La Conversión y Salvación de Pedro

The Conversion and Salvation of Peter – Come And Reason Ministries

La Biblia nos dice que cuando Jesús comenzó su ministerio:

Mientras caminaba junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés. Estaban echando una red al lago, pues eran pescadores. “Vengan, síganme”, les dijo Jesús, “y los haré pescadores de hombres”. Al instante dejaron sus redes y lo siguieron (Mateo 4:18–20 NVI84).

Pedro respondió al llamado de Jesús y, durante los siguientes tres años y medio, estudió en la escuela del Salvador, como un interno en la residencia del Emanuel, un aprendiz del maestro más grande que jamás haya existido. Se sentó en primera fila en el Sermón del Monte; participó en la distribución de los panes y peces multiplicados (dos veces); fue testigo de muchas sanidades milagrosas; participó dando testimonio de Jesús; vio la resurrección de Lázaro; caminó sobre el agua; y estuvo allí cuando Jesús fue transfigurado. Él creía que Jesús era el Hijo de Dios. Cuando Jesús preguntó a los discípulos quién pensaban que Él era, fue Pedro quien dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente” (Marcos 16:16 DHH).

Sin embargo, a pesar de la fe de Pedro, a pesar de lo que sabía que era verdad, a pesar de su decisión de seguir a Jesús, aún no estaba completamente convertido. Al final de su ministerio, en la Última Cena, Jesús advirtió a Pedro —y nos informa— que Pedro no se había rendido completamente a Jesús, que el miedo y el egoísmo aún estaban vivos en él y luchaban por la supremacía en su corazón.

Y dijo el Señor: Simón, Simón, he aquí, Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. Y él le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no solo a la cárcel, sino también a la muerte. Y él le dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú hayas negado tres veces que me conoces (Lucas 22:31–34 RVR, énfasis añadido).

Y sabemos lo que sucedió. Cuando, durante el juicio de Jesús, confrontaron a Pedro por ser uno de sus seguidores, él lo negó tres veces y con maldiciones. ¿Cómo pudo ser esto? Pedro sabía quién era Jesús—ya había testificado que Jesús era el Salvador y Señor. Pedro amaba a Jesús. Pero el problema era que Pedro aún se amaba más a sí mismo. Pedro estaba dispuesto a seguir a Jesús hasta cierto punto, pero cuando su “yo” fue amenazado, Pedro, en ese momento, permitió que el miedo y el egoísmo gobernaran su corazón y negó a su Señor. Esto le reveló a Pedro la profundidad de su enfermedad de pecado y su necesidad de una transformación del corazón, y salió y lloró amargamente, rindiéndose completamente a Jesús, recibiendo al Espíritu Santo que habita en el interior, y ahora no solo estaba convertido en su mente, en su entendimiento mental, en sus creencias sobre quién era Jesús, sino también en su corazón, sus afectos, su espíritu. Tenía un nuevo corazón y un espíritu recto de amor y confianza, y ya no confiaba ni dependía de sí mismo.

Pedro ahora estaba listo para servir en su máxima capacidad, pero aún necesitaba reconciliarse con Jesús. Por eso, Jesús se encontró con Pedro en la playa después de su resurrección y tuvo la siguiente conversación, que fue registrada por Juan. Al leerla, considera lo que se revela en esta discusión. ¿Qué se evidencia, qué verdades se contienen en este relato, qué estamos viendo y qué no estamos viendo?

Cuando terminaron de comer, Jesús le dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”

“Sí, Señor”, le dijo, “tú sabes que te quiero”.

Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Volvió a preguntarle: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas verdaderamente?”

Él respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.

Jesús le dijo: “Cuida de mis ovejas”.

La tercera vez le dijo: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”

Pedro se entristeció porque Jesús le preguntó por tercera vez: “¿Me quieres?” Le dijo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”.

Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. De cierto te digo que cuando eras más joven te vestías tú mismo e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás tus manos, y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras ir”. Esto dijo Jesús para indicar la clase de muerte con que Pedro glorificaría a Dios. Luego le dijo: “¡Sígueme!” (Juan 21:15–19 NVI84).

