Prólogo – Apocalipsis 1:1–8

“Bienaventurado es el que lee, y los que oyen las palabras de la profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca”.

Los ocho versículos iniciales del Apocalipsis forman el prólogo que proporciona un resumen general e información vital acerca del contenido del libro entero. El Prólogo explica cómo y con qué propósito se escribió el libro, presenta a su autor, y describe la naturaleza y los temas principales del Apocalipsis, estableciendo así el tono para el resto del libro. Consiste en tres partes: la sección introductoria (1:1–3), los saludos y una doxología (1:4–6) y la declaración del tema principal del libro (1:7–8).


Introducción (1:1–3)

La primera parte del prólogo es una típica introducción de una carta antigua. El autor primero da el título del libro; luego da alguna información básica acerca del autor del libro, cómo recibió la revelación, la naturaleza y el propósito del libro y cómo debe ser leído el libro.

1La revelación de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto, y la significó al enviarla por medio de su ángel a su siervo Juan, 2quien testificó de todo lo que vio, es decir, la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo. 3Bienaventurado es el que está leyendo y los que están oyendo las palabras de la profecía y guardando las cosas que están escritas en ella, porque el tiempo está cerca.

Notas

1:1 La revelación de JesucristoLa palabra “revelación” viene de la palabra griega apokálupsis (Apocalipsis) que es una palabra compuesta que consiste en apó (“desde”) y kalúpsis (“un velo” o “una cubierta”). Así, “apocalipsis” significa “descorrer un velo” o “quitar una cubierta”. El término denota una divulgación de algo que estuvo antes oculto, escondido, o secreto.1 En el Nuevo Testamento se usa exclusivamente con referencia a una revelación divina (cf. Luc. 2:32; Rom. 16:25; Efe. 3:5).

La frase “de Jesucristo” puede interpretarse tanto como un genitivo subjetivo u objetivo. Puede referirse a Cristo como quien revela (“revelación que viene de Jesucristo”), o como quien es revelado (“revelación acerca de Jesucristo”). Gramaticalmente, ambas traducciones son posibles. El contexto favorece la primera como el significado principal, porque Jesús recibe la revelación y la trasmite a Juan. “Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias” (22:16). El texto, sin embargo, identifica a Dios el Padre como el autor del Apocalipsis (1:1; 22:6) en vez de Jesucristo, quien en el libro es como un mediador de la revelación. No obstante, Cristo, en sus actividades en favor de su pueblo posteriores a la resurrección, es el personaje dominante desde el mismo comienzo del libro (cf. 1:12–20). Claramente, él es el contenido del Apocalipsis, lo que sugiere fuertemente que el segundo significado está igualmente implícito aquí. Mientras el libro es la “revelación de Jesucristo”, es al mismo tiempo también “la revelación acerca de Jesucristo” y sus actividades salvíficas en favor de su pueblo fiel.

Las cosas que deben suceder pronto. La frase “las cosas que deben suceder pronto” (gr. ha dei genésthai; repetida en 22:6) es un eco específicamente de Daniel 2:28 del Antiguo Testamento griego en la historia de Daniel, relacionada con el sueño de Nabucodonosor y su interpretación. La frase también refleja el discurso de Jesús en el Monte de los Olivos (Mat. 24:6; Mar. 13:7; Luc. 21:9). A la luz de estos textos como trasfondo, la palabra “debe” debería entenderse como que denota, no la necesidad de un azar ciego, sino “el seguro cumplimiento del propósito de Dios revelado por los profetas”.2

Significó. La palabra griega sēmáinō (“significar”, “mostrar por una señal o símbolo”, “explicar”, “transmitir en una señal o símbolo”, “hacer conocer”) significa específicamente transmitir o hacer conocer por algún tipo de señal.3 En otros lugares del Nuevo Testamento, la palabra se usa en forma consistente para una presentación figurativa que señalaba hacia un evento futuro. Jesús significó “de qué muerte iba a morir” (Juan 12:33; 18:32; cf. 21:19). El profeta Agabo significó bajo la inspiración del Espíritu una grande hambre durante el reinado de Claudio (Hech. 11:28). La palabra sēmáinō (“signi-ficar”) en Apocalipsis 1:1 indica que las visiones del Apocalipsis fueron comunicadas a Juan en presentaciones figurativas o simbólicas.

1:2 Quien testificó de todo lo que vio. El verbo “testificar” (marturéō) está en pasado, el así llamado aoristo epistolar, que sugiere que Juan estaba escribiendo su libro pensando en sus lectores; porque cuando ellos leyeran el Apocalipsis desde su punto de vista en el tiempo, su testimonio estaría en el pasado. El verbo marturéō solo aparece aquí y en 22:16, 18, 20 y se refiere a comunicar la revelación divina.

La palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo. Tres veces las frases “la palabra de Dios” y “el testimonio de Jesús” están unidos en el libro del Apocalipsis (1:2, 9; 20:4). “La palabra de Dios” en el Antiguo Testamento actúa como una expresión técnica para el mensaje (“la palabra de Jehová”) que los profetas recibieron de Dios (Jer. 1:2; Ose. 1:1; Joel 1:1; Jon. 1:1; Sof. 1:1; Zac. 1:1). A veces la expresión “la palabra de Dios” está suplementada con la frase “lo que vio” (Isa. 2:1; Miq. 1:1; Zac. 1:7). Esto sugiere que “la palabra de Dios” en el Apocalipsis debe entenderse del mismo modo que “la palabra de Jehová” lo es en el Antiguo Testamento. Que Juan refiere “todo lo que vio” como “palabra de Dios” sugiere que él se consideraba alineado con los profetas del Antiguo Testamento, y que el libro del Apocalipsis tiene toda la autoridad de la profecía del Antiguo Testamento.4 El contenido indica que la expresión “el testimonio de Jesucristo” en griego, aquí es el genitivo subjetivo. La frase se refiere a “la palabra de Dios” que Jesús le comunicó a Juan en una presentación en visión (“que Juan vio”).5 “La palabra de Dios y el testimonio de Jesús” son así cosas que Juan vio. Como Juan escribe “todo lo que vio”, el libro se llama “las palabras de la profecía [de este libro]” (Apoc. 1:3; 22:7, 10, 18), es decir, el libro del Apocalipsis, “para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto” (Apoc. 1:1). Apocalipsis 19:10 además define “el testimonio de Jesús” como “el espíritu de la profecía”, o sea, “el Espíritu que habla por medio de los profetas”.6

1.3 Bienaventurado es el que lee y los que oyen. Esta referencia denota la lectura pública del libro en la situación de una iglesia. La palabra para “bienaventurados” en griego es makários (“feliz”). Es la misma palabra que usó Jesús en las Bienaventuranzas del Sermón del Monte (Mat. 5:3–12). En el Nuevo Testamento, la palabra significa más que solo felicidad en el sentido mundano; se refiere a un “profundo gozo interior de quienes han esperado por largo tiempo la salvación prometida por Dios y que ahora comenzaron a experimentar su cumplimiento. Los makárioi son los que están profunda o supremamente felices”.7

Esta es la primera de siete bienaventuranzas en el libro del Apocalipsis:

  • “Bienaventurado es el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía” (1:3)
  • “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor” (14:13)
  • “Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas” (16:15)
  • “Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero” (19:9)
  • “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección” (20:6)
  • “Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (22:7)
  • “Bienaventurados los que lavan sus ropas” (22:14)

