12. Dios mismo te establecerá en Él

«El que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios.» – 2 Corintios 1:21

Estas palabras de Pablo nos enseñan una verdad muy necesaria y profundamente bendita: así como nuestra primera unión con Cristo fue obra de la omnipotencia divina, también podemos esperar del Padre el ser preservados y afirmados cada vez más firmemente en Él. «Jehová cumplirá su propósito en mí» —esta expresión de confianza siempre debería acompañar a la oración: «No desampares la obra de tus manos.» En todos sus anhelos y oraciones por alcanzar una permanencia más profunda y perfecta en Cristo, el creyente debe aferrarse a esta seguridad: «El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.» Nada ayuda tanto a echar raíces y a afirmarse en Cristo como esta fe: «El que nos confirma en Cristo es Dios.»

¡Cuántos pueden dar testimonio de que esta fe es justo lo que necesitan! Se lamentan constantemente de lo variable que es su vida espiritual. A veces experimentan momentos u horas de profunda entrega e incluso bendita experiencia de la gracia de Dios. Pero basta tan poco para perturbar su paz, para nublar su alma. ¡Y entonces, su fe se tambalea! Todos sus esfuerzos por recuperar la posición perdida parecen totalmente inútiles; ni los votos solemnes, ni la vigilancia ni la oración logran restaurarles la paz que una vez disfrutaron. ¡Si tan solo pudieran comprender que justamente sus propios esfuerzos son la causa de su fracaso, porque solo Dios puede establecerlos en Cristo Jesús! Verían que, así como en la justificación debieron dejar de confiar en sus propias obras y aceptar por fe la promesa de vida en Cristo, ahora, en cuanto a la santificación, su necesidad primera es dejar de esforzarse en afirmar ellos mismos esa conexión con Cristo y permitir que Dios lo haga. «Fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo.» Lo que necesitan es una fe simple: que el ser establecidos en Cristo, día a día, es obra de Dios, una obra que Él se deleita en hacer, a pesar de toda nuestra debilidad e infidelidad, si tan solo confiamos en Él.

Muchos pueden dar testimonio de cuán bendita es esta fe y la experiencia que trae. ¡Qué paz y descanso saber que hay un Labrador que cuida de la rama, que se ocupa de que crezca fuerte y de que su unión con la Vid sea más perfecta, que vigila cada obstáculo y peligro, y suple toda ayuda necesaria! ¡Qué descanso entregar por completo y definitivamente nuestra permanencia en Cristo al cuidado de Dios, y no tener nunca más un deseo o pensamiento, ni ofrecer una oración o realizar un acto espiritual sin recordar con gozo que lo que hacemos no es más que la manifestación de lo que Dios está haciendo en nosotros! El establecerse en Cristo es obra suya: Él la cumple despertándonos a vigilar, esperar y obrar. Pero solo puede hacerlo con poder cuando dejamos de interrumpirlo con nuestros propios esfuerzos —cuando aceptamos por fe la postura de dependencia que lo honra y abre el corazón para que Él obre. ¡Cuánta libertad trae al alma esta fe, al quitarle el peso de la responsabilidad! En medio del bullicio y la prisa de la vida agitada del mundo, entre las sutiles y constantes tentaciones del pecado, entre los cuidados y pruebas diarias que fácilmente distraen y hacen tropezar, ¡qué bendición sería ser un cristiano establecido, permaneciendo siempre en Cristo! ¡Y qué bendición incluso tener la fe de que uno puede llegar a serlo —de que esa meta está a nuestro alcance!

Querido creyente, esa bendición está realmente a tu alcance. El que te establece con nosotros en Cristo es Dios. Quiero que comprendas esto: que creer esta promesa no solo te consolará, sino que será el medio por el cual alcanzarás tu deseo. Sabés cómo enseña la Escritura que en todos los tratos de Dios con Su pueblo, la fe ha sido siempre la única condición para que Su poder se manifieste. La fe es cesar de todo esfuerzo natural y de toda otra dependencia; es confesar nuestra impotencia y lanzarnos sobre la promesa de Dios, reclamando su cumplimiento; es ponernos calladamente en manos de Dios para que Él haga Su obra. Lo que vos y yo necesitamos ahora es tomarnos un tiempo, hasta que esta verdad resplandezca ante nosotros con todo su brillo espiritual: Es Dios Todopoderoso, el Fiel y Misericordioso, quien ha prometido establecerme en Cristo Jesús.

