13. Las víctimas de la guerra

Luego de los atentados terroristas al World Trade Center (Torres Gemelas) y al Pentágono el 11 de septiembre de 2001, muchos de mis pacientes me preguntaron: “¿Por qué Dios permite que sucedan estas cosas?” “¿Por qué pasan cosas malas a la gente buena?” “¿Por qué Dios no protege al inocente?” Durante el servicio de oración nacional por las víctimas del ataque del 11 de septiembre, Billy Graham planteó las mismas cuestiones, e indicó que él también estaba en busca de repuestas.

De nuevo puedo ver la cara de mi paciente descrita al inicio del libro y escuchar su llanto. Una vez más, me encuentro desconcertado por su llanto y por su búsqueda desesperada de respuestas a estas preguntas. Esto me recuerda que no pude brindarle respuestas significativas. Ahora, quisiera poder encontrar a mi paciente para poder ofrecérselas.

¿Por qué un Dios de amor permite tanto dolor?

En su enojo, Gabriel irradiaba una ira que parecía estar a punto de entrar en erupción, como un volcán, ante la más mínima provocación. Esta ilusión estaba reforzada por el color rojizo de su cabello y por su cara. Después de que su rabia explotó, su rostro se puso rojo como un termómetro.

Con casi dos metros de altura y 150 kilogramos de peso, tendía a ser de algún modo intimidante para aquellos que lo rodeaban. Debido a que su furia se manifestaba tan frecuentemente, esto le causaba un gran número de problemas en el trabajo. Su empleador sugirió a Gabriel que buscara ayuda para manejar su enojo, y así evitar perder su trabajo.

Cuando me visitó por primera vez, Gabriel era reservado y resistente a expresarse libremente. Sin embargo, después de varias sesiones, con dolor contó que su tío había abusado de él cuando tenía seis años. Desde esa oportunidad, confundido sexualmente y preguntándose si era homosexual, había luchado por encontrarse a sí mismo. Esta duda lo había llevado a odiarse y a ridiculizarse constantemente en su propia mente.

Tan ofensiva era la posibilidad de que él fuera homosexual, que repetidas veces afirmó que preferiría quitarse la vida a seguir ese estilo de vida. Gabriel se rechazaba a sí mismo por tener tal confusión de sentimientos, y estaba molesto con Dios por permitir que fuera abusado. Culpaba al Señor por la confusión que tenía acerca de su sexualidad, y luchaba por encontrar algunas respuestas, como, por ejemplo, ¿por qué Dios permitiría que un niño inocente sufriera?

Su odio hacia Dios y él mismo era tan severo, que había desarrollado una actitud cínica, no confiaba en nadie y ridiculizaba a todos. Constantemente encontraba errores en los demás y respondía con irritación si alguien trataba de ser amigable. Intencionalmente alejaba a las personas, especialmente si había un pequeño signo de atracción. Aunque tenía miedo a intimar con otra persona, se quejaba amargamente de su vida solitaria y manifestaba su anhelo de tener una esposa y una familia. El hombre estaba confundido, herido y perdido.

Empezamos a explorar los asuntos a la luz de los principios de Dios de la verdad, el amor y la libertad. Gabriel necesitaba ser capaz de dar un sentido a su vida, de desarrollar una comprensión de su situación que lo ayudara a lograr curarse. Creía que si Dios realmente era amor, entonces nunca permitiría que nadie abusara de los niños. Dándose cuenta o no, estaba planteando una de las preguntas más antiguas: ¿Por qué un Dios de amor permite tanto dolor?

Primero: hay una guerra universal

La única manera de responder a esta pregunta adecuadamente es tomar la visión más amplia posible. Debemos poner el problema en su contexto apropiado, que es un contexto de guerra. No una lucha entre gobiernos locales o un conflicto mundial. No, este conflicto involucra al universo entero, y nuestro planeta es el campo de batalla. Las fuerzas comprometidas han estado batallando por milenios, y los asuntos que están en juego son el amor, la libertad y la individualidad. No es una pelea de poder y fuerza, ni con balas o tanques, ni con espadas flameantes. En cambio, es una batalla alrededor de dos métodos, dos principios, dos motivos: entre los principios del egoísmo y del amor. Es en el contexto del conflicto universal donde debemos buscar entender estos cuestionamientos difíciles.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos envió a muchos de sus hombres jóvenes a pelear por la libertad en Europa y Asia. ¿Acaso alguien se sorprendió de que se les disparara a esos soldados, que fueran heridos o muertos? Nadie pensó que eso era impensable o sorprendente. Así, nadie se quejó: “¿Por qué siguen pasando cosas malas a nuestros soldados?” Nos dimos cuenta de que estábamos en guerra contra un enemigo decidido a matar soldados.

