Cuando era joven, hubiera querido conocer la verdad sobre la ley del amor y la libertad como se ha descrito en los capítulos anteriores. Ciertamente eso me habría ayudado a evitar mucha aflicción y dolor. Pero, desafortunadamente, como la mayoría de personas, no entendía el amor y, por lo tanto, tomé algunas decisiones de las cuales me arrepiento. Como muchos, había aceptado una idea falsa sobre el amor, y pasé por el dolor que viene como consecuencia de estos errores. Para aquellos a quienes herí por mi falta de amor, realmente lo siento mucho. Si pudiera cambiar la historia y deshacer el dolor que causé, lo haría; pero no puedo hacerlo. Por eso hago lo que puedo: aprender de mis errores y corregir aquello que puedo y, por la gracia de Dios, compartir estas verdades para ayudar a otros. En este capítulo vamos a explorar las falsificaciones del amor, y los factores comunes que interfieren e impiden experimentar completamente el poder sanador de la ley del amor y la libertad.
El amor no es controlador
¡Bip! ¡Bip! ¡Bip! Mi teléfono sonó y me despertó. El número que aparecía en la pantalla era muy familiar para mí: La Unidad de Terapia Intensiva (UTI) del Centro Médico Hamilton, al norte del Estado de Georgia, Estados Unidos. Al responder la llamada, la enfermera reportó que acababan de recibir a un joven, a quien llamaremos Diego, que había tratado de quitarse la vida con una sobredosis de medicamentos. El hospital quería que evaluara cuáles eran los riesgos de un nuevo intento de suicidio.
Cuando me encontré con Diego, estaba acostado en la cama del hospital con electrodos de electrocardiograma conectados a su pecho. Tenía una vía intravenosa en el brazo izquierdo conectada a una bomba de infusión, y los constantes pitidos del monitor se oían como ruido de fondo. El carbón activado que le habían suministrado para neutralizar su sobredosis le había ennegrecido los dientes, y se podía ver carbón seco sobre sus mejillas y en su bata de hospital. Tenía el cabello grasoso y despeinado, y su rostro estaba sucio y sin afeitar.
Después de unos pocos minutos de conversación casual para entablar relación con él, le pregunté:
–¿Qué ha estado pasando en tu vida, que te llevó al punto de querer suicidarte?
Quebrado y con lágrimas, me contó que su esposa lo iba a dejar:
–Quiero que regrese. Quiero que abandone la idea de dejarme y que decida quedarse. Yo la amo demasiado como para dejarla ir. Le dije que si ella me dejaba me suicidaría.
–¿Por qué intentarías quitarte la vida si ella no quiere estar contigo?
–Porque la amo.
Aunque Diego claramente tenía sentimientos fuertes hacia su esposa, su comportamiento estaba lejos de demostrar amor; de hecho, violaba la ley del amor y la libertad. Su centro de atención no estaba en la salud, el bienestar y la felicidad de su esposa, sino sobre sí mismo. Se estaba moviendo cimentado en el egoísmo, y no en el amor. Si ella llegara a quedarse simplemente por tener miedo a que él se haga daño, su amor por él moriría, y el resentimiento tomaría su lugar.
La palabra “amor” tiene muchos significados
Es difícil encontrar el amor verdadero, debido a las muchas falsificaciones que se hacen pasar por amor. En mi idioma, el inglés, al igual que en castellano, esto es aún más difícil, porque la palabra “amor” tiene muchos significados y connotaciones: decimos que “amamos” nuestros automóviles; “amamos” ir al cine; “amamos” nuestro equipo de fútbol. Este tipo de amor es extremadamente centrado en el yo, y también podría ser definido como “apego” o “identificación” con algo.
Nuestra pasión por estos objetos o actividades deriva de la satisfacción y la exaltación que nos brindan. ¿Por qué “amamos” nuestro Mercedes-Benz? ¿Por la forma en la que nos hace sentir? ¿Por el estatus que nos brinda? ¿Por qué “amamos” nuestro equipo deportivo favorito? Porque hemos hecho depender de su éxito nuestro propio sentido de identidad, e incluso cierto aspecto de nuestra valoración personal. Ahora, ¿qué pasa cuando sus equipos empiezan a perder? Cuanto más “aman” a su equipo, más fríos e indiferentes se muestran. Este “amor” es materialista, centrado en uno mismo y fugaz. Obviamente, no condice con el amor de Dios.
