Las dos cenas – Apocalipsis 19:1–21

Apocalipsis 19 tiene dos partes distintas. Los versículos 1–10 describen el gozo tumultuoso de los seres celestiales como reacción a la condenación de Babilonia y también anuncian la cena de bodas del Cordero. Los versículos 11–21 describen la venida de Cristo como guerrero/rey escoltado por su ejército celestial para completar la destrucción de las fuerzas del mal y rescatar al pueblo de Dios. A esto sigue un llamado a las aves del cielo para participar en una horrenda fiesta de la gran cena de Dios.


La Cena De Bodas Del Cordero (19:1–10)

En Apocalipsis 18:20 se hizo un llamado a regocijarse por la destrucción de la Babilonia del tiempo del fin: “Regocijaos sobre ella, cielos, y santos y apóstoles y profetas, porque Dios ha ejecutado juicio por ustedes sobre ella”. Apocalipsis 19:1–10 describe una espontánea explosión de gozo y de alabar a Dios. Actúa como una especie de interludio entre las escenas del juicio de Babilonia (Apoc. 17–18) y la aparición del guerrero/rey Cristo para pelear a favor de su pueblo, trayendo su destrucción definitiva (Apoc. 19:11–21).

1Después de estas cosas oí algo como un gran sonido de una gran multitud en el cielo diciendo:

“¡Aleluya! Salvación y gloria y poder a nuestro Dios, 2porque sus juicios son verdaderos y justos; porque él ha juzgado a la gran prostituta que corrompió la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella”.

3Y ellos dijeron por segunda vez:

“¡Aleluya! ¡Su humo asciende por los siglos de los siglos!”

4Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes cayeron y adoraron a Dios sentado sobre el trono, diciendo:

“¡Amén! ¡Aleluya!”

5Y del trono salió una voz, diciendo,

“Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, los que le temen, pequeños y grandes”.

6Y oí algo como una voz de una gran multitud y como una voz de muchas aguas y como una voz de fuertes truenos diciendo:

“¡Aleluya, porque nuestro Señor Dios Todopoderoso comenzó a reinar. 7Regocijémonos y estemos alegres y démosle gloria a él, porque ha venido la boda del Cordero, y su esposa se ha preparado; 8y se le dio para vestirse de lino fino, brillante y limpio, porque el lino fino son los actos justos de los santos”.

9Y él me dijo: “Escribe: Bienaventurados los que son invitados a la cena de bodas del Cordero”. Y él me dijo: “Estas son las palabras verdaderas de Dios”. 10Y caí delante de sus pies para adorarlo. Y él me dijo: “Mira que no lo hagas; yo soy un consiervo tuyo y de tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús. ¡Adora a Dios! Porque el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía”.

Notas

19:1 Aleluya. Excepto por cuatro veces en Apocalipsis 19, esta palabra no aparece en ninguna otra parte del Nuevo Testamento. “Aleluya” es una palabra hebrea compuesta de halal (“alabar”) y Yah (“YHWH”), y significa “alabar a Dios” (el equivalente griego se da en el versículo 5: “Alabad a Dios”). La palabra aparece veinticuatro veces en los Salmos (p. ej., Sal. 111:1; 112:1; 113:1; 146:1). La forma original hebrea está aquí trasliterada al griego. Los primeros cristianos la adoptaron y llegó a ser una expresión muy común en el vocabulario para alabar a Dios.1

19:2 Corrompió. Ver Notas sobre Apocalipsis 11:18.

Fornicación. Ver Notas sobre Apocalipsis 14:8.

Ha vengado la sangre de sus siervos. El texto se refiere a una acción legal: Dios ha juzgado a Babilonia al vengar la sangre de sus siervos de manos de ella (ver Notas sobre Apoc. 6:10).

19:3 Su humo asciende por los siglos de los siglos. El humo que asciende indica la consumación del incendio. Ver Notas sobre Apocalipsis 14:11.

19:4 Los veinticuatro ancianos. Ver Notas sobre Apocalipsis 4:4.

Los cuatro seres vivientes. Ver Notas sobre Apocalipsis 4:6.

19:6 Todopoderoso. Ver Notas sobre Apocalipsis 1:8.

Comenzó a reinar. La frase en griego es muy probablemente un aoristo ingresivo que denota el comienzo de la acción.

19:7 Las bodas del Cordero. La metáfora de la boda aparece con frecuencia en las Escrituras. Jesús usó el motivo de la boda con respecto a su relación con sus discípulos (Mar. 2:19). La cena de bodas también es un motivo en sus parábolas acerca del reino venidero, incluyendo la parábola de la boda del hijo del rey (Mat. 22:1–14) y la de las diez vírgenes (Mat. 25:1–13). Pablo habla de sí mismo como comprometiendo la iglesia como una virgen pura con Cristo (2 Cor. 11:2). Sobre el simbolismo de la mujer con referencia al pueblo de Dios, ver Notas sobre Apocalipsis 12:1 y 14:4.

Su esposa se ha preparado. En el Antiguo Testamento, Israel se describe a menudo en términos de una novia o esposa (cf. Isa. 61:10; 62:5; Jer. 2:32; Ose. 2:19–20). La preparación de la esposa del Cordero en Apocalipsis 19, debe entenderse en el contexto del antiguo casamiento hebreo.2 Un casamiento hebreo generalmente comenzaba con el compromiso en la casa del padre de la novia, donde el novio pagaba la dote. Después, los dos eran considerados esposo y esposa. El novio luego volvía a la casa de su padre para preparar el lugar donde él y su esposa vivirían. Durante ese tiempo, la novia quedaba en la casa del padre de ella preparándose para el casamiento. Cuando tanto el lugar como la novia estaban listos, el novio volvía para llevar a la novia a la casa de su propio padre donde se realizaba la ceremonia de la boda (cf. Mat. 25:1–10). La preparación de la novia del Cordero en Apocalipsis 19:7 refleja un ambiente típico de una boda hebrea.

19:8 Los actos justos. El significado del griego dikaiōmata (la forma plural) es algo indeterminado aquí. Parece referirse a “mandamientos”, “ordenanzas” o “estatutos” (cf. Luc. 1:6; Rom. 1:32; 2:26; 8:4; Heb. 9:1, 10).3 En Romanos 5:18, la palabra contrasta con paráptōma (“un acto de transgresión”) y se refiere al acto de la justicia de Cristo.4 La forma plural de la palabra aparece en Apocalipsis 15:4 como “los actos justos” de Dios al juzgar a las naciones. Parece que la traducción correcta de la palabra aquí es “actos justos” que están en armonía con los requerimientos de las leyes de Dios (cf. Apoc. 12:17: 14:12). “Los actos justos [dikaiōmata] de los santos” obviamente están en contraste con los actos injustos (adikēmata) de la Babilonia prostituta (Apoc. 18:5).