De manera similar, en este planeta tenemos un enemigo decidido a herir y a destruir a tantos como pueda. El apóstol Pedro nos recuerda nuestra necesidad de estar alerta: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Ped. 5:8).

Pero mientras que nuestro oponente busca destruirnos, el objetivo de Dios es salvarnos: “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom. 8:31) Pero si, de hecho, Dios está de nuestro lado, ¿por qué cosas malas aún afectan a sus amigos? ¿Por qué permite que sucedan? Si él es todopoderoso, entonces ¿por qué no interviene para prevenir este dolor?

Esta no es una guerra de poder. Primero, esta guerra no es simplemente una cuestión de quién tiene más fuerza. Satanás nunca ha afirmado que tiene más poder que Dios. La Biblia nos recuerda que los demonios creen y tiemblan (Sant. 2:19). Consciente del poder de Dios, Satanás sabía que sería inútil intentar destronar a Dios por la fuerza. Por lo tanto, buscó alejarnos de Dios por medio de la insinuación, afirmando que el Señor abusa de su poder y que nosotros no tenemos libertad. Como hemos visto en capítulos anteriores, la ley de la libertad respeta la individualidad; cuando algo viola la ley de la libertad, se destruye el amor. Satanás presentó de una manera falsa a Dios como una persona abusiva, en un intento de instaurar el rechazo contra Dios y, de ese modo, borrar el amor e incitar a la rebelión.

Pero Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo unigénito, no para condenar, sino para salvar. En otras palabras, envió a su Hijo a revelar su inmensurable amor por nosotros y, de esa manera, despertar el amor en nuestro corazón.

Esta guerra gira en torno al amor. El amor no puede ser ganado por la fuerza; solo por medio del amor se puede despertar el amor en otra persona. Dios envió a su Hijo para demostrar que aun cuando la misma vida de Dios estuviese en juego, los principios del amor y la libertad son demasiado importantes como para ser infringidos. Cristo no usaría su poder para salvarse a sí mismo en la cruz, ¿por qué? Porque al hacerlo, probaría que Satanás estaba en lo correcto al decir que Dios es arbitrario, una deidad caprichosa que utiliza su poder para manipular con el fin de conseguir sus objetivos. En un universo tal, el amor y la libertad no existirían.

Pero Cristo reveló exactamente lo opuesto: que con Dios tenemos verdadera libertad. El Señor respeta tanto nuestra libertad, que moriría antes de forzarnos a aceptar su voluntad. Pero la verdadera libertad trae consigo grandes riesgos; uno de ellos es la rebelión y el abuso.

Solo los que son curados podrán ser vecinos confiables. Luego de los ataques al World Trade Center (Torres Gemelas) y al Pentágono, debido a las amenazas de terrorismo presentadas diariamente en las noticias, las personas anhelaron más que nunca un territorio libre de temor, delitos, y del abuso de la libertad. Un territorio que no necesitara ejércitos para perseguir a los terroristas o a la policía para patrullar las calles.

Este lugar existirá solamente si es habitado por personas que han escogido libremente cooperar con Dios para sanar sus mentes. El universo será un lugar seguro cuando esté habitado por individuos que valoran y practican los métodos del amor y la libertad. Solo aquellos que hayan cooperado con Dios en la restauración de su imagen interior serán salvos, ya que solo quienes han sido sanados pueden llegar a ser vecinos confiables.

Dios, por lo tanto, permite que las personas desarrollen sus caracteres aquí, en la Tierra, de acuerdo con el libre ejercicio de su voluntad individual. Si el Señor quisiera intervenir en la mente de alguno para forzarlo a escoger una acción en particular, entonces la persona ya no sería un ser libre, sino un autómata controlado por Dios. De ese modo, tal individuo sería incapaz de amar, y se limitaría solamente a llevar a cabo los comandos bajo los que fue programado. Ahora bien, lo que Dios desea no puede ser conseguido usando su poder y su fuerza. La confianza debe ser restaurada solo por medio de la revelación de la verdad en amor, y entonces las personas son libres para concluir por sí mismos lo que deben hacer al respecto.