El amor “eros”
Sócrates dijo: “Cuando el deseo irracional, sofocando en nuestra alma este gusto del bien, se entrega por entero al placer que promete la belleza, y cuando se lanza con todo el enjambre de deseos de la misma clase solo a la belleza corporal, su poder se hace irresistible, y sacando su nombre de esta fuerza omnipotente, se le llama amor”.18
Esta forma de “amor” irracional, emocional y sensual es el amor erótico. Frecuentemente, este tipo de amor logra hacer caer a muchas víctimas en su red de destrucción. Pero la pregunta es: ¿puede el amor verdadero rechazar la razón y destruir el buen juicio?
El erotismo falsifica el amor de varias formas, entre las cuales se incluyen la pornografía, varias perversiones y la lujuria. El “amor” erótico es la base del adulterio, sin importar cuán apasionadamente “enamorados” digan estar quienes cometen adulterio. El verdadero amor nunca daña o destruye, ni es infiel, ni miente o se aprovecha del otro.
Aunque el erotismo es bastante exitoso en seducir a las personas para que participen de él, si lo pensamos bien, raramente se lo acepta como amor verdadero, incluso por quienes lo practican. Vemos esto en el hecho de que la mayoría de las personas que se entregan al amor erótico están, de alguna manera, avergonzadas y tratan de esconderlo. Ningún padre que yo haya conocido dice con orgullo a sus hijos que concurre a bares con mujeres semidesnudas o es adicto a videos pornográficos. De modo similar, ninguna madre que conozca cuenta alegremente a sus hijos que le ha sido infiel a su esposo. Cuando se analiza el “amor” erótico, raramente se lo confunde con el amor verdadero.
Dependencia
Pero hay una falsificación que sí es confundida a menudo con el amor verdadero y, por lo tanto, es la más destructiva de todas las falsificaciones. Está tan bien camuflada que, de hecho, muchas personas la aceptan como si fuera amor verdadero. Esta falsificación se conoce como “dependencia”.
¿Qué es la dependencia? Una relación que se basa en una necesidad pegajosa y centrada en uno mismo, y no en el amor mutuo y el respeto. Se da cuando una persona considera a otra como la fuente y la satisfacción de un anhelo interno como la paz, la seguridad, la confianza propia, el bienestar o la estima propia. Establecer una relación basándose en esa necesidad interna impedirá la capacidad de dar, porque la persona busca esa relación solamente para poder satisfacer un interés personal.
En las relaciones de dependencia emocional, los sentimientos son extremadamente intensos, pero también suelen ser erráticos e inestables. Las relaciones caracterizadas por la dependencia son como una montaña rusa, que siempre se mueve yendo entre puntos extremos, de arriba hacia abajo. Generalmente, en estas relaciones existe una atracción intensa y excitación, seguidas de una fuerte irritabilidad y discusiones, acompañadas por breves períodos de calma.
Dado que las personas, en este tipo de relaciones, son dependientes, necesitan de la otra persona para poder tener seguridad interna o sentir bienestar, por lo que ejercerán presión para controlarla y mantener la relación. Como este comportamiento violenta la libertad, siempre llevará a la rebelión. La parte dependiente ve la rebelión como una amenaza de ser abandonada o sufrir una pérdida, lo que hace que su inseguridad se incremente, y así es llevada a sentir una necesidad aún más grande de aferrarse y controlar. El resultado es un círculo vicioso descendente.
El matrimonio de Diego tenía exactamente este tipo de relación, caracterizada por intensos sentimientos de atracción y necesidad, seguidos por la manipulación y el control, con una inevitable desintegración del yo cuando la relación fracasaba.