19:9 Bienaventurados. Ver Notas sobre Apocalipsis 1:3.

19:10 El testimonio de Jesús. Ver Notas sobre Apocalipsis 1:2 y 12:17.

El espíritu de profecía. Esta expresión se usa solo aquí en todo el Nuevo Testamento. Las fuentes literarias judías y cristianas primitivas indican, sin embargo, que “el espíritu de profecía” no era una frase nueva creada por Juan, sino más bien que era de uso corriente entre los judíos del siglo primero.5 La frase se refiere al Espíritu que habla por medio de aquellos que fueron llamados a ser profetas, para declarar el mensaje que Dios les reveló y confió. La expresión “el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía” debe entenderse como el testimonio que Jesús llevó en su propia vida y ministerio, o por medio de aquellos que tienen el espíritu de profecía, en forma similar a como lo hizo con los profetas en los tiempos antiguos (cf. 1 Ped. 1:11–12; ver Notas sobre Apoc. 1:2; 12:17). William Barclay explica: “Podemos definir a un verdadero profeta como el hombre que recibió de Cristo el mensaje que él lleva a las personas, y cuyas palabras y obras son al mismo tiempo un acto de testificación de Cristo”.6 Muchos otros eruditos comparten este concepto.7 Hans K. LaRondelle, siguiendo a unos pocos eruditos, alega que “el testimonio de Jesús” se refiere al testimonio histórico de Jesús que él dio en su vida. El término “el espíritu de profecía” no se limita a un grupo escogido de creyentes; más bien incluye a todos los cristianos fieles que “tienen” el testimonio de Jesús.8

El contexto muestra, sin embargo, que la expresión “el espíritu de profecía” no es una posesión de todos los cristianos, en general, sino “solo de los que han sido llamados por Dios para ser profetas”.9 Richard Bauckham explica: “Probablemente debe hacerse una distinción entre la vocación especial de los profetas cristianos de declarar la palabra de Dios dentro de la comunidad cristiana, y la vocación general de la comunidad cristiana como un todo, de declarar la palabra de Dios en el mundo. La primera entonces ayuda a la segunda. El Espíritu habla por medio de profetas a las iglesias y por medio de las iglesias, al mundo. Sin embargo, en lo que compete a referencias específicas al Espíritu, aquellas que hasta ahora hemos examinado se preocupan exclusivamente de la inspiración del Espíritu de la profecía cristiana dirigida a las iglesias. Para la actividad del Espíritu en el rol misionero de la iglesia en el mundo, debemos volvernos a una categoría específica de referencias al Espíritu”.10 David Aune y muchos otros siguen la misma idea, sosteniendo que la frase debería entenderse como que se refiere al “poder que permite a ciertas personas tener experiencias visionarias y les da percepciones reveladoras no disponibles a la gente común”.11

Además, el contexto del libro muestra que “el testimonio de Jesús” no es solo el testimonio histórico de Jesús, sino que tiene el propósito de mostrar “las cosas que deben suceder pronto” (Apoc. 1:1). Este hecho está especialmente enfatizado en Apocalipsis 22:6: “Y el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas ha enviado su ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto”.12

Exposición

19:1–3 Mientras la destrucción de la Babilonia del tiempo del fin provoca un lamento entre los aliados de Babilonia, también produce una explosión de gozo en el cielo celebrando a Dios. Juan oye el sonido de una gran multitud en el cielo exclamando: “¡Aleluya! Salvación y gloria y poder a nuestro Dios”. Esta multitud es probablemente la misma “gran multitud” que está en el cielo exclamando: “Salvación a nuestro Dios sentado en el trono y al Cordero” (Apoc. 7:9–10); también recuerda “un cántico nuevo que los seguidores del Cordero cantan sobre el monte Sion” (Apoc. 14:1–3; 15:2–4).13 Esta multitud en el cielo está compuesta por los que han podido sostenerse en el gran día de la ira de Dios (Apoc. 6:17). Ahora celebran los poderosos hechos de Dios, alabándolo por haber ejecutado sus juicios verdaderos y justos sobre la Babilonia del tiempo del fin y por haber tomado su poder y comenzado a reinar. Esto recuerda las palabras del cántico de Moisés y del Cordero que cantan los salvados de pie sobre el mar de vidrio en Apocalipsis 15:3–4.

La razón de este regocijo es doble. Primero, Dios ha juzgado a la gran Babilonia prostituta ya que corrompió la tierra con su fornicación. Esto se refiere a las actividades de Babilonia descritas en Apocalipsis 17:1–6. Segundo, se cumplió lo que se anunció en Apocalipsis 11:18: Babilonia como la destructora de la tierra es destruida. El gozo sobre la destrucción de Babilonia no es una expresión de venganza o revancha, sino más bien de gratitud a Dios por la salvación de su pueblo. Sin embargo, esta salvación ha sido posible solo después que el poder perseguidor del enemigo ha sido eliminado y el pueblo de Dios ha salido de Babilonia.

La segunda razón del regocijo de los coros celestiales es que, al castigar a Babilonia, Dios ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella. El texto implica una acción legal: Dios ha juzgado a Babilonia al vengar la sangre de sus siervos. Este poder religioso apóstata del tiempo del fin es hallado responsable de oprimir al fiel pueblo de Dios y derramar su sangre (Apoc. 18:24). Aquí hay una fuerte alusión a Apocalipsis 6:9–11 donde los santos sufrientes bajo el altar anhelan vindicación y justicia en la escena del quinto sello. “¿Hasta cuándo, oh Señor, santo y verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre sobre los que moran en la tierra?” Es razonable suponer que estos santos oprimidos están en el centro de esta multitud gozosa delante del trono de Dios.14 Su regocijo revela un sentido de alivio después de la gran liberación en la crisis final.