Segundo: la disciplina

La ley de la libertad requiere que todos tengamos que decidir por nosotros mismos qué método vamos a escoger. Al escoger lo que es correcto, cooperamos con Dios en la transformación de nuestros corazones y mentes. Pero todos, con cierta frecuencia, nos hemos enredado tanto en malos comportamientos y relaciones que no fuimos capaces de reconocer la verdad. Por lo tanto, como buen padre, Dios disciplinará a los que ama, en un esfuerzo por despertar sus mentes al peligro en el que se encuentran.

Generalmente, nos asaltan las pruebas para ayudarnos a ver más claramente las cosas malas en nuestra vida, para que podamos decidir cambiarlas. Como uno de mis colegas lo expresó: “El dolor es el fertilizante del alma”. Es durante los momentos difíciles que con frecuencia experimentamos el crecimiento más grande. Estos muestran nuestro verdadero carácter y sacan nuestros defectos a la luz, dándonos la oportunidad de sanar y crecer. Considera los siguientes textos bíblicos:

“Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Sant. 1:2-4).

“En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 Ped. 1:6, 7).

“Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apoc. 3:19).

“Porque tú nos probaste, oh Dios; nos ensayaste como se afina la plata” (Sal. 66:10).

¿Qué significado tienen estos textos? Imagina que has estado en un accidente automovilístico y te has quebrado la pierna. El médico ha arreglado el hueso y ahora es momento de la fisioterapia. ¿Cómo crees que se sentirá la fisioterapia? ¿Habrá dolor en el proceso de curación? Ahora considera una mujer que sufrió abuso sexual cuando era niña y ha entrado en psicoterapia para sanar el daño ocurrido. De nuevo, ¿habrá dolor en la terapia?

Estamos enfermos. Debido a que nuestras mentes son defectuosas, utilizamos métodos destructivos para relacionarnos y para enfrentar la vida. El proceso de curación es doloroso. Pero si después de habernos fracturado la pierna iniciamos la fisioterapia, ¿disminuirá el dolor, y la fuerza y la autonomía regresarán? Si la mujer que fue abusada trabaja su abuso en terapia, ¿disminuirá el dolor y su carácter será más sano y fuerte?

Dios entiende que la sanación incluye dolor. Él también sufrió dolor a fin de poder curar este universo. Sin su sacrificio personal, no habría podido restaurar la paz y el bienestar del universo.

¿Por qué Jesús tenía que morir? Pero ¿por qué tenía Dios que hacer tal sacrificio? ¿Cómo es que su dolor cura su universo? ¿Por qué fue necesaria la muerte de Cristo? Porque nada más podría haber ganado nuestra completa confianza, a medida que se aseguraba de que el universo no sufriera una futura rebelión. El amor no puede ser forzado; nuestro amor debe ser libremente dado.

Para poder amar a Dios debemos llegar a conocerlo. En nuestra condición caída, hemos perdido de vista su verdadero carácter y sus métodos. Las distorsiones de Satanás han oscurecido nuestras mentes. Solo la revelación del carácter divino pudo remover las malas interpretaciones de Satanás. Y solo Alguien igual a Dios podría revelar claramente ese carácter.

Cristo vino como Dios en carne humana para vencer la oscuridad en la que Satanás había envuelto al mundo. La vida del Salvador y su muerte refutan las mentiras que Satanás ha divulgado sobre Dios y vindica su carácter y su gobierno frente a la humanidad y el universo que observa. “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:19, 20).

Cristo mismo afirmó que su misión era revelar el carácter del Padre a la humanidad, con la intención de poder restaurar el amor de Dios en nuestros corazones. En su oración final a su Padre antes de su crucifixión, Cristo afirmó: “Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos” (Juan 17:26).

Jesús murió para demostrar que aunque Dios tenía el poder absoluto, nunca lo usaría para restringir nuestras libertades individuales, para que podamos tener una libertad real en su gobierno.

Quizás en algún momento hayas escuchado el adagio que afirma que el poder corrompe, pero que el poder absoluto corrompe absolutamente. La Cruz de Cristo, sin embargo, revela que Dios no es corrupto, aunque tiene el poder absoluto.

Piensa en esto: el Dios todopoderoso podría usar su poder para forzarnos a hacer las cosas a su manera, pero, en cambio, nos da libertad de tomar nuestras propias decisiones. Respeta la individualidad y la libertad de sus criaturas inteligentes. ¿Puede haber algo más glorioso que esto?