El siguiente bosquejo demuestra la cuidadosa estructura quiástica de estas siete bienaventuranzas:

  • A 1:3—leer el libro
    • B 14:13—muerte
      • 16:15—guardar sus ropas
      • C’ 19:9—la cena de bodas
    • B’ 20:6—muerte
  • A’ 22:7—leer el libro
  • D 21:14—lavar la ropa

Se puede observar una correlación entre la primera, la segunda y la tercera bienaventuranza y la sexta, quinta y cuarta, respectivamente. La primera y la sexta abren y cierran el libro del Apocalipsis, mientras que la segunda es paralela de la quinta, y la tercera hace juego con la cuarta. La séptima parece ser el clímax de las bienaventuranzas, declarando que la felicidad genuina de los seguidores de Cristo se encuentra en lavar sus ropas de carácter. Esta séptupla bendición del libro se equilibra con el séptuplo uso de las palabras “ay” (8:13; 9:12; 11:14; 12:12; 18:10, 16, 19).8

Exposición

La parte introductoria del prólogo enfatiza puntos que son importantes para comprender las partes difíciles del libro que vienen más tarde. Primero de todo, identifica a Dios como la fuente de la revelación que habla por medio de su Hijo y muestra a su pueblo las cosas que deben suceder.

1:1 Juan inicia su libro con la frase la revelación de Jesucristoque actúa como el título del libro. Denomina al libro la “Revelación [apocalipsis] de Jesucristo”. Esto puede entenderse de dos maneras: ya sea que las visiones dadas a Juan vienen de Jesucristo, o que él, Jesucristo, es la persona revelada. Lo más probable es que ambos conceptos son intencionales. El libro del Apocalipsis es quitar el velo de Jesucristo—su revelación—en la cual revela su ministerio posterior al Calvario en favor de la iglesia. El Apocalipsis, así como las Escrituras del Antiguo Testamento (Juan 5:39), testifican acerca de Cristo.

Como tal, el último libro de la Biblia comienza donde terminan los cuatro evangelios. En los evangelios, Jesucristo se describe como un hombre de Nazaret como todos los demás seres humanos. El libro del Apocalipsis explica que con su ascensión, Cristo se sentó en el trono del universo a la derecha del Padre. Allí, ya no es más el hombre de dolores, sino el Rey y Señor sobre el universo entero.

Los lectores del libro del Apocalipsis deben entender desde el principio, que el último libro de la Biblia no es solo “la revelación” (como se lo llama comúnmente) de horribles eventos futuros (como la batalla de Armagedón, hambres, persecuciones, o juicios de Dios). Más bien, el libro claramente afirma que es la revelación de Jesucristo. Tenía la intención de crear un retrato de Cristo que no se puede encontrar en ninguna otra parte. El libro señala a Cristo como el que es de la A hasta la Z (de la historia), “el principio y el fin” (21:6; 22:13), y “el primero y el último” (1:17; 2:8; 22:13). Él es el contenido mismo del Apocalipsis. Si se quita a Cristo del libro, llegaría a ser un “apocalipsis de Hollywood”, con cosas terribles y eventos grotescos, un libro que presenta un futuro aterrador, sin ninguna esperanza.

El último libro de la Biblia contiene el evangelio de Jesucristo en el significado pleno de la palabra “evangelio”: las “buenas nuevas”. Kenneth A. Strand lo dice de la siguiente manera:

En la Escritura hay la seguridad de que Dios siempre cuidó de su pueblo: que en la historia misma él está siempre presente para sostenerlos, y que en el gran desenlace escatológico él dará la vindicación plena, una recompensa increíblemente generosa en la vida eterna. El libro del Apocalipsis toma y amplía hermosamente este mismo tema, y así el Apocalipsis no es de ningún modo una suerte de un apocalipsis excéntrico que está fuera de tono con la literatura bíblica en general; trasmite el corazón y la sustancia misma del mensaje bíblico. En realidad, como lo señala el Apocalipsis enfáticamente, el “que vive”—el que conquistó la muerte y el sepulcro (1:18)—nunca abandonará a sus seguidores fieles y que aun cuando sufran el martirio son victoriosos (12:11), con la “corona de vida” que los espera (ver 2:10; 21:1–4; y 22:4).9

Luego Juan explica claramente el propósito del Apocalipsis. Tenía la intención de mostrar al pueblo de Dios las cosas que deben suceder pronto. Esta frase señala, primero de todo, a Daniel 2:28 donde Daniel declara a Nabucodonosor que hay un “Dios en los cielos, el cual revela los misterios”, y hace saber al rey “lo que ha de acontecer en los postreros días”. Juan evidentemente estaba empleando la frase recordando Daniel 2. Además, en el Monte de los Olivos Jesús señaló las cosas que “es necesario que…acontezca[n]” antes de la Segunda Venida (Mat. 24:6; Mar. 13:7; Luc. 21:9). Juan les está diciendo a sus lectores que el propósito del libro del Apocalipsis es asegurar que Dios cumplirá las cosas que fueron predichas por Daniel, y que fueron destacadas además, y bosquejadas por Jesús, en el discurso sobre el Monte de los Olivos.

El hecho de que algunos eventos deben ocurrir antes que venga el fin indica que la historia no es un accidente en el Apocalipsis. Como declara Jürgen Roloff, “los eventos en el mundo no son formados por el ciego azar ni por la iniciativa humana, sino más bien se desenvuelven de acuerdo con un plan decidido por Dios antes de toda la eternidad”.10 Con la cruz, la historia de la tierra ha entrado en su fase final. Entre la cruz y la Segunda Venida hay ciertas cosas que tienen que ocurrir de modo que el plan de Dios, revelado por medio de Juan, pueda ser cumplido aquí sobre la tierra. El propósito del libro es explicar, desde la perspectiva de Dios, por qué y cómo sucederán esos eventos. Su propósito no es satisfacer nuestra curiosidad obsesiva acerca del futuro, sino asegurarnos que Dios conduce ese futuro.

También es importante notar que las profecías del Apocalipsis nos cuentan qué sucederá en el tiempo del fin para impulsarnos a la preparación. Las cosas que son importantes y útiles para nuestra salvación e ingreso al reino nos han sido reveladas en la palabra profética. Lo que el Apocalipsis no nos muestra es exactamente cuándo y cómo sucederán los eventos. Parece que en estas cosas no hubo la intención de sernos reveladas. “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros” (Deut. 29:29). Los humanos somos incapaces de conocer los secretos divinos; el tiempo y la manera del desenvolvimiento de los eventos finales son secretos que Dios ha reservado para sí mismo (Mat. 24:36; Hech. 1:7). Exactamente cuándo y cómo ocurrirán los eventos finales será claro en el momento de su cumplimiento, no antes.

Parece, sin embargo, que la descripción de eventos futuros, especialmente los que han de desenvolverse en el tiempo del fin, tienen una intención más profunda. Estos eventos, tan extraños y aterradores como puedan ser, están registrados para impresionar nuestras mentes con la promesa de Cristo de estar con su pueblo “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:20). Cristo en su sabiduría, sabía el pleno impacto de su promesa de estar con nosotros durante los eventos finales, pero no sería muy efectivo sin desempaquetarlos en la palabra profética. Su presentación gráfica tiene la meta de impresionarnos con seriedad acerca de la crisis final y nuestra dependencia de Dios. Su desenvolvimiento al pueblo de Dios sería un recordativo de la promesa de Cristo de estar presente con ellos y sostenerlos durante esos tiempos difíciles. “Mas os he dicho estas cosas, para que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho” (Juan 16:4). “Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (Luc. 21:28).