La multitud de los salvados exclaman ahora un segundo “¡Aleluya!” porque su humo [el de Babilonia] asciende por los siglos de los siglos! Aquí está el cumplimiento de lo que se había anunciado antes en Apocalipsis 14:11. El ascenso del humo por los siglos de los siglos es otra manera de decir que Babilonia nunca se “levantará de sus ruinas” así como Edom de la antigüedad nunca lo hizo (cf. Isa. 34:8–10).15 La destrucción del opresor del pueblo de Dios será definitiva e irreversible.

19:4 A la multitud gozosa se unen los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes. Como ya vimos, los veinticuatro ancianos probablemente son los santos glorificados; en los lugares celestiales ellos son una representación simbólica de los redimidos y del fiel pueblo de Dios, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento (cf. Apoc. 4:4). Los cuatro seres vivientes probablemente son un orden exaltado de ángeles involucrados en el servicio de Dios, y que conducen a la hueste angélica en la adoración y la alabanza (cf. Apoc. 4:6–8). En contraste con la mayoría de la gente sobre la tierra que da la espalda a Dios, aquí vemos la representación tanto del cielo como de la tierra unida en dar alabanzas a Dios por sus poderosas obras de liberación y juicio. Con ¡Amén! ¡Aleluya! ellos expresan su acuerdo con los coros celestiales al adorar a Dios por la salvación de su pueblo.

19:5–6 En este punto, una invitación del trono de Dios llama a los siervos de Dios: Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, los que le temen, pequeños y grandes. Esta invitación cumple lo que fue anunciado en la séptima trompeta con respecto a dar la recompensa a los santos que temen el nombre de Dios, “los grandes y los pequeños” (Apoc. 11:18). La frase “los que le temen [a Dios], pequeños y grandes” es tomada de Salmos 115:13, indicando los creyentes fieles de cada nivel socio-económico.16

El canto de la multitud redimida que alaba a Dios por su victoria sobre sus enemigos alcanza un punto alto con una nueva exclamación de “aleluya”. Esta vez se regocijan no por la destrucción de la Babilonia del tiempo del fin sino porque nuestro Señor Dios Todopoderoso comenzó a reinar. Aquí está el desarrollo del anuncio hecho con el sonido de la séptima trompeta: “Te damos gracias a ti, Señor Dios, el Todopoderoso, que es y que era, porque has tomado tu gran poder y comenzado a reinar” (Apoc. 11:17). El colapso del poder religioso apóstata del tiempo del fin significa el comienzo del reino de Dios sobre la tierra en la plenitud de su poder y autoridad. Como señala George E. Ladd, “el reino de Dios en realidad todavía no ha sido completamente establecido” en este momento; “espera el retorno de Cristo, el encadenamiento de Satanás, y la inauguración del reino mesiánico de Cristo” después del milenio.17

19:7–8 En este punto, el canto de los redimidos se vuelve un llamado a regocijarse por las bodas del Cordero: Regocijémonos y estemos alegres y démosle gloria a él, porque ha venido la boda del Cordero. La muy esperada unión de Cristo con su esposa—la iglesia—en la Segunda Venida se expresa en términos de la “boda del Cordero”. Esta unión entre el Cordero y su esposa representa un marcado contraste con la relación ilícita entre la Babilonia prostituta y sus amantes descritos en los capítulos previos.18 La invitación expresada como “regocijémonos y alegrémonos” se encuentra en un solo otro lugar del Nuevo Testamento. En el Sermón del Monte, Jesús prometió a sus seguidores oprimidos y perseguidos en el mundo: “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos” (Mat. 5:12).19 El dar la recompensa prometida por Cristo es descrito en Apocalipsis como “una gran fiesta de bodas en la que el Cordero y su esposa celebran” su unión por largo tiempo esperada.20 La esposa del Cordero está compuesta por los que aceptaron el llamado de salir de Babilonia y no ser participantes de los pecados de ella. Se han mantenido sin contaminación de la fornicación y la impureza de Babilonia, y por eso sufrieron. Ahora, participan de la cena de bodas del Cordero.

Esta unión de Cristo con su pueblo a quien compró en la cruz es el centro de todo el libro del Apocalipsis. Todo en el libro avanza hacia este triunfo culminante. La cena de bodas no ocurre todavía en este momento; Apocalipsis 19 solo anuncia que el tiempo de la cena de bodas ha llegado, como un paralelo de otra cena: “la gran cena de Dios” descrita en Apocalipsis 19:17–19.21 La unión entre Cristo y su iglesia se desarrolla en Apocalipsis 21. George E. Ladd explica:

Debe enfatizarse otra vez que Juan no describe la cena de bodas; solo proclama que el tiempo ha llegado. El evento mismo no se describe en ninguna parte; es una manera metafórica de aludir al hecho de la redención final cuando “el tabernáculo de Dios [estará] con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apoc. 21:3). Por esto Juan puede aplicar la misma metáfora de la novia preparada para su esposo a la nueva Jerusalén que desciende del cielo para morar entre los hombres (Apoc. 21:2), y por qué el ángel puede referirse a la nueva Jerusalén como “la desposada, la esposa del Cordero” (Apoc. 21:9). Como con frecuencia se usa Jerusalén en la Escritura para representar al pueblo de Dios (Mat. 23:37), así en la visión del mundo nuevo, el pueblo de Dios y su ciudad capital—la iglesia y la nueva Jerusalén—están tan estrechamente conectadas que se usa la misma figura—la esposa—para ambas.22

La esposa del Cordero se ha preparado para esta unión con Cristo largamente esperada. El texto muestra que la iglesia participa activamente en su preparación, más bien que la espera pasivamente. Aquí tenemos una alusión a las antiguas prácticas de una boda. Cristo dejó la casa de su Padre en el cielo para bajar a la tierra para comprometer a su novia—la iglesia—consigo. En el Calvario, pagó la dote por su novia. Después, él regresó a la casa de su padre para preparar un lugar para ella (cf. Juan 14:1–3). Entretanto, su novia permanece aquí sobre la tierra. Mientras espera, ella se prepara, así como la novia hebrea en los tiempos antiguos permanecía en el hogar de su padre preparándose para la boda. Cuando tanto el lugar como la novia estén preparados, entonces se celebrará la boda, la Segunda Venida. Pablo habla del amor de Cristo por su iglesia y el entregarse por ella, de modo que cuando venga, pueda “presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efe. 5:27). Juan escribió: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3). Aquí en Apocalipsis 19:7–8, el apóstol anuncia que la iglesia se ha preparado y ahora está lista para la boda. Finalmente llegó el momento para que Cristo, el novio, deje la casa de su Padre y descienda a la tierra para unirse con su querida novia, la iglesia, y la lleve al lugar preparado para ella.

