Prólogo — Lo que no se ve viajar

Había un joven en México que conocía la obra de Dios mejor que la mayoría.

Sabía explicar las profecías. Sabía liderar la escuela sabática. Sabía dar estudios bíblicos con una claridad que dejaba a la gente sin preguntas al final. Había crecido dentro de la iglesia de la mano de su abuelo, se había bautizado, había ocupado cargos, había sido activo y fiel y presente durante años. Conocía la obra con la intimidad de quien la había habitado desde adentro.

Lo que no sabía era quién era el Señor de esa obra.

No lo sabía porque nadie se lo había dicho de esa manera. O quizás alguien lo había dicho y las palabras habían pasado por encima sin dejar marca — porque hay verdades que no entran por el oído sino por la experiencia, y esta era una de ellas. Había aprendido a trabajar para Dios con una dedicación genuina. Había aprendido a hablar de Dios con precisión teológica. Pero pasar tiempo a solas con Jesús — sentarse con él, sin agenda ni tarea ni rol que cumplir, simplemente estar — eso no lo había aprendido todavía.

Entonces dejó la iglesia.

No con escándalo ni con portazo. Se fue de la manera en que se van los que estaban ahí por razones que no terminaban de sostenerse — gradualmente, silenciosamente, con el cansancio de quien ha estado construyendo sobre una base que nunca fue del todo sólida. Y en el silencio que siguió, empezó a escuchar algo que no había podido escuchar mientras estaba ocupado: una voz que decía volvé, te estoy esperando, hijo.

Buscó en internet a alguien que hablara de Jesús.

Encontró un podcast de un hombre en Argentina que contaba lo que Jesús había hecho en su propia vida — no doctrinas, no argumentos, no estructuras teológicas. Experiencias. Momentos concretos. La textura específica de una amistad con alguien real. El joven escuchó, y algo en él reconoció lo que le faltaba con una claridad que lo sorprendió. Escribió al hombre del podcast. Le preguntó qué eran esos Momentos a Solas con Cristo. Se sumó a uno de los programas, en plena pandemia, desde México, frente a una pantalla.

Y ahí ocurrió la revelación que cambió todo.

Entendió que durante años había trabajado incansablemente en la obra del Señor sin conocer al Señor de la obra. Que había hecho de todo en la iglesia sin tener una relación real con el que la iglesia proclamaba. No era hipocresía — era una forma de hambre que no había sabido nombrar hasta ese momento. Cuando lo nombró, algo se acomodó. Su fe se renovó desde la raíz. Su esposa comenzó a tomar estudios bíblicos. Se casaron con esa nueva base debajo.

Tiempo después le escribió al hombre del podcast para contarle que iba a ser papá.

Y después de eso, el silencio. El contacto diario que se fue espaciando de manera natural, como se espacian las cosas cuando la vida avanza y los caminos se separan sin distancia. Hasta que un día, durante la oración, el nombre del joven empezó a volver — fijo, repetido, insistente. Durante varios días la misma impresión: orá por él, orá por él. El hombre del podcast le escribió para preguntar cómo estaba.

La respuesta llegó con paz. Él y su esposa estaban bien, decía. Estaban en paz con Jesús.

Y agregó: fui papá.

Cuando el hombre del podcast se lamentó por no haber anotado la fecha para felicitarlo, el joven cambió el tiempo verbal. Su hijito había estado con ellos poco tiempo antes de partir. Lo habían llorado con todo el peso que eso tiene — porque el peso era real y no había razón para fingir que no lo era. Pero no estaban enojados con Dios. Tenían la esperanza de volver a verlo.

Para sostener esa esperanza de una manera que se pudiera ver y tocar, mandaron a hacer un cuadro. En la pintura, el abuelo del joven — el que lo había llevado a la iglesia de niño, el que ya había partido — estaba con los brazos abiertos, esperando. Y en las manos de un ángel, llegando hacia él, estaba el bebé.

El cuadro quedó colgado en algún lugar de la casa. Ahí adrede. Porque cada vez que alguien lo viera y preguntara, esa pregunta abriría una conversación sobre el amor de Dios y sobre la esperanza de la vida eterna.

El joven había convertido su mayor pérdida en su mayor herramienta de testimonio.

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Esta cadena no empezó en México.

Empezó en una orilla del Mar de Galilea, en la madrugada, con un hombre que vivía entre las tumbas y al que nadie podía acercarse. Empezó con un cruce de agua que nadie pidió y que cambió todo. Empezó con una palabra que disolvió una Legión y con un encargo que ese hombre no terminó de entender cuando lo recibió — pero obedeció igual.

Lo que este libro intenta hacer es seguir esa cadena desde el principio. Ver cómo viajó. Ver a quién llegó. Ver lo que produjo en una mujer en Tiro que nunca conoció al hombre de Galilea, pero que creyó en él con una fe que Jesús llamó grande.

Y dejar al lector con la pregunta que el gadareno nunca pudo hacerse en esta vida: ¿hasta dónde llegó lo que conté?