por Nico Bertoa
¿Para qué necesitamos autoevaluarnos espiritualmente?
«La evaluación espiritual es como un chequeo médico preventivo: sin un diagnóstico en el Hospital del Gran Médico, no podemos saber qué tenemos espiritualmente hablando.»
El Dios de las Preguntas
Dios utiliza el mecanismo de las preguntas, no porque no sepa lo que nos pasa, sino para que aprendamos a contarle y sincerarnos con Él. Esto indica e implica confianza.
Adán y Eva: «¿Dónde estás tú?» (Génesis 3:9)
Dios sabía perfectamente dónde estaban, pero la pregunta obligaba a Adán a reconocer que se había escondido y que su relación con su Creador se había roto. Fue la primera «evaluación de daños» de la historia.
Agar: «¿De dónde vienes y a dónde vas?» (Génesis 16:8)
Agar huía de un conflicto. Dios la detiene para que evalúe su pasado (el dolor del que huía) y su futuro (la falta de planificación). La obliga a recalibrar su dirección.
Elías: «¿Qué haces aquí, Elías?» (1 Reyes 19:9)
Elías estaba en una cueva, deprimido y huyendo tras una gran victoria. Dios le hace esta pregunta dos veces para que evalúe si su lugar actual (el aislamiento y el miedo) correspondía con su llamado como profeta.
Jonás: «¿Haces tú bien en enojarte tanto?» (Jonás 4:4)
Dios evalúa la justicia de las emociones de Jonás. Lo confronta para que vea que su falta de compasión no tenía fundamento divino.
Los discípulos: «¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?» (Marcos 9:33)
Jesús sabía que venían discutiendo sobre quién sería el más grande. Al preguntarles, los obliga a confrontar su propio orgullo y la hipocresía de sus ambiciones frente al Maestro.
Caín: «¿Por qué se ha demudado tu semblante?» (Génesis 4:6)
Antes de que Caín cometiera el pecado, Dios le ofreció una evaluación preventiva. Le pregunta por su actitud interna para darle la oportunidad de corregir su camino antes de actuar.
Pedro: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?» (Juan 21:15)
Después de la negación de Pedro, Jesús no lo regaña; le hace una evaluación de lealtad. Tres veces le pregunta lo mismo para sanar la herida y reafirmar su prioridad: el amor a Cristo sobre cualquier miedo o culpa.
El paralítico de Betesda: «¿Quieres ser sano?» (Juan 5:6)
Parece una pregunta obvia, pero era una evaluación de la voluntad. Jesús quería saber si el hombre estaba listo para dejar su condición de «víctima» y asumir la responsabilidad de una vida nueva.
A los discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mateo 16:15)
Esta es la evaluación final. No importa lo que diga la multitud o lo que digan los libros; lo que define nuestra vida espiritual es nuestra convicción personal sobre quién es Jesús para nosotros.
Detectar el punto ciego (Percepción vs Realidad)
Laodicea tiene un problema de falsa percepción: ellos dicen «soy rico… no tengo necesidad de nada», pero la realidad de Dios es que están «miserables, pobres, ciegos y desnudos».
La evaluación personal sirve para romper la ilusión de que «todo está bien». Nos obliga a confrontar el abismo que hay entre lo que proyectamos y lo que realmente somos en la intimidad con Dios.
El laodicense tiene tendencia a tener conocimiento acerca de Jesús, pero no tiene relación con Jesús.
El laodicense tiene tendencia al orgullo de querer enseñarle a los demás, pero no la humildad de estar dispuesto a aprender o incluso reaprender cosas que pensaba que ya sabía.
Pregunta central para reflexionar
- Si hoy tuvieras que describir tu relación con Dios con una sola palabra (ej.: distante, tibia, apasionada, rutinaria, creciente), ¿cuál sería?
Tiempo
¿Cuánto tiempo pasas al día con Jesús?
Cuando decimos «no tengo tiempo para algo», en realidad estamos diciendo que «hay una lista de cosas que considero más prioritarias, urgentes e importantes» que aquella para la cual «no tengo tiempo».
¿Qué es lo que más ha estado «robando» tu tiempo de comunión personal en las últimas semanas?
Práctica: Puedes poner un temporizador de X cantidad de minutos para conversar con Jesús. Esto no es para ponerle un límite a la relación, sino un mínimo de compromiso. Solemos caer en la ley del menor esfuerzo.
Abrir el corazón
«¡He aquí estoy en pie junto a la puerta dando aldabonazos! Si alguno oyera mi voz y abriera la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo.» (BTX4 Ap 3:20)
Jesús golpea la puerta del corazón para que le seamos 100% sinceros acerca de absolutamente todo.
La apertura de la puerta del corazón es en el momento presente, en el aquí y ahora.
