23. Como Cristo en el Padre

«Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Así como yo permanezco en el amor del Padre». —Juan 15:9,10

Cristo había enseñado a sus discípulos que permanecer en Él era permanecer en Su amor. La hora de Su sufrimiento está cerca, y ya no puede hablar mucho más con ellos. Sin duda, ellos tienen muchas preguntas sobre qué significa ese permanecer en Él y en Su amor. Él anticipa y responde a sus inquietudes, y les da SU PROPIA VIDA como la mejor explicación de Su mandamiento. Como ejemplo y norma para permanecer en Su amor, deben mirar a Su permanencia en el amor del Padre. A la luz de Su unión con el Padre, su unión con Él se hará clara. Su vida en el Padre es la ley de nuestra vida en Él.

El pensamiento es tan elevado que apenas podemos comprenderlo, y sin embargo está tan claramente revelado que no nos atrevemos a ignorarlo. ¿Acaso no leemos en Juan 6:57: «Como yo vivo por el Padre, así también el que me come, él también vivirá por mí»? Y el Salvador ora de manera tan directa (Juan 17:22): «para que sean uno, como nosotros somos uno: yo en ellos, y tú en mí». La bendita unión de Cristo con el Padre y Su vida en Él es la única norma para nuestros pensamientos y expectativas respecto a vivir y permanecer en Él.

Pensá primero en el origen de esa vida de Cristo en el Padre. Eran UNO: uno en vida y uno en amor. En esto tenía raíz Su permanencia en el Padre. Aunque moraba en la tierra, sabía que era uno con el Padre; que la vida del Padre estaba en Él y Su amor sobre Él. Sin este conocimiento, permanecer en el Padre y en Su amor hubiera sido totalmente imposible. Y así también es como podés permanecer en Cristo y en Su amor. Sabé que sos uno con Él, uno en unidad de naturaleza. Por Su nacimiento Él se hizo hombre y tomó tu naturaleza para unirse a vos. Por tu nuevo nacimiento vos te hacés uno con Él y participás de Su naturaleza divina. El vínculo que te une a Él es tan real y estrecho como el que Lo unía al Padre: el vínculo de una vida divina. Tu derecho a Él es tan seguro y eficaz como el de Él al Padre. Tu unión con Él es igual de cercana.

Y como es una unión de vida divina, también es una de amor infinito. En Su vida de humillación en la tierra, Él experimentó la bienaventuranza y fortaleza de saberse objeto de un amor infinito y de habitar en él todo el día; desde Su propio ejemplo te invita a aprender que en esto reside el secreto del descanso y la alegría. Sos uno con Él: entregate ahora a ser amado por Él; abrí tus ojos y tu corazón al amor que resplandece y te envuelve por todos lados. Permanecé en Su amor.

Pensá también en el modo en que Él permanecía en el Padre y en Su amor, que ha de ser la norma de tu vida: «He guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en Su amor». Su vida fue una de sujeción y dependencia, y sin embargo fue bienaventurada. Para nuestra naturaleza orgullosa y egoísta, la idea de dependencia y sujeción sugiere humillación y servidumbre; pero en la vida de amor que vivió el Hijo de Dios, y a la que nos invita, esas cosas son el secreto de la bienaventuranza. El Hijo no teme perder nada al entregarlo todo al Padre, porque sabe que el Padre lo ama y no tiene ningún interés separado del del Hijo amado. Sabe que tan completa como es la dependencia de Su parte, así de completa es la comunicación del Padre de todo lo que posee. Por eso, cuando dijo: «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre», añadió de inmediato: «Lo que hace el Padre, eso mismo hace el Hijo, porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él hace». El creyente que estudia esta vida de Cristo como modelo y promesa de lo que la suya puede ser, llega a entender cómo el «Separados de mí nada podéis hacer» es solo el preludio del «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Aprendemos a gloriarnos en las debilidades, a alegrarnos en las necesidades y tribulaciones por amor a Cristo, porque «cuando soy débil, entonces soy fuerte». Se eleva por encima del tono común con el que muchos cristianos hablan de su debilidad, conformándose con ella, porque ha aprendido de Cristo que, en la vida del amor divino, el vaciarse de uno mismo y sacrificar la voluntad propia es el camino más seguro para alcanzar todo lo que deseamos o anhelamos. La dependencia, la sujeción, el sacrificio propio son, para el cristiano como lo fueron para Cristo, el sendero bienaventurado de la vida. Así como Cristo vivió por y en el Padre, así también el creyente vive por y en Cristo.