La preparación de la novia se describe en términos de vestirse con lino fino, brillante y limpio (cf. Apoc. 7:14). Daniel profetizó que en el tiempo del fin “muchos serán purificados y perfeccionados, y quedarán limpios (Dan. 12:10, NVI). “Brillante” indica una blancura resplandeciente que indica glorificación (cf. Mat. 13:43), y “limpio” refleja la iglesia en toda su pureza, lealtad y fidelidad.23 El lino fino se menciona varias veces en el Apocalipsis. Sin embargo, en este texto es especialmente significativo porque representa los actos justos de los santos. “Las acciones justas son el resultado natural e inevitable de un carácter recto” producido por una vida cristiana victoriosa desarrollada por la gracia interior de Cristo (cf. Gál. 2:20; Sant. 2:17–20).24 El vestido de lino de la novia está en marcado contraste con las vestiduras de púrpura y escarlata y los adornos espléndidos de Babilonia la gran ramera (Apoc. 17:4). Tanto la iglesia como Babilonia “están vestidas con sus acciones y caracteres”;25 mientras el manto de la iglesias simboliza acciones y un carácter similar al de Cristo, el manto de Babilonia simboliza acciones injustas y un carácter como el de Satanáss (cf. Apoc. 18:5). G. R. Beasley-Murray nota que “el Apocalipsis como un todo puede caracterizarse como Una historia de dos ciudades, con el subtítulo, La ramera y la novia”.26

Aunque la preparación de la iglesia incluye su activa participación, el texto muestra que la iglesia no se viste de sus propias obras. Juan declara que a la esposa del Cordero se le dio vestirse con lino brillante y limpio. El hecho de que a la novia “se le dio” vestirse con lino fino indica que no fueron sus propios actos justos que constituyeron un traje de obras meritorias o de justicia propia.27 Los mantos blancos no son hechos por ellos o ganados por ellos, sino fueron suministrados por Cristo y se dan al pueblo redimido de Dios. Los actos justos son así el regalo de Cristo a su pueblo. Este concepto se enfatiza en otras partes del Apocalipsis. Cristo invitó a los cristianos en Laodicea a “comprar” de él vestiduras blancas “al costo de un compromiso total”,28 para así vestirse y cubrir la vergüenza de su desnudez (Apoc. 3:18). A los mártires bajo el altar en la escena del quinto sello se les dieron vestiduras blancas como una marca de su obediencia a Dios (Apoc. 6:11). Apocalipsis 7:9–14 muestra que los mantos blancos y limpios de los redimidos son el resultado de haberlos emblanquecidos en la sangre del Cordero. Por esto exclaman delante del trono: “Salvación a nuestro Dios sentado en el trono y al Cordero” (Apoc. 7:10). En Apocalipsis 19:7 los redimidos son invitados a darle gloria a él, mostrando que su redención es enteramente el resultado de lo que Cristo hizo por ellos, en vez de lo que ellos lograron por sí mismos. Esta idea es confirmada en la profecía de Isaías: “En gran manera me gozaré en YHWH, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas” (Isa. 61:10). Apocalipsis 19:8 refleja este pasaje de Isaías. Indica que el manto de salvación y los actos justos los otorga Dios a los redimidos, y no son hechos por ellos.29 Es un producto de su relación íntima con Cristo (cf. Efe. 5:24–27).

19:9–10 El ángel le ordena a Juan a escribir: Bienaventurados los que son invitados a la cena de bodas del Cordero. Esta es la cuarta de las siete bienaventuranzas en Apocalipsis (1:3; 14:13; 16:15; 19:9; 20:6; 22:7, 14). Seguramente evoca el dicho del hombre que comía con Jesús a la mesa: “Bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios” (Luc. 14:15). Jesús habló de que muchos vendrán del este y del oeste y se sentarán “con Abrahán e Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mat. 8:11). Este banquete gozoso expresa el cumplimiento de la promesa de Jesús a sus discípulos en la última cena: “Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mat. 26:29). A Juan se lo instruyó a escribir esta bienaventuranza para recordar al pueblo de Dios que aun cuando ellos puedan experimentar dificultades y sufrimiento, son bendecidos por causa del llamado a la cena de bodas del Cordero.

Para asegurarles a Juan y a los lectores de su libro la certeza y confiabilidad de esta bienaventuranza, el ángel añade una declaración: Estas son las palabras verdaderas de Dios. El pueblo de Dios recibe aquí una solemne confirmación de la certeza de que la invitación a la fiesta de bodas es “la infalible palabra de Dios”.30

Aquellos que son invitados a la cena de bodas del Cordero son inequívocamente los que constituyen la esposa del Cordero. Los santos redimidos son tanto la novia como los huéspedes invitados a la cena de bodas. Estos conceptos se expresan también en la parábola de Jesús (cf. Mat. 22:1–14; 25:1–13). Por medio de estos dos conjuntos de imágenes, Juan describe la experiencia del pueblo de Dios en la Segunda Venida desde dos perspectivas diferentes. Herman Hoeksema observa que la figura de la novia es la iglesia unificada como un todo, en su boda con Cristo, mientras los invitados son los miembros de la iglesia que individualmente respondieron a la invitación a la fiesta que el Padre ha preparado para su Hijo.31

Abrumado de gozo con lo que él acaba de oír, Juan se postra delante de los pies del ángel para adorarlo. Sin embargo, de inmediato el ángel le advierte que no lo haga, recordándole que él no es divino: Yo soy un consiervo tuyo y de tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús. ¡Adora a Dios! Esto es lo que Jesús hizo claro en el desierto cuando fue tentado por Satanás: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” (Mat. 4:10). Sin tomar en cuenta cuán importante sea una persona y su mensaje, él no ha de ser adorado. Solo Dios, “que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apoc. 14:7) ha de ser el objeto de nuestra adoración.

