Mes: enero 2024
-
Cierta vez alguien le preguntó a H. M. S. Richards: «¿Es correcto que se maquillen las mujeres?» Él contestó: «Cuando el granero necesita pintura, píntenlo». Aunque no estoy seguro exactamente qué quiso decir con eso, me gustaría que todas nuestras respuestas fueran tan sencillas como esa.
Pero las respuestas raramente son así de sencillas y fáciles, cuando tratamos de analizar la cuestión de las normas de la iglesia y la ética. ¿Qué es correcto y qué no lo es? ¿Qué hace usted con las áreas grises? El diablo nunca lleva a una persona de lo blanco a lo negro de un solo salto. Lo lleva a través de áreas grises, poquito a poco. Y ¿cómo sabe usted la forma de decidir con respecto a lo correcto o lo erróneo en áreas grises, tales como dónde ir; qué comer; o qué normas aplicar a la música, al entretenimiento, a la lectura, la televisión y el vestido?
Para contestar estas preguntas debemos necesariamente referirnos a los principios. Como pastor, he descubierto que la gente trata de exprimirme, haciéndome que les hable acerca de detalles, pero yo trato de evitarlos. Resulta que en nuestro hogar tuvimos dos adolescentes, un hijo con pelo largo y una hija con faldas cortas. Yo tenía problemas porque quería influir sobre ellos en esos dos aspectos. Pero también sabía que ninguno de los dos había entregado su vida a Jesús. Creo que no se deben tratar las normas de la iglesia o de la ética personal, como si fueran asuntos religiosos, si la persona todavía no le ha entregado su vida a Jesús. Simplemente no es posible. Si usted lo hace, estará impidiendo que tomen su decisión por Cristo, ya que ellos verán a Dios como a uno que quiere entrometerse y echar a perder su estilo de vida. Así que decidí ser el chivo y decirles lo que yo quería que hicieran. Cuando me preguntaron por qué, les contesté: «Porque yo lo digo; eso es todo».
Muchas de las normas y reglamentos de nuestros colegios no tienen nada que ver con Dios, ni con la fe, ni con la religión. Y no podemos insistir en que así sea, cuando tenemos muchos jóvenes que no han entregado su vida a Jesús todavía. Sólo cuando lo hayan hecho, y tengan una relación con Dios, aquello tendrá sentido para ellos. ¡Pero antes, no!
Sabemos que en cada congregación hay personas que escuchan, pero que todavía no han entregado su vida a Cristo. Así que no entremos en detalles ni digamos cosas que podrían alejarlos. Por eso es que hablamos de principios.
Al ponderar la importancia de los principios, pienso en los astronautas que tratan de viajar en naves espaciales. Si yo fuera un astronauta elegido para una misión, no trataría de ver cuánto podría pasar por alto durante el programa de entrenamiento. No trataría de ver cuán poca atención podría dedicarle al aprendizaje de las reglas y normas del viaje y al entrenamiento. Lo que trataría de hacer sería llegar a la perfección. ¿Y usted? A mí me gustaría dominar todo a la perfección.
El mensaje implícito en esta ilustración acerca del espacio, es que nuestras normas, nuestras reglas, nuestros reglamentos y nuestra ética tienen algo que ver con el hecho de llevarnos de la tierra al cielo. Por eso quiero volver atrás y hacer esto tan claro como sea posible. Cuando hablamos acerca de lo que es correcto y de lo que no lo es, y acerca de la ética y la moralidad, no estamos hablando de algo que nos lleva al cielo. Nosotros llegaremos al cielo únicamente gracias a lo que Jesús hizo. Aceptar eso, y seguir aceptándolo por medio de una relación diaria con Él hasta que vuelva, es el método de nuestra salvación. Por otra parte, mis decisiones acerca de lo correcto y lo erróneo, y la forma como relaciono mi estilo de vida con todas estas áreas grises, puede tener algo que ver con mi relación con Jesús.
Yo descubrí eso una noche tras haberme quedado despierto hasta ver el último programa de televisión. Se trataba del misterioso caso de un asesinato; pero excusé mi acción porque el filme tenía a un misionero involucrado. Realmente logró que mi «Deseado de todas las Gentes» pareciera aburrido a la mañana siguiente. Y eso afectó mi vida devocional. Si cualquier cosa en la que estoy involucrado, dondequiera que voy, cualquier cosa que haga, influye de alguna manera en mi caminar diario y mi relación con Jesús, entonces eso tiene algo que ver con mi viaje de la tierra al cielo. ¿O no?
Incluso los defensores de la nueva teología, quienes aseguran que la justificación es el evangelio, y que no hay nada más que tenga que ver con él, añadirían, como entre dientes: «Pero Dios no justifica a nadie si no lo santifica también». Así que, cuando hablamos de las normas de la iglesia, o de las normas personales; cuando hablamos acerca de la determinación de lo correcto y lo erróneo, de hecho estamos tratando con algo que impacta nuestra salvación, si afecta nuestra relación con Jesús.
Hasta aquí hemos formulado cuatro principios, mediante los cuales podemos decidir qué es correcto y qué es erróneo:
Numero uno: ¿Cuáles son mis motivos? ¿Puedo pedir a Dios que me ayude a comprender el asunto? ¿Qué es lo que realmente quiero en esta situación? (Por lo general tenemos dos razones para hacer lo que hacemos: !una «buena» razón y la verdadera razón!)
Número dos: Evitar la apariencia de mal. Esto no tendría ningún efecto si nos encontráramos abandonados en una isla deshabitada. Pero estamos en el mundo, donde hay personas, e incluso la apariencia de mal puede deshonrar el nombre de Dios.
Número tres: El principio de la influencia. No hemos dado suficiente crédito a una pequeña dama, que escribió muchos libros en los que considera ampliamente el poder de la influencia. Nosotros pensamos que esta autora fue, probablemente, la más rígida, conservadora, y de cara más larga que existió jamás. Pero la señora Elena de White le da en el clavo cuando trata este asunto. Cuando hablamos acerca de ciertas normas, tenemos una y mil razones superficiales para hacer algo o no hacerlo. Pero para ella, la razón principal era la influencia. No haga nada que pudiera ser causa de tropiezo u ofensa para alguien, siempre y cuando sea algo que usted no necesita y puede seguir adelante sin ello.
Yo escribí las palabras «ofendido» y «ofender» en mi computadora y descubrí un texto escrito por el salmista, uno que todos hemos escuchado en algún momento de nuestra vida: «Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo» [y nada los ofenderá] (Salmos 119:165). Y obtuve una nueva comprensión de este antiguo texto. Si alguien dentro de la iglesia se ofende por lo que hago, entonces prueban que no aman la ley de Dios en absoluto. A decir verdad, la odian.
De manera que, si hago algo que a alguien le parece que es malo, porque son conservadores, rígidos defensores de la ley de Dios, y se ofenden, esto prueba que no aman la ley de Dios. Porque «mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo» [ofensa]. La verdad es que odian la ley y temen, al parecer, que vaya a zafarme de algo a lo cual ellos no pueden escapar.
Una forma de reaccionar ante este tipo de gente extremista es «dejar que se cuezan en su propio jugo». Pero Pablo dice: «No; no ofendan ni siquiera a gente que odia la ley y que han vivido en el escrupuloso mundo del legalismo toda su vida». Pablo dijo: «No los ofendáis». «Oh, pero son ellos los responsables de sus propios problemas». «¡No! ¡Yo también soy responsable de ellos!, dice: No los ofendáis». Y eso es un principio bíblico, porque estamos tratando de ayudar a las personas a salir de sus problemas, y orientándolas hacia algo mucho mejor.
Número cuatro: ¿Hacia dónde nos llevará esto? ¿Qué otros asuntos están relacionados con ello? La mayoría de nosotros estamos familiarizados con este tipo de historias. Podríamos dar muchos ejemplos de personas que siguieron la senda descendente al alejarse de Dios. Y la mayoría de nosotros hemos tenido alguna experiencia con ellos.
Jesús elevó una hermosa oración por aquellos que vivirían rodeados de sendas descendentes. Justamente antes de su arresto, durante el tiempo que estuvo con sus discípulos, rogó a su Padre: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal» (Juan 17:15). No nos elevamos a la altura de las normas que Dios ha diseñado para sus hijos, volviéndonos ermitaños o apartándonos a una isla deshabitada. No llegamos allí porque seamos gente especial (como esos que se sientan en lo alto de un poste), o porque nos acostemos en un lecho de clavos. Estamos en el mundo. «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal».
Nuestra fuente de información primaria para discernir entre lo correcto y lo erróneo es nuestra intimidad con Jesús. Con esto en mente, me gustaría que recordásemos la famosa parábola del pastor y las ovejas, donde Jesús es el pastor y nosotros las ovejas. Jesús es también la puerta del redil.
«De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador. Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es. A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños» (Juan 10:1-5).
Las ovejas le siguen porque conocen su voz.
Un suizo me dijo que cuando era niño, él y un amiguito suyo cuidaban sus rebaños muy cerca el uno del otro en la ladera de una montaña. Se acompañaban mutuamente mientras cuidaban juntos las ovejas. Pero un día los azotó una terrible tempestad y tuvieron que correr a refugiarse. Las ovejas se esparcieron y mezclaron totalmente amontonándose en diversos lugares en busca de protección durante los truenos, relámpagos, el viento y la lluvia.
Cuando finalmente cesó la tormenta, los niños pastores tuvieron problemas para reconocer a sus ovejas. Perdieron mucho tiempo tratando de separarlas. Finalmente, frustrados, dijeron: «No lo podemos hacer, simplemente nos iremos a casa en busca de ayuda». Fue así como uno se dirigió por un rumbo y el otro por el lado opuesto. Para sorpresa de ambos, las ovejas también se separaron y siguieron cada una a su propio pastor. Ellas conocían la voz de sus pastores y los siguieron.
En el notable libro «El Deseado de Todas las Gentes», encontramos esta declaración: «Cuando conozcamos a Dios, como es nuestro privilegio conocerle, nuestra vida será una vida de continua obediencia» (página 621). El énfasis se pone, clarísimamente, sobre la necesidad de conocer a Dios. Pero el mismo párrafo habla directamente de nuestro tema: «Los que decidan no hacer, en ningún ramo, algo que desagrade a Dios, sabrán, después de presentarle su caso, exactamente qué conducta seguir. Y recibirán no solamente sabiduría, sino fuerza».
De modo que tenemos esta secuencia:
1. Las personas llegan a conocer a Dios personalmente. (De nuevo la teología relacional)
2. Se enfrentan a un serio problema, cuando tratan de decidir por ellos mismos lo que es correcto o erróneo.
3. Han decidido no hacer nada que desagrade a Dios.
4. Se les promete que «sabrán, después de presentarle su caso, exactamente qué conducta seguir».
5. Reciben no sólo sabiduría de lo alto para discernir entre el bien y el mal en estas zonas grises, sino también fuerza para hacer lo que es correcto.
¿No son éstas buenas nuevas? Muchas personas creen saber qué es lo correcto en estas áreas grises, pero carecen de fuerza para hacerlo. Si alguno piensa que ya es grandecito para saber qué es el bien y el mal en primer lugar, y en segundo para hacer lo que es correcto, entonces tiene una idea equivocada de quién es realmente su Dios. No somos lo suficientemente grandes como para independizarnos del Señor.
Sólo hay dos clases de personas en el mundo. Los que conocen a Dios y los que no lo conocen. Estas dos clases de personas existen en todo lugar, incluyendo mi propia iglesia. Muchas personas están desilusionadas con la religión organizada de la actualidad y no quieren tener nada que ver con ella, pero todavía tienen sincero interés en Dios, y están haciendo esfuerzos por conocerle a través de su Palabra y a través de la oración. Algunas encuestas revelan que de estas dos clases de personas, sólo la minoría de los que asisten a la iglesia conocen realmente a Dios. La mayoría todavía está atrapada en la justificación por la herencia, la justificación por ser miembro de la iglesia, la justificación por la ética o la justificación por la celebración.
Aventuraré una conclusión. Creo que cuando llegamos al asunto de lo correcto o lo erróneo, la persona que conoce a Dios sigue siendo la misma, no importa en qué lugar del mundo se encuentre. El mismo Espíritu Santo está inmerso en sus vidas y en sus relaciones con Dios. El los guía en términos de lo correcto y lo erróneo, y les da poder para hacer lo bueno.
Por otra parte, los que no conocen a Dios son como camaleones. Mimetizan el color de su piel para adaptarse al ambiente donde se desenvuelven. (¡Yo supongo que usted oyó hablar del camaleón que se paró sobre una tela multicolor escocesa y casi se volvió loco!) En realidad, tratar de decidir qué es correcto y qué no lo es, simplemente sobre la base de las ideas de la mayoría, es como para volverse loco. Pero eso es lo que sucede con la gente que no conoce a Dios. Para ellos, la religión y la iglesia no son más que un club, y se conforman a sus normas fácilmente, no importa cuáles sean esas normas.
Una invitación pastoral nos llevó una vez desde el noroeste hasta el sur de California, y estábamos muy interesados en trasladarnos a esa región. Habíamos oído hablar mucho de «los adventistas del sur de California». Durante el tiempo que me tocó pastorear la iglesia de White Memorial, me resultaba interesante observar a algunos de los estudiantes que llegaban a la Univesidad de Loma Linda procedentes del Este, el Este conservador. Eran conservadores cuando llegaron. Pero cambiaron casi de la noche a la mañana. Se conformaron con la atmósfera en la que estaban inmersos. Fue tan obvio, que era imposible ignorarlo. Y quedó demostrado que sus normas, su ética, su estilo de vida, estaban determinados simplemente por la mayoría en medio de la cual se encontraban.
¿No hay algo más profundo y verdadero que nos impulse? Debería haberlo. Yo no quiero que mis decisiones en cuanto a lo correcto y lo erróneo, sean influidas o determinadas por la multitud en medio de la cual me encuentro.
Hace algún tiempo, durante mi primer año de ministerio, trabajé en un pueblo pequeño cerca de Bakersfield, California. Se suponía que yo debía hacerme cargo de Taft, un pueblecito por allá detrás de los campos petrolíferos. Era una iglesita llena de gente muy celosa en compartir su fe con otros. De modo que empezamos algunos estudios bíblicos, y la gente asistió. Es posible que yo haya dado más estudios bíblicos ese primer año, que en cualquier otro año desde entonces.
Era muy fascinante ver a la gente que se interesaba en el evangelio. Una pareja joven sencillamente no parecía conseguir todo lo que deseaba aprender en un estudio. Decían: «Venga y estudie otro día con nosotros. Venga después del sermón y coma con nosotros y estudiemos un poco más». Estudiábamos la Biblia con ellos en cada oportunidad que teníamos. El apetito por las cosas de Dios parecía insaciable.
Sin embargo, llegamos al asunto del arreglo personal. La joven mujer se parecía a la bestia escarlata y a la mujer de Apocalipsis 17. Se arreglaba en forma exagerada, incluso para el mundo, con una media docena de collares pegados al cuello, los aretes le llegaban a los hombros y los brazaletes le cubrían los brazos. ¡Debo decir que aquello era en realidad exagerado. ¡Y todo eso rematado con un maquillaje de color morado! ¡Jamás hablamos acerca de sus joyas ni del maquillaje! Todo lo que hicimos fue estudiar la Biblia.
