Epílogo – Lo que el gadareno no supo

Hay cosas que solo se saben después.

No después de un tiempo — después de todo. Después de que la historia termina de desplegarse, después de que los hilos que parecían sueltos encuentran su lugar en el tejido completo, después de que la distancia es suficiente como para ver el cuadro entero de una sola mirada. Hay cosas que en el momento de ocurrir no tienen manera de ser vistas en su totalidad porque la totalidad todavía no existe — está siendo tejida, está en proceso, depende de decisiones que todavía no fueron tomadas y de personas que todavía no escucharon lo que van a escuchar.

El hombre de Gadara nunca supo.

Nunca supo que su testimonio llegó a Tiro. Nunca supo que una mujer en una ciudad costera del Mediterráneo había pasado una noche repasando los detalles de su historia con la precisión de quien construye un argumento sobre evidencia real. Nunca supo que esa mujer había caminado hasta donde estaba Jesús con seis razones sólidas y una humildad que Jesús llamó grande. Nunca supo que una niña que no era la suya, en una casa que nunca vio, había quedado libre esa tarde porque él había obedecido el encargo que no terminó de entender cuando lo recibió.

Contó lo que sabía. Hizo lo que le dijeron. Y el resto ocurrió fuera de su campo de visión, en el territorio donde los actos de obediencia van a dar cuando salen de las manos del que los hace y entran en las manos de Dios.

Lo sabrá después de todo.

En algún momento — cuando la historia haya terminado de desplegarse, cuando los que duermen despierten y los que estaban separados se encuentren — alguien le va a mostrar el cuadro completo. Va a ver el camino que recorrió su testimonio desde la Decápolis hasta Fenicia. Va a ver la noche en que una mujer que nunca conoció repasó su historia ladrillo por ladrillo en la oscuridad. Va a ver la cara de la niña acostada tranquila en su cama esa tarde en Tiro. Va a ver cada eslabón de la cadena que se tejió a partir de su obediencia — cada persona que escuchó y creyó, cada vida que cambió de dirección porque él contó lo que le pasó en una orilla del lago de Galilea en la madrugada.

Y va a entender por qué Jesús insistió en que se quedara.

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La cadena no se cortó en el siglo primero.

Siguió viajando — por los canales que los testimonios encuentran en cada época, adaptándose a los medios disponibles sin perder el núcleo que los hace irrefutables. Viajó en rollos y en códices y en libros impresos y en conversaciones y en sermones y en noches de estudio donde alguien leyó estas pocas líneas y entendió algo que no había entendido antes.

Y viajó también por internet.

Llegó a un joven en México que buscaba a alguien que hablara de Jesús — no de doctrinas ni de estructuras ni de programas sino de Jesús, del que es real y responde y se hace encontrar por los que lo buscan de verdad. Encontró un podcast de un hombre en Argentina que contaba lo que Jesús había hecho en su propia vida con la honestidad de quien no tiene nada que demostrar y solo quiere depositar en otros lo que recibió.

El joven escuchó. Escribió. Preguntó qué eran esos Momentos a Solas con Cristo.

Y en ese encuentro — en esa conversación que cruzó el Atlántico por cables de fibra óptica con la misma facilidad con que el testimonio del gadareno cruzó las rutas comerciales de la Decápolis — ocurrió algo que no tiene nombre más preciso que el que la Biblia ya le dio: una vida que conocía la obra del Señor encontró al Señor de la obra. Su fe se renovó desde la raíz. Su esposa comenzó a caminar con él en esa dirección. Se casaron con esa nueva base debajo.

Y entonces perdieron a su hijo.

Lo tuvieron poco tiempo — el tiempo suficiente para amarlo con la intensidad que solo los padres conocen, no el tiempo suficiente para ninguna de las cosas que los padres imaginan cuando esperan un hijo. Lo lloraron con todo el peso que eso tiene porque el peso era real y no había razón para fingir que no lo era. Pero no estaban enojados con Dios. Tenían la esperanza de volver a verlo — la esperanza que no es optimismo ni negación sino certeza anclada en el carácter de alguien cuyo carácter ya habían aprendido a conocer de primera mano.

Para sostener esa esperanza de una manera que se pudiera ver y tocar, mandaron a hacer un cuadro.

En la pintura, el abuelo del joven — el que lo había llevado a la iglesia de niño, el que ya había partido — estaba con los brazos abiertos, esperando. Y en las manos de un ángel, llegando hacia él, estaba el bebé. El cuadro quedó colgado en algún lugar de la casa. Ahí adrede. Porque cada vez que alguien lo viera y preguntara, esa pregunta abriría una conversación sobre el amor de Dios y sobre la esperanza de la vida eterna.

El joven había convertido su mayor pérdida en su mayor herramienta de testimonio.

Sin saber — igual que el gadareno — hasta dónde iba a llegar lo que colgó en esa pared.

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Hay una pregunta que el gadareno no pudo hacerse en esta vida.

Es la pregunta que surge naturalmente cuando uno ve el cuadro completo — cuando la distancia es suficiente para ver no solo el momento de la obediencia sino todo lo que la obediencia produjo más allá del horizonte visible. Es la pregunta que este libro intenta dejar en el lector no como carga sino como invitación.

¿Qué testimonio estás sosteniendo que todavía no sabés adónde va?

No el testimonio elaborado, no el que requiere preparación y contexto y el momento adecuado. El testimonio simple — lo que Jesús hizo en tu vida, lo que cambió, lo que no podías y ahora podés. Lo que perdiste y recuperaste. Lo que pediste y recibiste. Lo que temías y ya no temés. Ese testimonio que a veces parece demasiado pequeño para ser contado porque no tiene la escala dramática de una Legión expulsada en la madrugada sobre el lago de Galilea.

El gadareno contó lo que sabía. Una niña en Tiro quedó libre.

No hay testimonio pequeño cuando viene del Rey del universo. No hay cadena que se pueda ver completa desde adentro. No hay manera de saber — en esta vida — a quién le va a llegar lo que uno cuenta, en qué noche larga va a ser el material con el que alguien construye la fe que necesita para ir a buscar a Jesús, en qué corazón va a encender la apertura que los dioses de esa persona no habían podido encender.

Solo hay un encargo.

El mismo que el hombre de Gadara recibió en la orilla, el mismo que el joven de México cumplió sin saber que lo estaba cumpliendo cuando colgó un cuadro en la pared de su casa, el mismo que este libro intenta cumplir de su propia manera en las manos de quien lo está leyendo ahora.

Vete a los tuyos y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo.

El resto — adónde llega, a quién alcanza, qué produce en vidas que uno nunca va a conocer — eso no es nuestro para saber. Es nuestro para confiar.

Y confiar es suficiente.


Fin