El libro del Apocalipsis está en conformidad con el corazón y la sustancia del mensaje bíblico. En ninguna parte del libro se promete que Dios sacará a los fieles de las pruebas de la vida. Más bien, proporciona la seguridad de que Cristo caminará con su pueblo fiel a través de las pruebas de la vida. Él estará con ellos siempre, hasta el mismo fin de la historia.

Luego, el texto declara que los eventos en el Apocalipsis deben suceder pronto (1:1, 3; 22:6). Aun en los días de Juan, la Segunda Venida se presenta como “pronto” (cf. Apoc. 2:16; 3:11; 22:7, 12, 20). ¿Cómo debemos entender esta inminencia del fin, a la luz del hecho de que pasaron casi dos mil años desde que se dio la promesa por medio de Juan? Parece claro que Juan se centra no en el cumplimiento final de las profecías con respecto al fin, sino en el comienzo de su cumplimiento. Este “pronto” debe entenderse, primero de todo, desde la perspectiva de Dios. Con él mil años son como un día (2 Ped. 3:8). La realización de sus planes con respecto a la tierra ha entrado en la fase final.11 Así, desde su perspectiva, “el tiempo está cerca” (Apoc. 1:3). Entonces para Satanás el tiempo es corto (Apoc. 12:10–12). La cruz lo ha convertido en un enemigo vencido. Al darse cuenta de que su tiempo es corto, ha decidido impedir la realización del propósito de Dios en el mundo más que nunca antes. Este “pronto” tiene una aplicación especial con referencia al pueblo de la tierra. No sabemos cuándo volverá Jesús, si hoy o mañana. El tiempo y la oportunidad de estar listo para su venida es siempre ahora, más bien que un momento en el futuro. Se estimula a los lectores del Apocalipsis a darse cuenta de la inminencia de la Segunda Venida en su propio tiempo.12 La venida de Jesús era “pronto” aun en el tiempo de Juan; desde entonces, ha estado potencialmente cerca para cada generación.

Juan explica además que la revelación que le fue dada la significóJesucristo. El contenido del Apocalipsis no son descripciones fotográficas de las realidades celestiales ni de los eventos futuros para ser comprendidas literalmente; está más bien expresado en lenguaje figurado o simbólico. El Apocalipsis habla de una manera pictórica. Aunque las escenas y eventos predichos son en sí mismos literales y reales, fueron mostrados a Juan en la visión, por medio de presentaciones simbólicas.

El texto parece indicar que no es Juan sino Dios quien eligió los símbolos del Apocalipsis. Dios se encuentra con su pueblo donde ellos están. Cuando comunicó su mensaje a Juan, lo hizo en el lenguaje que el anciano profeta pudo comprender. Lo que Juan vio en visión ahora lo registra, bajo la inspiración del Espíritu Santo, en sus propias palabras. Al escribirlas, sin embargo, a menudo encontró que el lenguaje humano era inadecuado para describir las realidades celestiales. Por lo tanto, a menudo añadió sus propios símbolos, usando las palabras “como” o “semejante a” para explicar y clarificar las cosas que había visto en visión.

Es importante, por lo tanto, para los lectores modernos del Apocalipsis recordar su naturaleza simbólica. Los mensajes vienen, no por medio de una comprensión literal de su contenido, sino por medio de la interpretación de símbolos. Recordar esto nos salvaguardará de una comprensión literal de muchos símbolos del libro. Leer el resto de la Biblia presupone una comprensión literal de lo que se encuentra en el texto, a menos que sea claro que se intenta una comprensión simbólica. Sin embargo, estudiar el Apocalipsis demanda una comprensión simbólica de las escenas y eventos registrados, a menos que el texto indique claramente que la intención es un significado literal.

Decidir qué debe comprenderse en forma simbólica y qué debe tomarse en forma literal no siempre es una tarea fácil para el intérprete del Apocalipsis. Aunque algunos símbolos están definidos en el libro (cf. 1:20; 12:9; 17:9–11, 15), la mayoría no están explicados. Al tratar de entender los símbolos, debemos ser cuidadosos de no imponer al texto un significado que sale de una imaginación alegórica o del significado actual de esos símbolos. La clave interpretativa de los símbolos del libro no es la alegoría sino la tipología. El significado de los símbolos debe ser controlado por la intención del autor inspirado así como por el significado de los símbolos trasmitidos a quienes originalmente fue dirigido el Apocalipsis.

Es importante recordar que las profecías del Apocalipsis fueron comunicados en el lenguaje del tiempo y el lugar del autor inspirado más bien que en el nuestro. Ese lenguaje era el simbolismo apocalíptico comúnmente conocido en el mundo antiguo. Apocalipsis 1:3 indica claramente que Juan, guiado por el Espíritu Santo, describió sus visiones en símbolos e imágenes que habrían sido comprendidos, generalmente, por los cristianos del primer siglo en el Asia Menor. El lenguaje reflejaba las realidades diarias de su medio histórico, social, cultural y religioso. Como tal, los símbolos del Apocalipsis apelaban, y todavía lo hacen, “no solo al intelecto sino también a las emociones del lector u oyente”.13 La primera tarea al determinar el significado del lenguaje figurado, por lo tanto, es descubrir cómo los receptores originales, o sea, los cristianos de los días de Juan, lo habrían entendido.

Un estudio cuidadoso indica que la mayor parte del simbolismo del libro es extraído del Antiguo Testamento. El Apocalipsis está repleto con escenas e imágenes de la historia sagrada. Los nombres en el libro—tales como Jezabel, Moisés, David, Sodoma, Egipto, Babilonia, Jerusalén y el río Éufrates—así como los motivos expresados en términos del cordero, las trompetas, las langostas del abismo, el Monte Sión, el canto de Moisés, el secamiento del río Éufrates, el templo y sus utensilios, y centenares de otros, son todos tomados del Antiguo Testamento. Al pintar los eventos que ocurrirán en el futuro, la inspiración emplea el lenguaje del pasado.

Las profecías del Apocalipsis están especialmente construidas sobre eventos clave del Antiguo Testamento tales como la creación, el diluvio, el éxodo, el pacto de Dios con el rey David y el Exilio. Las alusiones a estos eventos tienen la intención de impresionar las mentes del pueblo de Dios de la verdad de que los actos de salvación de Dios en el futuro serán muy similares a sus actos de salvación en el pasado. La esperanza del pueblo de Dios con referencia al futuro está firmemente basada en lo que Dios hizo por su pueblo en el pasado. El mismo Dios Todopoderoso que estuvo presente con su pueblo en el pasado también estará con su pueblo en el futuro.