La gloria de Dios. Muchas personas conciben la gloria de Dios como una gran exhibición de fuerza, poder y fuego, pero la Biblia enseña que su gloria más grande se revela en su carácter. Debido a que somos finitos, muchos seres humanos frecuentemente reaccionan con temor a un Dios todopoderoso. Desafortunadamente, este temor con frecuencia conduce a la rebelión. Una vez que Satanás presentó sus acusaciones, Dios no podía ganar su caso mediante una muestra de poder, ya que inevitablemente habría resultado en una sumisión basada en el terror.

Dios nunca utiliza tácticas coercitivas, porque son contrarias a su carácter benevolente. El uso de la fuerza y el poder para presionar a las personas a seguir su camino viola la ley de la libertad, y resultaría en una rebelión posterior. Estos métodos pertenecen a Satanás. Si Dios los empleara, perdería su caso. Aunque tiene un poder inmenso, infinito, esa no es la fuente de su gloria; porque el poder solo nos intimidaría, llevándonos a temerle, y subsecuentemente, destruiría nuestro amor por él.

El teólogo del siglo XIX George Mac Donald afirmó la misma idea: “¿Qué es lo más fuerte de Dios? ¿Su poder? No, porque el poder no podría hacer de él lo que nosotros queremos decir cuando decimos Dios […]. Un ser cuya esencia fuera solamente poder sería una negación de lo divino y ninguna adoración justa podría ser ofrecida a él, solo un servicio basado en el temor”.20

El poder no es lo importante; en cambio, lo más importante es la confiabilidad del único Ser que posee todo el poder. La fuente real de la gloria divina es la demostración de su carácter; el carácter del Único que tiene todo el poder. Por ejemplo, aunque Dios es todopoderoso, nunca puede ser provocado –aun en las circunstancias más horribles y abusivas– a usar su poder para su propio interés. Cuando la humanidad reconozca esto completamente, se restaurará la confianza y se regenerará el amor, y abriremos nuestros corazones y mentes a él, para que nos sane y nos restaure.

La Biblia es clara en este punto. El libro de Hageo declara que la gloria del segundo Templo judío sería más grande que la del Templo de Salomón (Hag. 2:7-9). La profecía se refiere al edificio que los judíos reconstruyeron después de regresar del cautiverio babilónico.

Pero en el libro de Esdras leemos que los levitas más ancianos y los jefes de familia se lamentaron cuando vieron el segundo Templo, porque era tan pequeño, en comparación con el de Salomón (Esd. 3:12). Si el segundo Templo era más pequeño que el primero, ¿cómo podía ser más glorioso? La mayoría de los estudiosos de la Biblia explica que el segundo Templo fue más glorioso porque Jesús caminó, estuvo, en sus atrios.

Pero en 2 Crónicas leemos que cuando el Templo de Salomón fue dedicado, los sacerdotes no pudieron entrar debido a que la luminosidad de la gloria de Dios era demasiado potente (2 Crón. 5:13, 14). En otras palabras, Dios vino a ambos Templos: a uno, en su esplendor al descubierto, y al otro en forma humana, Deidad velada. Sin embargo, Hageo afirma que el segundo Templo fue más glorioso. ¿Por qué? Porque fue en el segundo Templo que Cristo reveló el carácter de Dios. Porque fue en el segundo Templo donde Cristo mostró que preferiría permitir que sus criaturas abusaran de él antes que usar su poder de manera egoísta. En el segundo Templo, Cristo demostró que podemos confiar en el Único que tiene todo el poder.

Cuando Moisés habló con Dios en la montaña, pidiendo al Señor que le mostrara su gloria, ¿que hizo Dios? Respondió a Moisés: “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro” (Éxo. 33:19). Entonces Dios pasó frente a Moisés, quien proclamó: “¡Jehová! ¡Jehová! Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Éxo. 34:6, 7).

Fue en la Cruz donde Dios presentó la más grande demostración del amor de su carácter. Por medio de la Cruz, vemos claramente que es misericordioso, compasivo, perdonador, paciente, bondadoso, fiel y verdadero. La Cruz revela que nada de lo que hagamos lo provocará a usar su inmenso poder de una manera egoísta. Aunque es todopoderoso, es aún más misericordioso. El Creador respeta la individualidad de sus criaturas inteligentes, aun si abusamos de la individualidad e intentamos destruirlo.

Tercero: una revelación de los dos motivos antagónicos

Lo que sucedió en la Cruz ayuda a explicar en alguna medida por qué le suceden cosas malas a la gente buena. Vivimos en un planeta que funciona sobre la base de los principios de Satanás, como el de la supervivencia del más fuerte –primero el yo–, y los eventos de nuestro mundo ilustran los dos grandes motivos o métodos antagónicos.

