Había una época que ya no podía recordar sin que doliera.
No porque fuera un recuerdo malo. Sino porque era un recuerdo bueno — y los recuerdos buenos, cuando el presente es lo que era su presente, duelen de una manera que los malos no pueden. Los malos al menos son consistentes con lo que uno tiene ahora. Los buenos son el contraste. Son la evidencia de que hubo un antes, de que las cosas no siempre fueron así, de que en algún momento de la historia de esta familia había habido algo que podría llamarse normalidad.
Recordaba a su hijo antes del demonio.
No sabía exactamente cuándo había empezado — eso también era parte del peso, esa imposibilidad de señalar un momento preciso y decir: acá. Acá fue donde todo cambió. Había sido gradual, o al menos así lo recordaba — primero algo pequeño que podía atribuirse a otra cosa, luego algo más difícil de ignorar, luego el primer episodio que no tenía ninguna otra explicación posible. Y para cuando la realidad de lo que estaba ocurriendo se volvió innegable, el antes ya había quedado demasiado lejos para volver a él.
Recordaba a su esposa también. Aunque ese recuerdo lo guardaba de otra manera — más adentro, más protegido, como se guardan las cosas que uno no puede darse el lujo de sacar con frecuencia porque el costo de hacerlo es demasiado alto para lo que queda de energía después de un día de lo que era su vida. Su ausencia era parte del peso que nadie veía desde afuera. Todos podían ver al hijo. Todos podían ver la condición, los episodios, la destrucción visible que el demonio hacía en el cuerpo del muchacho. Nadie veía la otra ausencia — la de la persona con quien se supone que uno divide ese peso, la que se queda despierta con vos en las noches de vigilancia, la que puede mirarte cuando todo lo demás falla y decirte algo que valga la pena escuchar.
Él cargaba solo. Y llevaba suficiente tiempo cargando solo como para haber aprendido a no pensarlo demasiado, porque pensarlo no cambiaba nada y el peso seguía estando ahí de todas formas.
✦ ✦ ✦
Lo que el estigma hace no es solo aislar. Construye una narrativa.
En el mundo del primer siglo, la desgracia tenía una explicación teológica que el sistema religioso proveía con la eficiencia de quien ha repetido el mismo argumento tantas veces que ya no lo examina — simplemente lo aplica. Si un hijo estaba endemoniado, era porque algo en la familia lo justificaba. Quizás el padre. Quizás la madre. Quizás el hijo mismo, cargando las consecuencias de algo que había hecho o que había dejado de hacer o que había pensado en el momento equivocado. La teología popular del primer siglo no toleraba el sufrimiento sin culpable — necesitaba uno, y si no lo encontraba lo inventaba.
Este hombre lo había escuchado todo. No siempre con palabras directas — a veces con el silencio particular de quienes dejan de incluirte en las conversaciones que importan. A veces con la mirada que dura un segundo de más cuando el hijo tiene un episodio en público. A veces con los comentarios que llegan de tercera mano, filtrados por dos o tres versiones antes de alcanzarlo, pero reconocibles de todas formas porque el argumento de fondo siempre era el mismo: esto no ocurre por accidente. Algo hicieron.
Él sabía lo que había hecho. Había amado a su hijo con todo lo que tenía. Había velado sus noches, había alejado su cuerpo del fuego y del agua cada vez que el demonio lo intentaba, había buscado ayuda en cada lugar donde la ayuda parecía posible. Había hecho todo eso solo, sin la ayuda idónea que ya no estaba, con el agotamiento acumulado de quien aprendió a funcionar dentro del dolor crónico porque no había alternativa.
Pero la culpa no necesita evidencia para instalarse. Necesita un vacío — y el dolor crónico produce exactamente eso, un vacío donde las preguntas sin respuesta encuentran el espacio para crecer. ¿Qué hice mal? ¿Qué dejé de hacer? ¿Hay algo en mí que produjo esto? El sistema le proveía las respuestas implícitas. Él las rumiaba en las noches de vigilancia, entre un episodio y el siguiente, en ese espacio de agotamiento y silencio donde los pensamientos que uno preferiría no tener encuentran la condición perfecta para quedarse.
