Año: 2024
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Un doctor judío de Los Ángeles formaba parte del cuerpo médico de un hospital perteneciente a una denominación protestante. En cierta ocasión contó sus experiencias de cómo era un extraño en ese lugar y de qué manera llegó a ser una persona de confianza. Estaba a punto de graduarse de su especialidad médica y una parte de su examen final consistía en entrar en el cuarto de un paciente que jamás había visto y salir en unos minutos con un diagnóstico. Se había entrenado bien a los pacientes para que no dieran a conocer su padecimiento.
Este médico judío entró en el cuarto que se le había asignado, donde había una mujer en la cama. Él pensó para sí, más vale que pruebe suerte, así que preguntó:
-¿Qué tiene?
-Usted es el médico, averígüelo -le respondió la paciente.
De modo que comenzó a examinarla. Después de unos momentos le pidió que se diera vuelta en la cama, y ella se movió como dos centímetros.
El médico volvió a insistir:
-Discúlpeme, por favor, pero necesito que se voltee.
La mujer se movió otros dos centímetros.
Para entonces, y en su frustración, el médico empezó a pronunciar frases y palabras seleccionadas en yiddish, ignorando que la dama también era judía. Ella lo miró unos instantes y le preguntó:
-¿Es judío?
-Sí -respondió el médico.
-¡Padezco diabetes! -le confió la dama.
Él explica que jamás se había sentido más integrado o afiliado a un grupo como en esa ocasión.
Ya sea que se esté hablando acerca de la práctica médica o de la iglesia o del mundo en general, es posible ser alguien de casa o un intruso. En realidad, si pensamos unos instantes, veremos que es posible ser de casa aun cuando se esté afuera; o ser un forastero, aun cuando se sea de casa.
Con esto en mente, es emocionante notar cómo trató Jesús a los forasteros de sus días para descubrir quiénes eran realmente los de casa.
«Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir. Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo. Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: Es digno de que le concedas esto; porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga.
«Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya estaban cerca de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sano. Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. «Al oír esto Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. ‘Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo» (Lucas 7:2-10).
Jesús se maravilló de la fe del centurión. En los evangelios se registran dos ocasiones específicas cuando Jesús se maravilló, y por razones opuestas. En ésta, se maravilló por la fe de un forastero. En la otra, por la falta de fe de los de casa, el grupo religioso de sus días.
Supongo que ha oído hablar acerca de las siete maravillas del mundo. ¡La última vez que revisé la lista, eran unas 280! Pero consideremos las siete maravillas de esta historia: siete elementos de los cuales podemos maravillarnos al repasar esta experiencia.
El primero tiene que ver con el centurión, el cual envió a unos ancianos a Jesús para que le contaran acerca de su siervo que estaba enfermo. ¿No es maravilloso que un gentil -considerado como un perro por el pueblo religioso de sus días-, tuviera el valor de hacer lo que hizo? Los gentiles eran forasteros. Se consideraba que no eran dignos de que Dios los tomara en cuenta, ni de recibir sus bendiciones y salvación. Así que verdaderamente ha de haber tenido mucha fe para intentar siquiera ingresar al sistema judío.
No sólo era gentil, sino también romano. Los romanos, en los días de Jesús, eran la clase de personas que si hacía frío, podían detener en la calle a un judío y despojarlo de su abrigo; si un romano llevaba una carga muy pesada, podía obligar a algún judío que se la llevara. Los soldados romanos no se conocían por su amabilidad, cortesía ni virtudes. Este hombre no sólo era soldado romano, sino también un centurión, encargado de cien hombres del ejército romano. Era un candidato poco probable para ejercer gran fe.
El segundo elemento del que podríamos maravillarnos en esta historia es el hecho de que el centurión era un cristiano. Evidentemente su fe provenía de una experiencia personal con Dios, y sabía algo acerca de Dios, aun antes de conocer a Jesús. En realidad, conocía suficientemente acerca de Dios como para percibir que Jesús era Dios. Ni siquiera los judíos del tiempo de Jesús lo habían reconocido. Estaban tan ocupados en tratar de ser buenos, externamente, que no tuvieron tiempo para reconocer la identidad del Galileo. Pero el centurión sabía quién era.
