9. Las tentaciones: vivir puro en un mundo impuro

Sería un error leer la vida de Enoc como la historia de alguien para quien la santidad fue fácil. Como si hubiera nacido con una naturaleza especialmente resistente al pecado, o como si las circunstancias de su vida lo hubieran protegido de las presiones que deforman a los hombres comunes. Ninguna de esas cosas era cierta. Enoc tuvo tentaciones, así como nosotros. Estuvo rodeado por una sociedad que no fue más amiga de la justicia que la que nos rodea a nosotros. La atmósfera que respiraba estaba contaminada de pecado y corrupción, lo mismo que la nuestra.

Esa afirmación merece detenerse. La atmósfera moral de la época antediluviana no era una presión abstracta. Era concreta, específica, constante. Era la conversación del vecino que trataba la crueldad como humor. Era el mercado donde las transacciones se hacían con una deshonestidad tan normalizada que nadie la llamaba deshonestidad. Era la fiesta a la que lo invitaban y donde la idolatría y el exceso se mezclaban con tanta naturalidad que rechazar la invitación requería explicaciones que nadie quería dar. Era el peso acumulado de una cultura que había decidido colectivamente que Dios no era relevante y que lo que importaba era lo que se podía tocar y contar y disfrutar ahora.

En ese entorno, Enoc vivió. No en un convento. No en una burbuja artificial de pureza construida con paredes gruesas. En el mundo real, con sus fricciones reales y sus presiones reales. Y sin embargo, vivió una vida de santidad. No se dejó contaminar por los pecados prevalecientes de la época en que vivió.

¿Cómo? La respuesta no es complicada en su enunciado, aunque es exigente en su práctica: manteniendo a Dios delante de él en todo momento. Había educado su mente y su corazón para creer que estaba en la presencia divina, y cuando lo asaltaba la duda, sus oraciones ascendían a Dios para que lo guardara. Esa conciencia constante de la presencia divina no era una superstición ni una técnica de manejo mental. Era la consecuencia natural de años de comunión sostenida. Uno no puede caminar durante décadas con alguien sin desarrollar una conciencia habitual de su presencia, sin que algo en la mente comience a orientarse naturalmente hacia esa persona antes de actuar.

Cuando Satanás intentaba introducir sus insinuaciones en la mente de Enoc —y lo intentaba, con la persistencia que caracteriza al adversario que sabe que el tiempo es su aliado cuando el hombre baja la guardia— Enoc tenía un recurso que usaba con la eficiencia del que conoce bien sus herramientas. Podía entrar al secreto pabellón del Altísimo, con sólo decir en su corazón: «Así dice el Señor.» Las promesas de la Palabra de Dios eran su salvaguardia. No en sentido mágico, no como si las palabras tuvieran poder por su mera repetición. Sino porque cada promesa era un ancla que lo conectaba a una realidad más grande que la tentación presente, que le recordaba quién era Dios y quién era él y qué había en juego en ese momento.

Había aprendido también a reconocer las insinuaciones antes de que se convirtieran en pensamientos elaborados. Esa es una forma de sabiduría práctica que sólo se adquiere con el tiempo y con la atención sostenida al propio interior: la capacidad de detectar el primer movimiento de algo que no debería estar ahí, cuando todavía es fácil de redirigir, antes de que haya echado raíces y construido argumentos a su favor y reclutado emociones para su causa. Rehusó participar en cualquier acto que pudiera ofender a su Dios. No esperaba a ver hasta dónde llegaba la situación. Conocía sus propios límites con suficiente honestidad para retroceder antes de llegar a ellos.

La pureza de corazón que Enoc cultivó durante esos trescientos años no era el resultado de una naturaleza diferente a la humana. Era el resultado de la misma gracia que está disponible para cualquier ser humano que la busque con la misma seriedad con que él la buscó. Durante trescientos años procuró la pureza de corazón, para poder estar en armonía con el cielo. La palabra «procuró» es importante. Implica esfuerzo. Implica intención. Implica que hubo días en que tuvo que elegir y que la elección no fue automática. Implica también que Dios respondió a ese esfuerzo con la gracia que el esfuerzo humano solo nunca puede proveer.

Era particularmente cuidadoso con la mente. Entendía —con siglos de anticipación a cualquier psicología moderna— que lo que uno permite en el pensamiento determina eventualmente lo que uno hace con el cuerpo. Que el pecado no llega de golpe sino que se construye desde adentro, que tiene una prehistoria interior larga antes de manifestarse en acción. Por eso vigilaba sus pensamientos con la seriedad del guardián que sabe que lo que entre por las puertas de la ciudad determinará la paz o la guerra de lo que hay adentro.

Educó su mente para la devoción, para amar la pureza. Su conversación se refería a las cosas celestiales. Había entrenado su mente para que se deslizara por esos canales, los canales del pensamiento que van hacia Dios y hacia lo eterno, en lugar de los canales que van hacia lo que corrompe y degrada. No porque ignorara la realidad del mal a su alrededor. La conocía muy bien. Sino porque había descubierto que lo que uno alimenta crece, y que si uno quiere que crezca la santidad tiene que alimentar la santidad, no simplemente abstenerse de alimentar el pecado.

Afligido por la maldad creciente de los impíos, y temiendo que la infidelidad de esos hombres pudiera aminorar su veneración hacia Dios, Enoc eludía el asociarse continuamente con ellos, y pasaba mucho tiempo en la soledad, dedicándose a la meditación y a la oración. Esa frase encierra una honestidad admirable sobre la fragilidad humana: incluso Enoc, después de décadas de caminar con Dios, era consciente de que el contacto prolongado con la impiedad podía tener efecto sobre él. No porque fuera débil de manera excepcional, sino porque era honesto de manera excepcional. Sabía que la influencia del entorno es real y que el antídoto no es la arrogancia de quien cree que está por encima de ser afectado, sino la sabiduría de quien toma las precauciones necesarias para no serlo.