Sin embargo, aunque la mayor parte del lenguaje simbólico del Apocalipsis fue tomado del Antiguo Testamento, la representación de muchas escenas que Juan presenció en las visiones está coloreada con motivos y prácticas contemporáneas greco-romanas. También, el lenguaje del Apocalipsis refleja en forma importante el simbolismo de los escritos apocalípticos judíos (p. ej., bestias feroces, cabezas, cuernos, estrellas, cuatro vientos de la tierra, la mujer y el dragón de siete cabezas). Estos símbolos y conceptos apocalípticos eran parte del vocabulario popular en el primer siglo y la gente los comprendía. Finalmente, muchos pasajes del libro tienen paralelos directos en conceptos y temas teológicos del Nuevo Testamento. Muchos conceptos del Apocalipsis reflejan especialmente los dichos de Jesús y algunas declaraciones de Pablo. Prestar atención cuidadosa a los paralelos del Nuevo Testamento de los diversos pasajes del Apocalipsis abre el potencial para una comprensión más amplia del mensaje del libro.

Así, una comprensión significativa de los mensajes del Apocalipsis debe comenzar con prestar atención cuidadosa al Antiguo Testamento como la fuente principal de la cual Juan recogió los símbolos e imágenes de su libro. Una vez que está determinado el trasfondo del Antiguo Testamento de un símbolo, se deben hacer esfuerzos para comprender cómo las imágenes del Antiguo Testamento fueron transformadas por el evangelio. Luego, se debe estudiar el contexto en el que el autor inspirado usó ese símbolo para determinar su mensaje adaptado.14 Esto ayudará al lector a clarificar muchos símbolos del Apocalipsis y a comprender el mensaje que el autor inspirado trataba de transmitir en el texto donde aparece cada símbolo.

1:2 Juan testificó de todo lo que vioEl autor del Apocalipsis es Dios.15 Sus mensajes no son el producto de la fértil imaginación de Juan, sino que le fueron mostrados por Dios en visión. Como un fiel testigo, el profeta inspirado comunica todo lo que vio en la visión. Lo que Juan vio fue la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo. La revelación de Jesucristo es “la palabra de Dios” porque Dios es el autor. Cuando Cristo comunica la palabra de Dios al profeta en una presentación visionaria simbólica, llega a ser “el testimonio de Jesucristo”. De acuerdo con Apocalipsis 19:10, el testimonio de Jesús es “el espíritu de la profecía”. Juan escribió el testimonio de Jesús y lo pasó al pueblo de Dios como palabras de profecía. Juan hace muy claro que el contenido del libro del Apocalipsis no son sus ideas. Solo transmite la revelación divina. El Apocalipsis es, por lo tanto, un libro de profecía (1:3; 22:7) como cualquier profecía del Antiguo Testamento, y deberíamos acercarnos a él e interpretarlo como un libro profético.

1:3 La introducción del prólogo concluye con una promesa: Bienaventurado es el que lee y los que oyen. Esta es la primera de las siete bienaventuranzas en Apocalipsis (1:3; 14:13; 16:15; 19:9; 20:6; 22:7, 14). La palabra “bienaventurado” en la Biblia significa la felicidad suprema de quienes reciben el evangelio. Por lo tanto, el texto puede leerse: “Feliz es el que lee y los que oyen y observan el libro de la profecía”. A la luz del hecho de que el número “siete” desempeña un rol vital en el Apocalipsis, denotando la plenitud y totalidad divina, probablemente no es una coincidencia que haya siete bienaventuranzas en el último libro de la Biblia. Sugieren la plenitud de la bendición que se promete a cada cristiano.16

Siendo que el texto promete una bendición especial de felicidad al lector y a los oyentes del libro del Apocalipsis, sin duda se habla aquí de la lectura en la iglesia. El lector es la persona que lee en público el libro de la profecía—es decir, el predicador—mientras los oyentes son la congregación reunida que escucha la lectura. Aunque leer y oír las profecías es muy importante, la plenitud de la bendición se pronuncia especialmente a los que guardan sus mensajes. Esta bendición se repite en la conclusión del libro: “¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (Apoc. 22:7). Philip E. Hughes explica: “Leer o escuchar es por supuesto una necesidad preliminar, pero atender las advertencias y obedecer los preceptos que contiene la profecía es la respuesta esencial, aparte de la cual toda lectura y audición no tienen valor”.17

El Apocalipsis, entonces, no es un libro ordinario, sino la palabra de la profecía, o sea, la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo (1:2). Fue enviado al pueblo de Dios para ser leído en la iglesia y escuchado y observado por toda la comunidad de los creyentes. Cuando los oyentes entienden el libro de la profecía como la revelación de Jesucristo, responden aceptando y observando su mensaje como la palabra de Dios. Jesús recomendó esto cuando dijo: “Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Luc. 11:28).

Realmente feliz es la iglesia que toma la palabra de Dios y el testimonio de Jesús seriamente, porque el tiempo está cercaLa descripción del tiempo del fin y de los eventos finales en el libro del Apocalipsis es realmente aterradora. Pero el último libro de la Biblia es un recordativo constante al pueblo de Dios que Jesucristo está y siempre estará con ellos, aun hasta el fin del mundo (Mat. 28:20).


Saludos y doxología (1:4–6)

Después de proporcionar la información muy básica acerca del propósito y contenido de su obra, Juan se dirige a los receptores originales del libro. El texto contiene el saludo trinitario que se transforma en un himno de alabanza al Cristo glorificado como un clímax por sus grandes actos de salvación en favor de su pueblo.

4Juan a las siete iglesias que están en Asia: Gracia a vosotros y paz de Aquel que es y que era y que viene, y de los siete Espíritus que están delante de su trono, 5y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. A Aquel que nos ama y nos libró de nuestros pecados por su sangre, 6y nos hizo un reino, sacerdotes para su Dios y Padre, a él sea gloria y poder por los siglos de los siglos. Amén.

Notas

1:4 Gracia a vosotros y paz. Esta fórmula de saludo la usaron Pablo y Pedro al comienzo de sus cartas (cf. Rom. 1:7; 1 Cor. 1:3; 2 Cor. 1:2; Gál. 1:3; 1 Ped. 1:2; 2 Ped. 1:2), y podría bien haber sido un saludo común en la iglesia primitiva. Realmente combina la palabra griega acostumbrada járis (“gracia”) con el saludo hebreo shalom (“paz”; gr. eirēnē), que llegó a ser un saludo ampliamente usado entre los primeros cristianos. La asociación de estas dos palabras acostumbradas, aquí “va más allá del nivel del saludo y deseos humanos: el escritor les cuenta a sus lectores de la certeza de la vida de salvación al final del tiempo (shalom) que ya ha comenzado con el don de la gracia de Dios en Jesucristo”.18

Aquel que es y que era y que viene.Este título de tres partes se refiere muy probablemente al gran nombre del pacto del Antiguo Testamento YHWH (cf. Éxo. 3:14), que expresa la eterna existencia de Dios en el pasado, el presente y el futuro.19 Que la frase se refiere sin dudas a Dios el Padre se ve en 1:8 y 4:8 donde se asocia con otro título divino, el Todopoderoso. El título “Aquel que es y que era y que viene” se refiere a “la ‘visitación’ escatológica de Dios”.20 La frase aquí indica en el mismo comienzo, que la presencia de Dios en el tiempo del fin en el libro del Apocalipsis debe entenderse a la luz de sus acciones tanto pasadas como futuras.

