Había una pregunta que Enoc se hacía a sí mismo con frecuencia, en distintos momentos del día, como un hilo conductor que atravesaba sus pensamientos aunque estuviera ocupado con otras cosas: ¿Quién es Dios? No en el sentido académico de alguien que estudia teología para pasar un examen. En el sentido del enamorado que no puede dejar de pensar en la persona amada, que regresa una y otra vez a los mismos recuerdos y a las mismas preguntas porque hacerlo le produce algo que no encuentra en ningún otro lugar.
Meditaba en la bondad de Dios. En la perfección de Su carácter. En la hermosura de lo que Él era, que era tan diferente de todo lo que Enoc veía a su alrededor que pensar en ello resultaba casi un alivio físico, como cuando uno entra a la sombra en un día de calor extremo. El mundo que lo rodeaba estaba lleno de la fealdad de lo caído: la traición, la crueldad, la mezquindad, la ambición que destruye lo que toca. Y en medio de todo eso, la meditación en el carácter de Dios era como tener acceso a algo que pertenecía a otro orden de realidad.
No se quedaba en la superficie. Cavaba. Cavaba profundo en la veta de la verdad con la determinación del minero que sabe que lo valioso no está en la superficie sino más adentro, que requiere esfuerzo y paciencia pero que vale cada golpe de pico. Su mente, entrenada por años de esta disciplina, desarrolló una capacidad de concentración que era rara incluso entre los más serios de sus contemporáneos. No era que sus pensamientos nunca se dispersaran. Era que había aprendido a traerlos de vuelta, una y otra vez, al mismo centro.
El carácter de Cristo se convirtió en el tema principal de esa meditación. Enoc vivía con la esperanza de la venida del Redentor prometido, esa promesa que había cruzado los siglos desde los días de Adán y que él llevaba en el pecho como una brasa. Y pensaba en Él. En lo que sería. En lo que ya era, en la eternidad, antes de asumir carne humana. En el amor que lo motivaría a descender. En la obediencia que caracterizaría cada momento de su vida en la tierra. En la compasión con que trataría a los que todo el mundo ignoraba.
Y ocurrió algo que Enoc comenzó a notar, primero con sorpresa y luego con una gratitud que no sabía cómo expresar del todo: a medida que meditaba en el carácter de Cristo, él mismo comenzaba a parecerse más a lo que contemplaba. No de manera mágica, no sin su participación activa, no sin las fricciones y retrocesos que son parte de cualquier crecimiento real. Pero era real. Era como si la contemplación prolongada de algo bello y verdadero fuera transfiriéndole a la propia alma algo de esa belleza y esa verdad.
Es que así funciona la contemplación. No la observación casual del que mira y sigue de largo, sino la contemplación genuina: la que se detiene, la que regresa, la que deja que lo contemplado haga su trabajo en el interior. Un herrero que trabaja el metal lo somete al fuego hasta que se vuelve moldeable, y luego lo da forma golpe a golpe. La contemplación del carácter divino hace algo similar con el alma: la ablanda donde estaba endurecida, la alarga donde estaba contraída, la da forma según el modelo que está mirando. Es mediante la contemplación como somos cambiados.
Enoc no lo entendió todo de una vez. Fue descubriéndolo en la práctica, en el largo laboratorio de trescientos años. Había días en que la meditación era fácil, casi gozosa, donde los pensamientos fluían y el tiempo pasaba sin que lo notara. Y había días en que era un trabajo árido, donde la mente resistía y las distracciones llegaban con la puntualidad de visitas no deseadas y había que volver, y volver, y volver nuevamente al mismo punto, con la paciencia cansada del que sabe que el valor está en no rendirse más que en la facilidad de la tarea.
La tradición oral fue su mapa y su alimento en todo esto. No había texto escrito al que acudir, ningún rollo que desenrollar en la quietud de la madrugada. Lo que Enoc tenía era algo más frágil en apariencia y más poderoso en realidad: palabras vivas, transmitidas de boca a oído, de padre a hijo, desde los días de Adán hasta los de Jared y luego hasta él. Relatos de la voz de Dios en el huerto. Instrucciones que Dios había dado a los primeros hombres. Testimonios de aquellos que habían caminado con Él antes de que el mundo se corrompiera tanto. Enoc entendía que esas palabras no eran meramente información sobre Dios. Era el medio a través del cual Dios continuaba comunicándose. Eran, en cierta manera, el lugar donde Dios seguía presente de manera accesible, donde la voz que había hablado en el principio seguía hablando para quien tuviera oídos para escuchar.
Había momentos en que Enoc se sentaba en silencio y dejaba que esos relatos corrieran por su mente con la lentitud del que no tiene prisa. No como quien repasa una lista, sino como quien vuelve a un lugar conocido para encontrar algo nuevo en él. Y ocurría. Había días en que una palabra transmitida por su padre, escuchada decenas de veces desde la infancia, de repente se abría hacia abajo como un pozo que resulta ser más hondo de lo que parecía. En que algo familiar dejaba de ser familiar y se volvía vivo de una manera que no había sentido antes. El corazón ardía. No porque las palabras hubieran cambiado, sino porque él había cambiado lo suficiente como para escucharlas de otra manera.
El alma que contempla a Dios a través de lo que Él mismo ha revelado, que ora por luz y le abre el corazón al Salvador, no tiene espacio para imaginaciones inicuas, planes mundanos, ni el deseo ambicioso de honor o distinción. Esa era la experiencia de Enoc. No porque hubiera suprimido artificialmente esos deseos, sino porque el peso específico del alma que medita en lo eterno es diferente del alma que medita en lo temporal. Lo que antes atraía dejaba de atraer. No de golpe, sino gradualmente, como cuando los ojos se acostumbran a la oscuridad y comienzan a ver lo que antes era invisible.
El pecado llegó a serle odioso. No con el asco del que teme al pecado porque le podría costar caro, sino con la aversión genuina del que ha visto algo tan limpio y tan verdadero que la suciedad ya no puede presentarse como atractiva. Como quien ha probado el agua de un manantial y ya no puede beber con gusto del agua turbia del río, aunque el río esté más cerca y aunque los demás beban de él sin cuestionarlo.