Y comencé a ver cómo cambiaba la «pintura del granero». Y me puse nervioso. ¡Me puse realmente nervioso al respecto! Pensé que algún vecino suyo miembro legalista de la iglesia, estaba trabajando con ellos. Pero el milagro ocurrió gradualmente. El morado cambió a rojo y luego a rosa. Los collares disminuyeron de cinco a cuatro, luego a uno y finalmente a ninguno. Los aretes que le llegaban hasta los hombros se hicieron cada vez más cortos. Debe de haber tenido una fabulosa colección de joyas en algún lugar. Pero todas las cosas comenzaron a cambiar.
Continué sintiéndome nervioso al respecto, particularmente cuando al llegar un día encontré a ambos masticando pedazos de madera. ¡Yo pensé que aquella pareja había perdido la cabeza!
-¿Qué hacen? -les pregunté.
-Estamos tratando de dejar de fumar -fue su respuesta.
-¿Por qué? ¿Por qué están tratando de dejar de fumar? ¿Alguien les ha hablado al respecto?
-No.
-Entonces, ¿por qué todos esos cambios en su vida?
-No sabemos por qué.
Simplemente había un principio obrando. A medida que Jesús entraba, ellos cambiaban espontáneamente. No puedo decirles cuántas veces he visto este milagro en personas que han comprendido la Biblia y comenzado a pensar en las cosas del cielo. Sólo cuando Jesús entra podemos encontrar la única respuesta verdadera al significado de lo correcto y lo erróneo.
Podría ocurrir de un modo diferente para varios individuos en distintas etapas de sus vidas. Debemos entender esto y no tratar de urgar en la vida de los demás. Pero todavía ocurre, y es real. Porque los que conocen a Dios están siendo guiados a una vida de continua obediencia. Ellos saben, a medida que pasan tiempo con Él, qué camino seguir. Reciben tanto sabiduría como poder.
¿Qué conclusiones podemos sacar de todo esto? Las ovejas genuinas conocen la voz de su pastor. Él tiene una forma peculiar de comunicarles su voluntad en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia. No puedo explicarlo. Usted tampoco puede explicarlo. Pero podemos experimentarlo. Y mientras más nos acercamos a Jesús, más seguros estaremos al determinar lo correcto y lo erróneo por nosotros mismos, según las circunstancias en las que nos encontremos en ese momento.
Tenemos a continuación este texto muy significativo del apóstol Pablo, Hebreos 12:1-2: «Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso». ¿Notó bien qué palabra emplea el apóstol? «Despojémonos de todo peso». Puede ser que el peso no sea un pecado, pero es un peso. Es algo que estorba nuestra relación con Cristo. «Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Puestos los ojos en Jesús». Y cuando miramos a Jesús, los pecados y los pesos son afectados. Pueden ser dejados atrás.
Tengo una pregunta para usted. Está basada en experiencias de personas que afrontan diversas crisis en sus vidas: tragedias, tristezas, enfermedades terminales, o pérdidas de seres amados. ¿Ha notado usted que hay algunas cosas, tales como las que se encuentran en la zona gris, que de alguna manera no parecen tan importantes frente a las tragedias y las crisis? ¿Ha experimentado usted esto? De alguna manera, en esos momentos podemos ver mejor lo que es realmente importante y lo que es superficial.
Pero, insisto en preguntarle: si usted supiera con certeza que Jesús regresará en seis meses, ¿afectaría eso de algún modo los lugares que frecuenta, lo que hace, o su estilo de vida, particularmente en las áreas grises? ¿Lo afectaría? ¿Honestamente? Yo creo que sí. Siento que no estaría fuera de lugar hacernos cada uno esa pregunta.
¿Será posible que nos deslicemos a presión entre las puertas de perlas de la ciudad de Dios? ¿Nos infiltraremos de alguna manera con las calificaciones mínimas, y trataremos de entrar por la fuerza en las puertas de la patria celestial?
En los albores del lejano oeste, una diligencia tenía vacante el puesto de conductor. La compañía invitó a las personas a hacer su solicitud, y tres hombres respondieron. Mientras el primero era entrevistado, se le preguntó:
-¿Conoce usted aquel lugar particularmente peligroso en las montañas, donde el precipicio está cortado a pico por un lado y las rocas forman una pared por el otro? ¿Cuán cerca del borde del precipicio puede usted pasar y hacerlo con seguridad?
Él respondió: -Yo tengo mucha experiencia. Puedo pasar a 25 centímetros del borde y hacerlo con seguridad.
Entrevistaron al segundo interesado. Le hicieron la misma pregunta:
-¿Conoce aquel lugar…? ¿Cuán cerca del borde puede usted pasar y hacerlo con seguridad?
Él respondió: -He tenido mucha experiencia. Sé conducir. Conozco mis caballos. Puedo pasar a 12 centímetros del borde y hacerlo con seguridad.
Llamaron al tercer hombre, quien respondió así a la misma pregunta:
-No sé cuán cerca del borde pueda pasar y hacerlo con seguridad; pero una cosa puedo asegurarles, voy a pasar tan lejos del borde como pueda.
-¡Obtuvo el trabajo!
Una vez conté esta historia en la iglesia y un miembro se me acercó después del culto y me dijo: «He estado pasando muy lejos del borde durante tantísimos años, que me he arañado al colgarme de la pared de roca por el otro lado». ¿De veras quiere usted vivir en el cielo con personas que han tratado de llegar allí haciendo todos los esfuerzos posibles?
Quizá podamos ver a Jesús otra vez, reflejado en la llanura de Dura, ante los ojos de aquellos tres jóvenes hebreos, Sadrac, Mesac y Abed-nego. Todavía recuerdo que cuando yo era niñito, oía predicar a mi tío acerca de esos valientes jovencitos hebreos. Habían echado a perder la fiesta de Nabucodonosor. Este quería asegurarse de que no habría Medo-Persia, Grecia, ni Roma. Así que erigió aquella gigantesca imagen. Se suponía que todos debían inclinarse ante ella cuando escucharan la música.
De pronto un mensajero llegó corriendo hacia Nabucodonosor y le dijo: «Hay tres que no se arrodillaron». Así que los llamó a su presencia. Y los reconoció como sus amigos. Tenía un enorme respeto por ellos.
Quizá su súplica se pareció mucho a esto:
-Vamos, amigos. Yo los conozco. Conozco a su Dios, y siento una gran simpatía por todo lo que ustedes creen. En realidad, los admiro. Pero estamos tratando de hacer algo aquí hoy por causa de la nación, el reino. Vayan y oren a su propio Dios. Simplemente arrodíllense, aunque sea en una sola rodilla. Simplemente pónganse sobre una sola rodilla y miren hacia otro lado. Ni siquiera tienen que mirar a la imagen. Eleven una sencilla oración a su Dios. Simplemente no echen a perder la fiesta.
Y usted recuerda lo que ellos dijeron: -Oh, Nabucodonosor, no necesitamos responderte en este asunto. No adoraremos la estatua que has levantado (véase Daniel 3:16-18). No eran moderados que iban por el término medio. Eran hombres dedicados al Dios a quien servían. Y nada podía desviarlos de su obediencia indivisa a Él. A medida que el Espíritu de Dios le hable, me gustaría invitarle a decidir en su propia mente, que no tratará de hacer lo menos posible, ni de obtener lo más con el menor esfuerzo. Póngase como blanco la norma más alta posible.
-
A mí no me gustan las corbatas, pero me sacan de apuro cuando tengo que colgar el micrófono para hablar en la iglesia. Algunas veces me levanto en las mañanas antes que mi esposa. Más tarde, cuando vuelvo a casa, ella mira los colores contrastantes de la corbata que he elegido, y dice: «No me digas que te pusiste eso, ¿o sí?» Y tengo que confesar que sí me la puse. Pero uso corbata en la iglesia sólo porque no quiero ofender a nadie. Hay algunas personas que podrían ofenderse y tener un concepto erróneo de mí, si predicara sin mi corbata, ¿correcto?
Cuando llegamos al asunto de una obediencia verdadera, ¿cómo decidimos entre lo correcto y lo erróneo? ¿Cómo establecemos las normas de la iglesia y la ética personal? Al leer el título «Negro, blanco o gris», espero que usted no suponga que contiene ningún énfasis racial. Lo elegí a propósito, porque la mayoría de nosotros estamos familiarizados con el área negra, hacer algo erróneo por motivos erróneos (como matar seis millones de judíos por diversión, o porque los odio), o el área blanca, hacer las cosas correctas por razones correctas (como ir a la iglesia porque amamos a Dios).
Pero el área gris nos confunde. Incluso tratar de decidir cuáles áreas son grises resulta difícil. Quizá podemos comenzar diciendo que las áreas grises serían hacer lo correcto por razones equivocadas, o hacer cosas buenas por razones equivocadas. Pero en un área gris, ¿qué métodos utiliza usted para decidir qué es correcto y qué es erróneo?
Yo he notado, por estudio y experiencia personal y casos históricos, que al diablo le gustan las áreas grises. Nunca lleva a la gente de la zona blanca a la negra de un gran salto. Los lleva a través de la zona gris, ¿verdad? Nadie se convierte de un bebé inocente en un asesino sanguinario de la noche a la mañana. La senda descendente que al diablo le gusta utilizar es siempre gradual. Y esos pasos descendentes pasan, por lo general, a través de un área gris. No deberíamos ver nada erróneo en el paso uno, excepto que conduce al paso dos, y con mucha frecuencia ni siquiera lo notamos, a menos que miremos hacia atrás.
Comencemos con la cuestión de la ética y las normas personales. Quizá entonces podríamos comprender mejor cómo manejar la ética y las normas de la iglesia.
La gente está acostumbrada a decidir qué es correcto y qué es erróneo de diversas maneras. Quizá una de las más antiguas sea: «Oh, mantengámonos en el centro de la línea». Uno de los mayores problemas de la iglesia cristiana de hoy, es el gran número de moderados que militan en la línea del centro, que no pueden dejar su cruz porque nunca la han tomado. En la iglesia, conocida en el Apocalipsis como Laodicea (tibieza), el centro de la línea podría ser uno de los lugares erróneos por el cual andar. ¿O no? En la iglesia tibia (y es posible que la mayoría de nosotros, de acuerdo con la profecía, estemos en esa iglesia antes que Jesús venga), el lugar correcto del camino no debería ser el punto medio.
Algunas personas dicen: «Una forma de decidir qué es correcto y qué es erróneo es hacer siempre lo que Jesús haría». Pero nuestra comprensión de lo que Jesús haría está fuertemente influida por nuestro propio trasfondo, nuestro marco de referencia y nuestra cultura. Existe una diversidad de ideas en cuanto a lo que Jesús haría. Conozco a cristianos conservadores que piensan que es malo jugar al boliche y al billar. Y conozco a otros cristianos que aparentemente están tan interesados en Cristo como los demás, que piensan que están perfectamente bien ambos juegos. Mucho depende de la forma en que usted fue criado. De modo que, hacerse simplemente la pregunta, «¿qué haría Cristo?», podría no ser suficiente. También tenemos personas que escriben cartas a la Revista Adventista, preguntando si está bien asar papas en el horno durante el sábado. Yo, como pastor, he recibido llamadas telefónicas de los miembros que buscan respuestas a esta clase de preguntas. Siempre he pasado momentos difíciles al tratar de contestarlas, y siempre termino diciendo: «¡De rodillas, mi amigo, de rodillas, y a su cámara secreta!» Obtener respuestas desde las oficinas generales de la iglesia es típico de una de las iglesias más grandes del mundo, que es conocida por no haber enseñado a sus miembros a pensar. Pero incluso en esa gigantesca iglesia ha habido cambios en años recientes y se está alentando a la gente a pensar (¡gracias a Dios por eso!).
Otro enfoque para decidir qué es correcto y qué es erróneo, propone: «¿Qué hacen los demás? ¿Qué hace la mayoría?» Yo espero que entendamos cuán ingenua es esa actitud. Cierta vez iba yo manejando mi automóvil por la carretera de la autopista de Ohio, cuyos carriles estaban nítidamente divididos, cuando la línea del centro entre los dos carriles de mi lado estaba siendo pintada. Había señales que decían, «¡No pase!».
Finalmente me cansé de ir manejando detrás de alguien que no tema prisa. Así que, cuando el carro que iba inmediatamente frente a mí se salió de la fila y pasó (manchando sus llantas de pintura blanca), yo también me salí y pasé. Y lo mismo hizo el oficial de la policía de caminos que venía detrás de mí. Luego nos pasó a los dos. Después de poner una multa al hombre que iba delante de mí, me preguntó: «¿Por qué pasó usted también?» Yo respondí: «Porque el que iba delante de mí lo hizo». Él me replicó: «Si él saltara del puente de Brooklyn, ¿lo haría usted también?» Y yo comprendí, sobre la autopista de Ohio, cuán necio es hacer algo simplemente porque los demás lo hacen.
Así que, ¿cuál es su método para decidir entre lo correcto y lo erróneo, particularmente cuando llega a un área gris? ¿Cómo decide usted las normas personales, especialmente en áreas como la música, el entretenimiento, los libros, la TV, la moda y la apariencia?
Las normas que sustenta la iglesia cristiana surgieron en el siglo pasado, y mucha gente se deleita en volverse contra ellas. De hecho, como casi todo lo que oímos acerca de ellas es negativo, pensé que quizá sería bueno echarles un vistazo por el lado positivo. Quiero hablar en favor de la ética personal y las normas cristianas y quizá incluso de las normas de la iglesia.
En la Biblia hallamos un texto que trata del asunto:
“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:15-16).
«No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo». Es un buen principio. Pero si yo viviera en Pennsylvania en la actualidad, e incluso en ciertas partes de Iowa y Missouri, pensaría que está fuera de lugar tener un automóvil, e incluso andaría por la carretera con mi carricoche tirado por caballos. ¿Por qué? Porque algunas de esas comunidades consideran que es mundano tener un automóvil. Yo tuve un amigo que pensaba que era extravagante tener un reloj. «Eso es del mundo», dijo. De modo que, una vez más, sus puntos de vista en cuanto a lo correcto y lo erróneo son el resultado de la influencia de su pasado, su idiosincrasia y su manera de pensar. ¿Cómo definiría usted «al mundo»?
Muchas veces oímos decir a algunas personas: «Dios nos ha dado mentes para pensar. ¿Por qué no usamos el cerebro que nos ha dado?» Cuando consideramos este enfoque, vamos hasta el Jardín del Edén, donde la serpiente dijo a la mujer desde el árbol: Anda, come. Puedes llegar a ser como Dios, conociendo el bien y el mal (véase Génesis 3:4-5). Quizá una aplicación de esa vieja historia calce dentro del cuadro aquí. ¿De veras piensa usted que es un dios y que puede decidir entre el bien y el mal, sólo con la ayuda de su pensamiento, sólo con usar su propia lógica y razón? O, ¿no es una dolorosa realidad que casi toda nuestra lógica y nuestra razón, sólo pueden relacionarse con acciones externas? He ahí el problema. La Biblia dice que la gente mira la apariencia, lo exterior, pero Dios mira, ¿dónde?, al corazón (véase 1 Samuel 16:7).
Proverbios nos dice que es extremadamente importante considerar el asunto del corazón. Y cuando la Biblia habla del corazón, se refiere a la mente, los motivos íntimos y los propósitos. «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él, mana la vida» (Proverbios 4:23). Y Jesús les aclaró muy bien a los fariseos, que estaban muy preocupados por aparecer inmaculados en lo exterior, que eso es comparativamente insignificante si consideramos lo interior.