Los siete Espíritus. La pluralidad del Espíritu Santo también aparece en Apocalipsis 22:6. “Los siete espíritus que están delante de su trono” son idénticos con los “siete Espíritus de Dios” en 3:1. En otras partes en el libro, “los siete espíritus de Dios se describen como “las siete lámparas de fuego” que arden delante del trono (4:5) y los “siete ojos…enviados por toda la tierra” (5:6). El trasfondo del Antiguo Testamento de estas imágenes se encuentra primero en la traducción griega (Septuaginta) de Isaías 11:2 donde se mencionan siete designaciones del Espíritu del Señor: el espíritu de sabiduría y de inteligencia, el espíritu de consejo y de poder, el espíritu de conocimiento y de piedad y el espíritu de temor de Jehová. Otra referencia está en Zacarías 4 donde el profeta vio las siete lámparas (4:2) que debía denotar “los ojos de YHWH, que recorren toda la tierra” (4:10). Esto se refiere a la actividad del Espíritu Santo en el mundo (Zac. 4:6). Juan usa las imágenes de Zacarías al describir al Espíritu Santo en su séptupla plenitud.21 El hecho de que “los siete espíritus” están aquí (Apoc. 1:4–6) asociados con el Padre y con Cristo como la fuente igual de gracia y paz, sugieren fuertemente que en 1:4 tenemos una referencia a la actividad séptupla del Espíritu Santo en favor de las iglesias. El número “siete” debe ser tomado, por supuesto, simbólicamente como la plenitud y perfección divinas (ver Notas sobre Apoc. 5:1).

Los siete “Espíritus” son paralelos a las siete iglesias en las que actúa el Espíritu.22 Cada una de las cartas a las siete iglesias concluye con esta exhortación: “El que tiene un oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”. Si las iglesias son representaciones simbólicas de la universalidad de la iglesia cristiana, entonces el significado es claro: “los siete Espíritus” parecen referirse a la plenitud y universalidad de la actividad del Espíritu Santo en favor del pueblo fiel de Dios.

1:5 El testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Estos tres títulos son evidentemente una alusión al Salmo 89 del Antiguo Testamento griego que está enteramente dedicado al pacto davídico de 2 Samuel 7:8–16. En Salmos 89:27 y 37, se hace referencia al descendiente de David como el primogénito de Jehová y el “más excelso de los reyes de la tierra”. Se ha prometido que él será establecido sobre el trono como el “testigo fiel en el cielo”.

Testigo.La palabra griega mártus normalmente significa “testigo”. Alrededor del tiempo en que se escribió el libro del Apocalipsis, muchos testigos fieles en la iglesia primitiva habían sido muertos por su fe. La palabra mártus también llegó a significar “mártir”, es decir, “uno que testificó hasta la muerte” (cf. Apoc. 2:13), mientras “la muerte de Jesús se consideraba como el primer martirio”.23

El primogénito de los muertos. El griego prōtótokos significa literalmente “nacido primero” y se toma del Salmo 89:27 para el descendiente de David: “Yo también le pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra”. Los eruditos judíos interpretaron este texto como una referencia a la venida del Mesías. Pablo usa el título “el primogénito de los muertos” en Colosenses 1:18 donde, como en Apocalipsis 1:5, se declara que Jesús es el soberano ocupante del primer lugar de honor y gloria (cf. Fil. 2:5–11). La frase “el primogénito de los muertos” sugiere que por virtud de su resurrección, Jesús ocupa el primer lugar de honor y supremacía y tiene la más alta autoridad sobre la tierra como “el soberano de los reyes de la tierra” (1:5).

Aquel que nos ama (lit. “el que nos ama”). El participio presente sugiere una acción presente y que continúa: él nos ama ahora y sigue amándonos.

Nos libró de nuestros pecados es un participio aoristo (tiempo pasado) que apunta a una acción completada en cierto momento en el tiempo. A diferencia del amor de Jesús que es continuo y presente, la liberación del pecado es una acción pasada, completada.

1:6 Nos hizo un reino, sacerdotesestá en aoristo indicativo, denotando “lo que ha sido idealmente o potencialmente realizado en el propósito de Dios”.24

Exposición

1:4 Juan a las siete iglesias que están en Asia.El libro del Apocalipsis se introduce aquí como una carta. “Juan a las siete iglesias que están en Asia” nos recuerda las cartas de Pablo: “Pablo […] a la iglesia de Dios que está en _________” (cf. 1 Cor. 1:1–2; 2 Cor. 1:1; Gál. 1:1–2; Fil. 1:1; 1 Tes. 1:1; 2 Tes. 1:1). Apocalipsis sostiene además ser una profecía (1:3; 22:7, 18–19), cuyos mensajes se presentan en estilo apocalíptico (cf. 1:1). Por lo tanto, es una carta en estilo profético-apocalíptico originalmente enviado a las siete iglesias históricas situadas en la provincia romana de Asia (cf. 1:11), dirigida a sus situaciones y necesidades específicas e inmediatas.

Estas siete iglesias eran obviamente iglesias reales en Asia Menor. El hecho de que “siete” es un número simbólico en el libro del Apocalipsis, representando la plenitud y la totalidad, sugiere que al escribir a las siete iglesias en Asia, Juan estaba escribiendo a toda la iglesia a través de toda la historia.25 La lista más antigua de libros del Nuevo Testamento, conocida como el Canon Muratoriano (siglo II), dice con respecto al libro del Apocalipsis: ”Porque Juan también en el Apocalipsis escribe realmente a siete iglesias, no obstante habla a todos”.26 Esto bien puede ser verdad cuando recordamos cómo Juan repite una y otra vez: “El que tiene un oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (2:7, 11, 17, 29; 3:6, 13, 22; cf. 13:9).

Gracia a vosotros y paz. Esta frase se usaba como un saludo epistolar común en la mayor parte de las cartas del Nuevo Testamento. Es una evidencia adicional de la forma epistolar del libro del Apocalipsis. Ampliamente usado entre los primeros cristianos, es más que un saludo casual. “Gracia es el favor divino mostrado al hombre y paz es ese estado de bienestar espiritual que sigue como resultado”.27 Como observa Bruce M. Metzger, las palabras “gracia y paz” siempre están en ese orden; nunca es “paz y gracia”. Ambas palabras vienen de Dios y nos recuerdan “el favor y la aceptación que Dios ha extendido a los creyentes. Y es por causa de la gracia de Dios que su pueblo puede gozar de paz: paz con Dios así como la paz de Dios, que resulta en equilibrio interior y tranquilidad, aun en medio de las experiencias más duras de la vida”.28

Esta gracia y paz provienen de las tres personas divinas: de Aquel que es y que era y que viene, de los siete Espíritus que están delante de su trono, y de Jesucristo, el testigo fiel. Aunque la palabra “trinidad” no aparece en el libro del Apocalipsis (ni en el resto de la Biblia), el mismo comienzo del libro presenta a las tres personas de la Deidad actuando en favor del pueblo de Dios del tiempo del fin. Están juntos como la fuente de gracia y paz para la iglesia. Esto llega a ser especialmente importante a la luz del hecho de que la segunda mitad del libro presenta la trinidad satánica falsificando al verdadero Dios y su actividad salvífica por su pueblo (ver “Panorama: Apocalipsis 12–22:5”).

La primera de las personas de la trinidad se menciona como Aquel que es y que era y que viene. Esta es una referencia al Dios del Antiguo Testamento. En Éxodo 3:14, Dios se identifica ante Moisés como “Yo soy el que soy”. De aquí en adelante, YHWH es el nombre del Dios del pacto del Antiguo Testamento. Esto muestra que “Aquel que es y que era y que viene” no es otro que Dios el Padre como la primera persona de la Deidad. El Dios que hizo cosas maravillosas por su pueblo en el pasado, y que está haciendo las cosas de la salvación en el presente, es el Dios que nos da la certeza y la seguridad de que él guarda sus promesas con respecto a nuestro futuro. El mismo Dios poderoso y fiel se mantendrá firme y actuará en favor de su pueblo en el tiempo del fin.

