2. El nacimiento de Matusalén y el umbral de lo íntimo

Enoc no era un hombre joven cuando nació su primer hijo. Tenía sesenta y cinco años, que en aquella época equivalían quizás a lo que hoy llamaríamos el inicio de la madurez adulta, ese punto donde un hombre ya no es impulsivo pero todavía no es viejo, donde las preguntas sobre la vida han dejado de ser abstractas y han comenzado a tener peso real. La vida lo había formado. El trabajo de sus manos, los años, las conversaciones que había tenido y los silencios que había guardado. Había llegado a ese punto donde uno siente que conoce bastante y simultáneamente presiente que le falta lo más importante.

El nacimiento del niño al que llamaría Matusalén fue, desde el principio, algo más que el inicio de una vida nueva. Fue un espejo. Fue el instante en que Enoc se vio a sí mismo desde afuera por primera vez con verdadera claridad, no con la distorsión del orgullo ni con la crueldad innecesaria de la autocrítica, sino con la nitidez serena de quien finalmente comprende algo que llevaba años sin saber cómo formular.

La noche en que Matusalén nació, Enoc lo tomó en brazos. Sintió el peso extraordinariamente pequeño de ese cuerpo que había llegado al mundo sin pedirlo, sin elegirlo, completamente dependiente de lo que los demás decidieran hacer o no hacer por él. Miró su rostro arrugado y sus ojos apenas entreabiertos, que todavía no veían bien pero que ya buscaban algo en la oscuridad, y algo dentro de Enoc se detuvo. No de miedo. De asombro. Del tipo de asombro que no hace ruido.

El niño lo miró. O al menos eso pareció. Y en ese momento, sin que nadie se lo dijera, sin que ninguna voz hablara, Enoc comprendió algo que jamás había comprendido con tanta claridad: así era como Dios lo miraba a él.

No había sido un pensamiento elaborado. No fue el resultado de un estudio o de una meditación cuidadosamente preparada. Fue más inmediato que eso, más directo, de la clase de comprensiones que llegan enteras, sin aviso, y que reorganizan todo lo que uno creía saber. El amor que Enoc sentía por ese niño —que era completamente dependiente, que no había hecho nada todavía para merecerlo, que no podía devolver nada en términos prácticos— era un amor que no necesitaba justificación. Era un amor que simplemente era. Y era poderoso de una manera que lo dejaba sin palabras.

Si él, que era un hombre con todas las limitaciones de los hombres, podía sentir algo así por una criatura que acababa de llegar al mundo, ¿qué debía sentir el Creador del universo por los seres que Él mismo había formado? ¿Con qué clase de amor miraba Dios a la humanidad, esa humanidad que tampoco había hecho nada para merecer ser amada, que era completamente dependiente, que con frecuencia no podía devolver nada de lo que recibía?

La pregunta lo cambió. No de manera dramática, no con convulsiones, ni visiones, ni voces desde el cielo. Lo cambió de la manera más profunda que algo puede cambiar a una persona: desde adentro, silenciosamente, de modo que al día siguiente Enoc era otro hombre, y muy pocas personas a su alrededor lo habrían notado todavía.

Comenzó a pensar en el amor de Dios manifestado en la dádiva de Su Hijo. Era un relato que conocía desde niño, transmitido por los fieles del linaje de Set: la promesa de que vendría un Redentor, que habría un sacrificio, que la ruptura no sería la última palabra. Pero ahora ese relato ya no era sólo conocimiento. Era experiencia. Porque ahora Enoc sabía, en el cuerpo, lo que significaba amar a un hijo. Y sabía, en el cuerpo, lo que costaría perderlo.

El infinito e inescrutable amor de Dios, manifestado a través de Cristo, se convirtió desde esa noche en el tema central de su meditación. No de manera exclusiva, no excluyendo otras cosas, sino como el sol en torno al cual comenzaron a orbitar todos los demás pensamientos. Día y noche, mientras trabajaba, mientras descansaba, mientras caminaba de un lugar a otro, había un hilo constante de contemplación que volvía siempre al mismo punto: Dios amaba a los hombres. Los amaba con un amor que no dependía de que ellos lo merecieran. Y había dado lo más preciado que tenía para demostrar que ese amor era real.

Con todo el fervor de su alma, Enoc trató de manifestar ese amor a la gente entre la cual vivía. No de manera artificial, no como estrategia o como deber, sino porque una realidad tan grande necesita salir de alguna manera. El amor genuino no puede contenerse del todo. Fluye hacia afuera con la misma inevitabilidad con que el agua busca el punto más bajo. Y Enoc, que durante los primeros sesenta y cinco años de su vida había amado a Dios con una fe sincera pero todavía algo distante, ahora comenzaba a caminar hacia algo diferente. Hacia una relación que en los textos sagrados se describe con una palabra sencilla pero que contiene un universo entero.

Caminó con Dios.

Trescientos años. Desde el nacimiento de Matusalén hasta el día en que Dios se lo llevó sin que viera la muerte, Enoc caminó con Dios. No como una hazaña que alcanzó una vez y luego se convirtió en memoria. No como un logro espiritual que se colocó en el pecho como una medalla. Caminó, lo cual significa que fue un movimiento continuo, día tras día, paso a paso, en la acumulación paciente de horas, de años y de decisiones pequeñas que nadie más veía, pero que Dios sí veía y que, tomadas juntas, construyeron algo que el universo no había visto desde los días del Edén.

Pero ese caminar no nació completo. Nació como un primer paso. Y los primeros pasos siempre son los más difíciles de describir, porque todavía no tienen la seguridad de los que vienen después. Tienen la vacilación, la torpeza, la mezcla de resolución genuina y de fragilidad real que caracteriza a todo lo que es verdadero en los comienzos.

Enoc comenzó. Y eso fue suficiente para que Dios comenzara también.