Quizá una de las mejores formas de comprender el área gris, y la razón por la cual hacemos o dejamos de hacer algo, sería examinar el interior. ¿Pero quién puede hacer esto? La Biblia dice: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jeremías 17:9). Así que, ¿somos capaces de entender por qué hacemos lo que hacemos? Obviamente, Dios no sólo mira lo que hacemos; Él mira por qué hacemos lo que hacemos. Y éstas son buenas nuevas. ¿No cree que valdría la pena pedirle que nos ayude a comprender por qué hacemos lo que hacemos? Este podría ser el factor decisivo para determinar si un asunto es blanco o negro al aproximarnos a la zona gris.
Otra pauta que me ayuda en términos de mi relación con la comunidad cristiana, la encuentro en 1 Tesalonicenses 5:22, donde Pablo exhorta a la iglesia cristiana: «Abstenéos de toda especie de mal». Al parecer, hay algunas cosas que no son malas, pero que parecen malas. Y él dice, ¡evitadlas! Una vez más, estoy hablando de principios, no de generalidades, porque estoy muy consciente de que los detalles pueden polarizar la audiencia cristiana como ninguna otra cosa. Así que un buen principio para recordar es éste: evite la apariencia de mal.
Otro principio que compromete al cristiano dentro de la comunidad cristiana es la influencia. Tres referencias bíblicas tratan esta cuestión claramente. En Romanos 14, comenzando con el versículo 7, Pablo establece que una de las mejores formas de decidir entre lo correcto y lo erróneo, particularmente en asuntos en los que no tenemos un capítulo o un versículo que lo trate, es la forma en que influirá sobre los demás: «Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí». Luego en el versículo 10 agrega: «¿Por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano?» Y el versículo 12 dice: «De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí». Es algo que haríamos muy bien en recordar. El versículo 13 añade: «Ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano». El versículo 16: «No sea, pues, vituperado vuestro bien». De manera que algo que podría ser bueno para mí, podría ser malo para otro. Y luego inserta este principio en el versículo 21: «Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece, o se ofenda o se debilite».
En una discusión sobre este versículo que se suscitó en una iglesia, alguien dijo: «Entonces ni siquiera saldría de mi cama en la mañana». Pero otra persona, basándose en eso, repuso: «Si te quedas en cama, eso podría ser motivo de tropiezo a otra persona también. Así que no puedes ganar en ningún sentido». Pues bien, en algún lugar del proceso tiene que haber algún pensamiento santificado, en el cual Dios le brinde su ayuda a nuestra lógica. Pero la influencia es un principio que se considera claramente en los escritos de Pablo.
Veamos el segundo pasaje, donde el apóstol trata la misma cuestión.
“Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles. Porque si alguno te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa en un lugar de ídolos, la conciencia de aquel que es débil, ¿no será estimulada a comer de lo sacrificado a los ídolos? Y por el conocimiento tuyo, se perderá el hermano débil por quien Cristo murió. De esta manera, pues, pecando contra los hermanos e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis. Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano” (1 Corintios 8:9-13).
El marco de estos capítulos se encuentra, por supuesto, en los días de Pablo. Los paganos dedicaban la comida, no sólo la carne, sino toda la comida a los ídolos. Así que, cuando iban al mercado (y a veces los mercados se conocen como «mataderos»), podían comprar comida que ya había sido dedicada a los ídolos, y así tenían una ventaja en la preparación del almuerzo. En consecuencia, algunos cristianos compraban comida que ya había sido sacrificada a los ídolos, y otros empezaban a discutir si era correcto o incorrecto comerla. Pablo dijo en esencia: «¡Qué absurdo! La comida ofrecida a los ídolos no significa nada. ¿A quién le importa que haya sido sacrificada a los ídolos? Pero si alguno se ofende por ello, entonces no la coma».
Y luego dijo algo más, muy interesante, que suena algo así como si hablara con doble sentido. Se encuentra en 1 Corintios 10:23-24: «Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro». Por supuesto, dice esto dentro de los límites de la Palabra de Dios. Cualquier cosa que la Palabra de Dios no condena es legal para mí, pero no todo edifica (o no ayuda). Que ningún hombre busque su propio bien, sino que cada quien busque el bien de su hermano. Y note lo que dice en los versículos 25 y 28: «De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia… Mas si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud». Así que, si alguien fuera a ofenderse si usted come, entonces no coma. Si alguien fuera a ofenderse si usted no come, entonces coma, dependiendo de con quién está usted. Luego dice en el versículo 32: «No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios» (ni siquiera con su corbata).
Al parecer algunas cosas nada tienen que ver con la moral. De modo que no importa si usted las hace o no. Pero se convierten en asuntos morales cuando ofenden a alguien u ocasionan la caída de alguien.
En los días cuando las iglesias tenían poco que decir en cuanto a quién sería su pastor, fui transferido a una nueva iglesia en Colorado y llegué como un completo desconocido. Llevé mi traje a la tintorería para que estuviera listo para el sábado, y fui a la reunión de mitad de la semana ese miércoles de noche. Me senté en la fila de atrás y escuché al anciano que dirigía la reunión. Después de la sesión de oración se acercó a mí y me dijo:
-¿Y quién es usted?
Yo le respondí: -Soy su nuevo pastor.
-Me lo imaginé -repuso.
Cuando recogí mi traje de la tintorería, vino adherido un moñito en la solapa. Oh, por lo general yo no uso moño en la solapa, pero pensé que se veía bastante bien, así que se lo dejé y prediqué mi primer sermón de sábado por la mañana con el moñito en la solapa. Después del culto me invitaron a comer en un hogar, y la noticia ya había corrido largo trecho. Había un hermano en aquella congregación que hizo correr la voz por todos los pasillos: «¡Cuidado con ese pastor! ¡Tarde o temprano va a dejar la fe! ¡Va a apostatar! ¡Tiene un moñito en la solapa!»
Cuando escuché aquel rumor, decidí ponerne dos moños en la solapa la siguiente semana, o cuando menos uno rojo bien grande. Pero luego me detuve y pensé: «¡Un momento! Si hago eso, entonces yo tendré un problema tan grande como el que él tiene ahora. Porque es obvio que tiene un problema. Se supone que yo soy su pastor, y me gustaría ayudarle. No necesito el moñito en la solapa». Así que tomé la decisión de no usar moño en la solapa, no al menos en esa iglesia.
He contado esta historia muchas veces, y la gente me ha dicho después: «¡Oh, venga acá! No se meta con gente enferma. Si ellos tienen un problema, déjelos con su problema. No se vuelva débil sólo porque alguien tiene ese tipo de mentalidad». Pero eso no es lo que Pablo dice. Y aquí viene lo mejor para los hermanos cristianos. Pablo dice que si usted tiene gente débil en su medio, que puede tropezar por causa de lo que usted vaya a hacer, entonces no lo haga. ¿No dice así el principio bíblico?
Bien, me gustaría poderles informar que aquel hombre se convirtió de su mal camino, y llegó a ser un líder espiritual o algo parecido; pero lamento no poder hacerlo. Sin embargo, puedo decirles que llegamos a ser buenos amigos, y tuvimos muchas conversaciones interesantes. Me sentí feliz de ser su pastor, del mejor modo posible, sin mi moñito.
Quizá sería bueno considerar esto como un principio para los cristianos: si usted puede pasársela sin llevar algo que pudiera ser causa de tropiezo para alguien, entonces siga adelante y trace la línea al otro lado. ¿Es justo eso? Parece que eso es lo que la Biblia quiere decir.
¡Pero espere un momentito! ¿Es lógico, y está de acuerdo con una exposición bíblica razonable, que lo que hago o dejo de hacer basta para resolver todos los problemas? ¿O hay una solución más profunda al problema del área gris? Creo que debe de haber una mejor solución. Isaías 30:21 dice: «Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda». En Juan 10:4-5, Jesús dice: «Y las ovejas le siguen, porque conocen su voz». Juan 16:13 dice: el Espíritu Santo «os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir». Filipenses 2:13 añade: «Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad». Gálatas 2:20 dice: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí».
Aquí tenemos algo que es mucho más significativo que simplemente recurrir a la iglesia, o escribir a las oficinas generales pidiendo respuestas. Tiene que ver con una relación con Dios, por medio de la cual recibimos nuestras propias señales. Manejar simplemente la cuestión de lo correcto y lo erróneo por medio de la lógica y la razón, no funciona. Tengo que saber cómo recibir señales desde arriba.
De hecho, me gustaría proponer, sobre la base de este principio escriturístico, que la única persona capaz de cuando menos discutir la cuestión de lo correcto y lo erróneo, ya no digamos de saber qué es lo correcto y qué es lo erróneo, es aquella que tiene una relación vital con Jesús día tras día. Es la única forma.
Por tanto, si decidiéramos discutir acerca de si es bueno o no ver la última película, entonces deberíamos aplicar, para hacer válida dicha discusión, dos criterios: uno, que las personas que vengan a la discusión hayan visto la última película; segundo, que hayan pasado suficiente tiempo solos de rodillas, frente a la Palabra de Dios cada día. Entonces sí podríamos tener una discusión significativa acerca de lo correcto y lo erróneo. ¿No le parece?
Pero, aún más allá está el ejemplo de Uno, que vino haciendo un viaje largo y costoso para salvarnos.
La iglesia primitiva acostumbraba a bautizar por inmersión y lavarse los pies para la Cena del Señor. Luego alguien dijo: «Esto es inconveniente. Usted se moja y entonces tiene que secarse. ¿Por qué entonces no lo hacemos en una forma más conveniente?» Y fue así como todas las cosas convenientes vinieron a la vida. Sin embargo, nunca he encontrado en la Escritura que debiésemos hacer lo que hacemos sobre la base de la conveniencia. Deberíamos hacerlo sobre la base de lo que Dios dice.
¿Podría recordarles que no era conveniente que Jesús viniera y muriera? No era conveniente para Él, sudar gotas de sangre en el Getsemaní. Cuando miramos a Jesús, no vemos a un moderado que siempre quiere estar en el término medio, que está tratando de salir adelante invirtiendo lo menos posible. Nosotros no respetamos esa actitud ni siquiera en el campo de la medicina o la educación. Cuando voy a ver a un médico o a un cirujano, no me gusta elegir a alguien que trate de salir adelante con la norma más baja posible. Quiero a alguien que aspire a la cumbre. ¿Y usted? Es por eso por lo que me gustaría incluir la siguiente cita, que pienso contiene dinamita. Es de “El Camino a Cristo”, página 45:
“Los que sienten el amor constreñidor de Dios, no preguntan cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer lo que Él requiere; no preguntan cuál es la norma más baja que acepta, sino que aspiran a una vida de completa conformidad con la voluntad de su Redentor. Con ardiente deseo lo entregan todo y manifiestan un interés proporcional al valor del objeto que procuran. El profesar que se pertenece a Cristo sin sentir ese amor profundo, es mera charla, árido formalismo, gravosa y vil tarea”.
Eso tiene sentido para mí. Si entiendo que nací para vivir para siempre, y si pienso que estaré aquí sólo unos 70 años porque Dios tiene algo mejor, entonces quiero conocer todos los principios de su reino. Y quiero que Él me guíe para seguirlos, en vez de tratar de hallar la forma de sacar lo más posible con la menor inversión. ¿No está de acuerdo conmigo el lector? Así que, por favor, trate de captar por medio de su imaginación, el cuadro de Aquel que luchó en el Getsemaní, y que tomó la decisión de seguir adelante a pesar del sudor, a pesar de la angustia, a pesar de todo sufrimiento, a fin de salvarnos a usted y a mí. E imagínese usted mismo, en respuesta a ese amor, entregándose completamente a Él.
-
Martín Lutero debería haber prestado más atención al apóstol Santiago. El apóstol dijo en esencia: «No hablen simplemente de fe, pruébenlo mediante sus actos». «Que sus palabras estén avaladas por sus hechos». «Los actos son más elocuentes que las palabras». Quiero escribir acerca de las buenas obras en la vida cristiana, aunque temo que este tema sea muy espinoso. ¿Deberíamos tratarlo realmente? ¿Qué ha pasado con las normas personales y eclesiásticas? ¿Se supone que deberíamos tener normas?
En la versión popular de la salvación por la fe, con su énfasis en el amor de Dios, el perdón y la aceptación, existe una tendencia a manejar estos términos alrededor de lemas semejantes. Pero algo muy significativo fue escrito hace muchos años para nuestra iglesia: «La justicia de Cristo no es un manto para cubrir pecados que no han sido confesados ni abandonados; es un principio de vida que transforma el carácter y rige la conducta» (DTG 509).
La justificación por la fe, si es real, no me hará menos cristiano, sino un cristiano mucho mejor. No me hará menos interesado en una obediencia genuina y en las buenas obras, sino más interesado en ellas. No me hará menos adventista. Si realmente entiendo todo lo que ella significa, me hará un mejor adventista. De modo que en nuestra atmósfera actual de simplemente convertir la salvación por la fe y el amor, el perdón y la aceptación de Dios en poco más que frases hechas, debemos darle el lugar correcto y el valor que les corresponde de las buenas obras. Antes de adentrarnos más en el asunto de normas y ética, necesitamos tratar el asunto de las obras en la vida cristiana.
Los concilios que han estudiado el tema de la fe y las obras, se han reunido una y otra vez a lo largo de la historia de la iglesia cristiana. Algunos han dividido iglesias por la mitad. En consecuencia, sería más cómodo ignorar u olvidar este tema. Pero sabiendo lo que la Escritura enseña con relación a la fe y las obras, es vital entender lo que Dios espera de nuestras relaciones con el Señor. En primer lugar, ¿existe alguna duda de que el tema de las buenas obras se expone en las Escrituras junto con el de la fe? En el famoso texto que usamos, una y otra vez, como apoyo a la salvación únicamente por la fe (Efesios 2:8-9), leemos: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe». Pero a veces no leemos cómo el mismo pasaje sigue diciendo que fuimos creados para buenas obras.
Gálatas 2:16 dice: «Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo». Sin embargo, el apóstol Pablo añade: «¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera» (Romanos 3:31). La Biblia nos dice en Tito 2:14 que Jesús «se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras». 2 Timoteo 3:16-17 aclara: «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra». Además: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Efesios 2:10). Por tanto, si usted busca en la Biblia, verá que el tema de las obras aparece en ella una y otra vez.
Yo lo comprobé en mi computadora (lee toda la Biblia en tres segundos), y había 120 textos que se relacionan directamente con las buenas obras. Descubrí que en la Escritura se describen buenas y malas obras. También hay buena y mala gente descritos en la Biblia. De modo que quizá podríamos dividir a la gente y sus obras en estas cuatro categorías:
¿Es posible que la gente mala haga malas obras? Por supuesto.
¿Es posible que la gente buena haga malas obras? Sí.
¿Es posible que la gente mala haga buenas obras? Naturalmente.
¿Es posible que la gente buena haga buenas obras? Desde luego.
Bien, ahora que ya dividimos el tema claramente, ¿en qué grupo le gustaría estar? ¿Qué en cuanto a las malas obras hechas por mala gente? ¿Quién acude a su mente cuando usted lee esta pregunta? ¿Piensa en la gente que crucificó a Jesús? ¿Quiénes eran ellos? ¿Buena o mala gente?