La dependencia es como un buzo de la marina
Imagina el caso de un buzo de la Marina, similar al descrito en la película Hombres de honor, protagonizada por Cuba Gooding Jr. y Robert de Niro en el año 2000. En la película, usaban trajes de buzo con mangueras de aire conectadas a la superficie. Allí arriba, había unas bombas que proveían de aire a los buzos que se encontraban abajo. Si fueras uno de esos hombres, para obtener aire serías dependiente de quienes están en la superficie. Si alguien de allí arriba te dijese que si no te paras con un solo pie te cortará el suministro de aire, ¿qué harías? Y si quisieras ir a la derecha, pero el barco girara a la izquierda, ¿qué decisión tomarías? De la misma forma sucede en una relación dependiente, en la que no existe la libertad verdadera. Pero como la necesidad es tan grande, se asocian sentimientos intensos hacia la persona de quien se depende.
Imagínate que te estás ahogando en el mar, y entonces alguien te lanza una manguera con aire. ¿Valorarías a esa persona? ¿Tendrías sentimientos intensos por ella? ¿Querrías apegarte a él o ella? ¿Y cómo te sentirías, si esa persona decidiera irse y llevarse la manguera que te daba aire?
Alguien puede llegar a ser tan dependiente del apoyo emocional de una persona, que se siente amenazado de perder su fuente de cuidado y atención con el mismo miedo y angustia que sentiría un buzo si alguien amenazara con cortarle el suministro de aire. Sienten como si fueran a morir. Como su angustia es tan intensa, las personas en relaciones dependientes llegan a cualquier extremo y toman medidas desesperadas para probar su “amor” a la persona de quien dependen, y así convencerla de que no los abandonen. Y si sus muestras de afecto no son correspondidas, las personas dependientes suelen amenazar con hacerse daño a sí mismas o a la persona a quien se apegan. Todo esto tiene el propósito de retener el control sobre la persona de quien tienen necesidad.
Esta era la situación en la que Diego se encontraba: se aferraba a su esposa para poder sentirse bien. Sin ella, el sentido de vacío y de desintegración personal llegó a ser tan grande, que llegó al punto de poner en riesgo su propia vida, en un intento por mantenerla bajo su control. Pero si la esposa de Diego se hubiera quedado ante su amenaza de suicidio, habría perdido su libertad y llegado a ser prisionera de sus amenazas. A la larga, ella desarrollaría resentimiento y rebelión, y el matrimonio estaría condenado al fracaso.
La dependencia es como los gemelos siameses
Considera a dos gemelos siameses unidos por la cadera. Cuando alguien crece en esta condición, llega a considerarla normal. Durante la vida de los gemelos siameses, siempre existe una lucha por el control, dado que ninguno de los dos puede vivir sin el otro. Cuando se les presenta la posibilidad de ser separados, suelen reaccionar con temor e inseguridad, ya que nunca han vivido por separado. Cada uno siente que va a perder una parte de sí, cuando en realidad solo va a perder el apego enfermizo hacia el otro. El proceso de separación realmente es doloroso, pero no es destructivo, y de hecho trae como resultado curación personal y aumento de la autonomía.
Aquellos que entablan relaciones dependientes experimentan muchos síntomas similares. Suelen percibir cualquier intento de quebrar ese apego enfermizo como si estuvieran perdiendo una parte de sí mismos, y frecuentemente, el resultado es que se resisten a separarse. Cuando los apegos enfermizos se han solidificado, realizar una separación suele ser doloroso. Pero separar apegos enfermizos no significa perder a la otra persona, sino solo la dependencia, con su bagaje controlador.
En el caso de los gemelos siameses, luego de haber sido separados, aún pueden compartir tiempos juntos, pero ahora será porque libremente escogen hacerlo, no porque tengan que hacerlo. Y después de romper la conexión enfermiza, los gemelos siameses pueden participar en muchas más actividades de las que podían disfrutar cuando estaban unidos. Pueden andar en una bicicleta tándem, jugar a las escondidas, a la pelota y mucho más. De la misma manera, cuando una relación se deshace del componente de dependencia puede crecer, porque ahora cada uno puede llevar a cabo muchas más experiencias saludables.
