Capítulo 10 – La predicación debe ser nacida de la oración

Cuando no pueda orar, iré a buscar a alguien que pueda orar, para que me diga cómo hacerlo.
— Anónimo

Toda predicación debe nacer de la oración. Toda predicación verdadera es la expresión de una vida de oración. Un sermón que no ha sido concebido en la oración, que no ha sido nacido de la oración, y que no ha sido preparado con oración, no tiene la unción del Espíritu Santo sobre él. La predicación en la que la oración no lo es todo, es peor que nada. La predicación que mata puede ser, y a menudo lo es, la predicación ortodoxa, pero ortodoxia sin el Espíritu, ortodoxia sin vida, ortodoxia sin fuego. La letra puede ser precisa, pero sin el Espíritu es letra que mata. Una predicación así solo sirve para endurecer a los oyentes, para aumentar su responsabilidad, para agravar su condenación.

La predicación nacida de la oración es la predicación que mueve a las personas hacia Dios —las lleva a sentir su necesidad de salvación, a ver a Cristo, a entregarse a Él. Es la predicación que derriba fortalezas, que rompe corazones, que ilumina mentes, que convierte almas. Es la predicación que produce arrepentimiento, fe, consagración, santidad. Es predicación que lleva el cielo al alma, y levanta el alma hacia el cielo.

Una predicación así no se puede improvisar. No se puede fabricar con talento, con estudio, ni siquiera con elocuencia. Se origina en la vida interior del predicador, en su comunión secreta con Dios. Se forma en el horno del quebranto, se alimenta de la meditación sobre la Palabra, se purifica en el fuego de la lucha espiritual, y se reviste de poder en el aposento de oración.

Esta predicación no es común. Nunca lo fue, y probablemente nunca lo será. Cuesta mucho. Cuesta tiempo, lágrimas, estudio, soledad, consagración. Cuesta morir al yo. Requiere ser “un hombre crucificado”, como decía un antiguo predicador. El predicador que la ejerce debe estar dispuesto a ser olvidado, con tal de que Cristo sea exaltado. Debe estar dispuesto a ser contado como “nada” por los hombres, si así Dios lo cuenta entre sus verdaderos siervos.

La razón por la cual hay tan poca predicación que realmente transforme vidas es porque hay tan poca oración que transforme predicadores. Se estudia más la homilética que la Escritura, se consulta más a los comentaristas que al Espíritu Santo, se pasa más tiempo preparando el sermón que preparando el corazón. Y así, el sermón se convierte en un producto literario más que en un mensaje vivo. Tiene forma, estructura, ilustraciones, argumentos… pero le falta fuego. Y sin fuego, no hay vida.

El fuego no se aprende en los libros. El fuego se recibe de Dios, en el secreto. No viene con el diploma, ni con el título, ni con la experiencia. Viene con la oración. El predicador que ora arde, y al arder, enciende.
El púlpito necesita menos pulido y más pasión.
El sermón necesita menos análisis y más anhelo.
El predicador necesita menos aplauso y más quebrantamiento.

Es un axioma del Espíritu que nadie puede dar lo que no tiene. El predicador que no se alimenta del pan del cielo, no tiene pan que ofrecer a los hambrientos. El predicador que no bebe de la fuente viva, no tiene agua que dar a los sedientos. El predicador que no se postra ante Dios en oración, no podrá levantar a los hombres hacia Él desde el púlpito.

No se trata de orar por el sermón como un acto más en el proceso de preparación. Se trata de que todo el sermón sea una oración, de que cada idea haya sido recibida de Dios, de que cada palabra haya sido cocida en lágrimas, de que cada frase haya sido ungida con fuego. Entonces, y solo entonces, habrá poder.

La predicación que sacude al infierno y alegra al cielo no se improvisa en un escritorio. Nace de rodillas.
La predicación que atraviesa corazones no se logra con estudio solamente, sino con llanto.
La predicación que arranca almas del mundo y las entrega a Cristo no nace de la lógica, sino de la intercesión.

Oh, que Dios levante predicadores así —predicadores que oren más de lo que hablen, que lloren más de lo que gesticulen, que ardan más de lo que brillen.
Predicadores que no puedan predicar sin antes haber gemido, y que no puedan dormir sin antes haber intercedido.

Predicadores así no son muchos, pero son poderosos. No son conocidos por los hombres, pero son reconocidos en el cielo y temidos en el infierno.