«No hay justo, ni aun uno» (Romanos 3:10). Muy bien, fueron mala gente, ¿verdad? Esto, por supuesto, nos lleva a la pregunta, ¿qué elementos hacen de usted una persona mala o buena? ¿No es lo que usted hace lo que lo convierte en persona buena o mala?
Imagine a Judas traicionando a Jesús. Era una mala persona, hacía malas obras, a lo menos en ese momento de su vida. Pero anteriormente, durante mucho tiempo dio la impresión de ser una persona buena. De hecho, al parecer, echaba fuera demonios, sanaba a los enfermos, limpiaba leprosos, y resucitaba muertos, al igual que los demás apóstoles. De modo que debe de haber estado actuando según lo que Dios considera bueno, durante ese tiempo. Pero luego cambió de conducta.
¿Qué diremos acerca de las malas obras realizadas por la gente buena? ¿Tenemos ejemplos de eso en la Escritura? Pienso en Pedro. ¿Era Pedro una buena persona? En este contexto, sí, Pedro era una buena persona. Échele una miradita al contexto inmediato del día anterior a la muerte de Jesús. Acababan de terminar la famosa “Última Cena” en el aposento alto, y Jesús les había dicho: «Vosotros limpios estáis» (Juan 13:10). Estaban limpios por medio de la palabra que Él les había hablado. Cristo les había dado las buenas nuevas del perdón y la limpieza del pecado. Pero muy pocas horas más tarde, Pedro blandía su espada al tratar de cortarle las orejas a la gente (por lo menos a una). ¿Fue mala aquella acción realizada por una persona buena? Pregúntele al siervo del sumo sacerdote, y sabrá cuán mala fue. Yo me imagino que estaría más que dispuesto a admitir que fue una mala acción. Sin duda le produjo mucho dolor. Pero fue realizada por una persona buena. ¿En qué consistió el mal de aquella acción? ¿El hecho en sí, o las razones que lo impulsaron a hacerlo: tomar las cosas en sus propias manos, depender completamente de sí mismo en vez de confiar en Dios?
Jesús dijo: «Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?… Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos» (Juan 18:11, 36). Pero su reino no es de este mundo. De modo que lo malo acerca de Pedro no radicaba necesariamente en el hecho, aunque el siervo del sumo sacerdote no estaría muy de acuerdo. El caso es que él estaba tratando de hacer las cosas por sí mismo. Este es el verdadero problema en el asunto del pecado.
Pero Pedro todavía seguía siendo una buena persona. Los discípulos eran buenos de acuerdo con la declaración de Jesús: «Vosotros limpios estáis». Ellos eran buenos a causa de su justicia. Pero hicieron algunas cosas malas durante el tiempo en que anduvieron con Jesús. Por tanto, ¿qué factores hacen mala a una persona?
Hubo un hombre en Filadelfia que fue arrestado porque robó pan para dar de comer a su familia. En el tribunal, las evidencias mostraron que era un buen hombre, que trataba de ayudar a su familia, pero que había cometido una mala acción. El juez reconoció el delito y lo multó por su falta. Sin embargo, inmediatamente suspendió la sentencia y pasó el sombrero por la sala del tribunal, pidiendo a cada uno que contribuyera con un donativo, como castigo por vivir en una ciudad donde un hombre tenía que robar pan para dar de comer a su familia. Luego le entregó al hombre el dinero recolectado.
El juez debe de haber actuado de un modo un tanto similar a la forma como Dios actúa. ¿O no? ¿Siempre, siempre es malo robar? ¿No importa la razón que se tenga? Este es el escabroso tema que hemos de considerar aquí. Usted no puede hablar de lo que es correcto y erróneo, acerca de los actos buenos y malos, a menos que comprometa la cuestión de la moralidad, incluyendo la nueva moralidad.
¿Le resulta familiar la nueva moralidad? Es la así llamada ética situacional, cuya posición establece que está bien hacer malas cosas, siempre y cuando se las haga por buenas razones.
O, ¿concuerda usted con el tipo de predicación que he escuchado desde niño, la que solía decir, fuerte, largo y claro: «Siempre, siempre es erróneo robar; siempre es equivocado mentir o timar o matar»? ¿Y es así de sencillo? Necesitamos explorar algunas de estas áreas cuando tocamos el tema de lo correcto, lo erróneo y los juicios morales.
¿Es posible que la gente mala realice buenas obras? Inmediatamente pensamos en Mateo 7:21-22, donde se registra lo que Jesús dijo:
«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?»
Y en el versículo 23, añadió: «Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad». ¿Quiere decir que profetizar en el nombre de Jesús es hacer iniquidad? ¿Es iniquidad echar fuera demonios? ¿Hacer muchas obras maravillosas es malo? ¿Qué fue lo que hizo malas las acciones de estas personas?
Estos pasajes enfocan algo que es crucial. Siendo que nacimos malos, la única forma en que alguna vez podamos experimentar alguna bondad, es por medio de Jesús. Así que, lo que hace mala a la gente es vivir separados de Cristo, no importa lo que hagan. Y lo que hace buena a la gente es vivir en estrecha relación con Él, sin import… Se me ha hecho sumamente difícil llegar hasta aquí, porque alguien podría malinterpretarme… ¿Sin importar lo que hagan? ¿Siempre juzga usted a las personas, en términos de malos y buenos, por sus acciones solamente? ¿O los ve usted, repitámoslo, a través de los lentes de la relación?
Cierta vez tomé la posición de que las buenas obras, hechas separadas de Cristo son malas obras. Pero me criticaron duramente. La gente alegaba: «¡Usted no puede decir eso! Las buenas obras hechas separadas de Cristo no son malas acciones, puesto que las obras por ellas mismas son buenas». De modo que cambié mi posición. Las buenas obras hechas separadas de Cristo son malas, punto. No es que sean malas obras, pero son malas.
¿Por qué son malas? Mencionemos dos razones que aparecen en Mateo 7:22. En primer lugar, estas personas pretendían: «¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?» Pero nunca habían conocido a Jesús. De modo que, en esencia, eran mentirosos. Pretender hacer buenas obras en el nombre de Cristo, sin conocerlo, me convierte en un mentiroso. Todo es simple y pura mentira. La única persona que actúa realmente en el nombre de Jesús es la que está en relación vital con Él. Fuera de eso, pretender ser un cristiano, pretender obrar en su nombre, es una pretensión y una mentira. Así que esto es lo primero que los hace culpables de iniquidad.
El segundo problema, fue que estas personas habían caído en la trampa de pensar que iban a ir al cielo porque profetizaron, y echaron fuera demonios, y habían hecho muchos milagros. El problema de la salvación por obras, nuevamente. Ha sido un problema de la iglesia durante mucho tiempo. Pensar que yo puedo, en cualquier forma, salvarme a mí mismo, incluso en un diez por ciento, es una mentira y es iniquidad. Pablo dice que no somos salvos por obras; si lo fuéramos, entonces tendríamos algunas razones para gloriarnos. ¿Se ha detenido alguna vez a considerar algunas cosas de las cuales nos jactamos?
Incluso en el marco de la iglesia cristiana, podemos comprobar que estamos viviendo separados de Dios. Una de las primeras evidencias que así lo demuestran es la constante elevación del yo hasta las nubes. Pablo dice, si en algo he de gloriarme, entonces mejor me gloriaré frente a la gente que cree en la salvación por obras (estoy parafraseándolo. Véase Romanos 2:17-23.) Si he de obtener algún crédito, y si quiero otorgar algún crédito, entonces sería mejor que me asegurara de que estoy hablando a gente que cree en el sistema del mérito. De otra manera, no me lo agradecerán. Pero en lo que a Dios se refiere, no tenemos nada de qué gloriarnos. Y mientras más me acerco a Jesús, más pequeño me hago a los pies de la cruz. Arrodillarme con fe y humildad al pie de la cruz es el plano más elevado que jamás podré alcanzar.
De modo que Pablo lo aclara muy bien; no hay lugar para gloriarse. «Oh, pero yo he echado fuera demonios». Pero ¿está usted seguro? Usted lo sabe bien, si yo fuera el diablo y hubiera leído en la Biblia lo que Jesús dijo, que Satanás no puede echar fuera a Satanás, yo me especializaría en eso. Diría que eso me protege. ¡Puedo hacer eso! Yo no creo que el diablo pueda echar fuera al diablo, pero creo que el diablo sabe cómo aparentar que él echa fuera demonios.
Yo supongo que usted ha oído hablar acerca del ministerio de liberación. Yo estoy orando para que Dios siga protegiéndonos de dicho ministerio, porque éste, por la forma en que surgió en las iglesias evangélicas, y el modo como ha tratado de penetrar en nuestra denominación, no es echar fuera demonios en lo absoluto. Simplemente así pareció ser por un tiempo. Y Satanás se siente muy feliz aparentando echar fuera demonios, y poniendo algo peor en el procedimiento. Así que echar fuera demonios, aun si fuera real, no me da lugar para que yo me gloríe. En realidad a estas alturas ya debería saber que los demonios son muy superiores a mí, y que quienquiera que los eche de verdad, es mayor que yo, y no puede ser otro que el Señor Jesús en persona.
¿Y qué en cuanto a profetizar? ¿Es bueno hacerlo? Hace poco escuché que la iglesia adventista en Francia, desfraternizó a un así llamado profeta que estaba enviando mensajes. Después de haber considerado largamente el asunto, y tras analizar los frutos y los mensajes, la iglesia allí adoptó una actitud muy pesimista con respecto a alguien que pretenda ser un profeta.
Hubo una así llamada profetisa que se cambió de Florida a Óregon hace varios años. Yo escuché algunos de los casetes de sus profecías, supuestamente anunciadas en el nombre de Jesús. Pero después de cierto tiempo uno es capaz de captar indicios de falsedad, en lo que esta gente se precia en decir y ser, alegando que las suyas son manifestaciones del don de profecía. Y cuando alguien comienza a hablar de su obra y a advertir acerca de su éxito, inmediatamente llega a ser cuestionado. ¿O no? Hacer buenas obras, ¿es malo? No, no si las obras son realmente buenas. Pero si yo busco crédito por ellas, eso las hace malas.
Deseemos ser personas con el tipo de mentalidad que quiere hacer buenas obras porque hemos descubierto a la Buena Persona. Y si usted lo analiza, pienso que descubrirá que para la persona realmente buena, la que conoce a Jesús como su Salvador personal, las buenas obras surgirán espontáneamente. Estas no son calculadas, tampoco deliberadas. No son personas que dicen, cuando alguien viene por ayuda, «espera hasta que tengamos una multitud en la carpa o en el auditorio», o, «espera hasta que las cámaras de televisión estén aquí». Son el tipo de personas que actúan como Jesús obró. Cuando hacía una buena obra, incluso resucitar a un muerto, desaparecía poco tiempo después. Nunca buscaba la alabanza y el honor. Quería que toda la gloria y todo el honor fueran dados sólo al Padre. ¿No le gustaría que Dios le ayudase a ser una buena persona, por causa de la bondad de Jesús? ¿Y para que sus buenas obras surjan como resultados naturales y espontáneos?
Hace años, cuando era estudiante universitario, asistí a una conferencia bíblica en la Iglesia de Sligo, en Takoma Park, Maryland, en la cual H. M. S. Richards dio el sermón devocional. Nunca olvidaré su texto. Empezó a leer en Hechos, acerca de Bernabé, de quien se decía que «era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud fue agregada al Señor» (Hechos 11:24).
El predicador simplemente comentó algunos asuntos sencillos acerca de ese texto. «Ustedes saben -dijo-, cuando yo muera, espero que la gente no me recuerde como el predicador de los programas radiales, ni por cualquier grandeza». Luego agregó: «Me gustaría ser recordado como un buen hombre. Espero que en mi familia, cuando piensen en mí, me vean como un buen hombre». Quizá esa no es una ambición egoísta, ser un buen hombre, una buena mujer, una buena persona llena del Espíritu Santo. Y si eso ocurre, «mucha gente» se va a añadir al Señor.
La Biblia habla acerca de las obras de la ley y las obras de la fe. Estas dos designaciones son muy claras. Algunas veces se muestran como malas obras vs buenas obras, u obras muertas vs obras vivas. Pero las etiquetas básicas son obras de la ley y obras de la fe. Yo supongo, en un sentido, que podemos decir que las obras de la ley son aquellas que tratamos de hacer para salvarnos. Y el apóstol Pablo dice que éstas son obras muertas. Me gustaría definirlas así: las obras de la ley son cualquier obra hecha separada de una relación de fe con Cristo. Y son obras muertas. Son inútiles en cuanto a todo lo que a Dios se refiere.
Las obras de fe son las buenas obras hechas en el marco de una relación con Cristo. En este sentido, la gente que está en esa relación, algunas veces hace buenas obras y algunas veces las hace malas. Y la gente que está fuera de esa relación, algunas veces hace buenas obras y otras las hace malas. Pero el meollo del asunto es estar en Cristo o fuera de Cristo.
La Biblia también explica el propósito de las buenas obras en la vida del cristiano. Y resulta bastante dura en este punto: las buenas obras nunca tienen el propósito de salvarnos para el cielo. A. T. Jones se puso de pie y dijo así en la década de 1890: «Las obras no cuentan para nada». Y fue reprobado por su fuerte declaración. Decir que las obras no tienen nada que ver con la salvación es erróneo. A mí me gustaría añadir una palabra, en un intento por corregir esa frase. Nuestras buenas obras no tienen nada que hacer para lograr nuestra salvación. Pero tienen algo que hacer en relación con la salvación. Y aquí está la razón. Las buenas obras son siempre el resultado de la fe genuina en Cristo. Y el propósito de las buenas obras es glorificar a Dios. «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16). Y precisamente es la gente salvada la que quiere glorificar a Dios. Si no tienen la menor inclinación por glorificar a Dios, es suficiente evidencia de que todavía no han sido salvos. Las dos van juntas.
Y éste, por supuesto, es el tema de Santiago. El apóstol aclara que la fe y las obras van juntas, como el amor y el matrimonio; y «el amor y el matrimonio van juntos, como el caballo y el carruaje» (es una canción popular norteamericana de los años cuarenta). Creo que la ilustración ya no se aplica muy bien al matrimonio y el amor. Y, después de todo, no he visto demasiados caballos y carruajes últimamente. He tratado de imaginar alguna otra ilustración acerca de dos cosas que siempre van juntas. El trueno y el relámpago, quizá (pero mientras más cerca están, peores son, usted lo sabe).
El trueno y el relámpago no siempre van juntos. De modo que alguien salió con una mejor ilustración. La sombra y la luz del sol. Excepto para la gente que vive en Seattle (allí casi siempre está lloviendo y hace frío). Cuando se les pregunta qué hacen en el verano, la gente de Seattle responde: «Bueno, cuando cae en domingo, nos vamos de pesca». Por tanto, quizá debemos cambiar la ilustración simplemente por la luz y la sombra. Ellas siempre van juntas.
La fe y las obras van juntas, según Santiago. Usted no puede separarlas. La fe genuina producirá obras genuinas. Quizá por eso la Biblia dice que seremos juzgados y recompensados por nuestras obras. Dios no se proponía dar la impresión, mediante sus profetas y sus escritores sagrados, de que podemos ser salvos en ningún sentido por nuestras obras. Pero si fe y obras siempre van juntas, nunca separadas y solas, entonces, si usted dice que somos salvos por las obras, lo que está queriendo decir en realidad es que somos salvos por fe. Además, por supuesto, Dios es capaz de juzgarnos y recompensarnos de acuerdo con nuestras obras, porque Él conoce los motivos que están detrás de ellas.