Dios demuestra que el amor solo puede existir en una atmósfera de libertad, en la que nadie puede ser obligado o forzado. El Señor nos muestra que con él siempre tendremos libertad real; aunque pueda estar acompañada de dolor algunas veces.

Satanás nos lleva al abuso de nuestras libertades para herirnos a nosotros mismos y a otros, y entonces nos engaña, al hacernos creer que es el resultado del castigo de Dios, o que Dios no se interesa por nosotros o que es impotente. Pero el diablo tiembla ante la posibilidad de que podamos llegar a ver las cosas como son. Teme que podamos darnos cuenta de que Dios no podría controlar nuestras acciones y amarnos verdaderamente a la vez. Si intentara hacerlo, destruiría el amor.

La libertad es esencial para que exista el amor. Igualmente, el amor y la libertad presentan un gran riesgo de ser heridos. La razón por la cual Dios no ha terminado con nuestra rebelión contra su ley de amor y libertad es que muchos aquí, en nuestro planeta, no han comprendido todavía el problema y no han tomado la decisión inteligente de aceptar la sanidad que él nos ofrece. Dios espera pacientemente, queriendo que todos sean sanados, salvados.

El asunto en juego es la curación de la mente por medio del ennoblecimiento de la razón, la purificación de la conciencia, el fortalecimiento de la voluntad, la purificación de los pensamientos y la recuperación del control de los sentimientos. Esto incluye el restablecimiento de los pensamientos y las acciones, basados en la razón, la verdad, el amor y la libertad.

Dios no puede cambiar nuestro corazón ni nuestra mente por la fuerza; por el contrario, nos deja libres para llegar a nuestras propias conclusiones por medio de la revelación de la verdad hablada con amor. Desafortunadamente, el falso evangelio no permite que esto suceda, ya que representa a Dios de manera errónea. A cambio de implantar la confianza, implanta el temor en la mente humana.

Un falso evangelio. Una enseñanza religiosa popular afirma que el problema con el pecado no se encuentra en nuestra mente y nuestro corazón enfermos, sino en la ira y el enojo de Dios. También afirma que Cristo vino a morir para calmar la ira divina. Aún más, declara que Cristo está en el cielo rogando a su Padre por nosotros, de modo que, cuando comparezcamos en el Juicio, Dios no verá nuestra pecaminosidad, sino la justicia perfecta de Cristo.

Este punto de vista con frecuencia se disfraza como un lobo con piel de oveja, por medio de frases tan usadas como “cubierto por la sangre”, “lavado en la sangre”, “cubierto por el manto de la justicia de Cristo”, y similares. Lejos de lo que profesa, este falso punto de vista es, de hecho, la teoría de la manzana podrida cubierta con dulce. Afirma que no es necesario ningún cambio de corazón; solamente se necesita recubrir el corazón podrido con la “sangre de Cristo”. Entonces somos presentados perfectos y podemos pasar el escrutinio del Juicio. Como ya lo hemos visto, solo aquellos que han cooperado con Dios en la transformación del corazón podrán entrar en el cielo, porque sin el cambio de corazón no seríamos aptos para estar en él.

El pecado es como la viruela. Si uno de tus hijos llegara con viruela, ¿dejarías que permaneciera en la casa con tus otros hijos? ¿O querrías proteger al resto de los niños de la infección? Si decides que el hijo infectado no se quede allí, ¿significaría que no lo amas? Por supuesto que no. ¿Estarías dispuesto a arriesgar tu propia salud dejando a tus hijos sanos en casa y saliendo a buscar cualquier asistencia que pudieras conseguir para tu hijo enfermo?

Si tuvieras anticuerpos en tu sangre que pudieran curar al niño, pero tu hijo se rehusara a una transfusión de sangre, ¿qué pasaría? ¿Matarías a tu hijo? ¿Moriría tu hijo?

Dado que estamos enfermos y no somos idóneos para el cielo, Dios dejó su hogar celestial para traernos la sanación: la verdad acerca de sí mismo. Si rechazamos la cura, no nos matará, pero el resultado de nuestra elección será, indefectiblemente, la muerte.

Vemos esta realidad revelada en la historia del Antiguo Testamento que ocurrió después del éxodo de Israel de Egipto. Poco después de dejar la cautividad, María y Aarón se pusieron celosos de Moisés y empezaron a discutir acerca de quién debería dirigir al pueblo. Dios intervino, dando lepra a María. Ella tuvo que dejar el campamento y no pudo regresar hasta que fue curada (Núm. 12).