A la segunda persona de la trinidad se refiere como los siete Espíritus que están delante de su trono. Aquí hay una referencia al Espíritu Santo. El número “siete” es simbólico y denota la plenitud y universalidad de la obra del Espíritu Santo. “Los siete Espíritus” están en paralelo con las siete iglesias en las cuales opera el Espíritu. En el Nuevo Testamento, hay una idea de la distribución del Espíritu Santo (Heb. 2:4) o sus diferentes manifestaciones en la iglesia (1 Cor. 12:7; 14:32; Apoc. 22:6). “Así la idea aquí sería que los siete Espíritus representan la parte del Espíritu que Dios dio a cada una de las siete Iglesias”.29 Se exhorta a cada iglesia a “oír lo que el Espíritu dice a las iglesias”.

1:5 Jesucristo completa la trinidad de personas. De Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra.Con estos tres títulos, Juan describe quién es realmente Jesús. Primero, él es el testigo fiel (cf. 3:14). En el evangelio de Juan su vida entera se describe como testificando de la verdad de Dios (Juan 3:11, 32–33; 8:13–14). Jesús le dijo a Pilato: “Para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad” (Juan 18:37). Él selló su testimonio fiel con su muerte en la cruz; su muerte así llegó a ser el primer martirio. Sin embargo, Jesús es el primogénito de los muertos, o las primicias de la resurrección (1 Cor. 15:23). Por virtud de su muerte, él, el Cristo resucitado y glorificado, ha llegado a ser el soberano de los reyes de la tierra.

En la historia de la tentación, el Diablo llevó a Jesús a la cumbre de un monte alto y le mostró todos los reinos de la tierra y su gloria. El Diablo le dijo a Jesús que los reinos de la tierra le habían sido entregados (Luc. 4:6) y le ofreció un trato: “Todo esto te daré, si postrado me adorares” (Mat. 4:8–9; Luc. 4:6–7). Jesús rehusó este compromiso. Jesús ganó para sí mismo, por medio de su muerte en la cruz y la resurrección, el señorío sobre “los reinos del mundo” que el Diablo le ofrecía a cambio de la adoración. Ahora reina en el trono celestial como el Señor del universo (Apoc. 3:21). Después de su resurrección, hizo esta declaración: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra” (Mat. 28:18, NVI). La manifestación de esa autoridad se inició cuando el Padre lo sentó “a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero” (Efe. 1:20–21; cf. Rom. 1:4).

El trasfondo del Antiguo Testamento para estos tres títulos—el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra—está evidentemente en Salmos 89:27 y 37 del Antiguo Testamento griego, donde se refiere al descendiente de David como el primogénito de YHWH y “el más excelso de los reyes de la tierra” que reina sobre el trono como “el testigo fiel” en el cielo. Estos tres títulos identifican a Cristo como el cumplimiento de todas las promesas y esperanzas del Antiguo Testamento. En virtud del fiel testimonio durante su vida sobre la tierra, su resurrección y su poderoso reinado en los lugares celestiales, Jesucristo es todo lo que el pueblo de Dios necesita, especialmente cuando la historia está llegando a su fin.

1:5b–6 Habiendo así identificado a Jesús, Juan procede a describir lo que Jesús hace. Lo que sigue aquí es realmente una doxología o un antiguo canto de alabanza por los poderosos actos de Dios (cf. Rom. 11:36; Jud. 24–25; Apoc. 5:13). La doxología es acerca de lo que Cristo ha hecho en favor de su pueblo: “A aquel que nos ama, y nos libró de nuestros pecados por su sangre, y nos hizo un reino, sacerdotes para su Dios y Padre, a él sea gloria y poder por todos los siglos. Amén”.

Las tres actividades de Cristo corresponden a sus tres títulos, todas las cuales son en favor de su pueblo. A aquel que nos ama significa, como el texto griego indica, que Jesucristo nos ama continuamente. Luego, Juan presenta una evidencia doble del amor continuo de Cristo por su pueblo. Primero de todo, Aquel que nos ama, nos libró de nuestros pecados por su sangre.Aquí ocurre un cambio de tiempo verbal. El griego habla de un acto completado en el pasado cuando, por medio de su muerte en la cruz, Cristo nos desató de una vez para siempre de todos nuestros pecados por su sangre. Pero, él nos ama siempre. En otras palabras, “lo que sucedió en la Cruz fue un acto beneficioso en el tiempo, que fue una expresión del amor continuo de Cristo por nosotros”.30

Otra evidencia del perpetuo amor de Cristo por su pueblo, es que nos hizo un reino, sacerdotes para su Dios y Padre (cf. Apoc. 5:9b–10; 20:6). Esta es la situación que tienen los redimidos en Cristo como resultado de su redención del pecado. “Ellos no solo han sido hechos parte de su reino y de sus súbditos, sino que también han sido constituidos reyes junto con él y comparten su oficio sacerdotal por virtud de su identificación con su muerte y resurrección”.31 En el mundo antiguo, los reyes y los sacerdotes tenían el estatus más poderoso con referencia a las esferas política y religiosa. La designación de un reino de sacerdotes proviene del Antiguo Testamento y está construida sobre la experiencia en el Éxodo. Por cuanto Dios continuamente amó a Israel (Deut. 7:6–8), él los libró de la opresión de Egipto y les prometió por medio de Moisés, que serían su propia posesión y pueblo elegido entre las naciones. Israel había de ser un reino de sacerdotes de Dios en el mundo (Éxo. 19:5–6). Al no guardar el pacto con Dios, Israel no cumplió su rol de sacerdote. En el Nuevo Testamento, los títulos y privilegios ofrecidos al antiguo Israel están ahora en posesión de los cristianos como el verdadero Israel (cf. 1 Ped. 2:9–10). Como con Israel en el Éxodo, así Cristo ama al pueblo de Dios del Nuevo Testamento, los liberó de la esclavitud del pecado y los hizo reyes y sacerdotes de Dios.

Sin embargo, existe una diferencia básica entre el mensaje al antiguo Israel y lo que se dice a la iglesia. La promesa futura a Israel (“Seréis para mí un reino de sacerdotes”) se da a los cristianos como algo que ya ha ocurrido en el pasado. Los seguidores de Cristo ya han sido hechos un reino y sacerdotes (cf. también Apoc. 5:10). La misma idea se expresa en 1 Pedro 2:9: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa”. Es por causa del perpetuo amor de Cristo y la gran liberación de la esclavitud del pecado que sus seguidores ya están elevados a su gloriosa condición de “un reino y sacerdotes”. De acuerdo con Pablo, los cristianos resucitaron con Cristo y se los hizo sentar con él en los lugares celestiales con Jesucristo (Efe. 2:6). “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efe. 2:19). El pueblo salvado de Dios ya está elevado a los lugares celestiales, participando con Jesús en su gloria, aunque actualmente deben vivir en este mundo. En contraste, se refiere constantemente a los que están fuera de la gracia divina como “los que moran en la tierra” (cf. Apoc. 6:10; 8:13; 11:10; 13:8, 14; 14:6).