Y sin embargo amaba a su hijo.
Con la clase de amor que no depende de lo que el otro puede devolver. El hijo no podía hablarle — el demonio le había robado la voz. No podía oírlo — le había robado también eso. No podía ser instruido en la fe de sus padres, no podía escuchar las historias de la liberación de Egipto o los salmos de David o las promesas de los profetas que este padre habría querido transmitirle. Todos los canales normales de comunicación estaban bloqueados por la misma entidad que usaba el cuerpo del muchacho para intentar matarlo.
Y el padre lo amaba de todas formas. Sin condiciones. Sin rendimiento. Sin la posibilidad siquiera de saber si ese amor llegaba a algún lugar adentro del hijo o se perdía en el silencio que el demonio había instalado entre los dos.
Fue precisamente ese amor — ese amor que continuó sin reciprocidad, que se sostuvo sin garantías, que eligió al hijo una y otra vez en las noches de fuego y de agua — el que le enseñó algo sobre Dios que ningún rabino le había podido enseñar. Porque había noches en que, velando al hijo que no podía hablarle ni escucharlo, este padre pensaba en lo que él mismo estaba haciendo — en la clase de amor que estaba eligiendo ejercer, en la disposición de dar todo por alguien que no podía corresponder — y algo en él reconocía ese movimiento. Lo había visto descrito en otro lugar. Lo había escuchado hablar en un lenguaje que no era el de la teología académica sino el del corazón que se mueve antes de razonar.
El amor que él sentía por su hijo era una imagen. Una imagen imperfecta, limitada por la naturaleza pecaminosa que él mismo reconocía en sí mismo — pero una imagen al fin. Y la imagen apuntaba hacia algo más grande que ella misma.
Si él, con todo lo que era y con todo lo que no era, amaba así a su hijo — ¿cómo amaba Dios?
✦ ✦ ✦
Esa pregunta lo había sostenido en los años de no solución.
No la había resuelto. No tenía una respuesta teológica articulada que pudiera defender en una discusión. Pero la tenía instalada en algún lugar más profundo que la argumentación — en ese lugar donde las cosas se saben sin poder explicar completamente cómo se saben. Dios era bueno. No con la bondad fría de quien cumple una obligación sino con algo más parecido a lo que él sentía cuando miraba a su hijo en los momentos de calma, en los espacios entre episodios donde el muchacho era simplemente un muchacho y el padre podía ver en él algo de lo que había sido antes y algo de lo que podría llegar a ser.
Eso lo distinguía del leproso. El leproso había llegado a Jesús sin saber si Dios quería. Este hombre llegó sabiendo que Dios quería — lo sabía desde adentro, desde su propio corazón de padre. Lo que no sabía era si el poder de Dios era suficiente para esto. Para un caso que llevaba desde niño sin resolverse. Para lo que los médicos no habían podido tocar y los exorcistas no habían podido vencer y ahora, ese mismo día, los propios discípulos de Jesús habían intentado y fallado en público.
Había ido a los discípulos primero. Había visto el fracaso con sus propios ojos — el intento, el esfuerzo genuino, y luego el resultado que no era el que necesitaba. Y lo que ese fracaso había hecho a su fe no era haberla destruido sino haberla herido de una manera específica. No dudaba del amor. Dudaba del poder. Dudaba de si lo que Jesús tenía era cualitativamente diferente a lo que sus discípulos tenían — o si era simplemente más de lo mismo, más autoridad delegada del mismo tipo que había fallado frente a sus ojos.
La duda tenía forma precisa. Y la pregunta que iba a formularle a Jesús cuando finalmente lo tuviera enfrente iba a tener esa misma forma.
✦ ✦ ✦
Yo aprendí lo que es amar a un hijo sin poder controlar lo que le pasa.
