12. El traslado: el final que era un comienzo

Los últimos años de Enoc en la tierra fueron los años de mayor intensidad de su vida. No mayor actividad, necesariamente, aunque seguía siendo un hombre activo. Mayor intensidad en el sentido de que la comunión que había cultivado durante tres siglos había llegado a un punto donde la distancia entre él y Dios era tan pequeña que la vida en la tierra comenzaba a sentirse como lo que realmente era: un vestíbulo. Un espacio de preparación. Un lugar donde se esperaba algo que estaba por llegar.

La Escritura lo dice con una sencillez que asombra por todo lo que no dice: «Caminó Enoc con Dios, y desapareció, porque lo llevó Dios.» Génesis 5:24. Diecisiete palabras en español, y en ellas está contenido uno de los eventos más extraordinarios de la historia humana. Un hombre que no murió. No en el sentido de que encontró alguna manera de evitar el proceso biológico de la muerte. Sino en el sentido literal y sobrenatural de que Dios lo tomó, lo trasladó, lo llevó de este lado al otro sin pasar por la puerta que todos los demás tienen que cruzar.

Hebreos 11 agrega el detalle que permite entender el por qué: «Por la fe Enoc fue trasladado para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo trasladó Dios; y antes que fuera trasladado, tuvo testimonio de haber agradado a Dios.» Agradó a Dios. En un mundo lleno de hombres que habían elegido no agradarle, en una generación que se acercaba velozmente a la catástrofe que vendría sobre ella, Enoc había elegido durante trescientos años lo contrario. Y Dios respondió a esa elección con algo que nadie esperaba.

¿Cómo fue ese momento? La Escritura no da detalles, y la honestidad intelectual requiere resistir la tentación de inventarlos. Lo que sí permite la imaginación informada por la teología es esto: que no fue un evento de ruptura violenta sino la continuación natural de algo que llevaba trescientos años en marcha. Enoc venía caminando con Dios desde el nacimiento de Matusalén. Había caminado por el bosque, por el campo, por los caminos polvorientos que conectaban los asentamientos de su época, con la conciencia constante de la presencia divina. La comunión había sido el hilo conductor de cada día.

Y en algún punto de ese caminar, la distancia entre donde estaba y donde Dios lo llevó se volvió suficientemente pequeña como para que el paso fuera posible. No porque Enoc lo hubiera ganado con sus méritos. Sino porque trescientos años de marchar en la dirección correcta lo habían llevado a un lugar que ningún otro hombre de su generación había alcanzado. La santificación que la gracia de Dios había obrado en él, trabajando con la voluntad humana que Enoc había ofrecido consecuentemente durante toda su vida adulta, había producido algo que el cielo podía recibir sin que la santidad divina lo consumiera.

Día tras día, anheló una unión más íntima, la comunión se hizo cada vez más estrecha, hasta que Dios se lo llevó consigo. Esa frase describe un proceso que tiene su propia lógica interna: cuando dos personas caminan juntas durante suficiente tiempo, en suficiente intimidad, llega un punto donde la separación es lo que requeriría explicación, no la unión. Enoc y Dios habían llegado a ese punto. La pregunta de si debían seguir juntos ya no necesitaba hacerse.

Para quienes lo conocían, el traslado de Enoc produjo reacciones diferentes. Algunos lo buscaron durante días, como Elías sería buscado siglos después, sin poder creer que simplemente no estuviera en ningún lugar donde se pudiera encontrar. Había algo en la mente humana que resistía la posibilidad de ese tipo de ausencia: la gente muere, la gente se va, la gente desaparece de la vista. Pero Enoc no había muerto. Eso era diferente. Eso requería una categoría que la mayoría no tenía.

Para los que lo habían conocido bien, para los que habían sido transformados por su ministerio y habían aprendido de él a caminar con Dios, el traslado fue algo más complejo. Fue pérdida real: la pérdida de una presencia que había orientado sus vidas, de una voz que había hablado con autoridad sobre las cosas que más importaban, de un ejemplo que había demostrado con trescientos años de evidencia que lo que Enoc predicaba era posible porque él mismo lo había vivido. Pero fue también algo más que pérdida. Fue confirmación. Fue la prueba más poderosa posible de que todo lo que Enoc había dicho era verdad.

