Prólogo – Debajo de un árbol

Un día en la oficina, después de horas de programar, giré la silla hacia el ventanal. Era un gesto de costumbre — ese momento al final de la concentración donde el cuerpo pide un poco de horizonte antes de seguir. La ventana daba a la calle. La cuadra de enfrente era la misma de siempre — los mismos edificios, el mismo asfalto, el mismo cielo de tarde cordobesa.

Pero ese día había un jacarandá florecido.

No sé si había estado ahí antes y yo nunca lo había visto. No importa. Lo que importa es que en el momento en que lo vi, algo en el interior — suave, sin violencia, sin drama — dijo: acá tenés tus luces violetas.

No era una voz audible. Era algo más parecido al reconocimiento. Como cuando ves una cara conocida en un lugar inesperado y el cuerpo lo sabe antes que la mente lo procese. Días antes le había dicho a Jesús por primera vez con esa honestidad que uno reserva para las conversaciones sin testigos que quería saber si era real — que no pretendía que aparecieran luces violetas, solo quería saber si había alguien del otro lado, si las palabras que subían encontraban a alguien que las recibiera.

Jesús estaba ahí, en esa impresión, diciéndome que me había escuchado. Que había estado escuchando todo el tiempo. Que la respuesta no llegó cuando yo la esperaba porque tenía su propio idioma, su propio momento, su propia forma de florecer en violeta en la cuadra de enfrente.

Aprendí ese día que Dios es un Dios de sorpresas. Que le gusta responder de maneras que uno no pidió exactamente pero que son más precisas que cualquier cosa que uno hubiera podido pedir. Que hay una diferencia entre el Dios que uno construye con la imaginación y el Dios que aparece con un jacarandá cuando uno acaba de girar la silla.

Esa diferencia es de lo que trata este libro.

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Natanael también quería saber si Dios era real. Lo buscaba debajo de una higuera en Caná de Galilea, en el silencio de las tardes cuando el follaje denso cerraba el mundo afuera y él quedaba solo con las Escrituras y sus preguntas. Lo había buscado así durante años — sin intermediarios, sin la bajada de línea de las escuelas de Jerusalén, sin el filtro de las tradiciones que habían convertido el agua viva en algo apenas reconocible. Iba directo a la fuente. Abría los rollos y preguntaba. Esperaba. Escuchaba.

Era un hombre de naturaleza intensamente fervorosa, de esos que no saben hacer las cosas a medias. Lo que creía lo creía con todo el cuerpo. Lo que dudaba lo decía en voz alta sin importarle el qué dirán. No tenía la astucia social de los que aprenden a guardarse las opiniones para las ocasiones convenientes — tenía, en cambio, algo más raro y más valioso: un interior que coincidía exactamente con su exterior. Lo que se veía era lo que había. Sin doble fondo, sin agenda oculta, sin el cálculo permanente de los que viven midiendo el efecto de sus palabras sobre los demás.

Jesús lo llamó israelita verdadero. El israelita sin engaño.

Y sin embargo, antes de llamarlo así, Natanael había preguntado con toda la sinceridad de su carácter: ¿de Nazaret puede salir algo bueno?

Esa pregunta y esa confesión vinieron del mismo hombre, con menos de una hora de distancia entre ellas. Y esa distancia — el espacio entre la duda que se anima a hablar y la fe que se anima a proclamar — es el territorio que este libro quiere habitar.

Porque Natanael no es un personaje de otro tiempo. Es el retrato de cualquier alma que buscó a Dios con honestidad, que tuvo prejuicios sinceros, que no pudo decidirse a rechazar algo que no terminaba de entender, que fue y vio cuando lo invitaron, y que en el momento del reconocimiento no tuvo vergüenza de decirlo en voz alta delante de todos.

Es el discípulo de la confianza infantil. El primero en proclamar lo que los demás todavía estaban procesando. El testigo de principio a fin — desde la higuera en Caná hasta el desayuno con el resucitado en la orilla del mar de Galilea.

Todo lo que importa ahora es la higuera. Y el hombre debajo de ella, esperando una respuesta que ya estaba en camino.

Y después, Armenia. Pero eso viene al final.