4 – ¿Por qué me aburro menos si voy y vuelvo entre tareas?


Hace un tiempo empecé a notar algo raro en mis mañanas. Tengo mi rato con Dios, después escribo un capítulo de algún libro, después reviso otro, después hago un curso, después trabajo, después juego un rato. Toda mi vida escuché que había que enfocarse en una sola cosa a la vez, que saltar de tarea en tarea es lo peor que se puede hacer. Pero cuando probé quedarme una hora entera metido en el mismo curso, o una hora seguida escribiendo, terminaba aburrido y sin ganas. En cambio, cuando iba y volvía —un nivel del curso, un capítulo, veinte minutos de trabajo, un rato de juego— volvía a cada cosa con las pilas puestas. ¿Estaba haciendo algo mal, o hay algo ahí que tiene sentido?

¿Qué es en realidad el «costo de cambiar de tarea»?

La advertencia de no saltar de tarea en tarea viene de un fenómeno real que la psicología cognitiva estudia hace décadas: el «costo de cambio» o switch cost1. Cuando una persona pasa de una tarea a otra, tarda un poquito más y comete algún error de más en el primer intento después del cambio. Es un efecto sólido, medido cientos de veces en laboratorio.

El problema es la letra chica. Ese costo se mide con tareas así: mirás un número y decís si es par o impar; dos segundos después mirás otro número y ahora tenés que decir si es mayor o menor a cinco; así, cientos de veces seguidas, cambiando de instrucción cada dos o tres segundos. El costo que se mide ahí son fracciones de segundo — entre treinta y setecientos milisegundos, según la tarea1.

Eso no tiene nada que ver con terminar un capítulo de un libro y después abrir un curso. Es una diferencia de escala enorme: estamos hablando de segundos contra minutos completos, de reflejos automáticos contra actividades que arrancan, se desarrollan y cierran. La ciencia que mide el switch cost, tal como está armada, no dice nada sobre si conviene o no dividir la mañana en bloques de veinte o treinta minutos por actividad distinta. Es un salto que se hizo popular, pero que el estudio original nunca hizo.

¿Por qué cuesta más sostener una tarea larga que una corta?

Durante mucho tiempo se pensó que el foco funciona como una batería: se va gastando con el uso y hay que recargarla descansando. Pero hay otra explicación, más precisa, que viene de un estudio de 20112: el problema no sería que se te acaba la energía, sino que el cerebro deja de «registrar» activamente el objetivo de la tarea cuando se mantiene fijo demasiado tiempo. Es parecido a lo que pasa con la ropa que tenés puesta: al principio la sentís sobre la piel, después de un rato dejás de notarla, aunque siga ahí. No es que la piel se cansó, es que el sistema dejó de prestarle atención activa a algo que no cambia.

En ese estudio, un grupo de personas hacía una tarea de atención sostenida mientras memorizaba unos números. Cuando tenían que recordar esos números recién al final, el rendimiento en la tarea principal caía con fuerza a medida que pasaba el tiempo. Pero cuando les pedían recordar esos números de vez en cuando durante la tarea —una interrupción breve, no un descanso— el bajón desaparecía. La interpretación de los autores es que ese pequeño quiebre reactiva el objetivo de la tarea principal, como si el cerebro dijera «ah, cierto, seguimos con esto».

Esto encaja con lo que conté: volver a un curso después de jugar un rato no te «descansa» en el sentido de vaciar la cabeza — te reactiva el objetivo del curso, que se había quedado en piloto automático.

¿Cambiar de tarea es siempre mejor que simplemente parar?

Acá conviene frenar el entusiasmo. No todo lo que se investigó apunta en la misma dirección, y omitir eso sería mentir.

En algunos experimentos de laboratorio, comparar directamente «seguir sin parar» contra «tomarse un descanso real» (no hacer nada) contra «cambiar a otra tarea», el descanso puro fue la opción que mejor preservó el rendimiento — mejor que cambiar de actividad3. Es decir: cambiar de tarea ayuda más que forzar la misma tarea agotada, pero no siempre le gana a simplemente detenerse.

Esto no invalida lo que me pasa —mi caso tiene bloques con cierre real, no interrupciones de laboratorio de segundos— pero sí es motivo para no venderlo como «la ciencia probó que rotar actividades es superior a todo». Es una estrategia con buen respaldo, no la única válida, y probablemente no sea igual de efectiva en cualquier tipo de tarea.

¿Existe un número mágico de minutos para cada bloque?

No. Y esto vale la pena decirlo con todas las letras, porque circula mucho una cifra específica: la idea de que el cerebro funciona en «ciclos de noventa minutos» y que por eso conviene armar bloques de esa duración. Esa idea nació de observaciones sobre el sueño y sobre bebés recién nacidos en los años cincuenta4, y se extendió como si aplicara igual a la concentración de un adulto despierto trabajando.