El hecho de que un cristiano es un ciudadano del cielo crea una percepción constante de que este mundo no es su hogar (cf. Fil. 3:20). El Comentario Bíblico Adventista explica: “El afecto a nuestra patria nos induce a ser leales a ella, y dondequiera que vivamos nos conducimos de tal manera que honramos el buen nombre de nuestro país. El pensar en la vida que esperamos vivir en el cielo sirve para guiarnos en nuestra vida terrenal. En este mundo se pueden demostrar la pureza, la humildad, la gentileza y el amor que anticipamos experimentar en la vida venidera. Nuestras acciones deben demostrar que somos ciudadanos del cielo”.32

Aunque los redimidos todavía están en la tierra, este sorprendente amor los hace sentir y vivir como reyes y sacerdotes que moran en lugares celestiales. En conjunto son un “reino” de Dios: pueblo unido a Cristo como la iglesia de Dios en este mundo. Individualmente, son sacerdotes. Como los sacerdotes del Antiguo Testamento, tienen acceso inmediato a Dios. Su presencia les da a los seguidores de Cristo esperanza para el futuro. Como la historia de este mundo se está acercando rápidamente a su fin, ellos pueden ir siempre “confiadamente al trono de la gracia”, para recibir “misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:16).

Por causa del amor continuado de Cristo, su don de libertad de la esclavitud del pecado, y la nueva y gloriosa condición como reino y sacerdotes a la cual él ha elevado a su pueblo, Cristo es digno de recibir gloria y poder por los siglos de los siglos. Amén.En esto consiste la alabanza a Dios en el Nuevo Testamento. Cuando el pueblo se da cuenta y comprende lo que Cristo hizo por ellos, espontáneamente responden con un canto de alabanza (cf. 2 Tim. 4:18; Heb. 13:21; 1 Ped. 4:11; 2 Ped. 3:14; Apoc. 7:10). Aquí en el Apocalipsis, la alabanza es una respuesta de los redimidos por el amor perpetuo de Cristo a su pueblo, por medio del cual ellos recibieron libertad del pecado y resurrección a una condición gloriosa en él. De acuerdo con Apocalipsis 14:7, esto es exactamente lo que insta a hacer al pueblo del tiempo del fin: “temed a Dios y dadle gloria”. Glorificar y alabar a Dios es una razón para existir.

¡Qué gran comienzo para el libro del Apocalipsis! Ciertamente estaremos de acuerdo con Jon Paulien:

El libro del Apocalipsis no es solo una revelación de quién es Jesucristo, sino es una revelación de lo que llegaremos a ser cuando nos unimos con él. Tan gloriosos como Jesús, podemos participar en esa gloria si solo elegimos unir nuestras vidas con él. El libro del Apocalipsis, por sobre todo, es una gran apelación al pueblo de Dios a no estar constantemente mirando las cosas del mundo, a no apegarnos a las tristezas y aflicciones de este mundo, sino a levantar nuestros ojos, para ver a Jesús en los lugares celestiales, para ver que hemos sido elevados a esos lugares celestiales con él. Cuando vemos esta condición nueva que tenemos en Jesús, entonces podemos entusiasmarnos realmente con alabarlo, y entusiasmarnos realmente con servirle.33

Juan ahora dirigirá toda la atención al tema central del libro: el pronto regreso de Jesucristo en gloria y majestad.


El tema del libro (1:7–8)

La conclusión del prólogo anuncia el tema del libro del Apocalipsis con respecto al triunfante y glorioso retorno de Jesucristo a la tierra.

7He aquí, él viene con las nubes y todo ojo lo verá, aun los que lo traspasaron, y cada tribu de la tierra se lamentará sobre él. Sí, amen.

8“Yo soy el Alfa y la Omega”, dice el Señor Dios, “el que es y que era y que viene, el Todopoderoso”.

Notas

1:7 Él viene(gr. erchetai). El tiempo presente futurista sugiere una acción que ocurrirá en el futuro que ya está ocurriendo. El uso del tiempo presente futurista en este caso enfatiza la certeza así como la inminencia de la Segunda Venida.

1:8 El Alfa y la OmegaAlfa es la primera y Omega es la última letra del alfabeto griego. Más tarde en el Apocalipsis, esta frase se interpreta como “el principio y el fin” (21:6) y “el primero y el último” (22:13), o sea, “de la A a la Z”. Isaías señala la existencia eterna de Dios: “Yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí” (Isa. 43:10b; cf. Isa. 41:4; 44:6; 48:12). La frase “el Alfa y la Omega” se ven como expresando “no solo eternidad, sino infinitud, la vida sin límites que abarca todo, aunque lo trasciende todo”.34 La frase “el primero y el último se usa en Apocalipsis 1:17 y 2:8 con referencia a Cristo.

El Todopoderoso. La palabra griega pantokrátōr (el Todopoderoso) se usa en el Antiguo Testamento para “El Señor de Sabaoth” (“El Señor de los ejércitos”; cf. Ose. 12:5; Amós 9:5). Nueve veces en el libro del Apocalipsis (1:8; 4:8; 11:17; 15:3; 16:7, 14; 19:6, 15; 21:22) se refiere a la supremacía de Dios; y se define mejor en la exclamación: “El Señor nuestro Dios Todopoderoso reina [comenzó a reinar]” (19:6).

Exposición

1:7 Habiendo descrito lo que es Jesús y lo que ha hecho, Juan dirige la atención de sus lectores a lo que Jesús hará: He aquí, él viene con las nubes, y todo ojo lo verá, aun los que lo traspasaron. Esta solemne declaración anuncia el tema del libro del Apocalipsis. El retorno literal y personal de Cristo a esta tierra es el evento hacia el cual todo lo demás se mueve en el libro. Su venida señalará el fin de la historia de este mundo y el comienzo del reino eterno. Al crear un cuadro impresionante de la Segunda Venida, Juan vincula el retrato de “uno como un hijo de hombre” que viene en las nubes en Daniel 7:13, con el retrato profético del tiempo del fin de Zacarías 12:10–14, donde los habitantes de Jerusalén miran a quien ellos traspasaron y se lamentan por él. Luego vincula estos dos pasajes con el discurso profético de Jesús en el Monte de los Olivos: “Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mat. 24:30).

La frase “él viene” o “él está viniendo” se refiere al evento futuro como una realidad presente. En otras partes del libro del Apocalipsis, la Segunda Venida se menciona en tiempo presente—“vengo” (cf. Apoc. 2:16; 3:11; 22:7, 12, 20)—como que ya está ocurriendo, en vez de un futuro predictivo, “vendré”. Esto denota tanto la certeza de la Segunda Venida como su inminencia. La certeza del retorno de Jesús está confirmada con las palabras “Sí, amén”. En el griego es nai y amēn. (Nai es la palabra griega de afirmación y amēn es la hebrea.) Cuando se combinan, las dos palabras expresan una afirmación enfática: “Sí, realmente”. Un pensamiento similar aparece al final del libro: “Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús” (22:20).