La lepra es una metáfora bíblica del pecado. Somos leprosos, con mentes que operan basadas en principios opuestos a los métodos de Dios. Solamente aquellos que cooperen con Dios en su curación podrán ser capaces de entrar en el campamento celestial. Esta curación es el proceso de recuperación de nuestra individualidad, la capacidad de pensar y actuar libres de la dominación de nuestra debilidad genética y de acuerdo con los principios de amor, verdad, sinceridad y libertad.

Algunos malinterpretan esta realidad. En vez de enfocarse en Quién nos cura y en el tratamiento, se concentran en su propia condición. Al encontrar fallas internas, dudan de su salvación. Muchos de mis pacientes están consumidos en la inseguridad acerca de su salvación porque continúan reconociendo defectos dentro de ellos mismos. Fracasan en ver que el problema no está en los errores del pasado o en las luchas presentes, sino en estar involucrados en el proceso de curación.

La clave es permanecer en el Camino de la vida. Supongamos que has enfermado de neumonía en ambos pulmones, y tus síntomas incluyen fiebre severa, respiración superficial y falta de fuerzas. Si no haces nada, ¿no estarías en el camino de la muerte?

Pero si consultas con el médico y empiezas un tratamiento que incluye antibióticos, ¿no habrás entrado en el camino de la vida? ¿Crees que puedes estar completamente bien el mismo día en que dejas el camino de la muerte e inicias el camino de la vida (al empezar con los antibióticos)? Por supuesto que no. Pero ¿inicias la curación el mismo día que empiezas a tomar los antibióticos? Mientras permaneces en el camino de la vida (tomando tus antibióticos y asistiendo a las citas con tu médico), puedes asumir con seguridad un resultado positivo.

En el proceso de recuperación de la neumonía, seguramente puedes experimentar más fiebre, escalofríos, sudoraciones y expectoraciones desagradables. ¿Son estos síntomas la evidencia de que tu condición está empeorando? ¿O puedes, incluso, expectorar más flema después de que los antibióticos empiezan a atacar la infección?

Cuando entramos en el camino de la Vida y empezamos a trabajar con Dios para la curación de la mente, en el trayecto, frecuentemente nos enredamos en algunas cosas dañinas. Los defectos de carácter algunas veces salen a flote y se cometen errores. Pero aquellos errores no indican que hemos perdido la salvación; por el contrario, muchas veces evidencian la lucha en el esfuerzo por expulsar estos defectos de nuestro carácter.

Una vez que comienzas a tomar los antibióticos para tratar la neumonía, si decides dejar la medicación y no concurres a controles médicos, ¿qué pasará? Después de que hemos ido a Cristo, y luego escogemos dejar de caminar con él y no cooperamos más con él para la curación de nuestra mente, ¿qué es lo más seguro que suceda?

Los médicos no matan a aquellos pacientes que no siguen sus indicaciones, pero ciertamente esos pacientes con frecuencia mueren. Los hijos rebeldes de Dios también perecerán. Así como el costo de no seguir el tratamiento médico es la muerte, también el costo del pecado es la muerte. Ambas situaciones ocurren como consecuencia inevitable de escoger el camino de la autodestrucción.

La muerte sobreviene a aquellos que practican el mal como una consecuencia de su violación de los principios universales que gobiernan la vida, debido a que han ignorado persistentemente las leyes de la libertad y el amor. Recuerda que ambas leyes no son actos legislativos, sino que son similares a la ley de la gravedad: una realidad constante en el universo. A causa de la ignorancia de la humanidad de estos problemas, Dios ha intervenido para suspender las consecuencias de quebrantar las leyes de amor y libertad y, a cambio, dio a los seres humanos la oportunidad de ser liberados.

Dios suspende las consecuencias por un tiempo. Imagínate en la cima del edificio Empire State. Dios ha dicho: “El día que saltes del Empire State, de seguro morirás”.

Inmediatamente Satanás, en forma de un águila (en vez de serpiente), viene y pone en duda la confiabilidad de Dios. “¿Realmente dijo Dios que el día que saltes morirás? ¡Oh, no! Mírame a mí. Puedo volar porque salté. Dios solo está tratando de evitar que vueles”. Así que, saltas. ¡Qué escena! El aire pasa rápidamente, la velocidad aumenta… ¡Ciertamente estás volando! Pero entonces te das cuenta de que solo vas en una sola dirección: hacia abajo. Desbordado por el temor, te das cuenta de que si las cosas no cambian, de seguro morirás.