Los orígenes de la dependencia
¿Cómo comenzó la dependencia? Todos los niños tienen un deseo natural, dado por Dios, de ser amados y aceptados por sus padres. Es un reflejo del amor y la confianza que debemos tener hacia nuestro Padre celestial. Pero de la misma manera, todos los niños están infectados desde su nacimiento con el egoísmo, que distorsiona e impide que experimentemos y expresemos un amor sano.
Dependiendo de una variedad de factores, entre los que están la crianza dada por los padres, el ambiente, el temperamento del niño, su estructura biológica, sus elecciones personales y su formación religiosa, el elemento contaminante del egoísmo puede crecer y hacerse cada vez más fuerte, y el amor saludable podría nunca echar raíces. Los padres tienen la responsabilidad primordial de criar a sus hijos de una forma tal, que inculquen en sus mentes el amor sano y erradiquen el egoísmo. Desafortunadamente, eso no siempre sucede. Cuando el amor sano no llega a aflorar y, en cambio, domina el egoísmo, la consecuencia más frecuente es la dependencia.
Antes de seguir, quiero dejar en claro cuál es la responsabilidad de los padres que enfrentan dificultades con sus hijos rebeldes. Los padres no son responsables por los resultados en la vida de sus hijos. Ellos deben dar cuentas por su conducta como padres. No son responsables por los resultados, porque los niños tienen libre albedrío y porque existen muchas influencias además de la de los padres. Sin embargo, los padres siempre serán responsables por sus propias decisiones y acciones.
Sin embargo, habiendo dicho esto, debe señalarse que la influencia de los padres es significativa y debe ser tomada con seriedad. Una mala crianza perjudicará a los niños, y hará que les sea más difícil desarrollar caracteres saludables. Pero incluso en los casos en que la crianza no solo es defectuosa sino también explícitamente abusiva, el niño puede experimentar curación de las heridas del abuso y, finalmente, llegar a estar sano por completo. Que los padres proporcionen una buena crianza no garantiza buenos resultados, pero proporciona ventajas significativas para alcanzar esa meta. De la misma manera, una mala crianza no significa necesariamente que los resultados serán malos, pero crea desventajas que favorecen los resultados negativos.
Todos los niños desean ser aprobados y aceptados por sus padres. Sin embargo, en familias disfuncionales, los hijos no reciben de sus padres palabras de reconocimiento y motivación que satisfagan de forma saludable ese deseo. La disfuncionalidad básica consiste en que el padre o la madre manifiestan un egoísmo que no enfrenta oposición, y que genera que ese padre o esa madre busquen satisfacer sus necesidades parentales con sus hijos, en vez de buscar sacrificarse a sí mismos para suplir las necesidades del niño. Un padre o una madre enfermizo(a) envía señales mixtas de aprobación/desaprobación, y eso genera inseguridad en el niño. Estas señales contradictorias hacen que el niño no pueda constituir un concepto interno saludable de sí mismo. En su lugar, acostumbra buscar aprobación externa en sus padres. Esto trae, como consecuencia, un anhelo muy intenso de amor, reconocimiento y aceptación.
El niño agota sus energías buscando de sus padres cuidado y atención, y sus padres usan el anhelo del niño como una fuente de control y manipulación constantes. El niño llega a tener cada vez más sentimientos ambivalentes hacia sus padres. El intenso deseo de ser aprobado por sus padres se alterna con resentimiento e ira. Luego, esos sentimientos destructivos y hostiles hacia su padre o su madre lo llevan a la culpa. La culpa viene acompañada por el temor de que si demuestran externamente esos sentimientos de ira y resentimiento, puede perder a sus padres y no volver a recibir la aprobación que tan desesperadamente anhela.
Desafortunadamente, en las familias disfuncionales, los hijos nunca reciben las palabras de reconocimiento y motivación que buscan. Los niños pequeños idealizan a sus padres; es decir, los ven como personas casi perfectas, con habilidades casi sobrenaturales. Por lo tanto, cuando el padre o la madre le demuestran rechazo, el niño llega a la única conclusión que es capaz de elaborar: “Si mi papá (o mi mamá) es perfecto y yo no soy aceptado, entonces debe haber algo mal en mí”. El niño es incapaz de reconocer que el verdadero problema es su padre o su madre.