Él dijo: «Yo tengo autoridad». Luego describió los límites de su autoridad. Pero se veía a sí mismo como un simple reflejo en la presencia de Aquel que tenía todo el poder del cielo y de la tierra. Reconoció en Jesús a Uno que tenía autoridad; su fe aceptó a Jesús como Uno enviado por Dios. Aparentemente en su mente no existían dudas al respecto. Todo el pueblo religioso de sus días podría haberse unido a él, si lo hubieran deseado.
El tercer elemento que me gustaría destacar de este centurión es el hecho de que él no pidió señales. La gente de sus días siempre pedía señales. «Muéstranos una señal y creeremos». Jesús les dijo en una ocasión:
-Ustedes no creerían aunque resucitara a uno de los muertos.
Más tarde, lo comprobó al resucitar a Lázaro, y no sólo no creyeron, sino que hicieron un complot para matar tanto a Jesús como a Lázaro, a quien había levantado de los muertos. La señal no hizo ninguna diferencia.
Al noble judío que acudió a Jesús, le dijo:
-Si no viereis señales y prodigios, no creeréis.
Cuán fácil es fundamentar nuestra confianza en Dios cuando recibimos las respuestas que hemos pedido. Jesús percibió en el corazón del noble judío la fe condicional de alguien que no creería a menos que viera señales y prodigios. Pero no fue así con este centurión romano. Aceptó a Jesús tal cual era, aun antes de ver las señales y los prodigios.
Un cuarto elemento que debería maravillarnos de esta historia es la condición del siervo. Era un hombre que estaba muriéndose. La petición del centurión era más que simplemente rogar que se lo sanara de una gripe o resfrío. Este hombre estaba en problemas serios. Yacía en su lecho de muerte. Sin embargo, el centurión estuvo dispuesto a pedir lo aparentemente imposible. Él creía que el Creador del universo podía decir la palabra y su siervo sanaría.
¿Está usted dispuesto a pedir algo grande a Dios? ¿O tiene miedo de que si le pide algo grande no se lo conceda? ¿Tiene suficiente fe sólo para traer a los pies de Dios las peticiones pequeñas? ¿O se parece al centurión que le trae a Dios las peticiones imposibles?
Un quinto elemento que puede maravillarnos es el hecho de que la fe del centurión era tan grande que pudo decirle a Jesús: «Sólo di la palabra y mi siervo sanará». Imagínese ir al médico hoy por causa de un problema serio de salud de un ser querido. ¿Estaría dispuesto a decir: «Sólo di la palabra. Dinos cuál medicina lo sanará, y eso será suficiente?»
Este hombre tuvo la oportunidad de decidir si el Gran Médico le haría una visita a domicilio o no. Y él rehusó esta oportunidad diciendo: «No es necesario. Sólo di la palabra». Eso requiere mucha fe, ¿no le parece?
En este punto se puede ver la lección espiritual de la historia. Al concentrarnos en el milagro de la sanidad podríamos perder de vista la lección más profunda. Sabemos que no todos los que oran y piden sanidad física son sanados en el acto. Hasta los más consagrados sufren y mueren en este mundo de pecado.
Pero es un principio eterno y universal que Dios se complace en perdonar los pecados. Y la única condición que se requiere es que acudamos a él y se lo pidamos. En su plan lleno de sabiduría, Dios no incluye la sanidad de las enfermedades físicas de todos. De lo contrario, ya habríamos desarrollado un mundo lleno de cristianos por interés del arroz, gente que le sirve sólo por los favores que pueden obtener de él. Dios quiere un pueblo que le sea fiel hasta la muerte, que testifique ante el mundo que seguirá amándolo y confiando en él sin importar lo que suceda.
Pero cuando se trata del perdón de los pecados, él perdona todos nuestros pecados, y aún más. Él también sana todas nuestras enfermedades espirituales. Acudimos al Gran Médico en busca de algo más que el perdón. Vamos a él para ser sanados. Y su plan es que nos levantemos y caminemos en una vida nueva. La victoria, la obediencia y el triunfo, no sólo el perdón, están al alcance de todo aquel que acuda a sus pies.
Su voluntad para cada uno de nosotros no es sólo que hallemos perdón de nuestros pecados cuando los confesemos, sino que también seamos limpiados de toda injusticia. Esa es su palabra, y en la medida que la aceptemos por fe, en esa misma hora veremos su cumplimiento.