Escuchá lo que la Palabra te enseña:

  • «Jehová te confirmará como pueblo santo suyo»
  • «Oh Señor Dios, confirma el corazón de ellos hacia ti»
  • «Tu Dios amó a Israel, para afirmarlos para siempre»
  • «Tú afirmarás el corazón del humilde»
  • «Al que puede confirmaros… sea gloria para siempre»
  • «Para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad»
  • «Fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal»
  • «El Dios de toda gracia… os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca.»

¿Podés interpretar estas palabras como algo menor que la promesa de que vos también —por muy inestable que haya sido tu vida espiritual hasta ahora, por más desfavorables que parezcan tu carácter o tus circunstancias— podés ser establecido en Cristo Jesús, podés convertirte en un cristiano firme y constante? Solo necesitamos tomarnos el tiempo para escuchar, con humildad infantil, estas palabras como verdad de Dios, y nacerá la confianza: Así como estoy en Cristo, también día tras día seré establecido en Él.

La lección parece tan simple, y sin embargo a muchos nos toma tanto tiempo aprenderla. La razón principal es que la gracia ofrecida en la promesa es tan grande, tan divina, tan más allá de nuestros pensamientos, que no creemos que realmente signifique lo que dice. El creyente que llega a ver y aceptar lo que esto implica puede dar testimonio del cambio maravilloso que ocurre en su vida espiritual. Hasta ese momento había tratado de encargarse él mismo de su bienestar; ahora sabe que Dios está a cargo. Sabe que está en la escuela de Dios, con un Maestro que planea con sabiduría infinita el curso de cada alumno, y se deleita en que vengan a Él cada día para recibir sus lecciones. Solo desea sentirse constantemente en manos de Dios y seguir Su guía, sin adelantarse ni quedarse atrás. Recordando que es Dios quien produce tanto el querer como el hacer, reconoce que su única seguridad es rendirse al obrar divino. Deja de lado toda ansiedad sobre su vida interior y su crecimiento, porque el Padre es el Labrador, bajo cuyo cuidado sabio y atento cada planta está bien segura. Sabe que existe la perspectiva de una vida muy bendita, llena de fuerza y fruto, para todo el que tome a Dios como su única y total esperanza.

Creyente, no podés sino admitir que una vida de confianza así debe ser profundamente bendita. Tal vez decís que hay momentos en que sí consentís de todo corazón con esta forma de vivir, y que entregás por completo el cuidado de tu vida interior al Padre. Pero de algún modo eso no perdura. Te olvidás otra vez; y en lugar de comenzar cada mañana con la alegre entrega de todas las necesidades y preocupaciones de tu vida espiritual al cuidado del Padre, volvés a sentirte ansioso, agobiado, impotente. ¿No será, tal vez, querido hermano, porque no has confiado al Padre este asunto de recordar cada día tu entrega completa? La memoria es una de las facultades más elevadas de nuestra naturaleza. Por ella el día se enlaza al día, se mantiene la unidad de la vida a lo largo de los años, y sabemos que seguimos siendo nosotros mismos. En la vida espiritual, el recuerdo tiene un valor inmenso. Y Dios ha provisto hermosamente para santificar nuestra memoria al servicio de la vida espiritual. El Espíritu Santo es el recordador, el Espíritu del recuerdo. Jesús dijo: «Él os recordará todo lo que yo os he dicho.» «El que nos confirma con vosotros en Cristo es Dios, quien también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones.» Precisamente para afirmarnos se nos ha dado el Santo Recordador. Las promesas benditas de Dios y tus actos constantes de fe y entrega al aceptarlas—Él te capacitará para recordarlos cada día. El Espíritu Santo es —bendito sea Dios— la memoria del hombre nuevo.

Aplicá esto a la promesa del texto: «El que nos confirma en Cristo es Dios.» Así como ahora, en este momento, abandonás toda ansiedad sobre tu crecimiento y progreso al Dios que ha prometido afirmarte en la Vid, y sentís qué gozo es saber que solo Dios está a cargo, pedí y confiá en que Él, por medio del Espíritu Santo, te recuerde constantemente esta bendita relación con Él. Él lo hará; y con cada nueva mañana tu fe puede fortalecerse y brillar más: Tengo un Dios que se asegura de que cada día esté más firmemente unido a Cristo.

Y ahora, querido hermano creyente, «el Dios de toda gracia, que nos llamó en Cristo Jesús, os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca.» ¿Qué más podrías desear? Esperalo con confianza, pedilo con fervor. Contá con que Dios hará Su obra. Y aprendé por fe a cantar el cántico, cuyas notas cada nueva experiencia hará más profundas y dulces: «Y a aquel que puede confirmaros… a Él sea gloria para siempre. Amén.» ¡Sí, gloria a Dios, que ha prometido afirmarnos en Cristo!