Imagínate que al salir del supermercado ves en el estacionamiento a un hombre de cincuenta años insultando a una niña de cinco años. Le está diciendo las palabras más vulgares y degradantes que puedas imaginar. ¿Pensarías inmediatamente: ¡Qué niña tan mala!? ¡No! Te darías cuenta inmediatamente de que ese hombre tiene problemas. ¿Pero cómo crees que se siente esa niña de cinco años? ¿En qué estará pensando? ¿Y qué tal, si ese hombre es su padre? Muchas personas van por la vida como esa niña de cinco años. Siempre que alguien los amenaza seriamente, tienden a creer que algo está mal en ellos. Recuerda a la mujer en el prólogo de este libro; ese era uno de sus problemas. No solo la insultaron, sino también la trataron de forma vil. Nunca se dio cuenta de que el problema no era ella, sino el hombre que abusaba de ella.
En las familias disfuncionales, este patrón de relacionarse con uno mismo y con otros se solidifica antes de que los niños desarrollen la capacidad mental de hacer un análisis introspectivo y razonar las cosas. Por ese motivo, actúan dentro de esta perspectiva, aun sin llegar a ser conscientes del problema. La familia disfuncional adiestra a los niños para depender de las opiniones o las reacciones de los demás como el termómetro para medir su propio valor. Inconscientemente, aceptan la falsa creencia de que las opiniones de otros son más importantes que la verdad.
Los niños en situaciones así sienten como si estuvieran de alguna manera incompletos, y recorrerán grandes distancias para recibir la aceptación que tan desesperadamente buscan; pero nunca la consiguen ni la conseguirán en los demás. Sin importar cuán maravillosa sea la validación externa recibida, nunca los satisfará, ya que han formado una identidad basándose en las experiencias contradictorias de su niñez. Desafortunadamente, estos niños, usualmente, no logran reconocer que el problema no está en ellos mismos, sino en la forma en que fueron criados. Como resultado de esto, quedan atrapados en una imagen de sí mismos distorsionada.
La dependencia es como tratar de obtener leche de un toro
Imagina que estás visitando una granja y cada mañana tienes que sacar leche de un toro. Sin importar cuán desesperadamente quieras la leche, el toro no puede darte algo que no tiene. Pero supongamos que no sabes nada sobre las granjas y no te das cuenta de que los toros no producen leche. Con esta idea en mente, podrías llegar a la conclusión de que la inexperiencia es la causa del problema, y regresas al día siguiente para seguir intentando conseguir leche.
La falta continuada de éxito hace que te desesperes. De repente, encuentras una explicación a tu problema: recuerdas haber leído que a los toros no les gusta el color rojo. Te das cuenta de que has usado una camiseta roja cada vez que has ido a sacar leche del toro, así que, ahora empiezas a vestirse de otros colores. Pero aun así no consigues sacar la leche.
Lo siguiente que recuerdas es que a los animales les gusta la música, así que traes un equipo de sonido y reproduces una variedad de canciones; pero aún no consigues leche. En ocasiones, empiezas a rogarle al toro, sin ningún resultado. Al traer una comida especial, esperas que un cambio en la dieta haga que el toro produzca leche, pero de nuevo tus esfuerzos no producen ningún resultado.
A esta altura, no solo estás frustrado, sino también molesto. Por algunos instantes consideras dispararle al toro, pero mientras este pensamiento está en tu mente, una explosión de sentimientos, como el sonido de la bocina del tren, te grita desde su interior: Si hago eso, nunca podré obtener leche. Y entonces sientes una culpa terrible y comienzas el proceso de nuevo.
¿Cuál es el problema en este escenario? La dificultad para ver la verdad: ¡los toros no producen leche! Muchos de mis pacientes tienen dificultades para aceptar la realidad de que ellos tienen padres incapaces de darles la afirmación, el amor y la aceptación que necesitan. Esto los deja continuamente vulnerables a las manipulaciones de sus padres, y constante y crónicamente inseguros al continuar creyendo que el problema está en ellos.
