2. Caminando descalzo

He vivido en Hawái, en el campus de la Universidad Cristiana del Pacífico y Asia de YWAM, durante los últimos diez años, y andamos mucho descalzos. Me encanta llegar a casa y quitarme los zapatos en la puerta. Aquí es muy común seguir la costumbre asiática de quitarse los zapatos al entrar a un hogar.

En las Escrituras, quitarse los zapatos tenía un significado muy especial. Cuando Moisés tuvo su primer encuentro con Dios en la zarza ardiente, Dios le dijo que se quitara los zapatos porque estaba en tierra santa.

El pariente de Booz se quitó el zapato mientras negociaba con él el derecho de casarse con Rut.

David, después de haber sido derrotado en la rebelión de Absalón, salió de Jerusalén caminando descalzo.

Jesús caminó descalzo hacia el Calvario.

¿Cuál era el significado? En la cultura de aquel tiempo, andar descalzo era la señal de que eras esclavo. Moisés sabía exactamente lo que significaba cuando Dios le dijo que se quitara los zapatos. Él había crecido en el palacio del faraón, donde había muchos esclavos. Un esclavo no tenía derechos. Un esclavo no usaba zapatos. En la ardiente presencia de Dios, a Moisés se le pidió que renunciara a sus derechos, que se convirtiera en siervo de Dios y aceptara la misión que Dios le estaba dando: ir y liberar a Su pueblo.

La humillación de David como rey derrotado se mostró al salir de la ciudad caminando descalzo. El pariente de Booz se quitó el zapato para cerrar el contrato sobre Rut, y al hacerlo juraba sobre su derecho a seguir siendo un hombre libre.

Jesús nos dio el ejemplo supremo de renunciar a todo por una meta mayor. Dice en Filipenses 2 que Él no consideró el ser igual a Dios como algo a lo cual aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, de esclavo. Los esclavos no tienen derechos, y Jesús se hizo esclavo por nosotros.

Mira los derechos que Jesús entregó libremente. Primero que nada, el derecho de ser Dios: renunció a eso para venir a la tierra como hombre. No podemos imaginar lo que fue para el Hijo de Dios dejar el Cielo y venir a nuestro mundo pecador.

En este planeta, renunció al derecho de un nacimiento normal. Podemos embellecer las circunstancias en las celebraciones de Navidad, pero cualquiera que haya estado en un establo asiático sabe que es húmedo, ventoso y apesta a estiércol de animal.

Renunció al derecho de estar con su familia terrenal. Dejó a su madre viuda atrás para viajar en su ministerio.

Renunció al derecho al matrimonio y al derecho a un hogar, diciendo que incluso las aves del cielo tenían sus nidos y los zorros sus guaridas, pero Él no tenía dónde recostar la cabeza.

Renunció al derecho al dinero. Una vez tuvo que pedir prestada una moneda a alguien para usarla como ilustración en un sermón.

Entregó su reputación. Para la mayoría de las personas, Él era un hijo ilegítimo, criado en un pueblo despreciado. La peor ofensa a su reputación vino cuando Él, el Hijo de Dios, fue llamado demonio por los expertos religiosos de su tiempo. ¡Piensa lo que eso debió significar en su espíritu!

Pero fue aún más lejos. Jesús renunció al derecho mismo a la vida y se hizo obediente hasta la muerte de cruz. No solo una muerte normal, sino la muerte reservada para los peores criminales de su época. Fue sepultado en una tumba prestada, y luego se despojó de su último derecho al descender a las profundidades del mismo infierno.

¿Por qué hizo todo esto? Primero, para restaurarnos a Dios. ¡No es de extrañar que el Padre prometiera exaltarlo y darle un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble! Pero hay otra razón.

Jesús nos estaba mostrando cómo vivir nuestras vidas. Nos estaba mostrando cómo vencer al diablo. Nos estaba dando la estrategia para cumplir la tarea más grande que jamás se haya dado al hombre: arrebatarle la tierra a Satanás y recuperarla para Dios. Jesús nos estaba mostrando que la única manera de conquistar es sometiéndose.

Jesús quiere que lo sigamos, yendo descalzos, perdiendo nuestros derechos y ganando el mundo. Solo al llevar el ejemplo de Jesús a cada parte de nuestra vida podremos triunfar en ella, reinando y gobernando con Él.

Él lo dejó bien claro en Marcos 8:34,35:

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará.”

Así es como funciona. Primero, Dios te da derechos. Dice la Biblia que todo don perfecto desciende del Padre (Santiago 1:17). Dios te dio el derecho a una familia. Dios te dio el derecho a tener cosas, el derecho a la libertad, el derecho a tu país, y muchas otras bendiciones básicas. Son cosas buenas. No seguimos la verdad de Dios si decimos, como los hindúes, que el mundo material es malo. O si enseñamos, como los budistas, que solo apartándonos de las cosas de este mundo alcanzaremos la realidad.

No. Dios miró la tierra que creó y dijo: “Es buena.”
Y Dios te mira a ti y lo que te ha dado y dice: “Es bueno.”

Entonces, ¿por qué nos pide que le devolvamos esos derechos? Porque en realidad es la única forma en que podemos expresar nuestro amor hacia Él.

Cuando mis hijos eran pequeños, venían y me pedían dinero para ir a la tienda a comprarme un regalo de cumpleaños. El hecho era que yo estaba pagando por mi propio regalo. Pero ese no era el punto. Yo les daba para que ellos pudieran, a su vez, mostrar su amor devolviéndomelo.

Lo mismo ocurre con nuestro Padre celestial. No tenemos nada que Él no nos haya dado. Cuando le damos libremente, es porque queremos mostrarle nuestro amor. Dios es dueño de toda la tierra, de todo el universo, pero cuando le devolvemos lo que Él nos ha bendecido, la expresión de nuestro amor trae gozo a su corazón de Padre.

Otra razón por la cual Dios nos pide que renunciemos a algo es porque quiere darnos algo mayor. Es una regla del Reino de Dios: entrega algo bueno y recibirás algo de mayor valor; entrega tus derechos y recibirás mayores privilegios con Dios.

Jacob luchó con Dios, fue herido en la cadera y se convirtió en Príncipe, líder de una nación. Pero cojeó el resto de su vida. Todo hombre o mujer fuerte de Dios ha pasado por este camino. La elección es tuya: permanecer en la mediocridad y perderte los grandes propósitos de Dios para ti, o caminar con una cojera y ser un príncipe.

Dios le prometió a Josué: “Todo lugar que pise la planta de vuestro pie os lo he dado…” (Josué 1:3). Dios no dijo la planta de su zapato, sino la planta de su pie. Estar descalzo es la señal de humildad, de haberlo entregado todo. Al descalzo, Dios le promete la posesión de las naciones, gobernar y reinar con Jesús, el Rey de reyes y Señor de señores que regresará.

Nos está prometiendo el privilegio más grande de todos: ganar este mundo para el Reino de Dios.