Mientras el temor se apodera de ti, de repente Dios te alcanza y te detiene en la mitad de tu recorrido hacia abajo. Al suspender las consecuencias, misericordiosamente te da una oportunidad para que entres por una ventana y vivas. Y ahora envía a su Hijo para ser lanzado del edificio, con el fin de demostrarte lo que sucede. Pero esta vez, permanece inmóvil y no suspende las consecuencias para su Hijo. Al escuchar a Cristo decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”, vemos que en lugar de alcanzar un estado superior de existencia, la violación de la ley de la gravedad trae como resultado la muerte; como una consecuencia natural, no como una pena impuesta.

Pero si persistentemente dices a Dios que se vaya de tu vida, si repetidas veces rechazas sus esfuerzos y decides saltar por la ventana y seguir por tu propio camino, él respetará tu libertad y te permitirá hacer como desees. Y cuando él te suelte, caerás directo hacia tu propia muerte; el resultado natural de la violación de la ley universal de Dios.

Dios no es como lo han mostrado sus enemigos. La teoría de que Dios es implacable y requiere ser calmado lo transforma en un dictador arbitrario, que se complace con sacrificios. Esto crea una disparidad entre el Padre y el Hijo, particularmente cuando te das cuenta de que esta teoría presenta a Cristo como un mediador misericordioso que ruega a su Padre vengativo protegernos de su ira. Aquellos que se rehúsan a entregar su razón, correctamente han rechazado esta teoría.

Desafortunadamente, nosotros, como cristianos, con mucha frecuencia hemos fallado en presentar efectivamente la verdad de que Dios no es así, permitiendo que muchos rechacen completamente la idea de un Dios de amor. Hemos fallado en declarar la verdad que nos dice que Cristo es el Enviado de Dios, su representante, su embajador, quien nos trae la verdad sobre Dios, sus métodos y sus principios. Hemos dejado a muchos en la disyuntiva de entregar la razón o rechazar a Dios. Dadas estas dos elecciones, muchas personas prefieren rechazar a una deidad que requiere que entreguemos la razón, antes que aceptar un sistema de creencias irracional.

Las buenas noticias, tal como están presentadas en este libro, son que Dios no es así: respeta nuestra individualidad, nuestra capacidad de pensar y de razonar. Cuando entendemos esta verdad y empezamos a confiar en Dios, dejamos el camino de la muerte y entramos en el camino de la VIDA. Y después de haber iniciado el camino de la vida y cooperar con el Señor en la sanación de nuestra mente, queda todavía una razón más por la que sufre el justo.

Cuarto: un testigo

El primer capítulo del libro de Job nos permite ver detrás del velo, para contemplar la guerra que está siendo librada en el cielo. La escena comienza con Dios sentado en su Trono. Alrededor de él, se encuentran reunidas las criaturas inteligentes de Dios de todo el universo.

Muy pronto llega Satanás de andar por la Tierra. Entonces Dios hace algo asombroso: expresa un juicio sobre Job, observando a Satanás: “¿Has visto a mi siervo Job? Él es perfecto y justo en todos sus caminos. No hay nadie como él en la tierra”. Pero Satanás responde. “Oh, no, no es así. Job simplemente aparenta ser justo porque lo has cuidado muy bien. Quítale tu protección y entonces verás su verdadero carácter. Él te maldecirá en tu propia cara”.

Ahí se inicia el combate. ¿Quién está diciendo la verdad, Dios o Satanás? Los seres creados debieron de haber puesto todo su interés en Dios cuando lo escucharon decir: “Muy bien, Satanás, Job está en tus manos. Puedes hacer lo que quieras con él; excepto matarlo”.

Luego de esa declaración, Satanás estaba libre para tratar a Job como quisiera. ¿Y qué fue lo que hizo? Le pudo haber dado cien veces más riqueza de la que tenía Job, pero no lo hizo. Debido a que Satanás es un destructor, inmediatamente le quitó toda su riqueza, a sus hijos y su salud. Y al hacer esto, Satanás reveló al universo que lo observaba que él, no Dios, es el destructor. ¿Por qué el Señor permitiría tal cosa?

