7. El hombre en el mundo: esposo, padre, ciudadano

Había quienes, al escuchar hablar de la vida espiritual de Enoc, se formaban la imagen equivocada. Imaginaban a un hombre distante, absorbido en el mundo interior, apenas presente en las realidades cotidianas de la vida familiar y social. Imaginaban la santidad como una especie de ausencia del mundo, un estado de flotación por encima de lo ordinario que lo hacía intocable e inaccesible.

Nada de eso era Enoc. Su andar con Dios no era en arrobamiento o en visión. No se aisló de la gente convirtiéndose en ermitaño, porque tenía una obra que hacer para Dios en el mundo. En el seno de la familia y en sus relaciones con los hombres, como esposo o padre, como amigo o ciudadano, fue firme y constante siervo de Dios. Esas palabras son precisas y merecen ser leídas despacio: esposo, padre, amigo, ciudadano. Enoc era todas esas cosas, y las era de verdad, con la presencia completa de un hombre que no ha dividido su vida en compartimentos sino que ha encontrado la manera de ser el mismo en todos los contextos.

Como esposo, su mujer conocía a un hombre cuyo amor tenía la solidez de algo que viene de un lugar profundo. No el amor que depende del humor del día ni de cuánto ha recibido para poder dar. El amor que Enoc había aprendido de contemplar el amor de Dios —ese amor que no necesita que el amado lo merezca para ser real— se transfería naturalmente a las relaciones más cercanas. No de manera perfecta, porque seguía siendo un hombre con todas las limitaciones que eso implica. Pero con una orientación que era reconocible y que creaba en su hogar algo que no existía en la mayoría de los hogares de su época: una atmósfera de seguridad que no dependía de las circunstancias externas.

Como padre, Enoc era el tipo de hombre que su propio hijo Matusalén recordaría durante los casi mil años que viviría después de que su padre fuera trasladado. No porque Enoc hubiera sido un padre perfecto en el sentido de no haber cometido errores. Sino porque había sido un padre presente en el sentido más importante: presente espiritualmente, presente en la transmisión de lo que más importaba. Matusalén creció viendo a un hombre que oraba. Que meditaba. Que hablaba de Dios no como de algo distante y abstracto, sino como de alguien con quien tenía relación real. Que tomaba decisiones consultando a Dios antes que a los hombres. Que vivía de una manera que era coherente con lo que decía creer.

Esa coherencia es el mayor regalo que un padre puede dar a un hijo: ver que lo que se predica se practica. No en la perfección —que nadie puede proveer— sino en la dirección. En el esfuerzo genuino. En la honestidad de reconocer cuando uno falla y en el regreso constante al mismo centro. Matusalén aprendió de su padre no sólo ideas sobre Dios sino la práctica concreta de caminar con Él. Y eso es algo que ninguna escuela puede enseñar y ningún libro puede reemplazar completamente.

Como vecino y ciudadano, Enoc era activo. No de la manera que el mundo de su tiempo valoraba —no acumulando influencia política ni construyendo alianzas de conveniencia— sino de la manera que los débiles y los perdidos y los buscadores necesitaban. Cuando la gente de los asentamientos cercanos tenía problemas, Enoc no era inaccesible. Cuando alguien llegaba a él con preguntas sobre Dios, con el hambre espiritual que algunos hombres sienten incluso en las épocas más corrompidas porque esa hambre es parte de lo que significa ser humano, Enoc estaba disponible. Los que temían al Señor lo buscaban para compartir su instrucción y sus oraciones. Y él los recibía.

Pero nunca confundió disponibilidad con pasividad. Había cosas que no hacía. No participaba de las fiestas y de los entretenimientos que constantemente atrapaban la atención de los amantes del placer del mundo antediluviano. No deambulaba ociosamente por las calles, ni se detenía en los lugares de diversión, ni se enredaba en conversaciones comunes con los corruptos, como si fuera uno de ellos. Esa distinción —estar disponible para las personas pero no participar de sus sistemas de entretenimiento y distracción— era parte de cómo mantenía la claridad que lo hacía útil.

Un hombre que ha perdido la distinción interior ya no puede servir de mucho a los que lo rodean. Puede estar físicamente presente, puede ser agradable y sociable y bien relacionado. Pero ha perdido lo que hace que su presencia sea diferente a la de cualquier otro. Enoc lo sabía. Su separación del entretenimiento de su época no era rigidez religiosa. Era la protección de algo valioso. Era cuidar la llama para que no se apagara, porque si se apagaba, las personas que necesitaban luz quedarían en la oscuridad.

En sus relaciones cotidianas, Enoc ejercía dominio propio de una manera que la gente notaba. Cuando era tentado, no dejaba que el impulso lo dominara. Cuando era provocado —y había personas que lo provocaban deliberadamente, que buscaban hacerlo caer en la trampa de la ira o del orgullo herido o de la defensa excesiva de sí mismo— respondía de una manera que desarmaba la provocación sin negarla. No fingía que no le afectaba. No era de piedra. Pero tenía acceso a un recurso que la mayoría de los hombres de su época no tenía: podía entrar, en cualquier momento, al secreto pabellón del Altísimo, con sólo decir en su corazón «Así dice el Señor». Y en ese lugar encontraba un refugio que le devolvía la perspectiva y le quitaba del pecho el peso de lo que lo había herido o irritado.

Los hombres que andan a la luz de Cristo, como lo hizo Enoc, siempre ejercerán dominio propio, aun bajo la tentación y la provocación. Aunque probados por la perversidad y la obstinación de los demás, no permiten que el impulso los domine. No era una afirmación que Enoc hubiera hecho de sí mismo con facilidad en los primeros años. Era algo que se construyó. Que costó. Que tuvo retrocesos. Pero que con el tiempo llegó a ser parte de quién era, de la misma manera que la forma de un árbol llega a ser parte de su identidad después de crecer durante suficiente tiempo en la misma dirección.