El ángel explica además que el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía, es decir, como declara Richard Bauckham, “el Espíritu que habla por medio de los profetas”.32 De acuerdo con Efesios 3:2–6, los profetas son los agentes de la revelación de Dios. Su rol es “desenvolver los misterios acerca de Jesucristo”, su vida y muerte, su resurrección, su obra en el cielo, y su regreso a la tierra.33 Bauckham nota que “el Espíritu de profecía habla por medio de los profetas cristianos trayendo la palabra del Cristo exaltado a su pueblo sobre la tierra, endosando en la tierra las palabras de las revelaciones celestiales, y dirigiendo las oraciones de las iglesias a su Señor celestial. Estas son las funciones especiales de los profetas cristianos, a quienes la Revelación distingue como un grupo especial dentro de las iglesias” (11:18; 16:6; 18:20, 24; 22:9).34 Juan aquí pretende ser uno de los profetas; él recibió una revelación especial de Dios. Y él da testimonio del “testimonio de Jesucristo” que le fue comunicado en la visión (Apoc. 1:2). Sin embargo, Juan no se considera ser el último en el oficio profético; él indica que el ministerio profético continuará en la iglesia después del siglo primero durante toda la era cristiana. Aunque este ha sido el caso del verdadero pueblo de Dios a través de los siglos, Apocalipsis 12:17 declara claramente que el remanente de Dios del tiempo del fin se caracteriza por una posesión especial del testimonio de Jesús dado por medio de aquellos que han sido llamados por Dios para ser sus profetas. En el fin, la iglesia una vez más estará en posesión del ministerio profético como sucedió en el tiempo de Juan.

“Hermanos” es otro término para la esposa de Cristo. El pueblo de Dios que vive en los días finales de la historia de esta tierra recibe la seguridad del cuidado y conducción especiales de Dios por medio del Espíritu que habla a través de los profetas, así como lo hizo con el antiguo pueblo de Dios. Sin embargo, no es solo la manifestación del don profético en medio de ellos, sino más bien su fidelidad al mensaje profético es lo que separa al pueblo de Dios de los infieles en el tiempo del fin.


La Gran Cena De Dios (19:11–21)

La escena de repente cambia de la cena de bodas a la venida del guerrero/rey Cristo a la cabeza de sus ejércitos celestiales para confrontar a los ejércitos de la tierra bajo la conducción del triunvirato satánico y de los reyes de la tierra. Aquí está la culminación de la batalla final del Armagedón. La Babilonia del tiempo del fin fue considerada en Apocalipsis 18. El resto de Apocalipsis 19 completa esta escena que fue interrumpida por el regocijo de los santos redimidos por la destrucción de Babilonia y el anuncio de la cena de bodas del Cordero (19:1–10). El texto proporciona la respuesta a la pregunta acerca de la suerte de los que cooperaron licenciosamente con el sistema religioso apóstata del tiempo del fin y participaron en sus pecados. Ha llegado el tiempo para ellos—como se anunció en Apocalipsis 14:17–20—de que se los pise en “el lagar del vino del furor y de la ira de Dios Todopoderoso” (Apoc. 19:15) y sean devorados por las aves carroñeras del cielo.

11Y yo vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco y el que estaba sentado sobre él fue llamado fiel y verdadero, y con justicia juzga y hace guerra. 12Sus ojos son como una llama de fuego, y sobre su cabeza hay muchas coronas; tiene un nombre escrito sobre él que nadie conoce excepto él mismo, 13y está vestido con un manto sumergido en sangre, y su nombre es el Verbo de Dios. 14Y los ejércitos que están en el cielo lo seguían sobre caballos blancos, vestidos de lino fino, blanco y limpio. 15Y de su boca salía una espada aguda, para que con ella hiera las naciones, y él los gobernará con una vara de hierro, y pisará el lagar del vino del furor de la ira de Dios el Todopoderoso. 16Y él tiene sobre su manto y sobre sus muslos escrito un nombre: Rey de reyes y Señor de señores.

17Y yo vi un ángel parado en el sol, y exclamando en alta voz, diciendo a todas las aves que vuelan en medio del cielo: “Vengan, reúnanse para la gran cena de Dios, 18para que puedan comer la carne de los reyes y la carne de los comandantes de 1.000 soldados y la carne de los fuertes y la carne de caballos y de los que están sentados sobre ellos y la carne de todos, tanto libres como esclavos, los pequeños y los grandes”. 19Y yo vi la bestia y los reyes de la tierra y sus ejércitos reunidos para hacer guerra contra el que está sentado sobre el caballo y contra su ejército. 20Y se capturó la bestia, y con ella el falso profeta que realizaba las señales delante de ella, por las cuales engañaba a los que recibieron la marca de la bestia y que adoraron su imagen; estos dos fueron arrojados vivos en el lago de fuego que arde con azufre. 21Y el resto fueron muertos con la espada del que estaba sentado sobre el caballo, la espada que había salido de su boca; y todas las aves se llenaron con su carne.

Notas

19:12 Sus ojos eran como una llama de fuego. Ver Notas sobre Apocalipsis 1:14.

Sobre su cabeza hay muchas coronas. El griego diádema (“diadema”) es la corona real (ver Notas sobre Apoc. 2:10). Puede parecer extraño que Cristo use muchas coronas. William Barclay señala 1 Macabeos 11:13 que menciona que cuando Ptolomeo entró en Antioquía llevaba dos coronas o diademas: una para mostrar que era señor del Asia y una para mostrar que era señor de Egipto. Esto indica que en el tiempo de Juan “no era raro que un monarca llevara más de una corona”.35

19:13 Está vestido con un manto sumergido en sangre. El texto del Antiguo Testamento que sirve de trasfondo para estas imágenes es Isaías 63:1–6 (ver Notas sobre Apoc. 14:19).

19:14 Los ejércitos que están en el cielo. Los ejércitos que siguen a Cristo en la batalla final son muy probablemente los santos mencionados en Apocalipsis 17:14 como “los llamados y escogidos y fieles”. Ver Notas sobre Apocalipsis 16:12.

19:15 De su boca salía una espada aguda. Ver Notas sobre Apocalipsis 1:16.

El lagar del vino del furor de la ira de Dios. Ver Notas sobre Apocalipsis 14:19.

El vino del furor de la ira de Dios. Ver Notas sobre Apocalipsis 14:10.

Todopoderoso. Ver Notas sobre Apocalipsis 1:8.

19:20 El falso profeta que realizaba las señales delante de ella. El falso profeta es una nueva designación para la bestia de la tierra de Apocalipsis 13:11–17 como el tercer miembro de la trinidad satánica. Ver Notas sobre Apocalipsis 16:13.