Imagina, en nuestro ejemplo, que el toro es inteligente. ¿Es posible que dado que el toro disfruta de tu atención y cuidado especial, pueda llevarte a creer que un día, si sigues adelante con tus esfuerzos, obtendrás leche de él? Desafortunadamente, muchos seres humanos son así. Al estar centrados en ellos mismos, no son capaces de dar apoyo a otros. Ellos disfrutan de la atención que consiguen de otros al tratar de conseguir su aprobación, y de esa manera llevan a la persona dependiente a asumir que tal vez un día ellos podrán recibir el amor y la afirmación que desean.
De regreso a la granja, finalmente reconoces que los toros no dan leche. ¿Significa esto que nunca vas a tener nada que ver con el toro? Por supuesto que no. Aún puedes tener al toro para que tire de una carreta. La diferencia es que, dado que no necesitas nada de él, ya no eres prisionero del animal. Ahora puedes ir y venir libremente.
La dependencia hace difícil tolerar la ira de otros
Cuando alguien es importante para nosotros, es difícil poner límites y decir que no, especialmente cuando sabemos que la otra persona no estará feliz con nosotros al hacerlo. Enfrentar la rabia de otros es extremadamente incómodo, aun cuando hagamos lo que es correcto. Esto es especialmente cierto cuando nuestros padres nos han condicionado a necesitar su aprobación disfuncional. Ignorar el problema podría parecer más fácil que enfrentar la situación; pero las consecuencias son aún peores. El problema sigue creciendo y, finalmente, cuando se le presta atención, es mucho más grande de lo que era.
La dependencia es un ciclo de desesperanza destructivo, ya que tal comportamiento viola la ley de amor y libertad de Dios. El desafortunado resultado es una gran pérdida de la autoestima, el valor y la seguridad propios, acompañada por una necesidad creciente de validación externa. Por lo tanto, los individuos que se encuentran en esta situación continúan siendo vasijas vacías, que buscan ser llenadas del apoyo emocional de otros. Pero dado que son incapaces de retener ese apoyo, nunca logran experimentar una verdadera estabilidad y bienestar. Aquellos que tienen el papel de proveer apoyo, eventualmente se agotan al llegar a su límite. La persona dependiente entonces interpreta esta pérdida de apoyo como un rechazo, y responden con hostilidad y rabia desbordantes. Esta es la dependencia: la gran falsificación del amor.
El amor no llega naturalmente
Cuando pregunto a mis pacientes cómo pueden decir si es amor verdadero, muchos responden: “De acuerdo con cómo me siento”. Pero, como ya lo descubrimos anteriormente, los sentimientos son poco confiables y frecuentemente pueden engañarnos. Muchos de nosotros, por ejemplo, hemos experimentado la confusión de pensar que estamos enamorados, para darnos cuenta más delante de que estábamos equivocados.
Los seres humanos no poseen naturalmente el verdadero amor. Este amor es opuesto a nuestros deseos naturales de egoísmo, a nuestra herencia genética, a nuestro egocentrismo y al yo. El verdadero amor es el principio de hacer lo que es mejor para la otra persona, el principio de dar, de hacer el bien, sin importar cómo nos sintamos.
Padres, ¿recuerdan cuando llevaron a sus hijos pequeños para que les aplicaran las vacunas? El sentimiento ¿era agradable para ti y para tu hijo? Entonces, ¿porque lo hiciste? Porque tu razón y tu conciencia reconocieron que recibir las vacunas era lo mejor para tu hijo. Y porque amas a tu hijo permitiste que alguien introdujera una aguja en el brazo de tu hijo, aunque eso le causó dolor. Pero el dolor no era el objetivo final; simplemente, era algo inevitable para poder obtener la inmunidad deseada.