El pasaje final del prólogo es una reafirmación del Dios eternamente existente, YHWH. Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios.Él es, como diríamos, de la A a la Z. Él es el que es y que era y que viene, el Todopoderoso. Esta historia del mundo desde la perspectiva bíblica tiene tanto un comienzo y una terminación significativos por causa de Cristo. La Segunda Venida es en realidad la venida del Dios que actúa. Él actuó en el pasado, está presente ahora y siempre lo estará. Una promesa es tan sólida y digna de confianza como aquel que la promete. Aquí la da el Dios eterno y omnipresente. La conclusión de la historia de este mundo sucederá no por “un proceso gradual” ya sea de degradación o de desarrollo, sino por medio de la venida de Cristo en gloria y majestad.35 Y el cumplimiento de esa promesa ha venir en armonía con sus planes y naturaleza eternos. El propósito del libro del Apocalipsis no es principalmente informarnos acerca del futuro, sino presentar al Dios eterno y poderoso que sostiene el futuro. Asegura a los cristianos en toda la historia que no importa qué traiga el futuro, el Dios Todopoderoso eternamente existente está en el control. Él sabe qué trae el futuro y en última instancia dirige el curso de la historia. Y él es el originador de la revelación de Jesucristo.


Retrospección sobre Apocalipsis 1:1–8

Al analizar estos pocos versículos, hemos observado varias cosas que parecen de vital importancia para interpretar los mensajes del Apocalipsis. Primero de todo, Juan deja claro desde el mismo principio que el libro del Apocalipsis gira alrededor de dos temas dominantes. El primero es Jesucristo: quién es él, y qué hace por su pueblo. Cristo es evidentemente el foco principal del libro. Él es el Alfa y la Omega, el primero y el último de los mensajes del libro. El segundo tema dominante es “las cosas que deben suceder pronto”, es decir, la venida de Cristo junto con los eventos finales de la historia de este mundo. La Segunda Venida es el evento hacia el cual todo se mueve en el libro.

Cualquier interpretación que hace del Apocalipsis solo una revelación del fin, no percibe el propósito principal del libro. Juan nos dice claramente que su libro tiene el propósito de ser una revelación de Jesucristo. El tema del tiempo del fin tiene importancia solo a la luz de lo que ya ha ocurrido en la cruz. Al seguir trabajando en el libro y tratando de comprender sus extrañas imágenes y escenas, debemos recordar que el libro comienza con Aquel que murió en la cruz y quién es el ahora resucitado Señor sobre el trono del universo en lugares celestiales. El Cristo del Apocalipsis está en el control. La descripción de los eventos del tiempo del fin en el libro del Apocalipsis pueden atemorizar bastante. No obstante, el mismo Cristo que murió en la cruz ha dado a su pueblo la promesa que todavía se mantiene: “No temáis. En realidad, yo vengo pronto”.

Elena G. de White advierte contra cualquier preocupación con el futuro. “Muchos apartarán su mirada muy lejos de los deberes actuales, del actual consuelo y de las presentes bendiciones, y pedirán prestado dificultades para la crisis futura. Esto significará fabricar un tiempo de angustia anticipado; y no recibiremos gracia para ninguna de estas pruebas anticipadas”.36 También añade: “Hay un tiempo de angustia que se aproxima para el pueblo de Dios, pero no hemos de mantener eso constantemente delante de los nuestros. […] Ha de haber un zarandeo entre el pueblo de Dios, pero no es ésta la verdad presente para llevar a las iglesias”.37

El prólogo también indica que el libro del Apocalipsis es una carta en estilo profético-apocalíptico. Debemos enfatizar aquí por lo menos dos puntos. Como las cartas de Pablo, el Apocalipsis fue enviado originalmente a las comunidades cristianas en Asia Menor. Se dirigía a situaciones y problemas de la vida real. Aunque se presentan en lenguaje figurativo, sus mensajes fueron comprendidos generalmente por aquellos cristianos del primer siglo. A fin de discernir el significado de esos términos e imágenes, tenemos primero que esforzarnos por determinar cómo los lectores de esas comunidades cristianas en el Asia Menor comprendieron las presentaciones figurativas.

Más allá de ser una carta, el libro del Apocalipsis también es un libro de profecía. Aunque fue enviado originalmente a las iglesias del primer siglo, sus mensajes fueron destinados a los cristianos a través del tiempo. Como tal, el libro del Apocalipsis todavía nos habla hoy como habló a los cristianos de los días de Juan. El libro repasa la historia de este mundo desde la cruz hasta la Segunda Venida con un claro foco sobre el tiempo del fin. Su mensaje es que Dios guarda el futuro que él nos ha revelado por medio de sus siervos los profetas. La palabra profética no fue dada para satisfacer la curiosidad obsesiva de alguien acerca del futuro, sino a estimular al pueblo de Dios a vivir correctamente hoy.38 Hay algunas cosas en el libro con respecto al futuro que nunca podremos comprender completamente antes de que ocurran. Antes de su partida, Jesús advirtió a sus discípulos: “Y ahora os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda creáis” (Juan 14:29; cf. 13:19). Elena G. de White hace esta declaración: “No estamos ahora en condiciones de describir con exactitud las escenas que ocurrirán en nuestro mundo en el futuro, pero sí sabemos que éste es un tiempo cuando debemos velar y orar, porque el gran día del Señor está cercano”.39 El propósito del Apocalipsis es prepararnos para comprender el plan de Dios para nosotros mientras la tierra se aproxima a su fin. Antes que ser una revelación acerca del tiempo del fin, el libro es una revelación de Cristo con su pueblo en el tiempo del fin.

Finalmente, el prólogo nos proporciona la estructura básica del libro del Apocalipsis. La introducción del prólogo (1:1–3) nos informa que el contenido del Apocalipsis fue pasado a la iglesia por medio de una cadena de trasmisión: de Dios a Jesucristo quien comunicó la revelación por medio de su ángel a Juan. Juan registra la palabra de Dios y del testimonio de Jesús y luego lo pasa a la iglesia en la forma de un libro de profecía. Lo que hemos visto aquí es un proceso de tres partes:

  • a. Jesús recibe la revelación de Dios,
  • b. Jesús envía a su ángel quien comunica la revelación a Juan, y
  • c. Juan comunica a las iglesias las cosas que él vio en visión como la palabra de profecía.

Esta trasmisión de la revelación se encontrará más tarde en el libro. Primero, en el capítulo 5, vemos que Jesús recibe la revelación de Dios el Padre en la forma de un libro sellado. Luego, en el capítulo 10, un ángel poderoso le da a Juan un libro que ahora está abierto. Después de recibir el libro, Juan recibe la orden de comunicar su mensaje al pueblo como una palabra de profecía (10:11). Siendo que Apocalipsis 12:1 es una sección completamente nueva, parece que Apocalipsis 12–22:5 describe el contenido del libro sellado.

Esta cadena de trasmisión muestra en forma significativa que los mensajes del libro del Apocalipsis no son algo que se originó en Juan. Pedro advirtió a sus lectores: “Ante todo, tengan muy presente que ninguna profecía de la Escritura surge de la interpretación particular de nadie. […] sino que los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:20–21, NVI). Los mensajes del Apocalipsis se originaron en los lugares celestiales con Jesús. Fueron comunicados a Juan por medio de visiones en presentaciones figuradas. Juan escribió lo que vio y lo envió al pueblo de Dios como una palabra de profecía. Es el deber del pueblo de Dios prestar atención a la palabra profética “como a una antorcha que alumbra en un lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones” (2 Ped. 1:19). Esto es precisamente lo que Jesús declaró: “¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (Apoc. 22:7).