Epílogo – Lo que queda

Ninguno de los dos hombres sabía que iban a terminar en un libro.

El leproso salió de ese camino con la piel restaurada y algo más difícil de nombrar pero más importante que la piel — una imagen de Dios completamente distinta a la que había cargado durante años. No la imagen del sistema: un Dios omnipotente que lo había descartado, que podía pero elegía no querer, que respaldaba con su nombre la distancia que todos los demás mantenían. La imagen que se llevó era otra. La de un Dios que se conmueve en las entrañas antes de actuar. Que toca antes de hablar. Que dice quiero antes de decir sé limpio. Que no espera que vos te arregles para acercarse — que se acerca mientras todavía estás en el peor momento, con la pregunta más vulnerable que existe todavía sin respuesta.

El padre salió de ese camino con un hijo que hablaba y que oía — con la primera conversación real entre los dos, con la relación que el demonio había impedido que existiera inaugurada en ese momento. Y con algo que iba a sostenerlo por el resto de su vida: la certeza de que el poder de Dios no tiene el límite que el fracaso ajeno sugiere. Que hay casos que superan la capacidad de los representantes de Dios sin superar la capacidad de Dios mismo. Que cuando todo lo demás falló y la apariencia decía que era demasiado tarde, Jesús se acercó, tomó la mano, y levantó.

Los dos se fueron transformados. No solo en lo visible — en ese lugar más profundo donde la imagen de Dios se forma y desde donde organiza todo lo demás.

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Hay una pregunta que este libro deja abierta. No como recurso literario — como invitación real a mirarse adentro y reconocer cuál de las dos dudas es la propia.

¿Es la del leproso? ¿Sabés que Dios puede — has visto suficiente, has oído suficiente, no tenés dudas sobre el poder — pero en algún lugar del camino, por lo que el sistema religioso te enseñó o por lo que la familia construyó o por lo que la vida fue instalando sin que nadie lo nombrara, llegaste a creer que ese poder no llega hasta vos? ¿Que hay en vos algo que te ubica del otro lado del borde — del lado de los que Dios puede pero no quiere?

¿O es la del padre? ¿Sabés que Dios quiere — lo sentís en el amor que recibiste, en las veces que estuvo, en esa certeza que no podés argumentar pero que tampoco podés ignorar — pero llevás demasiado tiempo enfrentando algo que nadie ha podido resolver? ¿Que los representantes de Dios fallaron en el momento que más los necesitabas? ¿Que la pregunta que no podés callar es si el poder de Dios alcanza hasta este caso específico, hasta esta historia específica, hasta lo que llevás desde hace demasiado tiempo sin solución?

Jesús respondió a las dos. Con precisión quirúrgica, con la palabra exacta a la duda exacta, con el gesto que llegaba al lugar donde las palabras solas no podían llegar. Al leproso le dijo quiero — y lo tocó antes de decirlo. Al padre le devolvió su propio condicional transformado, esperó la confesión más honesta del evangelio, y luego tomó la mano del hijo aparentemente muerto y lo levantó.

Jesús siempre responde a la herida exacta. No a la herida que el sistema diagnosticó. No a la herida que uno hubiera esperado tener. A la que realmente hay — esa que a veces uno mismo tarda años en poder nombrar.

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Hubo una tarde en que estaba meditando en la historia del ciego de nacimiento y me sentí identificado de una manera que no esperaba.

Llevaba un tiempo cargando algo que no sabía bien cómo nombrar — una especie de culpa por haber llegado tan tarde. Treinta años antes de conocer a Jesús. Treinta años de un camino que no había sido el camino, de decisiones que me habían llevado a lugares oscuros, de un tiempo que sentía que había perdido y que ahora no podía recuperar. Me preguntaba qué habría sido diferente si lo hubiera conocido antes. Qué habría construido, qué habría evitado, qué clase de persona habría llegado a ser si el encuentro hubiera ocurrido en la infancia o en la adolescencia en lugar de a los treinta.

En esa meditación, Jesús me mostró algo que no había visto antes.

Me mostró que yo era ese ciego. No como metáfora general — como identidad precisa. El ciego de nacimiento no eligió nacer ciego. No hizo nada que produjera su condición. Y cuando los discípulos le preguntaron a Jesús quién había pecado para que naciera así, Jesús respondió con algo que desmontó el argumento completo: ninguno pecó. Nació así para que las obras de Dios se manifestaran en él.

La oscuridad no era el castigo. Era el lienzo.

Todo lo que yo había vivido antes de conocer a Jesús — las profundidades, los lugares oscuros, las decisiones que preferiría no haber tomado — Jesús me estaba diciendo que iba a usar todo eso. No a pesar de eso. Con eso. Que el contraste entre la oscuridad que yo conocía desde adentro y la luz que había encontrado era exactamente lo que iba a hacer que mis testimonios llegaran a lugares que los testimonios de quien nunca conoció esa oscuridad no podían alcanzar. Que hay personas que no se identifican con quien nunca tropezó — pero que sí se identifican con quien tropezó y fue levantado.

Mis testimonios no son míos. Son el registro de lo que Jesús hace con lo que el enemigo intentó destruir. Y la oscuridad que el enemigo usó para apartarme de Dios es exactamente el material que Jesús usa para mostrar quién es.

Lo mismo que hizo con el leproso. Lo mismo que hizo con el hijo del padre. La oscuridad visible hace más visible la luz. El contraste necesita las dos cosas para existir.

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Estos dos hombres no tienen nombre en el texto. Marcos no los preservó — o no los supo, o consideró que no eran necesarios para lo que quería contar. Lo que preservó fue lo que les ocurrió. El encuentro. La duda que traían. La respuesta que recibieron.

Y esa ausencia de nombre es, en cierto sentido, la cosa más generosa que el texto pudo hacer. Porque donde no hay nombre propio, hay espacio para cualquier nombre. Para el nombre del que lee. Para la historia del que se reconoce en una de las dos dudas y descubre que Jesús ya respondió a esa duda en un camino de Galilea, con un toque o con una pregunta devuelta transformada, mucho antes de que él llegara a formulársela.

Jesús quiere. Jesús puede.

No como declaración abstracta — como escena concreta, encarnada, con toque físico y palabra directa y niño levantado de la mano. Con la precisión de quien conoce la herida antes de que el herido termine de describirla.

Lo que este libro intentó hacer fue habitar esos dos momentos el tiempo suficiente como para que algo de lo que ocurrió en ellos pudiera seguir ocurriendo. Para que el lector que llegó con la duda del leproso pudiera escuchar, desde adentro de la escena, el quiero que Jesús dijo antes de que nadie se lo pidiera. Y para que el que llegó con la duda del padre pudiera ver, desde adentro de la escena, la mano de Jesús tomando lo que el enemigo declaró muerto y levantándolo.

La semilla no controla hasta dónde llega. Solo acepta ser plantada.