Un servicio fúnebre que celebré cierta vez ocurrió junto a la tumba de uno de los miembros de la banda de motociclistas «los angeles del infierno». La lápida de su tumba lucía presuntuosamente estas palabras: «Por siempre rebelde». ¡Qué epitafio! Yo me llené de ira inmediatamente. Quería alejarme al instante de aquella tumba, de aquel epitafio y de todo aquel asunto. ¿Quién querría gritar ante todo el mundo las palabras «Por siempre rebelde»? Luego comencé a pensar, sólo Dios sabe qué lo hizo ser así. Cuando nuestros jóvenes se rebelan contra la iglesia, por haber oído demasiada justicia por las obras de la ley, sólo Dios conoce sus corazones y puede juzgarlos. ¿No se siente usted tranquilo al saber que el asunto estará en mejores manos que las nuestras, cuando llegue el momento de juzgar las acciones de las personas?
Santiago puso muy en claro que si usted realmente tiene fe, lo va a demostrar haciendo que sus palabras sean justificadas por sus hechos. Santiago no habla acerca de causas de nuestra salvación, como lo hace Pablo. Este es un punto que con frecuencia no captamos. Santiago está hablando acerca de cómo saber si una persona tiene fe genuina o no. ¿Y cómo puede usted discernirlo? Si una persona tiene fe genuina, está interesada en las buenas obras, pero en las buenas obras de Dios, no en las suyas propias.
Es alentador saber que las obras de Dios pueden llegar a ser mis obras. Escuche estos interesantes pensamientos:
«Jehová, tú nos darás paz, porque también hiciste en nosotros todas nuestras obras» (Isaías 26:12). «Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13). «Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo Él en vosotros lo que es agradable delante de Él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Hebreos 13:20-21).
Yo estoy interesado en las buenas obras, ¡las de Dios! ¿Y usted no? Oremos y estudiemos, mientras la iglesia lucha con este problema, para que no vayamos a terminar en lemas acerca de la salvación que nos induzcan a evadir las buenas obras. Más bien, busquemos la verdadera salvación a través de la fe, el amor, el perdón y la aceptación, incluyendo las obras de Dios que siempre los acompañan.
-
El Colegio de la Unión del Pacífico (PUC) tiene su propia pista de las 500 Millas de Indianápolis. Es la bajada de 13 kilómetros que desciende desde la cima del Monte Howell, hasta el valle que se extiende a sus pies. Allí los estudiantes sienten el incontrolable impulso de ver cuán rápido pueden bajar por esa montaña en sus Porsches y Corvettes. Yo acostumbraba a exhibir mi «personalidad de lote de carros usados». Mi familia llamaba «personalidad de lote de carros usados» a mi impulso de perseguir a un estudiante cerro arriba o montaña abajo.
Un día, mientras descendía la montaña, vi a uno de los estudiantes que bajaba como bólido, forzar al automóvil de una ancianita de cabellos blancos a la acequia. ¡Me enojé de verdad! Sentí que estaba santamente airado. Y no supe qué hacer, porque aquel malandrín desapareció casi instantáneamente de mi vista. Pero cuando llegué al pie de la montaña y lo vi sentado en la carretera junto a un automóvil policial negro, con los flancos pintados de blanco y luces en el techo, dije: «Oh, cuánto amo yo tu ley, todo el día es ella mi meditación».
¿Cuánto hace que usted no dice: «Oh, cuánto amo yo tu ley, todo el día es ella mi meditación»? En algún tramo del camino, de algún modo, hemos llegado a creer que la ley de Dios es incompatible con la fe; que la ley de Dios es enemiga de Jesús; que es incompatible con el gran tema de la salvación por medio de la fe en Cristo solamente. Pero, quiero recordarle que la senda que conduce a la Tierra Prometida pasa por el Monte Sinaí. Y que el Monte Sinaí conduce al Calvario. De modo que tenemos algunas verdades importantes que considerar acerca de la ley de Dios.
Cuando damos un vistazo a los diferentes temas que giran en torno a las enseñanzas de la salvación por la fe solamente en Cristo, tarde o temprano tenemos que enfrentar la obediencia a la ley de Dios. ¿La considera usted su amiga o enemiga? ¿Cuál es el propósito de la ley? ¿Cómo lo afecta a usted? ¿Es feliz cuando piensa en ella? ¿Pasa usted mucho tiempo meditando en ella, como lo hacía el salmista de antaño? ¿Y qué queremos decir con la frase que dice que no estamos «bajo la ley, sino bajo la gracia»? (Romanos 6:14).
Hay buenas y malas noticias para aquellos que andan buscando respuestas a sus preguntas acerca de la ley. En Romanos 9 y 10, el apóstol Pablo habla acerca de la ley como una norma de salvación. «Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación» (Romanos 10:1). Ahora, ¿de quién está hablando el apóstol aquí? ¿De Israel? ¿Quién es Israel actualmente? Aquellos que creen. «Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa» (Gálatas 3:29).
Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree. (Romanos 10:1-4).
Hay otra manera de leer esta última frase: «Cristo es el objetivo de la ley». En rigor de verdad, Cristo es el cumplimiento de la ley. Él también es el fin de la ley para la justicia por obras. Pero no es el fin de la ley en sí misma.
Al considerar la ley de Dios, y particularmente los Diez Mandamientos, es necesario notar que ellos cumplen algunas funciones y propósitos muy definidos. Una de aquellas grandes funciones y propósitos es protegernos.
Un día yo cruzaba el desierto yendo de California a Texas, y de repente mi Honda Accord exhaló el último suspiro. Sí, ya había recorrido muchos miles de kilómetros, pero no había mostrado ninguna señal de decrepitud o enfermedad. Sin embargo, nadie me había dicho (y yo no había leído el manual) que debía cambiar el anticongelante de la máquina cada año. Y yo nunca lo había hecho. De modo que se había producido una reacción química de algún tipo en las cabezas de los pistones de aluminio y les dio la «viruela loca». Los empaques de la cabeza se rompieron, la máquina se recalentó y se trabó. ¡Si tan sólo hubiera yo leído el manual o si alguien me lo hubiera dicho! Pero allí estaba, sentado en el desierto, pagando un elevado precio por el delito de ignorar las reglas.
Los Diez Mandamientos de la ley de Dios constituyen el manual, nuestro manual para la vida. Fiorello La Guardia, de la Ciudad de Nueva York, un famoso alcalde de antaño, dijo que si bien los abogados y legisladores habían elaborado diez mil leyes, nunca habían podido hacer la más mínima mejora a los Diez Mandamientos. ¿Está usted de acuerdo con él?
A mí me gusta esta gozosa versión versificada de los Diez Mandamientos:
“Por sobre todo, ama a Dios únicamente. No te inclines a la madera o la piedra. Rehúsa tomar el nombre de Dios en vano. El descanso sabático observa con cuidado. Honra a tus padres durante toda tu vida. Considera sagrada toda forma de vida. Sé siempre fiel a tu cónyuge elegido. Nunca robes nada, sea poco o sea mucho. Di sólo la verdad con respecto a tus prójimos, Y aparta de tu mente toda envidia egoísta.”
¡No está mal! ¿Cómo podría hacerse una descripción más hermosa y concisa del Manual para la vida que ésta?
La ley de Dios cumple varias otras funciones legítimas, además de protegernos.
Estamos bajo la ley como una norma para la salvación; no como un método para lograrla. La ley es la norma por la cual seremos juzgados, según Santiago 2:8-13.
Estamos bajo la condenación de la ley. Aun cuando no nos guste o sea un hecho doloroso, es una función legítima de la ley (véase Romanos 4:15). Algunas personas se sienten incómodas con esta idea de la condenación y tratan de explicarla para deshacerse de ella.
La ley es eterna como Dios mismo. Si no la respetamos, entonces se produce la anarquía. Yo oí lo mismo expresado así en el viejo camino de la vida: «Ningún gobierno es más fuerte que cualquiera de sus leyes, y ninguna ley es más fuerte que la penalidad por violarla, y ninguna penalidad es más fuerte que la aplicación de la penalidad por violarla». Pero para los que no han pasado más allá del Monte Sinaí, la ley no es sino esclavitud y nada menos que condenación.
Estamos bajo la maldición de la ley, lo cual es otra dolorosa verdad. Pero es otra función legítima de la ley. Gálatas 3:13 dice: «Maldito todo el que es colgado en un madero». ¿No es maravilloso saber que Jesús tomó esa maldición en nuestro lugar?
Según Gálatas 3:24-25, la ley también es un ayo para conducirnos a Cristo. El apóstol Pablo habló de la ley en este tenor: «Porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Romanos 3:20). Nos conduce a los pies de la cruz. Y en Santiago 1:23, 25, la ley es comparada con un espejo que nos muestra nuestra necesidad de limpieza y purificación.
De modo que hay varias aplicaciones legítimas de la ley de Dios en la Biblia. Puede producir dolor o gozo y esperanza al conducirnos a la cruz para ser limpiados.
Hay una aplicación ilegítima que se hace de la ley contra la cual habla el apóstol Pablo vehementemente: usar la ley como un método de salvación, o legalismo, como lo llamamos en la actualidad. Ahora bien, supongo que podríamos discutir el significado de la palabra legalismo.
Una amiga mía, Mary Walsh, quien trabajó en evangelismo con sus padres durante muchos años, es una instructora bíblica muy consagrada. Me parece que todavía sigue con el mismo fervor, despertando a las personas en la madrugada y en la noche para estudiar la Biblia. Se siente incómoda con la gente que habla contra el legalismo. Ella dice «yo soy legalista».
—¿Qué quiere usted decir? —le pregunté.
—Bueno, yo creo en la ley de Dios. Y cualquiera que cree en la ley de Dios es legalista.
—Bueno —le digo— está bien, está bien. Si esa es su definición de legalismo, entonces yo también soy legalista porque también creo en la ley de Dios.
Pero, según el uso común que se le da al término en la actualidad, yo aventuro una definición diferente. Espero que también coincida con su modo de pensar. El legalismo es un intento de llegar al cielo guardando la ley de Dios. Básicamente, es un intento de salvarme a mí mismo por mis propias obras. De modo que legalismo sería salvación por las obras, salvación por la ley, o salvación por mi buen comportamiento, tratando de vivir un poco mejor este año de lo que viví el año anterior; tratando de alcanzar la perfección antes que comiencen los eventos finales.
Pero en otro sentido, aún más importante, hay una definición de legalismo más profunda que nos gustaría considerar seriamente. Es no tener una relación de fe con Jesucristo. En realidad, sólo hay tres clases de personas en el mundo. Aquellos que no se interesan en Dios, o en la fe, o en la salvación. Quizá no se interesen ni siquiera en esta discusión. No los podríamos llamar legalistas, ni nada por el estilo. Ellos simplemente no tienen ningún interés.
En el segundo grupo están aquellos que sí se interesan en la salvación y tienen una relación personal diaria con Jesús.
Los del tercer grupo tienen la esperanza de la salvación. Teóricamente están en contra del legalismo. No tienen el menor interés en luchar individualmente para llegar al cielo. Pero tampoco tienen una relación de fe con Jesús. No prestan atención a la experiencia de la fe, de modo que todavía son legalistas. Porque cualquiera, no importa cuáles sean sus motivos o su teología, que no tenga tiempo para vivir la experiencia diaria de fe con Cristo, es un legalista. No hay otra alternativa.
O está usted en Cristo, en estrecho compañerismo con Él, o es usted un legalista. Alguien podría decir, «yo no soy legalista; no creo en llegar al cielo por mis propios esfuerzos». Pero si no tiene una conexión vital con Cristo, no hay otras opciones. Es una, o la otra (a menos que se esté fuera de la cancha, al no interesarse absolutamente en la salvación).
Yo puedo decir que no creo en el legalismo, que creo en la justicia por la fe en Cristo. Y podría ser cierto, al menos en teoría. Pero si no llevo esa creencia a la práctica, entonces no creo en absoluto lo que asevero creer. ¿No es así? No tengo que decirle a mi esposa que ya no la amo. Todo lo que tengo que hacer es no volver más a casa. Ella entenderá el mensaje. No tengo que decirle a Dios que no lo amo, o que no creo en Él. Todo lo que tengo que hacer es no tener tiempo para Él, o para los asuntos relacionados con la fe, y él entenderá el mensaje. Y yo estaré enredado en las cosas que llamamos legalismo.
Hay, por supuesto, dos clases de legalistas. Está el tipo rígido, conservador, duro, legalista fundamentalista, que se viste de traje oscuro y corbata, calcetines y zapatos negros. Este juzga a todos los demás que no viven de acuerdo con sus normas. Tiene la apariencia de un ser infeliz y no muestra ni amor ni misericordia.
Luego está el legalista liberal. Es el tipo de legalista moderado, que después de todo tampoco tiene relación con Cristo, ni tiempo para los asuntos de la fe. Está tratando de trazar su propio camino al cielo por las cosas que él no hace y que los legalistas sí hacen. De modo que el legalista liberal cifra su seguridad en las normas y reglas de la iglesia que abandona. Está seguro de que no es legalista porque no hace las cosas que los legalistas rígidos hacen. «He sido emancipado de eso. Puedo ir donde quiera, comer lo que desee, beber lo que se me antoje, hacer todo lo que sienta que es bueno. Ya no soy legalista». Pero es un legalista liberal.
De modo que la definición más pura de un legalista es cualquiera que pretende ser cristiano y espera ser salvado en el cielo, pero que sigue viviendo la vida, rígida o liberalmente, separado de Cristo.
El apóstol Pablo habló vehementemente contra esto una y otra vez. Pero nos dio la oportunidad de considerar algo mucho mejor. Nos invitó a aceptar a Cristo como el fin de la ley para justificación, y poner el foco de atención en Jesús como nuestra única esperanza de salvación.
Cuando fuimos de visita a una reunión campestre, llevaron a nuestra hijita a la división de menores de la escuela sabática. Como parte de la lección de aquel día la maestra dijo:
—¿Qué es lo más importante en la Biblia?
—Y los niños de la división de menores contestaron: —Jesús, Jesús.
—La maestra repuso: —No, no, no me refiero a eso. ¿Qué es lo más importante en toda la Biblia? —Silencio. Finalmente ella misma dio la respuesta: —Son los Diez Mandamientos. Eso es lo más importante en toda la Biblia. —¿Falso o verdadero?
Mi esposa se quejó ante la directora de esa división después del culto, porque esa es la clase de enseñanza que mantiene a nuestros jóvenes y señoritas, en el camino cuyo derrotero es el comportamiento que tantos sostienen: «Si eres bueno, irás al cielo; si eres malo, Jesús no te aceptará».
¿Cuándo vamos a entender que el énfasis más importante de la Biblia es Jesús? Pues bien, la directora de la división de menores, tratando de disculpar a la maestra dijo: «Ella estaba cansada hoy; ella estaba cansada». Y cuando yo oí aquello, me hizo recordar algo. Porque hubo un tiempo en mi vida cuando yo pensaba que los Diez Mandamientos eran lo más importante. Y yo también me cansé. Si usted piensa que el énfasis primario de la Biblia son los Diez Mandamientos, usted se cansará tarde o temprano.