19:21 Las aves se llenaron con su carne. Esta declaración refleja la escena posterior a los combates en el Cercano Oriente. Entregar el cuerpo a las aves y los animales como comida significaba la derrota total y una humillación vergonzosa (Deut. 28:26; 1 Sam. 7:14; 1 Rey. 14:11; 16:4; 21:23–24; Eze. 39:4, 17–21). Además, ser “devorado por las aves de rapiña era una de las maldiciones por la desobediencia, pronunciada por Moisés… al pueblo de Israel”.36

Exposición

19:11–13 Una vez más Juan ve el cielo abierto como sucedió en Apocalipsis 4:1. Esta vez la puerta en el cielo no está abierta para que Juan entrara, sino para que Cristo descendiera a la tierra. El guerrero Cristo se ve aquí como un general romano montado sobre un caballo blancocelebrando su triunfo y victoria,37 aun cuando la batalla todavía no ha sido ganada. Él es llamado fiel y verdadero. A la iglesia de Laodicea se presentó como “el testigo fiel y verdadero” (Apoc. 3:14). Es necesario recordar que los nombres en el Cercano Oriente representan el carácter.38 Estos nombres atribuidos a Cristo se refieren a él como confiable y de quien podemos depender. Él viene para rescatar a su pueblo de acuerdo con la palabra profética: “En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo; y será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen escritos en el libro” (Dan. 12:1). El mismo Dios que ha realizado actos maravillosos para su pueblo en el pasado, nos da la certeza de que es fiel a sus promesas correspondientes al futuro. El se mantendrá a favor de su pueblo y los defenderá en el tiempo del fin. Por causa de que es fiel y verdadero con justicia juzga y hace guerra. Las guerras generalmente son asuntos de opresión y derramamiento de sangre en vez de que sean de justicia. La guerra que Cristo está a punto de hacer tiene el propósito de establecer la justicia y dar fin a la opresión. La pelea a favor de su pueblo es para librarlos y establecerlos en el lugar que él les ha preparado.

Los ojos [del guerrero Cristo] son como llamas de fuego. Esto recuerda su descripción en Apocalipsis 1:14. Las imágenes implican la capacidad de juzgar que tiene Cristo; nada puede permanecer oculto de su agudeza penetrante. En su cabeza tiene muchas coronas. Estas son coronas regias, que significan su poder y autoridad reales para ejercer juicio. Las muchas coronas sobre su cabeza están en contraste con las coronas del dragón en Apocalipsis 12:3. En Apocalipsis 5, Cristo recibió autoridad para gobernar, pero su gobierno estuvo limitado por causa de la rebelde pretensión de Satanás de tener el dominio de la tierra (cf. Luc. 4:6). A Satanás se le permite seguir su reinado por “poco tiempo” (Apoc. 12:12) hasta que Cristo ponga sus enemigos debajo de sus pies (1 Cor. 15:25). Ahora, la caída de la Babilonia del tiempo del fin abre la puerta para el derecho definido de Cristo para reinar. Él viene ahora como “Rey de reyes y Señor de señores” (Apoc. 19:16) para destruir “todo dominio, toda autoridad y potencia” (1 Cor. 15:24) y llegar a ser el Rey y Señor de todos los reinos de la tierra.

Él tiene un nombre escrito sobre sus muslos que nadie conoce excepto él mismo. ¿Cuál es ese nombre? Pablo declara que Dios exaltó en forma suprema a Cristo y “le dio un nombre que es sobre todo nombre”, para que “toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor” (Fil. 2:9–11). En el texto, a Cristo se lo menciona dos veces como “Rey de reyes y Señor de señores” (Apoc. 17:14; 19:16), sugiriendo que este nombre especial destacaría a Cristo como el único y verdadero rey universal en el universo.39

El manto del Cristo el guerrero está sumergido en sangre. Esta descripción evoca la presentación de Dios que hizo Isaías, al volver de castigar a Edom y vestido con “espléndido ropaje” quien “avanza con fuerza arrolladora”:

“Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar”. ¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar? “He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo; los pisé con mi ira, y los hollé con mi furor; y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas”. (Isa. 63:1–3)

Que el manto de Cristo esté manchado con sangre aquí viene como una sorpresa. Porque “el combate todavía no ha comenzado”.40 Aparentemente es la sangre de los testigos de Cristo perseguidos y fieles (Apoc. 17:6).41 Jesús viene para rescatarlos y vengar su sangre, dándoles la victoria sobre sus enemigos.

El nombre de Cristo es el Verbo de Dios, que puede significar dos cosas. Primero, puede ser una alusión a Juan 1:1–5, donde Cristo es el Verbo de Dios mediante el cual fueron creados los cielos y la tierra y todo lo que hay en ellos. Que él venga a juzgar a los habitantes de la tierra que tienen el nombre del Verbo de Dios sugeriría que él viene en la plena manifestación de la gloria y el poder de Dios el Creador. Segundo, “el Verbo de Dios” en Apocalipsis se refiere al mensaje profético de seguridad al pueblo de Dios de que la presencia de Cristo estará con ellos en el tiempo del fin. Los santos de Dios, incluyendo a Juan mismo (Apoc. 1:9) sufrieron dificultades y persecución severa por causa del fiel testimonio de la palabra de Dios que dieron (cf. Apoc. 6:9; 20:4). Ahora, el mismo Cristo, que es la personificación del Verbo [o la palabra] de Dios, viene para liberar a su pueblo oprimido y perseguido y traer la palabra profética a su cumplimiento definido y final.

19:14 El Cristo victorioso es acompañado por los ejércitos que están en el cielo montados sobre caballos blancos, vestidos de lino fino, blanco y limpio. En un sentido literal cuando Cristo retorne a la tierra, estará acompañado por los ángeles celestiales (cf. Mat. 24:30–31). Esta es una clara alusión a Apocalipsis 17:14; este ejército celestial es muy probablemente compuesto por los santos, “los reyes del nacimiento del sol” (Apoc. 16:12),los “llamados y elegidos y fieles” (Apoc. 17:14), bajo la conducción de Cristo en la batalla final de la historia de esta tierra. El “lino fino, blanco y limpio” es una alusión a la esposa del Cordero vestida “de lino fino, brillante y limpio” (Apoc. 19:8), confirmando que el pueblo de Dios es el que aquí se ve. Aunque en realidad los santos están sobre la tierra esperando la traslación (cf. 1 Tes. 4:16–17), espiritualmente ya están en los lugares celestiales compartiendo con Cristo su gloria (cf. Efe. 2:6). Están en contraste con los que se oponen a Dios, los que en Apocalipsis continuamente se mencionan como “los que moran en la tierra” (cf. Apoc. 6:10; 8:13; 11:10; 13:8, 14; 14:6). Los santos se ven ahora “recorriendo el cielo sobre caballos blancos” conducidos por Cristo en triunfo sobre sus enemigos.42 Aunque Cristo está acompañado por los ejércitos, él solo administra el juicio.43