No de la misma manera que este padre — mi hijo Niquito puede hablar, puede oírme, puede responderme, y eso es una gracia que no doy por sentada después de haber habitado esta historia. Pero hay una clase de sufrimiento que pertenece específicamente a los padres y que no tiene equivalente en ninguna otra relación — el sufrimiento de ver a alguien que amás más que a vos mismo enfrentando algo que vos no podés resolver por él. La impotencia de querer cargar lo que no podés cargar. El amor que continúa igual aunque no puedas hacer nada con él en ese momento.
Hubo una noche en que lloré a los pies de Jesús por la salvación de mi hijo. No porque su vida estuviera en peligro visible. Sino porque veía algo — una apatía espiritual, una distancia de Jesús que me dolía más de lo que me habría dolido cualquier problema externo — y no podía resolverlo. No podía convencerlo. No podía obligarlo a sentir lo que yo sentía ni a querer lo que yo quería para él. Solo podía amar y orar y confiarle a Jesús lo que no estaba en mis manos.
En esa noche, después de derramar todo, llegó algo. No una voz en el sentido literal — una impresión que se instaló en el centro del pecho con la suavidad y la firmeza de algo que siempre estuvo ahí esperando ser recibido. Jesús me preguntó algo. Me dijo: si vos, con la naturaleza pecaminosa que tenés, amás a tu hijo de esta manera y te ocupás de su salvación con esta intensidad — ¿qué te imaginás que siento yo por él? ¿Cuánto más lo amo yo? ¿Cuánto más ocupado estoy en lo que te preocupa?
Era el mismo argumento que este padre había construido solo en las noches de vigilancia. El amor humano como imagen — imperfecta, limitada — del amor de Dios. Y la conclusión que la imagen sugería: si esto es lo que siente una criatura limitada y pecaminosa por su hijo, lo que siente Dios excede eso en una proporción que no tiene nombre en ningún idioma humano.
Luego, en uno de esos momentos de meditación que Jesús usa para hablar sin usar palabras, estaba leyendo el capítulo de El Deseado de Todas las Gentes sobre la curación del hijo del noble. Y cuando llegué al momento en que Jesús le dice al padre ve, tu hijo vivirá — sentí un flechazo en el pecho. No estaba leyendo sobre ese padre. Jesús me estaba hablando a mí. Tranquilo, Nicolás. Tu hijo vivirá.
No tenía todavía la evidencia. La certeza llegó antes que la evidencia — llegó en ese flechazo, en esa impresión que no era razonamiento sino algo más parecido a lo que siente el leproso cuando ve a Jesús no retroceder. Y tuve que aprender a sostener esa certeza en el tiempo al medio, en el espacio entre lo que Jesús había dicho y lo que todavía no podía ver.
Hubo otro momento, en una reunión de oración del ministerio de Momentos a Solas con Cristo. Una chica contó su testimonio — cómo había caído en un pozo sin fondo, cómo había llegado a pedirle a su padre que dejara de orar por ella, cómo había llegado a pedirle a Dios que la dejara de molestar. Y cómo Jesús la había amado de todas formas, a través de las oraciones del padre y del tiempo, hasta que ella volvió. Una mujer en esa reunión, escuchando ese testimonio, dijo en voz alta lo que yo también necesitaba escuchar: con esto me quedo tranquila con respecto a la salvación de mis hijos. Porque veo cómo Jesús los va a buscar a todos lados.
Ese fue el flechazo final. Dejar a Jesús ocuparse. Seguir siendo el padre que había sido — con los aciertos y los errores, con la relación íntima con Jesús que siempre quise tener — y confiar en que los hijos se llevan más lo que ven que todo lo que se les puede decir. Que hay más predicación en un hijo que ve a su padre orar, que ve a su padre contar lo que Jesús le hizo, que ve a su padre deleitarse en las Escrituras — que en todos los sermones y lecciones morales que ese padre pueda pronunciar.
Este hombre que iba camino a encontrarse con Jesús no sabía todavía nada de eso. Solo sabía que amaba a su hijo más de lo que podía expresar, que llevaba desde niño cargando algo que nadie había podido resolver, y que había una sola puerta que todavía no había probado.
Fue hacia ella.