Precisamente en este punto la gente se pone nerviosa y dice: «Este hombre está en contra de los Diez Mandamientos». No, no estoy en contra de los Diez Mandamientos, más de lo que estaba E. J. Waggoner. ¿Ha oído alguna vez hablar de él? E. J. Waggoner fue un campeón de la salvación únicamente por medio de la fe en Cristo durante la década de 1890. En ese entonces se dijo que habíamos predicado tanto la ley, que estábamos tan secos como las colinas de Gilboa y que necesitábamos predicar a Cristo en la ley. No es que fuéramos a ignorar la ley, porque la senda que conduce a la Tierra Prometida pasa a través del Monte Sinaí. Pero se acusó a Waggoner, como sucedió con todos los predicadores de la justificación por la fe, de ser antinomianista, es decir de estar en contra de la ley de Dios. Y ésta fue su respuesta: «En vez de que la fe conduzca hacia el antinomianismo (o que esté contra la ley de Dios), es lo único que es contrario al antinomianismo. No importa tanto cuánto una persona se gloría en la ley de Dios. Si rechaza o ignora una implícita fe en Cristo, no está en mejor condición que aquel que ataca directamente la ley».
Esto es irónico. La persona que defiende la ley de Dios y exalta los Diez Mandamientos hasta las mayores alturas, es en realidad la que está en contra de los Diez Mandamientos. ¿Por qué? Porque no hay poder en los Diez Mandamientos para salvar a una persona. Cuando La Guardia dijo: «La humanidad ha hecho diez mil leyes, pero nunca ha hecho una simple mejora a los Diez Mandamientos», se equivocó en algo. Puesto que hubo un hombre que sí hizo una mejora a los Diez Mandamientos. Su nombre fue Jesús. Él vino y mostró los Diez Mandamientos integrados en una vida.
En Jesús había un corazón que se preocupaba por los demás. No hay corazón en los Diez Mandamientos cuando éstos nos condenan. Hay corazón en los Diez Mandamientos en términos de protección. Pero no había esperanza para los pobres pecadores que le hacían frente al Monte Sinaí hasta que vino Uno que mostró los Diez Mandamientos incorporados en una vida. Él tenía un corazón que se preocupaba por los pecadores, las rameras, los ladrones y los quisquillosos fariseos legalistas y escribas. De manera que vemos en Jesús una tremenda mejora a los Diez Mandamientos.
No importa cuánto se gloríe una persona en la ley de Dios, si rechaza o ignora la fe implícita en Cristo, no se encuentra en mejor estado que aquel que ataca directamente a la ley. El hombre de fe es el único que honra realmente la ley de Dios. «Sin fe es imposible agradar a Dios» (Hebreos 11:6); con ella, todas las cosas son posibles (Marcos 9:23). Sí, la fe hace lo imposible, y eso es precisamente lo que Dios desea que hagamos. Cuando Josué dijo a Israel: «No podéis servir al Señor», dijo la verdad; y sin embargo, es un hecho que Dios requiere que le sirvamos. No está dentro de las posibilidades de ningún hombre hacer justicia (y guardar los mandamientos), aun cuando desee hacerlo (Gálatas 5:17); por tanto, es un error decir que todo lo que Dios quiere de nosotros es que hagamos lo mejor que podamos. Aquel que no haga algo mejor que eso, no obrará las obras de Dios. No, él debe hacer algo mucho mejor de lo que le es posible. Debe hacer aquello que sólo el poder de Dios obrando a través de él puede lograr. Es imposible para un hombre caminar sobre el agua, pero Pedro lo hizo cuando ejerció fe en Cristo. Siendo que todo el poder del cielo y de la tierra está en las manos de Cristo, y este poder está a nuestra disposición, incluso Cristo mismo que viene a morar en el corazón por medio de la fe, no hay excusa para creer que Dios requiere que hagamos lo que es imposible; porque «las cosas que son imposibles para los hombres son posibles para Dios» (E. J. Waggoner, Christ and His Righteousness, páginas 95 y 96).
De modo que afirmemos esto. La única persona que está realmente interesada en los Diez Mandamientos; y está a favor de ellos, es la que pone a Jesús como lo más importante de toda la Biblia. Y esa es la única forma de exaltar la ley de Dios. No hay otra.
Durante mucho tiempo los adventistas del séptimo día han sido llamados legalistas, probablemente por causa del sábado. La gente dice: «Usted piensa que irá al cielo por observar el sábado». Por eso nos llaman legalistas. Permítame preguntarle, ¿conoce a alguien que haya sido llamado legalista por no creer en el robo? ¿Conoce a alguien que ha sido llamado legalista alguna vez por no creer en matar o en mentir o en hacer trampas? Yo todavía no he hallado a ninguno. Es interesante, ¿verdad? Así que, sea que yo llame a alguien legalista, o que alguien me diga que lo soy, es importante tener bien clara la definición.
Recordemos algo más que es sumamente importante en la Biblia. Todos los Diez Mandamientos forman una unidad. Siempre me ha parecido muy interesante como adventista del séptimo día, que precisamente, en el mismo corazón de los Diez Mandamientos, Dios haya puesto algo en honor de su poder creador: un día de adoración. Así que el hecho más tentador que la gente está inclinada a veces a hacer, disecar los Diez Mandamientos y eliminar uno de ellos, simplemente no funciona. Los diez forman una unidad.
«Oh —dirá alguien—, usted es legalista porque está tratando de llegar al cielo tal como lo hicieron los judíos. El sábado fue hecho para los judíos». No, en absoluto; llega hasta la creación, y se remonta a más de veinte siglos antes que existiera el primer judío: el padre Abrahám.
Si usted analiza cuidadosamente Hebreos 4, descubrirá que el sábado, que se encuentra exactamente allí en el centro de la ley de Dios de los Diez Mandamientos, es realmente uno de los más grandes símbolos de la salvación por medio de la fe en Cristo. Sábado y descanso son sinónimos. Cristo nos ofrece descanso del trabajo de salvarnos a nosotros mismos. Pablo dice: «Porque el fin de la ley es Cristo» (Romanos 10:4). Eso significa a lo menos dos cosas. Él es el fin de mi esfuerzo por tratar de hacer cualquier cosa para quitarme la culpabilidad, a fin de que mis pecados sean perdonados. Yo no puedo ganar ni merecer eso. Y Él es el fin de mi esfuerzo por tratar de obrar arduamente en mi lucha por vencer el pecado, porque Él me ha ofrecido descanso también en ese nivel.
La victoria, la obediencia y el triunfo sobre el mal son dones suyos. Cristo es el fin de la ley para justicia por mí, y el fin de la ley para justicia en mí. Cristo es el fin de todo. Y Él es un hermoso ejemplo de Alguien que probó esta realidad en su propia vida.
El apóstol Pablo nos da la clave de cómo podemos librarnos del compromiso con la ley, para casarnos mejor con Cristo. En los primeros versículos de Romanos 7, él habla de estar casados con la ley, siendo la ley realmente el marido. Pero dice que hay algo muchísimo mejor. Veamos si usted logra formar parte de esta parábola.
Todos respetaban a Leynardo. (¿Reynaldo? No. Leynardo, ¿entendido?). En todo su amplio círculo de relaciones, difícilmente podría usted encontrar a alguien que no admitiera que Leynardo en realidad lo tenía todo. Cristiana estaba segura de que su matrimonio era uno de los que se habían hecho en el cielo. Ella reconocía que Leynardo tenía muchas buenas cualidades, y sabía que, bueno no que lo amara exactamente, sino que lo respetaba grandemente. Ella estaba segura de que el amor vendría cuando pasaran más tiempo juntos. El día de la boda llegó, la hermosa música comenzó a sonar, y Cristiana se encaminó hacia el altar, para hacer su promesa de entrega total a Leynardo. Prometió serle fiel hasta que la muerte los separara; luego Cristiana y Leynardo fueron declarados marido y mujer. (Casada con Leynardo, ¿entendido?)
Pero los problemas comenzaron incluso antes que terminara la luna de miel. Para cuando se cambiaron a su nueva casa, era más que evidente que no les gustaban las mismas cosas en absoluto. Cristiana se volvió más y más infeliz con Leynardo. Él no era tolerante en lo más mínimo. Sus ideas estaban escritas en concreto. Ella pronto renunció incluso a discutir con él. No era que él la forzara a hacer las cosas así. Pero siempre estaba allí mirándola con actitud de reproche, en cualquier momento que intentara ser ella misma. Se sintió más y más fastidiada al ser condenada constantemente. Él no sólo enjuiciaba su comportamiento exterior, sino también juzgaba sus motivos íntimos.
Cristiana probó todos los medios posibles para agradarle. Día tras día, se despertaba inflexiblemente decidida a lograr que finalmente Leynardo se sintiera a gusto con ella. Pero mientras luchaba por hacer algo perfecto, notaba que había descuidado otras cosas. Y hubo ocasiones en que todos sus mejores esfuerzos terminaron en el desastre. Parecía que mientras más duramente se esforzaba, más errores cometía.
A veces Cristiana se desanimaba tanto, que adoptaba una actitud de tirar todo por la borda, y se pasaba el día temerariamente, haciendo lo que le placía. Hallaba un deleite perverso en dejar tiradas ropas sobre el piso y platos sucios en el lavaplatos, mientras empleaba todo su tiempo mirando televisión y comiendo chocolate y papitas fritas a manos llenas. Pero nada cambió. Además del aumento de peso, lo único que Cristiana obtuvo —al margen de qué enfoques probara—, fue un creciente cargo de conciencia de cuán lejos había quedado del ideal de Leynardo. Siempre sentía sus ojos fijos en ella, juzgándola, acusándola y condenándola constantemente.
Una noche, mientras estaba acostada tranquilamente junto a él en la cama, sintió que ya no podía soportar aquella vida, en esa forma, ni siquiera un día más. Leynardo, que parecía tan digno de respeto y honor en su matrimonio, ahora parecía horrible y odioso. ¡Nunca podía agradarle! Era inútil tratar de hacerlo. No había forma de cumplir, ni siquiera por un día, mucho menos durante toda la vida, lo que había prometido. Si tan sólo pudiera casarse con alguien más, alguien que la aprobara y la amara tal como era. Pero las palabras «hasta que la muerte los separe» resonaban en su mente.
De pronto tuvo una idea brillante. Leynardo dormía tranquilamente junto a ella. Si se las pudiera arreglar de alguna manera para…, ¿pero cómo? Pronto comprendió que era imposible para ella matarlo. No era lo suficientemente fuerte. Si no podía matarlo a él, quizá podía matarse a sí misma. De todas maneras, ¿de qué servía aquella vida, si tenía que vivirla así? Pero para su desgracia, no tenía la fuerza ni el valor necesario para quitarse la vida. Y sin embargo, era incapaz de continuar así ni un minuto más. ¡Si tan sólo pudiera morir y resucitar para comenzar de nuevo! ¡Si tan sólo pudiera comenzar de nuevo!
Hundida en la desesperación, y comprendiendo que no había nada más que pudiera hacer para ayudarse a sí misma, clamó: «Dios mío, si hay algo que se pueda hacer para salvarme de esta horrible pesadilla, hazlo, por favor; tú tendrás que hacerlo todo solo». Por primera vez, en muchos años sintió paz en su corazón y se durmió.
Cristiana se despertó muy temprano al día siguiente. Leynardo estaba allí todavía, aparentemente. Y sin embargo, todo parecía ser, de algún modo, diferente. Quizá el que estaba junto a ella era el hermano gemelo de Leynardo. La ternura en sus ojos y las hermosas líneas de su rostro hablaban de la lucha por la cual había pasado. Y había cicatrices en sus manos, las cuales, por alguna razón, no hábía notado antes. En vez de lanzarse hacia la cocina, comenzó el día tomando tiempo para ponerse en contacto con Leynardo. Más tarde, ese mismo día, repentinamente, se dio cuenta que estaba cantando mientras hacía el trabajo de la casa y lustraba la vajilla de plata.
A medida que los días transcurrían, Cristiana pasaba más tiempo tratando de conocer a esta persona. Casi no podía esperar la siguiente oportunidad para pasar un tiempo especial a solas con él, porque ahora sentía que él la amaba exactamente como era, y la aceptaba aun cuando cometía errores. Y de alguna manera, mientras más amor y aceptación sentía, menos se preocupaba acerca de sus acciones, y menos errores cometía. Las demandas de Leynardo ya no parecían tan irrazonables como le habían parecido antes. Entonces un día, lo comprendió todo. Toda su relación había cambiado. No sólo hallaba ella placer en agradarle, sino que sus propios intereses e inclinaciones estaban cambiando. Ella ahora estaba comenzando a amar las cosas que él amaba. Una vez había pensado, que sólo si Leynardo moría podría ella encontrar la paz. Pero, qué sorpresa, era Cristiana la que realmente había muerto y resucitado para caminar con Leynardo en novedad de vida.
-

Reseña
Todavía tienen que seguir las normas divinas, los cristianos que viven por la fe? Morris Venden, entre los de su generación uno de los más prominentes abogados de la justificación por la fe, asegura: ¡Sí! Ama a Dios y haz lo que quieras es la respuesta de Venden a aquellos que resisten la aceptación de una vida de fe por temor de que signifique hacer a un lado la obediencia. Con inteligencia y visión, Venden prueba que para los que disfrutan de una genuina relación con Jesús, nada podría estar más lejos de la verdad. A medida que el lector avance en la lectura de este libro, descubrirá la importancia de las normas de la iglesia, el problema con la ética situacional y la trampa de la justificación por hábito. Al concluir la lectura de «Ama a Dios y haz lo que quieras» usted tendrá la seguridad inamovible de que los que aman verdaderamente a Dios y aceptan su justicia también son capaces de decir: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley!”
Capítulos Individuales
1. Verdadera o Falsa Obediencia
3. Que tu Conducta Respalde lo que Dices Creer
4. Blanco, Negro, o Gris (Parte 1)
-
¿Recuerda al Niño de la Charca de Lodo? En la historia que se encuentra en el libro de Ken McFarland, titulado “Gospel Showdown”, Dios representa a la madre, y usted y yo al Niño de la Charca de Lodo.
A mitad de su recital nocturno de los acontecimientos del mundo, el bonachón anunciador desaparecía repentinamente, reemplazado en ese momento por el comercial en el cual la estrella era el Niño de la Charca de Lodo.
En diferentes lugares de la sala estaban los Tres Espectadores sentados frente a la TV.
—La pobre mamá de ese niño tiene un serio problema —dijo el Número Uno, mientras que en la pantalla, el Niño brincoteaba alegremente sobre varias charcas de lodo—. Probablemente ya lo tenía listo para ir a alguna fiesta, y ahora, mírenlo con todo ese lodo pegajoso escurriéndole por la ropa.
—Oh, pero hay buenas nuevas —exclamó con entusiasmo el Número Dos, visiblemente emocionado—. Observen ahora —añadió, señalando a la pantalla— y verán que su mamá va a tomar toda esa ropa sucia y la lavará con el famoso detergente «Adiós a la Mugre». ¡Eso resolverá todo el problema!
—Si han visto este comercial antes, entonces deberán saber que eso no lo resuelve todo —replicó el Número Uno—. Nomás sigan viendo.