19:15–16 Al describir al jinete del caballo blanco, Juan depende de las imágenes previas de Cristo en el Apocalipsis. No quiere que sus lectores tengan dudas de que el guerrero sobre el caballo blanco es el mismo Cristo descrito en otras partes del Apocalipsis. Una espada aguda salía de la boca de Cristo para derribar las naciones (cf. Apoc. 19:21) es una clara alusión a Apocalipsis 1:16. La espada en el Antiguo Testamento es un arma para ejecutar juicios sobre los impíos (Sal. 149:6). Con una vara de hierro gobernará las naciones (Sal. 2:9; cf. Apoc. 2:27 y 12:5). Juan evidentemente quiere mostrar que aquí está el cumplimiento de la profecía de Isaías sobre el Vástago mesiánico del tronco de Isaí que “herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío” (Isa. 11:4). Pisará el lagar del vino del furor de la ira de Dios el Todopoderoso. Aquí está la ampliación de la escena de Apocalipsis 14:17–20, donde la suerte de los impíos es presentada metafóricamente en términos del pisar la uva en un lagar. Estos elementos indican que la venida de Cristo en el rol de guerrero/rey significa que la destrucción de las fuerzas del mal es definitiva y final.

Finalmente, Cristo tiene inscrito en su manto y sus muslos el título Rey de reyes y Señor de señores. Este título declara la realidad eterna de su poder y autoridad absolutos sobre la rebelde humanidad. El único lugar en el Apocalipsis donde se menciona este título es Apocalipsis 17:14 donde se habla de Cristo como el Cordero que todo lo conquista. Esto indica que Apocalipsis 19 completa la escena que fue introducida en Apocalipsis 17.

19:17–19 Ahora ha de completarse la destrucción de la confederación del tiempo del fin en el conflicto final. Juan ve un ángel llamando en alta voz a todas las aves que vuelan en medio del cielo: “Vengan, reúnanse para la gran cena de Dios”, para comer la carne de los ejércitos de la tierra. Estas imágenes se obtuvieron de la visión de Ezequiel de juicio sobre las naciones paganas de Gog, donde la victoria de Dios sobre las naciones paganas se presenta como una fiesta de sacrificios preparada para las aves del aire y las bestias del campo. Dios le dijo al profeta: “Di a las aves de toda especie, y a toda fiera del campo: Juntaos, y venid; reuníos de todas partes[…]y comeréis carne y beberéis sangre. Comeréis carne de fuertes, y beberéis sangre de príncipes de la tierra[.…] Y os saciaréis sobre mi mesa, de caballos y de jinetes fuertes y de todos los hombres de guerra, dice YHWH el Señor” (Eze. 39:17–21). La invitación a las aves de rapiña para participar de la gran cena de Dios está en agudo contraste con la invitación previa a la cena de bodas del Cordero (Apoc. 19:9). La mención de dos comidas en el mismo capítulo parece muy importante. Mientras los llamados a la cena de bodas del Cordero son bienaventurados, los impenitentes son amenazados con llegar a ser la espantosa cena de las aves del cielo. Los lectores del texto tienen ante sí la elección de aceptar la invitación, llena de gracia, de la cena de bodas del Cordero, o contarse entre los opositores de Cristo y encontrarse en “el menú de los animales carroñeros”.44

Se invita a las aves a comer la carne de los reyes y la carne de los comandantes de 1.000 soldados y la carne de los fuertes y la carne de caballos y de los que están sentados sobre ellos y la carne de todos, tanto libres como esclavos, los pequeños y los grandes, es decir, la carne de todos los hombres que han recibido la marca de la bestia (cf. Apoc. 13:16). Esta escena aterrorizante de carroñeros alimentándose con la carne de caballos y de seres humanos refleja además la visión de Ezequiel (39:17–21). “Y todas las naciones verán mi juicio que habré hecho, y mi mano que sobre ellos puse”. La lista muestra que la humanidad rebelde que se opone a Dios en la batalla final son seres humanos de todo nivel socio-económico.45 El cuadro también es una alusión a la escena del sexto sello donde “los reyes de la tierra y los magistrados y comandantes militares y los ricos y poderosos y toda persona esclava y libre” tratan de esconderse del rostro de Dios y del Cordero (Apoc. 6:15–17). El paralelo entre los dos textos indica que la destrucción de los impíos ocurre en el contexto de la Segunda Venida. Babilonia, el sistema religioso apóstata del tiempo del fin, es vencida.

Pero la batalla final no ha terminado. Juan ahora ve la bestia y los reyes de la tierra y sus ejércitos reunidos para hacer guerra contra el que está sentado sobre el caballo y contra su ejército. Esto es paralelo de Apocalipsis 17:14 que declara que los reyes de la tierra “harán guerra con el Cordero, y el Cordero los vencerá”. En la escena del derramamiento de la sexta plaga, el triunvirato satánico envió sus emisarios a todo el mundo para ganar a las naciones y las autoridades gobernantes del mundo a sí mismos y su causa (Apoc. 16:13–14). Su influencia engañosa es tan apremiante que las autoridades religiosas y políticas que gobiernan forman una confederación global bajo el liderazgo del triunvirato satánico con el propósito de pelear con Cristo y su pueblo. Se reúnen para la batalla final en Armagedón (Apoc. 16:16) con la determinación firme de ganar el combate y derrotar a Cristo y sus seguidores. Sin embargo, su confederación dura solo poco tiempo.

19:20–21 El resultado de la batalla final es contrario a lo que esperaba la confederación mundial. El guerrero Cristo aparece personalmente en la escena para derrotar completamente la confederación mundial. Pablo declara que Cristo traerá la destrucción del sistema religioso apóstata del tiempo del fin “con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida” (2 Tes. 2:8). Y se capturó la bestia, y con ella el falso profeta que realizaba las señales delante de ella para engañar a la gente para que reciba la marca de la bestia y adore su imagen. El texto así concluye el tema de Apocalipsis 13:13–17. En Apocalipsis 13:4, los adoradores de la bestia preguntan: “¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella?” Apocalipsis 19 proporciona la respuesta: Cristo, el Cordero y guerrero. Él derrota totalmente a la bestia y al falso profeta, que juntos son arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre. El lago de fuego también es mencionado en Apocalipsis 20:10–15. No es un infierno literal que arde para siempre, sino más bien una expresión metafórica que describe una destrucción completa. Es el lugar del fin último y completo de toda rebelión contra Dios.

