Han pasado milenios desde que Enoc desapareció de la tierra. El mundo que él conoció fue borrado por las aguas del diluvio, los asentamientos donde predicó no dejaron ruinas que nadie pueda visitar, los hombres que lo escucharon y los que se burlaron de él son igualmente polvo. Y sin embargo, aquí está su historia, todavía siendo leída, todavía capaz de detenernos, todavía capaz de hacernos preguntar algo sobre nuestras propias vidas.
No es una historia que se pueda leer de manera neutral. Hace algo en el lector que no es exactamente comodidad. Es más bien la incomodidad productiva de quien se mira en un espejo que no miente y ve la distancia entre lo que es y lo que podría ser. Enoc caminó con Dios trescientos años en un mundo que era, en sus rasgos esenciales, muy parecido al nuestro: ruidoso, distraído, corrompido, lleno de sustitutos del bien que resultan ser suficientemente satisfactorios como para que la mayoría no sienta la necesidad de buscar el bien verdadero.
Y en ese mundo, eligió algo diferente. Día tras día, oración por oración, meditación por meditación, decisión por decisión. No de manera dramática. No con gestos grandiosos que el mundo pudiera ver y aplaudir. Con la fidelidad silenciosa, acumulada, paciente, de quien ha entendido que las cosas que más importan no se construyen en los momentos de espectáculo sino en los momentos ordinarios que nadie está mirando.
La iglesia necesita hoy hombres y mujeres que, como Enoc, caminen con Dios y revelen a Cristo al mundo. No en el sentido de que el mundo necesita más personas que hablen sobre Dios, porque de esas hay muchas. En el sentido de que el mundo necesita personas en las que la realidad de Dios sea visible, personas en las que el carácter de Cristo haya dejado una marca que no se puede fabricar ni imitar, personas cuyo rostro lleve ese sello del cielo que los impíos de la época de Enoc miraban con reverencia aunque no quisieran admitir lo que estaban viendo.
La experiencia de Enoc no fue el resultado de un don especial recibido sin esfuerzo. Fue el resultado de decisiones que cualquier ser humano puede tomar. Elevar el corazón a Dios mientras las manos están ocupadas. Meditar en el carácter de Cristo en lugar de llenar la mente con lo que la cultura ofrece como sustituto. Hablar con Dios de las pruebas reales del día, sin la versión presentable. Consultar a Dios antes de consultar a los hombres. Vivir coherentemente en todos los contextos: en el hogar, en el trabajo, en las relaciones, en los momentos que nadie ve.
Todo eso es posible. No fácil, porque nada que valga la pena es fácil. No sin retrocesos, porque los retrocesos son parte del proceso y no su negación. Pero posible. Enoc lo demostró durante trescientos años, en un mundo que no lo hacía fácil, con una naturaleza humana que no era diferente de la nuestra.
Y Dios sigue siendo el mismo Dios que caminó con Enoc. El mismo que está dispuesto a enseñarle su deber a cualquier alma que acuda a Él con fe. El mismo que dice Sus misterios personalmente a los que lo buscan. El mismo cuya presencia transforma al que la busca con la misma inevitabilidad con que el fuego transforma al metal que permanece en él el tiempo suficiente.
La pregunta que la vida de Enoc le hace a cada lector es simple. Es la misma que estuvo detrás de cada decisión de ese hombre durante tres siglos. Es la pregunta que, si se hace con honestidad y se responde con consecuencia, tiene el poder de cambiar una vida entera.
¿Agradará esto al Señor?