¿Crees que has corrido algunos riesgos que quizá tu hijo pequeño no pudo entender? Desde la perspectiva del niño, ¿cómo te imaginas que fue el hecho de que le pusieran una vacuna? “Mami, papi, ¿por qué están haciendo esto? ¿Por qué permiten que ellos me hieran? ¿No me aman?”
Pero ¿por el amor a tus hijos, estuviste dispuesto aun a ser malinterpretado, con el fin de poder hacer lo que era mejor para ellos, aun cuando no te sentías bien? Así es como funciona el amor. Algunas veces se siente bien, mientras que otras veces puede doler. Pero el amor siempre sana, siempre da protección, siempre ayuda a crecer; nunca destruye, nunca busca lo suyo. El amor verdadero no está motivado por sentimientos.
El amor hace lo que es correcto
Piensa en Cristo en el Jardín del Getsemaní. Estaba a punto de sufrir la Cruz, el mayor acto de amor conocido en toda la historia del universo, ¿y cuáles fueron sus sentimientos? Sentía angustia. Agonizaba. Sufría (ver Mat. 26:36-44; Mar. 14:32-42; Luc. 22:39-46). Si Cristo hubiera basado sus acciones en cómo se sentía, no habría venido a sufrir la Cruz. El amor no es un sentimiento, sino una acción que está por encima de los sentimientos.
Cuando amamos a otros, estaremos dispuestos a arriesgarnos a ser malinterpretados, a fin de poder hacer lo que es lo mejor para ellos. Dios hizo esto en todo el Antiguo Testamento. Muchas veces, levantó su voz para poder captar la atención de sus hijos rebeldes, porque los amaba y no quería que se destruyeran. Sin embargo, considera el riesgo que corrió. Muchos pudieron haber concluido que Dios es un Ser severo, vengativo, arbitrario, que exige ser apaciguado. De hecho, muchos han dicho que Dios es así. Pero el amor hace lo que es correcto y razonable porque es correcto y razonable, no por lo que los demás puedan pensar.
El verdadero amor surge del conocimiento de Dios. Cuando lo conocemos, como es nuestro privilegio, nuestro corazón se conmueve en admiración y adoración por el gran sacrificio que hizo para poder alcanzarnos. El reconocimiento de las grandes decisiones que tomó sobre sí mismo nos llena de gratitud en nuestros corazones. Aprender a conocerlo nos lleva a amarlo, admirarlo, respetarlo y confiar en él. Aprendemos sus métodos y principios, y entonces empezamos a practicarlos en nuestras propias vidas. Nuestro deseo de ser fieles a lo que es correcto y verdadero finalmente sobrepasa nuestra preocupación por nosotros mismos, y empezamos a caminar en un plano de existencia superior, libre del temor y la inseguridad. Dios nos recrea por dentro, y nos da el poder que permite avanzar y crecer continuamente.
El amor es lo opuesto a la dependencia
El amor cura, mientras que la dependencia destruye. El amor libera, mientras que la dependencia siempre busca controlar. El amor da, mientras que la dependencia constantemente toma. En el amor no hay temor, mientras que la dependencia está basada en el miedo. El amor se interesa por el otro, mientras que la dependencia se interesa por el yo. El amor es estable, mientras que la dependencia fluctúa. El amor es ordenado y confiable, mientras que la dependencia es caótica y poco confiable. El amor está basado en un principio, mientras que la dependencia está basada en sentimientos. El amor es consistente, mientras que la dependencia es fluctuante. El amor es honesto y verdadero, mientras que la dependencia es deshonesta y engañosa. El amor es paciente, mientras que la dependencia es impulsiva. El amor es amable, mientras que la dependencia es cruel. El amor perdona, mientras que la dependencia guarda rencor. El amor busca proteger al otro, mientras que la dependencia explota. El amor sacrifica el yo, mientras que la dependencia sacrifica a otros. El amor nunca termina, mientras que la dependencia no perdura. El amor no se equivoca, mientras que la dependencia nunca tiene éxito.
18 Platón, “Fedro o de la belleza”, en Obras completas de Platón, trad. Patricio de Azcárate (Madrid: Medina y Navarro, 1871), t. 2, p. 278.