El resto de la gente es muerta con la espada que sale de la boca de Jesús. Pablo declara que los que no han obedecido el evangelio de Cristo serán destruidos por la gloria del poder de Cristo en la Segunda Venida (2 Tes. 1:8–10). En este punto, toda la tierra se parece a un campo de batalla lleno de los cuerpos de los que murieron. La descripción grotesca de la destrucción concluye con la declaración de que todas las aves se llenaron con su carne. La derrota de la confederación global de la humanidad rebelde que se reunieron contra Dios en el combate final será total y completa.

El conflicto cósmico está a punto de concluir: Babilonia está destruida, ambas aliadas de Satanás están en el lago de fuego, y los que los apoyaban están muertos, esperando el juicio final. ¿Qué ocurre con la suerte de Satanás? Apocalipsis 20 proporciona la respuesta a esa pregunta.


Retrospección Sobre Apocalipsis 19

El capítulo 19 de Apocalipsis es parte de la gran escena del juicio que comienza en el capítulo 17 y termina en el capítulo 20.46 Los poderes impíos son destruidos en el orden inverso a su mención en el libro. El juicio comienza con el dragón en Apocalipsis 12, las dos bestias en el capítulo 13, y la Babilonia prostituta en el capítulo 17. El equivalente del juicio, la destrucción definitiva, comienza, como se anunció en la plaga de la séptima trompeta (Apoc. 16:17–21), con Babilonia, el sistema religioso apóstata del tiempo del fin (Apoc. 17–18). Luego sigue el castigo de la bestia, el falso profeta, y los que los apoyaban (Apoc. 19:20), y finalmente, la destrucción del dragón, Satanás mismo, en el lago de fuego (Apoc. 20).

El libro del Apocalipsis describe la segunda venida de Cristo en majestad y gloria en varias presentaciones simbólicas, y cada una proporciona un aspecto diferente de la naturaleza de su retorno a la tierra. La primera mitad de Apocalipsis 19 describe vívidamente el retorno de Cristo en términos de la cena de bodas por largo tiempo esperada. La unión matrimonial, sin embargo, solo es anunciada en el capítulo 19. Se desarrolla más en Apocalipsis 21–22. La segunda mitad del capítulo 19 describe el regreso de Cristo en el rol de un guerrero/rey conquistador completando la batalla de Armagedón introducida en Apocalipsis 16:12–16. Elena G. de White también afirma que la venida de Cristo como el guerrero celestial en un caballo blanco en Apocalipsis 19:11–21 describe la batalla de Armagedón: “Pronto se ha de pelear la batalla de Armagedón. Aquel sobre cuya vestidura está escrito el nombre Rey de reyes y Señor de señores, ha de encabezar pronto los ejércitos del cielo”.47

Apocalipsis 19 tiene cambios consistentes con respecto a los santos. Primero, ellos son la novia de Cristo. La boda significa la unión por largo tiempo esperada entre ellos y Cristo. Luego, en la cena de bodas del Cordero, ellos son los huéspedes invitados. Finalmente, en 19:11–21, los santos son un ejército sobre caballos blancos, evidentemente todavía vestidos con las vestiduras de bodas. Este cambio de metáforas puede ser la clave para desentrañar algunas contradicciones aparentes en el capítulo con respecto a Cristo y a los santos.48

La venida del guerrero Cristo marca el final del sistema religioso apóstata del tiempo del fin que se oponía a Dios y se exaltaba a sí mismo sobre “todo lo que se llama Dios o es objeto de culto” (2 Tes. 2:4) y fue responsable por la severa persecución y la opresión del fiel pueblo de Dios. También trae la destrucción sobre los impíos, “los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo”(2 Tes. 1:8). Los impíos, incapaces de mantenerse en pie en la presencia del Señor, buscan de esconderse (cf. Apoc. 6:15–17). El resplandor de la venida de Cristo finalmente los destruye (2 Tes. 2:8; cf. 2 Tes. 1:8–10). Es lógico suponer que en ese momento, como explica Pablo, “los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego, nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4:16–17). La destrucción de las fuerzas de las tinieblas proporciona la liberación para el fiel pueblo de Dios.

Apocalipsis 19 provee al fiel pueblo de Dios que experimenta dificultades y sufren en un mundo hostil, la seguridad de que el drama cósmico está llegando a su conclusión. La cena de bodas del Cordero—más bien que la batalla final—es el centro de todo el libro del Apocalipsis. La boda se acerca y deben hacerse los preparativos. El cielo está en el proceso de prepararse para la unión completa por largo tiempo esperada entre Cristo y la iglesia, mientras la iglesia se prepara para estar lista para ese día por tanto tiempo esperado. Herman Hoeksema declara: “Anhelando estar con el Novio, por medio de la gracia se mantiene sin mancha de la corrupción de Babilonia, a fin de que en el día de Cristo ella pueda aparecer en el lino fino y puro de la justicia de los santos, preparada como la novia adornada para el Novio”.49 Por eso, recordando la bienaventuranza de esa esperanza, seremos impulsados a vivir “en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:12–13). La bienaventurada esperanza nos impulsará a anhelar fervientemente la pronta venida del día de bodas y a estar preparados para encontrar a quien es el foco de todo el contenido del Apocalipsis así como de la Biblia entera. “”Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3). “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu”, insiste Pablo, “perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Cor. 7:1).

La iglesia está anhelando el día cuando Cristo vendrá “para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron” (2 Tes. 1:10). Cuando “él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos como él es” (1 Juan 3:2). En este punto, la apelación que hace Richard Lehmann con respecto a Apocalipsis 19 parece muy apropiada: “Al ver tal victoria deslumbrante y el establecimiento de Cristo en su dignidad como Rey de reyes, al oír el anuncio del fin de los poderes infernales y la proclamación de la victoria de los redimidos, el lector es impulsado a unirse a Juan y a los seres celestiales en postrarse y adorarlo. Uniendo su débil voz con la de los poderosos truenos, él es un eco de la invitación celestial al proclamar ¡Aleluya!”50