntad para cada uno de nosotros no es sólo que hallemos perdón de nuestros pecados cuando los confesemos, sino que también seamos limpiados de toda injusticia. Esa es su palabra, y en la medida que la aceptemos por fe, en esa misma hora veremos su cumplimiento.
El sexto elemento digno de destacar del centurión es su humildad. Los dirigentes judíos que le presentaron a Jesús la petición de este oficial romano dijeron: «Es digno de que le concedas esto». Si buscas a alguien que sea digno, a quien quieres darle tus buenas dádivas, tenemos a uno. Nos ha construido una sinagoga. Seguramente merece una bendición adicional por eso. Pero el centurión mandó a decirle: «No soy digno». «No soy digno siquiera que entres en mi casa. Sólo di la palabra y mi siervo sanará».
Hay una gran diferencia entre tener valor y ser digno. Frecuentemente sentimos que carecemos de valor. Ese es uno de los grandes problemas del mundo actual. Mucha gente siente que no vale nada. Jesús probó en la cruz que sí valemos. Pero eso no nos hace dignos.
Cuando el centurión dijo, «no soy digno», evidenció lo genuino de su fe. Fe genuina es confianza en otro, y cuando confiamos, reconocemos que tenemos necesidad de otro. Reconocer que necesitamos a Jesús cada día es una experiencia de humildad. Pero sólo aquel que llega a estar humildemente al pie de la cruz, puede experimentar las bendiciones de la cruz.
Me gustaría unirme al centurión hoy y decir: «Señor, no soy digno del más mínimo de tus favores, pero Jesús dejó el cielo por mí». Y Jesús probó que ante sus ojos, en Cristo somos de mayor estima que todo el universo.
El séptimo elemento por el que podríamos maravillarnos del centurión es que, aunque él era un forastero, un pagano ante los ojos de los líderes judíos, fue transformado por Dios y demostró una verdadera preocupación por el prójimo. Él dijo: «Por favor, sánalo, porque lo quiero mucho». ¿Puede imaginar a un oficial del ejército diciendo estas palabras?
¿Tiene usted a alguien a quien quiere mucho? Puede acudir a los pies de Jesús y decirle: «¿Puedes hacer algo por esta persona? Él o ella significa mucho para mí». Esto es lo que caracteriza a una verdadera persona: cuando tiene la compasión y el espíritu de Jesús y se interesa más en el prójimo que en cualquier otra cosa.
¿Puede imaginar la conclusión de esta historia? Cuando Jesús escuchó acerca del siervo del centurión, dijo sin vacilación: «Iré y lo sanaré».
Han pasado siglos y hoy vivimos al borde de la eternidad. Me imagino a Jesús hoy, a la diestra del Padre, a quien se le ha conferido todo el poder de la tierra y el cielo. Él mira a un mundo hundido en problemas, un mundo lleno de dolor, muerte y lágrimas. Puedo oír nuevamente su voz diciendo:
-Volveré. Volveré y los sanaré.
Pronto llegará el día cuando él vendrá y sanará a todos sus siervos, a quienes quiere entrañablemente. Habrá concluido la controversia. La pregunta del amor de Dios y su justicia se habrá resuelto para siempre. Y Jesús hará lo que ha querido hacer todo el tiempo. Nos habrá sanado a todos, a todos aquellos que hemos aceptado su amor. Dios mismo vendrá y morará con nosotros y limpiará todas las lágrimas. ¡Qué cuadro tan hermoso! ¡Qué magnífica esperanza! ¡Cuán bello amor el de Dios por nosotros!
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Reseña
Debajo del barniz del éxito, la vida de Jim estaba ocupada, empujada y estresada. Su matrimonio era obsoleto, su experiencia cristiana era superficial, y él no conocía a sus hijos. Convencidos de que la búsqueda del «sueño americano» les estaba privando de una auténtica caminata con Dios, los Hohnberger lo vendieron todo y partieron hacia el desierto de Montana en busca de una «experiencia de Enoc». Lo que esta familia encontró para siempre cambió sus vidas. ¡Y la tuya podría ser la próxima! Este libro es más que una historia interesante. Mucho más. No es una exageración decir que los conceptos presentados aquí son revolucionarios. La verdadera entrega del alma te inspirará y desafiará a tu núcleo. Si estás hambriento de una auténtica vida cristiana, si estás desesperado por que Dios haga algo nuevo en tu vida, estás listo para lo que este libro tiene que decir.