Y así lo hicieron, y como se lo imaginaron, el Niño, vistiendo ropas fresquecitas, recién lavadas, salió como tromba en busca de la charca de lodo más cercana. Mientras se salpicaba de lodo pegajoso, su mami movió la cabeza y suspiró mientras daba la impresión de sentirse agradecida por su caja de detergente «Adiós a la Mugre».
—¿Ya lo ven? —continuó el Número Uno—. ¿De qué le sirve limpiar a su chico si éste irá derechito a la primera charca que encuentre? Les diré cuáles son las verdaderas buenas nuevas: la mamá no sólo se limitará a limpiar a su chico, sino también logrará quitarle el deseo de jugar en la charca de lodo; y quizá, incluso, hará que odie el lodo.
El Número Tres no había dicho nada hasta aquí, pero había estado pensando y ahora estaba preparado para expresar su sabia opinión.
—Pienso que los dos tienen razón —comenzó diciendo—, pero aun cuando la mamá limpie a su Chico, e incluso lo haga odiar los charcos de lodo, me parece que el tema jamás será resuelto totalmente hasta que alguien quite de en medio los problemáticos charcos de lodo. Para mí, esas sí que serían buenas nuevas.
Bien, me da pena decirlo, pero los tres observadores se alteraron tanto por lo que constituían las Buenas Nuevas, o el Evangelio, que decidieron desquitarse. Salieron a la calle y comenzaron a arrojarse lodo unos a otros.
La última vez que los vi, todavía no se habían dado cuenta que todos vieron sólo una parte de las Buenas Nuevas, y que es necesario ver las tres partes para resolver en su totalidad el problema del Chico.
Pero, como solía decir Walter Cronkite: «Así son las cosas».
Me siento muy feliz de que Dios haya hecho provisión para limpiarnos, por su gracia, y perdonar nuestros pecados. Esta es la primera parte de la solución del problema.
Y en cuanto a la segunda, ¿estamos contentos de que Dios haya hecho provisión para mantenernos alejados del charco de lodo? ¿O nos salpicaremos nosotros mismos con lodo pegajoso? Y aquí está la pregunta crucial: ¿Nos apartamos del charco de lodo, sólo para agradar a mami? ¿O permanecemos fuera del lodo, porque no nos gusta el lodo? ¿Podemos decir que incluso odiamos el lodo?
Por supuesto, todos nos volvemos hacia la tercera parte, el día cuando ya no haya charcos de lodo, ya sea en Iraq, en Bangladesh, en China o en los Estados Unidos. Cuando Jesús vuelva, todos los charcos de lodo desaparecerán.
Consideremos esa segunda parte: permanecer fuera del lodo. Usted no puede abordar el gran tema de la justificación por la fe, sin tomar en cuenta el asunto de la obediencia. Pero muchas personas albergaron la idea en el pasado de que la fe, en alguna forma, en algún sentido, contraviene la obediencia; es decir, que si usted ha de simpatizar con la fe, necesariamente tendrá que ser hostil con la obediencia. Y que si será amigo de la obediencia, entonces, definitivamente, no podrá serlo de la fe. Algunos han decidido marchar bajo la bandera de la fe para escapar de la obediencia. «Oh, eso ya no tiene importancia —dicen—. Todo lo que se necesita es creer». Se han olvidado de las palabras de la Escritura que sostienen que uno nunca podrá separar la fe de la obediencia. Siempre, siempre, van unidas. La obediencia es el fruto de la fe. Usted no puede separar las manzanas de un frondoso manzano. No se pueden tener la una sin la otra, y si usted tiene la una, tendrá la otra.
Según la Escritura, la importancia de la obediencia es sumamente clara. Aprendamos del hombre sabio, Salomón, que no era demasiado sabio, después de todo. Tuvo que aprender de sus propios errores. Finalmente descubrió, tras haber experimentado con 700 mujeres reinas y 300 concubinas durante toda su vida, que «todo es vanidad». (Eclesiastés 12:8). Luego dijo: «El fin de todo el discurso oído es éste…». He aquí un hombre que sólo cuando ya está viejo y cerca de la muerte, aprende todo lo que se necesitaba para vivir, y dice: Vayamos al meollo de la cuestión. Esta es la conclusión de todo el asunto: «Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre» (Eclesiastés 12:13).
Aquí tenemos una clave muy importante para comprender los problemas de Salomón. Cualquiera que piensa que la observancia de los mandamientos de Dios es sólo un deber, está mal desde el principio. Quizá Salomón no era lo suficientemente listo como para comprender, incluso en ese momento de su vida, que algo más que el deber está involucrado en la obediencia. Si la única razón por la cual obedezco es porque considero un deber hacerlo, entonces mi religión no vale nada.
«Hay quienes profesan servir a Dios a la vez que confían en sus propios esfuerzos para obedecer su ley, desarrollar un carácter recto y asegurarse la salvación. Sus corazones no son movidos por algún sentimiento profundo del amor de Cristo, sino que procuran cumplir los deberes de la vida cristiana como algo que Dios les exige para ganar el cielo. Una religión tal no tiene valor alguno» (CC 44-45).
-Pero —dirá alguien—, ¿no me guiará tarde o temprano hacia Cristo una religión tal?
-No, tal religión no vale nada. Y sin embargo, muchos de nosotros hemos crecido así. De hecho, trajimos esta formación a la iglesia desde nuestra niñez. Fuimos instruidos por los expertos de la familia, e incluso por el Espíritu de Profecía, que deberíamos capacitar a nuestos jóvenes y señoritas en la práctica de los hábitos correctos y en la clase correcta de obediencia. Enséñeseles a obedecer. Enséñeseles a obedecer como un deber. Enséñeseles a obedecer porque papi y mami lo dicen, porque es lo correcto. Y nos gusta citar pasajes como éste: «…cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo» (Ed 57).
Y al seguir enfatizando este enfoque, hemos desarrollado toda una subcultura de personas que piensan en la obediencia en términos de deber. Me gustaría sugerir que si sólo se limita al cumplimiento del deber, es una falsa obediencia, siempre será una falsa obediencia.
Consideremos un momento la diferencia que hay entre la verdadera y la falsa obediencia. He aquí una cita notable y casi revolucionaria:
“Toda verdadera obediencia proviene del corazón. La de Cristo procedía del corazón. Y si nosotros consentimos, se identificará de tal manera con nuestros pensamientos y fines, amoldará de tal manera nuestro corazón y mente en conformidad con su voluntad, que cuando le obedezcamos estaremos tan sólo ejecutando nuestros propios impulsos. La voluntad, refinada y santificada, hallará su más alto deleite en servirle. Cuando conozcamos a Dios como es nuestro privilegio conocerle, nuestra vida será una vida de continua obediencia. Si apreciamos el carácter de Cristo y tenemos comunión con Dios, el pecado llegará a sernos odioso” (DTG 621).
La Escritura dice de Jesús, nuestro ejemplo: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmos 40:8), y “Él amó la justicia y odió los charcos de lodo”. Así que toda obediencia genuina y verdadera, el tipo de obediencia que Jesús tenía, brota naturalmente del interior, del corazón, de los pensamientos, los propósitos, los motivos transformados por la gracia de Dios. Cualquier obediencia que no surge de esa fuente es falsa. Lo cual significa que muchos de nosotros hemos sido víctimas de una cuantiosa falsa obediencia, y hemos experimentado sus trágicos resultados.
Este es el tipo más común de falsa obediencia, dorada un poquito a fin de que tenga buena apariencia poniendo a Jesús en el cuadro: «Tú deberías permanecer fuera del lodo puesto que amas a Jesús». «Muy bien, amo a Jesús, así que supongo que debo permanecer fuera del lodo». (Esa es una forma de quedarse fuera del charco de lodo sólo para agradar a mamá.)
Otra versión, no tan sutil, pero quizá igualmente mala: Si no le obedecemos, crucificamos de nuevo a Jesús.
«¡Mire los clavos con los que usted atraviesa sus manos y sus pies!» Dicen que «cada vez que usted entra en la charca de lodo, otro clavo le atraviesa. Usted lo vuelve a herir».
Hay quienes me han dicho: «Yo simplemente no puedo entender este tipo de enfoque con relación a la culpabilidad». Y yo he tenido que concordar con ellos. En primer lugar, ¿es Jesús el personaje que se sienta por allí, con sus sentimientos heridos, cada vez que usted cae o fracasa? ¿Y qué clase de culpabilidad arroja sobre la gente este concepto: «usted le clava otro clavo»?
Este enfoque, tan común en muchos círculos, este tratar de mantenerse fuera del lodo a fin de agradarle a Él, o para no herirlo ni clavarle otro clavo, sólo puede conducir al desaliento y a la apostasía. Tarde o temprano la gente echará a la basura ese tipo de cosas. Tenemos que ofrecer algo mejor que una obediencia basada en el deber: esta falsa obediencia, esta obediencia basada en la culpabilidad. Si no lo hacemos, tarde o temprano nos uniremos a las filas de aquellos que dicen: «Oh, vamos, olvidemos todo ese asunto y dependamos de la fe. La fe es lo único que cuenta. Olvídese de la obediencia. Ni siquiera hable de ella».
Yo me siento agradecido por tener una Biblia que habla acerca de algo mejor.
Esto nos lleva a preguntarnos, en primer lugar, ¿es posible obedecer? Cierta mentalidad dice: «¡Cuidado! Usted se está volviendo demasiado idealista, y puede caer en el perfeccionismo. No hable de permanecer fuera del lodo. No podemos. No somos más que débiles seres humanos, y continuaremos batiendo lodo hasta que Jesús venga. Por eso debemos estar tan agradecidos por el detergente Lodo-T-Vas [justificación]. De modo que busquemos refugio en el detergente Lodo-T-Vas».
Bien, es cierto que usted puede encontrar pasajes en la Escritura que parecen decir eso. Romanos, epístola que considera este tema en forma bastante amplia, dice esto en el capítulo 7, versículos 18 al 23:
“Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí… Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.”
Ahora bien, esto fue escrito por el hombre que en Filipenses 3, dice que era un pecador intachable antes de venir a Cristo. De modo que su actuación era bastante buena. Pero cuando consideró la vida en forma más profunda, la que apela al corazón y a los motivos, el apóstol Pablo se dio cuenta que era un miserable. ¿Significa esto entonces que no es posible obedecer?
En los días de Cristo la gente practicaba un sistema de obediencia puramente externa, basada en su vida pasada. Ya ve, Moisés y sus sucesores se pusieron frente al pueblo y dijeron: «Obedeced y viviréis, desobedeced y moriréis. Si obedecéis seréis benditos, si desobedecéis seréis malditos». Y ellos experimentaron algunas fuertes evidencias que apoyaban este principio. De hecho, si usted lee todo el Antiguo Testamento, es difícil dejar de notar que la obediencia trae las bendiciones de Dios, y la desobediencia, sus maldiciones. ¿Trata usted de decir que Dios es el que maldice? Bueno, eso es lo que dice. ¿Lo ha comprobado últimamente?
Echemos un vistazo a las malas nuevas acerca de la desobediencia. «Pero si no oyeren, serán pasados a espada, y perecerán sin sabiduría» (Job 36:12). Bueno, eso lo dijo uno de los amigos de Job. Y no estamos muy seguros de poder confiar en él.
Pero ¡un momento! Jeremías dice: «Pero si no oyeren, arrancaré esa nación, sacándola de raíz y destruyéndola, dice Jehová» (Jeremías 12:17). ¿Quién los va a arrancar y destruir totalmente? ¿Los entregará Dios a Satanás a fin de que reciban la maldición? No, «arrancaré esa nación, sacándola de raíz». ¿Qué en cuanto a 2 Tesalonicenses 1, versículos 7 y 8?: «Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo». El castigo no se delega a Satanás para que lo ejecute. Dios y el diablo no son socios en este negocio. La Biblia es clara cuando dice que las bendiciones vienen con la obediencia, y la falta de bendiciones viene con la desobediencia.
¿Comprendía la iglesia de los días de Cristo este principio? Compruébelo por usted mismo: «Y cualquiera cosa que pidiéremos, la recibiremos de Él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de Él» (1 Juan 3:22). ¿Cómo podríamos no ver que las bendiciones vienen con la obediencia? Las oraciones contestadas pidiendo favores especiales vienen con la obediencia. Las recibimos porque guardamos sus mandamientos y hacemos las obras. Oh, dirá alguien, eso suena a salvación por las obras. No, aquí no se está hablando de la salvación; se está hablando de las bendiciones. Y hay una gran diferencia entre obedecer para ser salvo y obedecer para recibir bendiciones.
Un hombre ciego (Juan 9) fue llevado ante los dirigentes judíos. Ellos trataron de obligarlo a que les dijera de dónde había venido y quién lo había sanado. Los dirigentes religiosos andaban a la caza de Jesús. La familia del ciego estaba atemorizada y lo habían abandonado. ¡Finalmente, este solitario hombre ciego estaba de pie ante los dirigentes, enseñándoles! Dijo en el versículo 31: «Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye». ¿En qué basaba su declaración? En el claro registro del Antiguo Testamento: las bendiciones vienen con la obediencia; la ausencia de bendiciones viene con la desobediencia. Este principio se muestra una y otra vez en las Escrituras. ¿Salvación por obras? No. No estamos hablando de la salvación.
Bien, aquella gente escuchaba vez tras vez estas advertencias contra la desobediencia y la invitación a la obediencia; decían: «Mejor obedeceremos para que podamos recibir las bendiciones». Por tanto, teníamos a toda una nación que trataba constantemente de obedecer, a fin de obtener bendiciones. Esas eran sus motivaciones. Pero lo único que pudieron producir fue una obediencia exterior.
La obediencia externa nunca ha engañado a Dios, aunque ha engañado a mucha gente. La gente que tiene una voluntad férrea puede, y a menudo, ha falsificado la obediencia exteriormente. Y es posible establecer iglesias enteras sobre ese principio, si nuestro enfoque prioritario, como base de nuestra vida cristiana, es el comportamiento. Pero Jesús dijo que a menos que nuestra justicia exceda a la de los escribas y fariseos, a menos que sea verdadera, es decir, obediencia genuina, no hay ninguna posibilidad de que entremos en el reino de los cielos.
Cierta vez, durante la época de Navidad, cuando yo era niño, mi padre y yo caminábamos mirando tiendas en el centro, cuando vi un enorme carro de bomberos con luces y sirena. Incluso se movía con su propio motor.
¡Cómo deseaba yo tener aquel carro de bomberos! Luego recordé algunos villancicos, que decían que uno debería ser bueno antes de la Navidad. De manera que decidí ser tan bueno como me fuese posible a fin de ganarme el carro de bomberos. ¿Buena idea? Bueno, fui tan bueno como me fue posible, pero de todos modos no me regalaron el carro de bomberos. Y ¿sabe qué hice entonces? Ya no me interesaba seguir siendo bueno. De hecho, quería más bien ser malo porque no me habían regalado el carro de bomberos. ¿Hice lo correcto, o hice lo normal?
Ese tipo de razonamiento constituía uno de los mayores problemas en el tiempo de Cristo. La gente reclamaba las bendiciones, pero no querían al Señor. Yo quiero que mis oraciones sean escuchadas cuando tengo problemas, pero no estoy realmente interesado en la Persona a quien dirijo mis oraciones.
Y es así como llegamos a esta pregunta: ¿Es posible producir algo mejor que simple obediencia externa? Esto nos lleva a Romanos 8:3-4, donde dice claramente:
“Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne [no hay forma alguna en que usted, o yo, o el apóstol Pablo, podamos guardar los mandamientos por nuestra propia fuerza. Somos débiles por la carne], Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.”