Si le abrimos cada sótano del alma en profundidad, contándole con lujo de detalle lo que nos pasa, Él puede obrar. En caso contrario, no puede, porque Jesús es un caballero que respeta nuestra libertad y no se mete donde no lo llaman.
Práctica: Cuéntale a Jesús acerca de tus anhelos, sueños, alegrías, recuerdos, tristezas, angustias, cosas que te dan asco o vergüenza de ti mismo, frustraciones, etc. Poner un temporizador también es útil aquí. Recordá que Él ya sabe todo, pero necesita que tú le cuentes para empezar a sanarte.
El Gran Médico de Urgencia
¿Estás buscando a Jesús cuando surge una urgencia o asunto fuera de tu control, o conversás con Él habitualmente, cuando todo está bien y no sentís la necesidad de pedir nada específico?
«El que tiene al Hijo, tiene la Vida; el que no tiene al Hijo de DIOS, no tiene la Vida.» (BTX4 1Jn 5:12)
Jesús quiere una relación íntima 24/7 con cada uno de nosotros.
Obstáculos en la relación con Jesús
¿Qué cosas que están obstaculizando tu relación con Dios debes superar para evitar que eso siga sucediendo?
Práctica personal: En mi caso, el celular era mi mayor distracción. Borré las redes completamente, y para evitar usarlas en el celular, instalé una aplicación llamada AppBlock para que bloquee toda distracción, como página de noticias, youtube, estados de whatsapp, etc. De esa forma, utilizo el celular únicamente para comunicarme con personas, leer la Biblia, la escuela sabática, libros y usar Gemini AI para mis estudios personales.
La Promesa de la Permanencia
«Yo soy la vid, vosotros los pámpanos. El que permanece en Mí y Yo en él, este produce mucho fruto, porque separados de Mí nada podéis hacer. … En esto es glorificado mi Padre: en que llevéis mucho fruto y seáis así mis discípulos.» (BTX4 Jn 15:5,8)
Esta parábola fue dada al final del ministerio de Jesús para explicarle a los discípulos la relación espiritual que debían tener con Él cuando ya no estuviera físicamente con ellos.
Para dar gloria al Padre hay que dar frutos. Para dar frutos, Jesús debe permanecer en nosotros. Para que Jesús permanezca en nosotros, viene la parte más importante de todas: nosotros debemos permanecer en Él primero.
Permanecer en Jesús significa mantener en tiempo presente la conexión con Él. ¿Cómo? A través de la oración, la meditación bíblica, el estudio de la Palabra y sobre todo la conciencia de la presencia de Dios con nosotros. Así vivía Enoc en comunión con Jesús. Así vivía Jesús en comunión con su Padre. Así debemos vivir nosotros en conexión con Jesús.
¿Sos consciente de su presencia y/o conversás con Él durante tu trabajo, cuando te trasladas de un punto a otro, durante la ejecución de los deberes hogareños, cuando te bañas, etc.?
¿Por qué permanecer en Jesús da frutos?
Por la ley de la contemplación o adoración: Es el principio psicológico y espiritual que establece que el carácter de un ser humano se transforma inevitablemente a la semejanza de aquello que admira, en lo que enfoca su atención.
Si usas tu fuerza de voluntad para tener buena conducta, entonces serás como un sepulcro blanqueado: tu conducta (por fuera) puede verse correcta, pero el corazón (por dentro) no ha cambiado. Es cuestión de tiempo hasta que se manifieste lo que eres por dentro.
Si usas tu fuerza de voluntad para mantener en tiempo presente la conexión con Jesús, entonces Él, a través del Espíritu Santo, transforma tu corazón (por dentro), y eso se manifiesta en tu conducta de forma natural (por fuera).
Recuerda: Las crisis o pruebas no nos cambian, sino que revelan nuestro estado espiritual.
¿Qué aspecto de tu carácter querrías que Jesús transforme en ti?
Preguntas de Reflexión
Identificación: ¿Qué eventos en tu vida te han llevado a la «tibieza» y cuáles te han acercado más a Dios?
Hábito: ¿Con qué frecuencia pides la presencia del Espíritu Santo?
Comunidad: ¿Qué cambiaría si oráramos como iglesia por el Espíritu con más fervor?
Sinceridad: ¿Qué obstáculos estás poniendo tú mismo para que esa relación con Dios no florezca?
Conclusión
Hacerse un chequeo espiritual puede dar miedo. A nadie le gusta descubrir que está «tibio», «ciego» o que sus redes sociales han ocupado el lugar de su Salvador.
La evaluación de esta semana nos deja una verdad innegable: no podemos fabricar el fruto por nuestra cuenta. No se trata de «esforzarnos más» por ser buenos, sino de esforzarnos por permanecer conectados. Si la savia fluye, el fruto aparece. Si contemplamos a Jesús, el carácter se transforma.
La meta de este trimestre no es saber más sobre la Biblia, sino conocer más a su Autor.
