11. La ciudad celestial: los ojos puestos en lo eterno

Con el paso de los años, Enoc desarrolló una manera particular de ver el mundo que lo rodeaba que desconcertaba a quienes no la compartían. No es que hubiera perdido contacto con la realidad. Al contrario: veía la realidad con más claridad que la mayoría, incluyendo las partes que la mayoría prefería no ver. Pero tenía acceso a una dimensión de la realidad que los demás no tenían, o que tenían pero habían dejado de consultar hace tanto tiempo que habían olvidado que existía.

Había contemplado la ciudad celestial. En sus momentos de comunión más profunda con Dios, cuando la distancia entre el cielo y la tierra se volvía permeable de maneras que no se pueden describir con precisión porque el lenguaje humano no fue diseñado para esas experiencias, Enoc había visto algo. Había visto al Rey en Su gloria, en medio de Sion. Había visto una ciudad cuya arquitectura no era de piedra tallada por manos humanas sino de algo diferente, algo que hacía que las ciudades más magníficas de su época parecieran borradores descuidados de lo que una ciudad puede ser.

Esa visión no lo alejó del mundo. Lo ancló en el mundo de una manera diferente. Porque quien ha visto lo eterno no puede seguir evaluando lo temporal con los mismos criterios de antes. No porque lo temporal sea malo o sin valor. Sino porque el peso específico de las cosas cambia cuando se tiene un punto de referencia más grande. El oro sigue siendo oro, pero ya no es lo máximo. El poder sigue siendo poder, pero ya no es lo más codiciado. Las opiniones de los hombres siguen teniendo su peso, pero ya no son el tribunal final.

Cuanto mayor era la iniquidad, tanto más intenso era su deseo de morar en el hogar de Dios. Eso parece paradójico al principio: uno esperaría que ver más corrupción produjera desesperación o amargura o resignación. Pero en Enoc producía otra cosa, porque su corazón estaba orientado de una manera diferente. El contraste entre lo que veía a su alrededor y lo que había vislumbrado en sus momentos de comunión no lo aplastaba. Lo urgía. Le recordaba que el mundo tal como estaba no era el mundo como debía ser, y que el mundo como debía ser existía, era real, estaba esperando.

Mientras permaneció en la tierra, vivió por la fe en el reino de luz. Es una frase densa que merece ser abierta despacio. Vivió por la fe: no por la vista, no por la certeza sensorial, no por la confirmación constante de señales externas que verificaran que lo que creía era verdad. Por la fe, que es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. En el reino de luz: no sólo creyendo que ese reino existía en abstracto, sino orientando cada decisión práctica de su vida en relación a él, como el navegante que orienta su rumbo en relación a una estrella que no puede tocar, pero que no por eso deja de ser el punto de referencia confiable.

Sus conversaciones reflejaban esa orientación. Su mente, su corazón, y su conversación se concentraban en el cielo. No en el sentido de que hablaba constantemente de asuntos abstractamente espirituales y era incapaz de hablar de cosas concretas. Sino en el sentido de que el marco de referencia desde el cual pensaba y hablaba tenía siempre una dimensión vertical. El cielo estaba presente en su manera de ver las cosas terrestres, de la misma manera que el horizonte está presente en la percepción del marinero aunque no esté mirando directamente hacia él.

Había una consecuencia práctica de tener los ojos puestos en lo eterno que Enoc descubrió y que con el tiempo transmitió a los que lo rodeaban: que es el antídoto más eficaz contra las dos formas de miseria que más afligen a los hombres religiosos de todos los tiempos. La primera es el orgullo espiritual, la tendencia del que ha avanzado en la vida devocional a creerse superior a los que no han avanzado de la misma manera. La segunda es la desesperación ante el propio fracaso, la tendencia opuesta de quien se compara con lo que debería ser y concluye que nunca llegará.

Enoc estaba protegido de ambas porque su punto de referencia era Dios y no los demás hombres. Cuando se comparaba con los hombres que lo rodeaban, podía haber caído fácilmente en el orgullo: era genuinamente diferente, genuinamente más puro, genuinamente más cercano a lo que un ser humano puede ser. Pero cuando se comparaba con el carácter de Dios, lo que sentía era humildad. No la falsa humildad que se declama de palabra mientras el corazón se cree importante, sino la humildad real que es el resultado natural de haber visto algo tan grande que lo propio inevitablemente se hace pequeño en comparación. El que ha visto la luz del sol no puede presumir de su propia vela, aunque su vela sea más brillante que la de cualquier persona en la habitación.

Por eso Enoc nunca trazaba su propio camino, ni hacía su propia voluntad, como si se considerara completamente calificado para manejar los asuntos. Mientras más cercana se volvía su comunión con Dios, más profunda era su conciencia de que esa cercanía no lo hacía independiente de Dios sino más dependiente de Él. Como el árbol que ha echado raíces más profundas no necesita menos agua sino más, porque es un árbol más grande. La humildad de Enoc no era el resultado de verse a sí mismo como menos de lo que era. Era el resultado de ver a Dios como más de lo que cualquier cosa humana puede ser.