Pensá en la gloria de esta vida de Cristo en el amor del Padre. Porque se entregó por completo a la voluntad y la gloria del Padre, el Padre lo coronó de gloria y honra. Lo reconoció como Su único representante, lo hizo partícipe de Su poder y autoridad, lo exaltó para compartir Su trono como Dios. Y así será también con aquel que permanece en el amor de Cristo. Si Cristo ve que estamos dispuestos a confiarle a Él nuestra vida y nuestros intereses, si en esa confianza renunciamos a toda preocupación por nuestra voluntad y honra, si hacemos de nuestra gloria el ejercicio y la confesión de una dependencia absoluta de Él en todas las cosas, si estamos conformes con no tener vida sino en Él, Él hará por nosotros lo que el Padre hizo por Él. Nos vestirá con Su gloria: así como el nombre de nuestro Señor Jesús es glorificado en nosotros, también nosotros seremos glorificados en Él (2 Tesalonicenses 1:12). Nos reconoce como Sus verdaderos y dignos representantes, nos confía Su poder, nos admite en Sus consejos, nos permite que nuestra intercesión influya en Su gobierno de la Iglesia y del mundo, nos hace vehículos de Su autoridad y de Su influencia sobre los hombres. Su Espíritu no conoce otra morada sino la de esos corazones, y no busca otros instrumentos para Su obra divina. ¡Vida bienaventurada de amor para el alma que permanece en el amor de Cristo, como Él en el del Padre!

¡Creyente! Permanecé en el amor de Cristo. Tomá y estudiá Su relación con el Padre como garantía de lo que puede llegar a ser la tuya. Tan bienaventurada, tan poderosa, tan gloriosa como fue Su vida en el Padre, así puede ser la tuya en Él. Que esta verdad, aceptada por la fe bajo la enseñanza del Espíritu, elimine todo rastro de temor, como si permanecer en Cristo fuera una carga o un deber. A la luz de Su vida en el Padre, que sea para vos un descanso bendito en unión con Él, una fuente desbordante de gozo y fortaleza. Permanecer en Su amor —Su amor poderoso, salvador, sustentador, satisfactorio— como Él permanece en el amor del Padre: ciertamente, la grandeza misma de nuestro llamado nos enseña que eso no puede ser una obra a realizar, sino que debe ser, como en Él, el resultado del fluir espontáneo de una vida interior y la poderosa obra del amor divino desde lo alto. Lo único que necesitamos es esto: tomarnos el tiempo para estudiar la imagen divina de esta vida de amor revelada en Cristo. Necesitamos tener nuestra alma en silencio ante Dios, contemplando esa vida de Cristo en el Padre hasta que la luz del cielo se derrame sobre ella, y escuchemos la voz viva de nuestro Amado susurrándonos suavemente, en forma personal, la enseñanza que dio a los discípulos. Alma, quedate en silencio y escuchá; que todo pensamiento se aquiete hasta que esta palabra entre también en tu corazón: «¡Hijo mío! Yo te amo, como el Padre me ha amado. Permanecé en mi amor, así como yo permanezco en el amor del Padre. Tu vida en la tierra en mí debe ser el reflejo perfecto de la mía en el Padre».

Y si a veces te viene el pensamiento: “Seguramente esto es demasiado alto para nosotros; ¿puede ser realmente verdad?”, recordá que la grandeza del privilegio se justifica por la grandeza del propósito que Él tiene en mente. Cristo fue la revelación del Padre en la tierra. No podría haberlo sido si no hubiera una unidad perfecta, la comunicación más completa de todo lo que el Padre tenía al Hijo. Pudo serlo porque el Padre lo amaba y Él permanecía en ese amor. Los creyentes son la revelación de Cristo en la tierra. No pueden serlo a menos que haya unidad perfecta, de modo que el mundo sepa que Él los ama y que los ha enviado. Pero pueden serlo si Cristo los ama con ese amor infinito que se da a sí mismo y todo lo que posee, y si permanecen en ese amor.

Señor, muéstranos Tu amor. Haz que, junto con todos los santos, conozcamos el amor que excede todo conocimiento. Señor, muéstranos en Tu propia vida bendita lo que es permanecer en Tu amor. Y esa visión nos cautivará tanto que nos será imposible, ni por una hora, buscar otra vida que no sea la de permanecer en Tu amor.