El sexto elemento digno de destacar del centurión es su humildad. Los dirigentes judíos que le presentaron a Jesús la petición de este oficial romano dijeron: «Es digno de que le concedas esto». Si buscas a alguien que sea digno, a quien quieres darle tus buenas dádivas, tenemos a uno. Nos ha construido una sinagoga. Seguramente merece una bendición adicional por eso. Pero el centurión mandó a decirle: «No soy digno». «No soy digno siquiera que entres en mi casa. Sólo di la palabra y mi siervo sanará».
Hay una gran diferencia entre tener valor y ser digno. Frecuentemente sentimos que carecemos de valor. Ese es uno de los grandes problemas del mundo actual. Mucha gente siente que no vale nada. Jesús probó en la cruz que sí valemos. Pero eso no nos hace dignos.
Cuando el centurión dijo, «no soy digno», evidenció lo genuino de su fe. Fe genuina es confianza en otro, y cuando confiamos, reconocemos que tenemos necesidad de otro. Reconocer que necesitamos a Jesús cada día es una experiencia de humildad. Pero sólo aquel que llega a estar humildemente al pie de la cruz, puede experimentar las bendiciones de la cruz.
Me gustaría unirme al centurión hoy y decir: «Señor, no soy digno del más mínimo de tus favores, pero Jesús dejó el cielo por mí». Y Jesús probó que ante sus ojos, en Cristo somos de mayor estima que todo el universo.
El séptimo elemento por el que podríamos maravillarnos del centurión es que, aunque él era un forastero, un pagano ante los ojos de los líderes judíos, fue transformado por Dios y demostró una verdadera preocupación por el prójimo. Él dijo: «Por favor, sánalo, porque lo quiero mucho». ¿Puede imaginar a un oficial del ejército diciendo estas palabras?
¿Tiene usted a alguien a quien quiere mucho? Puede acudir a los pies de Jesús y decirle: «¿Puedes hacer algo por esta persona? Él o ella significa mucho para mí». Esto es lo que caracteriza a una verdadera persona: cuando tiene la compasión y el espíritu de Jesús y se interesa más en el prójimo que en cualquier otra cosa.
¿Puede imaginar la conclusión de esta historia? Cuando Jesús escuchó acerca del siervo del centurión, dijo sin vacilación: «Iré y lo sanaré».
Han pasado siglos y hoy vivimos al borde de la eternidad. Me imagino a Jesús hoy, a la diestra del Padre, a quien se le ha conferido todo el poder de la tierra y el cielo. Él mira a un mundo hundido en problemas, un mundo lleno de dolor, muerte y lágrimas. Puedo oír nuevamente su voz diciendo:
-Volveré. Volveré y los sanaré.
Pronto llegará el día cuando él vendrá y sanará a todos sus siervos, a quienes quiere entrañablemente. Habrá concluido la controversia. La pregunta del amor de Dios y su justicia se habrá resuelto para siempre. Y Jesús hará lo que ha querido hacer todo el tiempo. Nos habrá sanado a todos, a todos aquellos que hemos aceptado su amor. Dios mismo vendrá y morará con nosotros y limpiará todas las lágrimas. ¡Qué cuadro tan hermoso! ¡Qué magnífica esperanza! ¡Cuán bello amor el de Dios por nosotros!
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Reseña
Debajo del barniz del éxito, la vida de Jim estaba ocupada, empujada y estresada. Su matrimonio era obsoleto, su experiencia cristiana era superficial, y él no conocía a sus hijos. Convencidos de que la búsqueda del «sueño americano» les estaba privando de una auténtica caminata con Dios, los Hohnberger lo vendieron todo y partieron hacia el desierto de Montana en busca de una «experiencia de Enoc». Lo que esta familia encontró para siempre cambió sus vidas. ¡Y la tuya podría ser la próxima! Este libro es más que una historia interesante. Mucho más. No es una exageración decir que los conceptos presentados aquí son revolucionarios. La verdadera entrega del alma te inspirará y desafiará a tu núcleo. Si estás hambriento de una auténtica vida cristiana, si estás desesperado por que Dios haga algo nuevo en tu vida, estás listo para lo que este libro tiene que decir.
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El coro terminó de cantar el especial de la mañana, y con un suave rozar de togas, los cantantes regresaron a sus lugares en el balcón, buscando una posición cómoda para escuchar el sermón.