¿Qué entendés que trata esta conversación? ¿Nos dice algo sobre el carácter de Dios? ¿Nos dice algo sobre los métodos de Dios? ¿Nos dice algo sobre nuestra naturaleza humana y lo que necesitamos para la salvación?

Quizás la lección más evidente y la razón por la cual esta interacción está incluida en las Escrituras es para asegurar a la iglesia, a los creyentes, que Jesús había aceptado nuevamente a Pedro en plena comunión y lo había vuelto a comisionar como su representante, embajador y apóstol. Por tanto, una de las razones por las que esta historia está escrita es para que todos los cristianos a lo largo de la historia sepan que Pedro fue reconciliado con Jesús, que su ministerio estaba bajo la inspiración del Espíritu Santo, y que sus escritos son inspirados y confiables.

Pero este intercambio también revela la gracia, misericordia y amor de Dios—que Dios es perdonador y anhela nuestra reconciliación con Él. Cuando actuamos egoístamente, cuando elegimos deliberadamente lo que sabemos que está mal, Dios anhela restaurarnos a la condición de hijos con Él. Como escribió Pablo, Dios está a nuestro favor—siempre a nuestro favor, incluso cuando pecamos (Romanos 8:31).

¿Alguna vez pensaste por qué Pedro necesitaba esta experiencia?

¿Qué causó en él su negación del Salvador? ¿Amaba Pedro menos a Jesús después de su negación? No, aún lo amaba. ¿Y pensás que, debido a ese amor y la conciencia de sus acciones, Pedro luchó con odio hacia sí mismo? ¿Tuvo Pedro culpa y vergüenza? ¿Las acciones de Pedro inflamaron su propio miedo e inseguridad y lo hicieron dudar de si Jesús y los demás lo aceptarían nuevamente en comunión?

¿Jesús se convirtió en enemigo de Pedro? ¿Jesús estaba en contra de Pedro—enojado y resentido con él? ¿Jesús necesitaba que se hiciera algo para poder aceptar a Pedro nuevamente? ¿Jesús hizo alguna exigencia legal? ¿Requirió Jesús que se hiciera algo para propiciar o expiar su ira o la del Padre antes de que Pedro fuera aceptado? ¿Hubo algo de naturaleza penal/legal en este encuentro que restauró a Pedro? ¡No! Jesús, que es Dios en forma humana, no necesitaba ningún ajuste legal, ningún pago, ningún apaciguamiento. No se necesitaba hacer nada a Jesús ni a su Padre para que Pedro fuera reconciliado con ellos—pero sí tenía que suceder algo en Pedro. Pedro necesitaba arrepentirse, nacer de nuevo, ser recreado en su espíritu y convertirse del miedo y el egoísmo al amor y la confianza. Pedro necesitaba morir al yo y nacer de nuevo en justicia.

La negación de Jesús hizo que Pedro experimentara miedo, culpa, vergüenza, duda, preocupación, temor, aprensión e insuficiencia. Estas emociones negativas le hicieron preguntarse si Jesús estaba molesto o enojado, y dudar de si podía ser aceptado nuevamente.

Pedro necesitaba que su culpa, vergüenza, miedos, dudas, y todas esas consecuencias de su pecado fueran quitadas de su corazón y mente. ¡Y Jesús lo encontró en la playa para hacer justamente eso!

Y Jesús anhela encontrarse con vos en la playa, en el jardín, en la vereda, en el sótano, en el taller, o donde sea que te encuentres luchando con tu propia culpa, vergüenza, miedos y dudas, para que puedas experimentar por vos mismo su perdón, gracia, misericordia y amor por vos. Él anhela quitar de vos toda duda, miedo, inseguridad, culpa y vergüenza; limpiar tu corazón y mente; restaurarte a la plena comunión, amistad y unidad con Él; y volver a comisionarte para su llamado en tu vida.

Así que, ¡no esperes! Andá a Jesús ahora mismo y hablá con Él, experimentá su bondad por vos mismo, “Prueben y vean que el SEÑOR es bueno; dichoso el que en él se refugia” (Salmo 34:8 NVI84).