Epílogo – La Noche que Nunca Terminó de Terminar

Nicodemo le contó a Juan lo que pasó esa noche.

No sabemos cuándo. No sabemos en qué circunstancias — si fue una sola conversación larga o muchas conversaciones breves, si fue antes de la dispersión o después, si Juan tomó notas o simplemente escuchó con la atención del que sabe que lo que está recibiendo es demasiado importante para perderse un detalle. Lo que sabemos es que Juan lo escribió. Con la misma pluma que registró el principio de todas las cosas — en el principio era el Verbo — escribió también esto: la timidez que Nicodemo trató de ocultar bajo serenidad y dignidad, la ironía que usó como escudo, el momento donde la pregunta salió diferente a las anteriores, la imagen de la serpiente de bronce que finalmente penetró, las palabras que ningún otro maestro había pronunciado con esa claridad en toda la historia de Israel.

De tal manera amó Dios al mundo.

Palabras que nacieron en una conversación de dos personas en la oscuridad. Palabras que Nicodemo guardó durante años sin saber completamente qué hacer con ellas. Palabras que florecieron en él de la manera más inesperada — no en la cima de su poder sino en el momento en que lo había perdido todo, de pie ante una cruz con treinta y dos kilogramos de especias en las manos mientras los que habían estado tres años al lado de Jesús se escondían con miedo.

Juan las escribió para instrucción de millones de almas.

Y la cadena no se rompió.

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Viajó a través de siglos — de idiomas, de culturas, de noches silenciosas donde alguien buscó algo sin saber exactamente qué buscaba. Llegó a Agustín de Hipona, que la recibió después de años de buscar en los lugares equivocados. Llegó a Martín Lutero, que la clavó en una puerta y cambió el mundo. Llegó a hombres y mujeres sin nombre que la leyeron en idiomas que Nicodemo nunca habría podido imaginar, en continentes que ningún mapa del primer siglo podía contener, en circunstancias que ninguna profecía rabínica había anticipado.

Y siguió viajando.

Hasta un programador adventista en Córdoba que esperó un trabajo en Estados Unidos sin buscarlo, y que sin saberlo plantó una semilla en alguien que tres años después, justo antes de meterse en el espiritismo, decidió ir a buscarlo para ver si era verdad.

Hasta una oficina en Globant donde alguien escondía una Biblia en una mochila y la abría cuando no había nadie, hasta el día en que hubo alguien y la negó y volvió a casa y encontró en las palabras de Jesús un espejo que no pudo evitar.

Hasta una playa en Brasil donde una raya picó y el dolor duró horas y el corazón mezcló la queja con la gratitud sin que ninguna de las dos fuera deshonesta, y Jesús usó esas horas para mostrar algo sobre su propia cruz que ningún sermón habría podido enseñar de la misma manera.

Hasta un canal de YouTube donde durante años vivieron audiolibros — voces grabadas con paciencia, traducidas con cuidado, enviadas sin costo porque el fin era la difusión y no el dinero — hasta el día en que llegó la convicción de que era momento de borrarlos. No porque hubieran sido un error sino porque su ciclo había terminado, y porque había algo que Jesús quería enseñar sobre soltar lo que uno construyó para él — que el amor que da sin calcular el retorno aprende eventualmente a soltar con la misma libertad con que dio.

La cadena no se rompió.

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La última imagen que quedó de Nicodemo en el registro es esta — pobre en los bienes de este mundo, despreciado por los que antes lo reverenciaban, sosteniendo con lo que le quedaba a una iglesia que el sistema esperaba ver desaparecer.

No hay estatua de Nicodemo en ningún lugar del mundo. No hay ciudad que lleve su nombre. No hay orden religiosa fundada en su memoria ni himno que celebre su historia. Hay solo esto — unas pocas líneas en el evangelio de Juan, preservadas durante dos mil años, que dicen que hubo un hombre que vino a Jesús de noche la primera vez, que habló cuando debía hablar, que llevó especias cuando todos los demás huyeron, y que no le faltó la fe que había tenido su comienzo en aquella conferencia nocturna.

Una raíz que nadie vio crecer.

Pero las raíces que nadie ve son exactamente las que sostienen lo que permanece cuando todo lo demás cae. Y lo que Nicodemo sostuvo — con su voz en el Sanedrín, con sus especias en la tumba, con sus riquezas dadas a la iglesia perseguida — no cayó. Viajó. Llegó hasta Juan que lo escribió. Llegó hasta los millones que lo leyeron. Llegó hasta acá.

Y sigue.

Porque las semillas que Jesús planta no mueren con el que las recibe.

Germinan. Y dan fruto. Y ese fruto tiene semilla.

Y la cadena no se rompe.