Si Dios no era real, Enoc no podía haber sido trasladado. Si la comunión con Dios no transformaba genuinamente al hombre, Enoc no habría llegado a ser lo que era. Si la ciudad celestial que Enoc había vislumbrado no existía, no había lugar adonde ir. El traslado era la firma de Dios en toda la vida que lo había precedido: la validación sobrenatural de una existencia ordinaria vivida de manera extraordinaria.

Matusalén, que viviría más que cualquier otro ser humano registrado en la Escritura, llevó consigo el recuerdo de su padre durante novecientos sesenta y nueve años. Había visto a ese hombre orar. Había visto ese rostro radiante después de las horas de comunión. Había escuchado esas conversaciones sobre el amor de Dios que comenzaban siempre con la misma convicción y nunca parecían agotarse. Y había visto el final: la desaparición que no era muerte sino traslado, la ausencia que no era abandono sino promoción.

Ese recuerdo fue una herencia. No de dinero ni de tierras ni de los bienes que los hombres de su época consideraban valiosos. Una herencia de certeza. De que Dios existía y era alcanzable. De que la vida espiritual no era una aspiración imposible para los que no habían nacido con disposición especial para ella, sino el resultado predecible de decisiones sostenidas durante el tiempo suficiente. De que la muerte no era la última palabra, porque había un hombre que no había muerto y cuya ausencia era la prueba de esa verdad.

Siglos después, cuando Noé construía el arca bajo el cielo de una generación que se reía de él de la misma manera que se había reído de su bisabuelo, llevaba consigo algo del mismo legado. Y cuando Hebreos 11 lista a los héroes de la fe, el nombre de Enoc está ahí, entre Abel y Noé, como un eslabón en la cadena de quienes creyeron en Dios sin ver con los ojos lo que la fe les mostraba, y cuya vida fue la evidencia de que creer importa, de que el caminar con Dios tiene consecuencias reales, de que lo que ocurre en el interior de un hombre que decide orientarse hacia lo eterno termina siendo visible de maneras que ningún hombre puede producir por sí mismo.

Enoc y Elías son los correctos representantes de lo que la raza podría ser, mediante la fe en Jesucristo, si eligiera serlo. No lo que sólo los excepcionales pueden ser. Lo que la raza podría ser. Lo que cualquier ser humano que eligiera lo que Enoc eligió, con la consistencia con que Enoc lo eligió, podría llegar a ser. Esa es la afirmación más radical de toda su historia, y es la que convierte su vida de objeto de admiración distante en llamado personal. Enoc no es simplemente un personaje fascinante del pasado remoto. Es un espejo. Es la demostración de lo que es posible cuando un hombre decide, en medio de un mundo corrompido y ruidoso y distraído, que lo más importante es caminar con Dios.

Trescientos años de pasos dados en la misma dirección. Trescientos años de oraciones silenciosas elevadas mientras las manos estaban ocupadas. Trescientos años de meditación en el carácter de Cristo que fue transformando al meditador en la imagen de lo contemplado. Trescientos años de conversaciones con Dios sobre las pruebas reales del día, de consultas antes de cada decisión significativa, de retiros para recargar lo que el servicio consumía. Trescientos años de testificar con valentía en un mundo que no quería escuchar, y de acompañar a los pocos que sí escuchaban. Trescientos años de vivir de manera coherente en el hogar, en el trabajo, en las relaciones, en los momentos que nadie ve.

Y al final de esos trescientos años, un hombre que el cielo pudo recibir sin ceremonia de muerte. Un hombre que simplemente siguió caminando con su compañero de toda la vida, y cuyo caminar los llevó, con la naturalidad de dos amigos que han estado juntos tanto tiempo que ya no distinguen dónde termina el camino de uno y empieza el del otro, desde este lado al otro.

Así caminó Enoc con Dios.