La iglesia estaba llena esa mañana, y se percibía una emoción reprimida en el ambiente, ya que el orador tenía una reputación de ser controversial. No siempre se lo invitaba a expresar sus ideas públicamente, y se rumoraba que uno de esos servicios casi había terminado en revuelta. El anciano encargado de la plataforma evidenciaba estar nervioso al mirar al invitado, y movió la cabeza como indicando que era tiempo de comenzar.
Ni bien el orador había llegado a la plataforma, cuando las puertas al fondo de la sinagoga se abrieron violentamente. Gritando y convulsionando por todo el pasillo central venía el endemoniado hasta caer a los pies de Jesús. Puede leer la historia en Lucas 4:33-36. Había entrado en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de demonio inmundo, el cual exclamó a gran voz. La descripción no deja de ser graciosa: un demonio ¡inmundo! Después de todo, ¿cuántos demonios limpios existen? Pero por lo menos podemos suponer que en lo que a los demonios concierne, este demonio en particular aparentemente era muy malo.
El endemoniado exclamó a gran voz, diciendo: «Déjanos; ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios».
Nótense los pronombres; son sumamente interesantes. «Déjanos en paz. ¿Qué tienes con nosotros? ¿Has venido para destruirnos?» Evidentemente el demonio comenzó a hablar tanto por él mismo como por el hombre a quien poseía. Pero luego terminó con «Yo te conozco». Tal vez el hombre no se daba cuenta quién era Aquel en cuya presencia había sido arrojado tan violentamente. Pero el demonio ciertamente sabía delante de quién estaba.
Ha de haber sido un demonio bastante intrépido. Tal vez se creía muy valiente aquel día cuando decidió interrumpir el servicio que Jesús -Aquel que lo había formado y le había dado vida-, dirigía. Intrépido o no, sin embargo, no ha de haber sido un demonio muy inteligente. Debería haber sido más listo, porque terminó derrotado, igual que cualquier demonio cuando está en presencia de Jesús. El Señor lo reprendió, diciendo: «Cállate, y sal de él. Entonces el demonio derribándole en medio de ellos, salió de él, y no le hizo daño alguno. Y estaban todos maravillados, y hablaban unos a otros, diciendo: ¿Qué palabra es ésta, que con autoridad y poder manda a los espíritus inmundos y salen?» En la Biblia se registran siete confrontaciones de Jesús con los demonios. Antes de discurrir sobre la segunda ocasión, por favor note los siguientes tres puntos:
l. El encuentro y la conversación de Jesús con el demonio fueron breves.
2. De inmediato obligó al demonio a abandonar a su víctima.
3. Por lo menos en este caso particular, no hubo la presencia de un intercesor.
No hubo persona alguna que hubiera estado involucrada en traer al hombre afligido a los pies de Jesús ni en buscarle ayuda. Él vino solo. A decir verdad, ni siquiera era capaz de pedir ayuda por sí mismo, porque cuando trataba de expresarse, era el demonio quien hablaba. No obstante, Jesús pudo liberarlo y salvarlo de la fuerza del maligno.
El segundo caso se encuentra en Mateo 9:32-34 y es muy corto. «Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado. Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel».
En este caso hubo intercesión, puesto que dice «le trajeron un mudo, endemoniado». Nuevamente, sin embargo, notamos que el encuentro fue breve. Y la evidencia señala que los demonios fueron obligados a salir inmediatamente al mandato de Jesús. Las personas que lo trajeron no podían hacer nada para ayudarlo. Pero sabían lo suficiente como para traerlo ante Jesús, y era lo mejor que podían hacer, ¿no cree? Hoy día, cualquiera que conozca a alguien que esté atormentado u oprimido o en problemas, haría bien en seguir el ejemplo de estas personas, trayendo al atribulado a los pies de Jesús. Es el único que tiene el poder de sanarlo y restaurarlo.
El tercer caso que estudiaremos se encuentra registrado en Mateo 12. «Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba» (vers. 22).
El registro sigue con el diálogo entre Jesús y los fariseos. Pero el encuentro real entre Jesús y los demonios fue breve y concluyó con la derrota total del enemigo. Los dirigentes religiosos acusaron a Jesús de haber echado fuera a los demonios con el poder del diablo. En cambio, Jesús les presentó argumentos difíciles de contradecir y les contó una parábola acerca de una casa vacía barrida y adornada a la que regresaron muchos demonios para tomar el lugar de uno que fue echado fuera. Regresaremos a este punto más adelante, pero por lo pronto continuemos con el cuarto encuentro de Jesús con los demonios.