Cuando se buscó ese ciclo de noventa minutos directamente, con métodos estadísticos exigentes, midiendo el rendimiento cognitivo real de sesenta personas cada diez minutos durante nueve horas, no apareció5. No hay una periodicidad de noventa minutos confiable en el rendimiento mental de una persona despierta. Es el mismo tipo de cifra inflada que circula con la Ley de Parkinson o los diez mil pasos: suena convincente, tiene un origen real pero deformado, y no resiste una revisión seria.

Lo que sí está bien establecido es que el rendimiento en tareas que exigen atención sostenida empieza a decaer bastante rápido, a veces ya dentro de los primeros veinte o treinta minutos3. Pero de ahí no se sigue que veinte o treinta minutos sea «la» unidad ideal para todo el mundo y toda tarea — sigue bastante ese patrón, sin ser una ley fija.

¿»Dejar algo a medias» ayuda a acordarse mejor de eso?

Esta es otra creencia popular que conviene chequear, porque roza directamente lo que hago: parar una tarea antes de terminarla del todo. La idea instalada dice que las tareas que quedan sin terminar se recuerdan mejor —el llamado efecto Zeigarnik, muy citado en blogs de productividad y diseño de aplicaciones.

Un meta-análisis publicado este año revisó toda la evidencia disponible y no encontró ninguna ventaja de memoria para las tareas inconclusas6. El efecto original, de 1927, no está resistiendo la revisión moderna.

Lo que sí encontró ese mismo meta-análisis es un fenómeno relacionado pero distinto: la tendencia a querer retomar algo que se dejó a medias, incluso sin que nadie lo pida. Cerca de dos tercios de las tareas interrumpidas terminan siendo retomadas espontáneamente cuando la persona tiene la oportunidad6. No es que te vayas a acordar mejor del curso por dejarlo a la mitad de un video — es que tenés más ganas de volver a él. Es un matiz importante: la explicación real de por qué «volvés con ganas» no es la memoria, es una tendencia a cerrar lo que quedó abierto.

Herramientas prácticas

  • Cerrá siempre una unidad completa antes de cambiar de actividad. Un capítulo, un nivel, un video del curso, veinte minutos de trabajo con una tarea concreta terminada. La clave no es el tiempo exacto, es tener un cierre real — eso es lo que parece reactivar el objetivo de la siguiente actividad cuando volvés a ella.
  • No busques una duración mágica. Ensayá bloques de entre quince y treinta minutos como punto de partida razonable, pero ajustá según la tarea: una tarea difícil o poco interesante puede pedir bloques más cortos; una que te atrapa puede sostenerse más tiempo sin necesidad de cortarla.
  • Si en algún bloque no lográs avanzar nada, probá parar del todo en vez de cambiar a otra tarea. La evidencia sugiere que a veces el descanso puro rinde más que cualquier cambio de actividad — no descartes esa opción solo porque cambiar de tarea te funcionó otras veces.
  • No fuerces terminar algo «a la fuerza» solo por la idea de que dejarlo a medias te va a ayudar a recordarlo mejor. Esa creencia no tiene base. Si preferís cerrar una unidad antes de parar, hacelo porque te da satisfacción real, no por una supuesta ventaja de memoria que no existe.

1. Rogers, R. D., & Monsell, S. (1995). Costs of a predictable switch between simple cognitive tasks. Journal of Experimental Psychology: General, 124(2), 207–231. DOI: 10.1037/0096-3445.124.2.207

2. Ariga, A., & Lleras, A. (2011). Brief and rare mental «breaks» keep you focused: Deactivation and reactivation of task goals preempt vigilance decrements. Cognition, 118(3), 439–443. DOI: 10.1016/j.cognition.2010.12.007

3. Helton, W. S., & Russell, P. N. (2015). Rest is best: The role of rest and task interruptions on vigilance. Cognition, 134, 165–173. Citado también en Schumann, F., Steinborn, M. B., Kürten, J., Cao, L., Händel, B. F., & Huestegge, L. (2022). Restoration of Attention by Rest in a Multitasking World: Theory, Methodology, and Empirical Evidence. Frontiers in Psychology, 13:867978. DOI: 10.3389/fpsyg.2022.867978

4. Kleitman, N. propuso el «ciclo básico de reposo-actividad» (BRAC) a partir de observaciones sobre el sueño y sobre lactantes en la década de 1950, hipótesis extendida después a la vigilia sin verificación directa equivalente.

5. Neubauer, A. C., & Freudenthaler, H. H. (1995). Ultradian rhythms in cognitive performance: no evidence for a 1.5-h rhythm. Biological Psychology, 40(3), 281–298.

6. Ghibellini, R., & Meier, B. (2025). Interruption, recall and resumption: a meta-analysis of the Zeigarnik and Ovsiankina effects. Humanities and Social Sciences Communications, 12, artículo 962. DOI: 10.1057/s41599-025-05000-w