Muchas personas asumen que la historia de Job sirve como una ilustración de cómo los justos deben enfrentar el sufrimiento. Pero más acertadamente, esta historia es una ilustración de la guerra universal entre el bien y el mal. Los ángeles no pueden leer los corazones ni las mentes; si pudieran, Satanás nunca habría engañado a un tercio de ellos durante el primer conflicto en el cielo. Cuando Dios declaró que Job era justo, Satanás dijo lo contrario. Los ángeles no podían determinar quién estaba diciendo la verdad. Si Job hubiese cedido a la tentación de Satanás de maldecir a Dios, entonces Satanás se hubiera volteado hacia el universo expectante y declarado: “¿Ven?, ¡se los dije! Dios estaba equivocado sobre Job, y está equivocado en lo que dice de mí. Ustedes no pueden confiar en lo que él diga”.

Los asuntos en juego en el libro de Job son enormes. Pero Job era un amigo de Dios que confiaba tanto en él, que Dios lo pudo llevar al banco de los testigos del universo para dar testimonio de su carácter. Algunas veces, los justos sufren como testigos, demostrando la diferencia entre los dos motivos antagónicos: los métodos de Dios de amor y libertad, y los métodos de Satanás de egoísmo, fuerza y coerción.

Dios ofrece verdadera libertad

El gobierno de Dios ofrece verdadera libertad. Dios permite que los individuos ejerciten abiertamente su voluntad para bien o para mal, y de esa manera revela a todos –al universo expectante y a nosotros– lo que sucede cuando preferimos los métodos de Satanás en lugar de los métodos de Dios.

Como hemos visto en la vida de muchos de los pacientes presentados en este libro, cuando los métodos de Dios son ignorados, ocurre dolor y destrucción. El Señor permite que sucedan estos eventos dolorosos porque es él quien verdaderamente da libertad. Al mismo tiempo, sin embargo, el abuso de nuestra libertad revela la diferencia entre los métodos de Dios y los de Satanás.

Dios nos quiere ver en el camino del bienestar, el camino de la vida, el camino del amor y la libertad, y entonces nos deja escoger libremente sus métodos para poder vivir. Es solo con el libre ejercicio de nuestra voluntad, al escoger la verdad, que nos recuperamos de los problemas que nos agobian.

Es verdad que el poder para liberarnos del pecado no está dentro de nosotros. Pero cuando ejercitamos la voluntad y libremente escogemos lo que es mejor, Dios llena la mente con la energía divina, que provee la fuerza necesaria para liberarnos de los hábitos destructivos de nuestra vida. Como el apóstol Pedro lo expresó, llegamos a ser “partícipes de la naturaleza divina” y vivimos en armonía con Dios y sus métodos (2 Ped. 1:4). Entonces llegamos a ser verdaderos soldados de Cristo, capaces de ser heridos, si es necesario, para poder revelar la verdad y ganar la guerra.

Mi amigo Graham Maxwell lo dijo de la siguiente manera: “Creo que la más importante de todas las creencias cristianas es la que brinda alegría y seguridad a los amigos de Dios en todas partes: la verdad sobre nuestro Padre celestial, que fue confirmada a tal costo por la vida y la muerte de su Hijo.

“Dios no es la clase de persona que sus enemigos dicen que es: arbitrario, implacable y sin misericordia […]. Dios es tan amoroso y confiable como su Hijo, tan dispuesto a perdonar y a curar. Aunque infinito en majestad y poder, nuestro Creador es igualmente una persona que valora en gran manera la libertad, la dignidad y la individualidad de sus criaturas inteligentes, para que ellos puedan darle libremente su amor, su disposición para escuchar y su obediencia. Incluso prefiere considerarnos sus amigos y sus siervos. Esta es la verdad revelada por medio de todos los libros de la Escritura. Estas son las eternas buenas nuevas que ganan la confianza y la admiración de los hijos leales de Dios en todo el universo.

“Así como Abraham y Moisés, a quienes Dios describió como sus amigos de confianza, los amigos de Dios hoy desean hablar bien y fielmente de nuestro Padre celestial. Tienen como el mayor anhelo las palabras de Dios acerca de Job: ‘Lo que ha dicho de mí, es correcto’ ”.21

Me pregunto lo que mi paciente, mencionada en la introducción, habría dicho si yo hubiese compartido estas verdades con ella. ¿Cómo habría respondido, si se daba cuenta de que Dios no había abusado de ella? ¿Cómo se sentiría, si supiera que Dios mismo ha sufrido para poder alcanzarla? ¿Y cómo cambiaría su vida al descubrir que él quería curarla? Creo que ella habría alcanzado la paz y la felicidad. Y, lo más importante de todo, creo que le habría gustado un Dios así.


20 George Mac Donald, Discovering the Character of God, p. 29.

21 Graham Maxwell, Servants or Friends (Redlands: Pineknoll, 1992), pp. 186, 187.