Pero a ciertas personas les gusta leer este pasaje de la siguiente manera: «Para que la justicia de la ley pudiera ser cumplida por nosotros en la vida de Jesús. Él es mi sustituto en la obediencia porque yo no puedo obedecer. Todo lo que yo puedo hacer es caer, fracasar y pecar. Así que Él se convierte en mi sustituto en ese aspecto también». Pero no es eso lo que dice la Biblia. «Para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu». O en otras palabras, nosotros los que no tratamos de obedecer por nuestra propia fuerza, sino buscando el Espíritu de Dios, como lo hizo Jesús. Nosotros los que tratamos de obedecer desde el interior hacia afuera, en vez de cumplir simples deberes externos y coercivos con el propósito de obtener las bendiciones. Este es el principio de la verdadera obediencia, el único principio válido.
Me gustaría recordarles que muchos de nosotros hemos desperdiciado demasiado tiempo tratando de obedecer. Y lo único que logramos producir fue una falsa obediencia. Pues bien, ¿deberíamos ignorar eso? No, porque la falsa obediencia tiene valor en este mundo. Si siento deseos de matarlo a usted a balazos, pero no lo hago, habrá algunos beneficios reales. Uno de ellos sería en su favor, y el otro en el mío. Si siento deseos de robar algo, pero aprieto los dientes y estiro mi columna vertebral y no lo hago, habrá algunos beneficios muy reales.
La moralidad, que es la palabra no religiosa para designar la obediencia externa, tiene valor. Es importante en este mundo. Lo mantiene a usted fuera de la cárcel. Le evita multas de tránsito. Conserva su buena reputación. Nadie está en contra de la moralidad. Seamos muy morales. Pero la moralidad nunca ha sido obediencia, y tampoco es obediencia hoy. Los deberes externos, la actuación externa, no es obediencia genuina. Pero hemos producido toneladas de eso. Yo he producido mucho de eso. La gente que tiene fuerza de voluntad puede obedecer exteriormente, pero los débiles no. Esta es la razón por la cual la falsa obediencia es engañosa. Porque si el comportamiento es nuestro énfasis, entonces podemos llenar la iglesia con gente fuerte y dejar a los débiles en el frío de afuera.
Entonces Jesús vino y mostró una clase de obediencia enteramente diferente, un tipo de obediencia que procedía de arriba, más que de sus propios esfuerzos autogenerados. En esto reside la belleza de la vida de Jesús. Vino a vivir la vida como nosotros tenemos que vivirla. No como Dios, sino como ser humano. Pudo haber dependido de sí mismo para desplegar su poder cuando lo necesitara. Pero no lo hizo. Y el poder que vemos manifestado en su vida, en términos de sus poderosas obras y sus milagros, incluyendo su poder para obedecer, provenía de arriba, no de su interior. Y este mismo poder puede envolvernos, pero únicamente cuando cantamos el himno que nadie canta sinceramente.
El pastor Richards acostumbraba a decir: «Cantemos el himno que nadie canta sinceramente: «Cúmplase, oh Cristo, tu voluntad. Sólo tú puedes mi alma salvar. Cual alfarero, para tu honor, vasija útil, hazme Señor». Eso es amedrentador. A nosotros no nos gusta la idea de rendirnos al Señor. Podría cambiar nuestro estilo de vida. Podría echamos a perder la fiesta. Podría hacernos en realidad obedientes, y probablemente eso sería aburrido.
Pero precisamente de eso hablaba el apóstol Pablo. Siendo que la ley no puede hacernos obedientes porque no hay poder en ella (es débil por causa de la carne) Dios envió a su propio Hijo y nos mostró un ejemplo de obediencia que viene de arriba. Es el verdadero tipo de obediencia; nace del corazón y del amor. Y luego se nos dice que podemos vivir el tipo de vida que Jesús vivió. Oh, ¿de veras? ¡Sí!
Una vez alguien me preguntó: «¿Puede alguien vivir sin pecar?» Yo repliqué que me gustaría cambiar la pregunta. Porque hubo Uno que vivió en este mundo sin pecar. De modo que la pregunta debería expresarse así: ¿Puede Cristo vivir su vida en mí? Esa es la pregunta. ¿Puede alguien vivir una vida de obediencia separado de Jesús? No. Todo lo que produzcamos será falso. Pero ¿es posible que Jesús viva su vida en mí?
Mientras consideramos esta pregunta, necesitamos leer uno de los pasajes más hermosos de todas las Escrituras, concerniente a este mismo punto: Hebreos 13:20-21.
«Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo Él en vosotros lo que es agradable delante de Él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén».
El método, el blanco y la posibilidad, todo está enumerado aquí. Lo hace a usted perfecto. ¿Cuán perfecto? En toda buena obra. ¿Qué significa eso? Hacer su voluntad, obrando dentro de usted.
Primera de Tesalonicenses 5:23 y 24 dice: «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará». Él lo hará. Y Filipenses 2:13 dice: «Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad». Y Gálatas 2:20 expresa: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí».
La Biblia no habla de simplemente caer, fracasar y producir una falsa obediencia hasta que Jesús venga. Mi Biblia habla acerca de ser más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. ¿Cree usted eso? Entonces, ¡fuera con la idea de que la obediencia es demasiado complicada, demasiado difícil! ¡Fuera con la idea de que la obediencia es imposible, y de que sólo tenemos que marchar bajo la bandera de la fe! La Biblia no enseña que todo lo que podemos hacer es caer y fracasar hasta que Cristo venga. No, la Biblia no dice absolutamente nada de eso.
Promete bendiciones para la obediencia. Promete falta de bendiciones para la desobediencia. Nos dice que no podemos obedecer, pero que Él sí puede, y puede también vivir su vida en nosotros.
Yo estoy dolorosamente consciente de cuán quietecita permanece la gente, cuando hablamos acerca de la obediencia. He visto eso una y otra vez en diferentes partes. Alguien se levanta y habla acerca de la fe, de la gracia, de la cruz y de Jesús, de cómo murió por nuestros pecados y de cómo los limpia, y todos dicen, «amén, alabado sea Dios, aleluya». Alguien habla acerca de la obediencia, de la necesidad de vencer, y del poder, y todos se quedan quietos, y yo también. Porque recuerdo cómo fallé ayer. Y probablemente caeré otra vez mañana. Por eso me quedo callado. ¿Qué deberíamos hacer entonces? Simplemente esto: si nos mantenemos en contacto con Jesús, la obra que Él ha comenzado en nosotros, la llevará a cabo hasta el día de su regreso.
La falsa obediencia es como el sonido de los motores diesel fuera de borda en un atracadero. Usted tendría que haber crecido junto a un puerto para apreciar esta parábola. Yo he estado cerca de un atracadero unas dos veces, y oído los botes cuando encienden el motor por la mañana. Comienzan con tatatata, pumpumpumpum, tatatata, pumpumpum. Poco a poco usted comienza a darse cuenta de que algo está tratando de arrancar. Los tatatata, serían la verdadera obediencia, y el pumpumpumpum la falsa. Y la idea es que el motor se caliente hasta que pueda hacer tatatata todo el tiempo.
Mi vida, la suya y la de cualquier cristiano que trata de producir obediencia y tiene este problema, se parece mucho a ese motor fuera de borda que trata de arrancar. Encendemos un solo cilindro para arrancar, pero ocho sin uso. Poco a poco, y cada vez más y más, vamos comprendiendo lo que significa tener una obediencia genuina.
Parte de mi súplica aquí es que dejemos de confundir la obediencia verdadera con la falsa. Ya no llamemos más obediencia genuina a la falsa. Dejemos de dar a nuestros jóvenes la impresión de que la falsa obediencia es la verdadera. Recordémosles que hay algo mucho mejor a nuestro alcance. Hagamos todo lo que esté de nuestra parte por enseñar a nuestros jóvenes hábitos de obediencia y de vida correcta, aunque lo único que logre con eso, sea mantenerlos fuera de la cárcel lo suficiente como para que echen a andar sus ocho cilindros. Pero, no les demos la impresión de que lo que es realmente falso es verdadero, porque tarde o temprano se alejarán de la falsa experiencia. Millares de personas, tanto jóvenes y viejos, ya se han alejado de ella.
Alguien me contó una parábola en la cual Hawai representa la obediencia y la perfección: El pueblo Remanente, en California, fue organizado oficialmente en 1863. Sin embargo, los primeros colonos comenzaron a establecerse en ese lugar, alrededor de 1844. La gente que vivía en Remanente era diferente en muchas formas del resto del mundo. Pero tenían una enseñanza muy notable. Ese pueblo creía que todos deberían vivir en Hawai. (Recuerde, Hawai representa a la obediencia). Desde el principio estaban seguros de que mientras más pronto llegaran a Hawai, más pronto alcanzarían el cielo. Pero había un hecho sumamente embarazoso del cual no podían escapar. No vivían en Hawai. Parecía que Hawai estaba muy muy lejos. Casi tan lejos como el cielo mismo.
Si bien algunos de ellos pretendían haber estado en Hawai, nadie les creía. Había un dicho muy común en Remanente: Si usted dice que ha estado en Hawai, es prueba segura de que nunca estuvo allí.
La mayoría de la gente de Remanente creía que si usted se esforzaba lo más que pudiera durante toda su vida, posiblemente podría pasar al menos un día en Hawai precisamente antes de morir. Y muy pocos lograrían incluso eso. Aunque la población de Remanente sumaba varios millones de personas, la mayoría aceptaba el hecho que si 144000 de ellos lograba llegar a Hawai, aunque fuese por poco tiempo, eso sería lo mejor que podría esperarse de ellos.
Durante varios años hubo un plan comúnmente aceptado para llegar a Hawai. Usted iba a la playa, se metía en el agua, y comenzaba a nadar. Las lecciones de natación eran populares en Remanente, como es fácil imaginar. Se esperaba que los niños aprendieran a nadar casi antes que aprendieran a caminar. Había escuelas de natación, talleres de natación y se ofrecían a menudo planes de cinco días para aprender a nadar. Se esperaba que todos los que fueran ciudadanos en regla aprendieran a nadar. Se les advertía a los recién llegados al pueblo, que les tomaría algún tiempo antes que pudieran nadar suficientemente bien como para llegar realmente a Hawai; pero se esperaba que empezaran a nadar inmediatamente. Todos se animaban con la idea de que si tan sólo hiciesen lo mejor que pudieran, y se esforzaban día tras día, tarde o temprano lograrían llegar a Hawai.
Algunos se desanimaron tanto tras intentarlo y fracasar muchas veces, que se fueron del pueblo. Otros murieron intentándolo. Pero la mayoría siguió tratando de llegar a nado a Hawai, hasta que un día ocurrió lo inevitable.
Un nadador se vio forzado a volver a la playa, fracasando una vez más en su intento de llegar a Hawai, cuando le pareció que algo llegaba a su mente como un relámpago. Tan pronto como logró controlar su respiración, comenzó a ir de arriba abajo por toda la playa y también en el pueblo, diciendo: «¿Quién dijo que teníamos que vivir en Hawai? ¿Se dan cuenta cuánto tiempo hace que estamos tratando de llegar hasta allá? ¿Pueden mencionarme el nombre aunque sea de una persona que lo haya hecho alguna vez?» Pronto tenía un buen número de seguidores que hacían la misma pregunta. Y todos llegaron a la misma conclusión. No es necesario llegar a Hawai a nado.
Y comenzaron a esparcir sus buenas nuevas por todas partes, lejos y cerca. Algunas personas aceptaron gozosamente esta nueva idea. Otros la combatieron. Por un tiempo, todos en Remanente parecían discutir esta nueva teología: la idea de que aunque siguieran luchando por llegar nadando a Hawai, hasta el mismo momento en que fueran llevados al cielo, nadie, jamás, ni siquiera se acercaría a ella. Pero eso no importaba, decían las buenas nuevas.
De modo que ahora había dos grupos, el que todavía insistía en que era necesario vivir en Hawai, y el otro que aseguraba que no era necesario. (Pero lo interesante era que ambos grupos acudían regularmente a la playa a practicar natación.)
Pero pronto llegaron noticias de una tercera opción. Parecía extraña. Pronto se supo en toda la playa. La opción era ponerse en contacto con el piloto de un aeroplano y ponerse en sus manos. Entonces usted dependía de él para llegar a Hawai. Y cuando usted abordara el avión con el piloto frente a los controles, todo lo que usted tenía que hacer sería descansar. Puesto que su responsabilidad era ponerlo a usted en Hawai.
Pareció difícil de comprender al principio. Las preguntas eran numerosas y difíciles de contestar. ¿Y qué hace uno? ¿Mueve uno sus brazos? ¿Tiene uno que patalear duro? ¿Corre uno por el pasillo del avión? Cuando tantos habían fracasado en sus esfuerzos por llegar a Hawai, a pesar de sus tremendas luchas y durísimo trabajo, ¿cómo podría alguien esperar llegar a ese paraíso tropical tan sólo descansando? Sonaba bonito, pero con seguridad no era más que un mito. Hawai siempre había significado esfuerzo, muchísimo esfuerzo. Seguramente debía haber algún malentendido. Algunos trataron de explicar, que había que hacer cierto esfuerzo al procurar ponerse en contacto con el piloto; al abordar el avión, e incluso en el mismo hecho de descansar. Pero no impresionaba como un esfuerzo real; al menos no comparable con el que se había estado practicando en la playa.
La discusión acerca de la tercera opción iba más o menos así: «Lo único que tenemos que hacer es descansar y continuar poniéndonos bajo el control del piloto».
Alguno parecía confundido y preguntaba:
—¿Quiere usted decir que ya no iremos a Hawai, después de todo?
—Sí, es esencial ir a Hawai.
—Bueno, entonces sería mejor que volviéramos a la playa y dejáramos de seguir perdiendo tiempo aquí.
—No, nunca llegaremos a Hawai nadando.
—Entonces es imposible ir a Hawai.
—¿Quiere usted decir que no tenemos que ir? Sí, tenemos que ir. Vivir en Hawai es posible. Es importante. Es necesario.
—Entonces es mejor que comencemos a nadar.
—No, no, no, es mejor que nos dirijamos al aeropuerto.
Poco a poquito, aquí y allá, la gente empezó a captar el mensaje. Y a medida que lo hacían, comenzaron a hacer viajes regulares a Hawai. Es cierto que no hablaban de haber estado allá. Hablaban más bien del Piloto, del aeroplano y del descanso que se ofrecía. Y mientras continuaban compartiendo las buenas nuevas y alcanzando a los fatigados nadadores, éstas comenzaron a esparcirse.
¿Qué ocurrió entonces? Algunos de los que habían sido los mejores nadadores y se habían aventurado a ir bastante lejos en las frías aguas del Océano Pacífico se sintieron insultados. Se les oyó decir: «Si están dejando a la gente que llegue a Hawai dependiendo de alguien más que los lleve hasta allá, entonces yo ya no quiero ir». Así que dejaron el agua, la playa y el pueblo y se cambiaron a Las Vegas. Pero algunos de los peores nadadores, que a duras penas se habían podido mantener a flote, estaban entre los primeros que se apresuraron a llegar al aeropuerto y abordar el avión con el Piloto. Antes de mucho, todos ya habían ido y vuelto. Al final, la playa estaba vacía. Ya nadie iba a nadar.