Este es uno de los encuentros más conocidos: los endemoniados que fueron liberados y los demonios que condujeron a una manada de cerdos por el precipicio hacia el mar. Se registra en Mateo 8 y Lucas 8. En esta instancia, Jesús sostiene un diálogo breve con los demonios. Según el registro de Lucas 8, él preguntó: «¿Cómo te llamas?»
Y ellos respondieron: «Nuestro nombre es Legión» (véase el vers. 30).
En los días de Cristo, el ejército romano se dividía en legiones. Cada legión se componía de tres a cinco mil soldados.
¡Aparentemente el diablo tenía suficientes demonios como para desperdiciar entre tres y cinco mil de ellos en uno o dos hombres! Aunque hay evidencia bíblica de posesión múltiple, no hay evidencia de que se tenga que tratar a cada demonio individualmente.
Cuando Jesús dio la orden todos salieron. Un negocio en paquete, si bien les parece. Los demonios se fueron al hato de cerdos, y éstos se precipitaron al mar y la gente corrió a pedirle a Jesús que saliera de su país antes que ellos perdieran más de sus recursos.
En este caso no hubo intercesor. Nuevamente los demonios demostraron falta de criterio, o tal vez falta de control propio al venir ante la presencia de Jesús voluntariamente. Pero fueron suficientemente perceptivos como para decir, como se registra en Mateo 8:31: «Si nos echas fuera, permítenos ir a aquel hato de cerdos».
Seguramente sabían de antemano cuál sería el resultado de esa confrontación.
Encontramos el quinto caso registrado en Mateo 15:21-28. Es la historia de la mujer cananea cuya fe era muy grande. Insistió en permanecer en la presencia de Jesús aunque fuera por las migajas de la mesa del Maestro. Su problema era que su hija era gravemente atormentada por un demonio. Al final de su conversación Jesús le dijo: «Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres». Mateo concluye su relato de este milagro diciendo: «y su hija fue sanada desde aquella hora».
Hubo un intercesor en este caso, pero la hija que estaba poseída ni siquiera estuvo presente. Recibió su liberación en ausencia, podríamos decir. Pero aunque no haya estado en su presencia inmediata, a la orden de Jesús, fue liberada al instante.
El sexto caso se encuentra en Marcos 9:14-29. Es un relato largo. Jesús bajó del monte de la transfiguración. Había llevado a tres de sus discípulos en este recorrido tan especial. Los otros nueve estaban celosos y alegaban entre ellos quién sería el más grande. En ese estado, trataron de enfrentarse a los demonios, pero a su vez, el demonio los enfrentó a ellos. Aunque Jesús jamás perdió una batalla, sus discípulos sí conocieron la derrota. Cuando Jesús llegó al lugar de los hechos, el padre del niño le explicó la situación y le dijo:
-Si tú pudieras hacer algo …
Jesús le respondió: Al que cree todo le es posible.
Luego el hombre agregó: -Creo, pero no lo suficiente. Por favor, ayuda mi incredulidad. Jesús levantó al muchacho, y hubo una gran liberación aquel día.
Después que las multitudes se hubieron esparcido, los discípulos preguntaron a Jesús por qué ellos no habían podido sacar al demonio. Y Jesús les advirtió:
-Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno. Pero hasta donde sabemos, Jesús -quien sacó al demonio- no había estado ayunando. Resulta fácil aceptar una interpretación literal de este relato, y pensar que de alguna manera Dios quedará impresionado si nos privamos de alimentos. Pero esto no encaja muy bien con lo que dijo Jesús acerca de que Dios estaba dispuesto a dar buenas dádivas a sus hijos. Los dones de Dios no se ganan, son dados gratuitamente. Por lo tanto, ¿a qué se refería Jesús?
Jesús hablaba acerca de la relación continua con su Padre. No procuró elevarse a un nivel espiritual superior sólo por esta ocasión. Más bien, pasaba tiempo todos los días en comunión y compañerismo con su Padre. Esto era más importante para él que comer. Esta relación fue la que lo mantuvo bajo el control de su Padre y permitió que estuviera preparado para hacerle frente a cualquier artimaña del diablo que se le presentara.
Por otro lado, sus discípulos no habían pasado la noche entera ni las horas de la madrugada en compañerismo con el Cielo como él lo había hecho. Se quedaron dormidos mientras alegaban entre sí acerca de quién sería el mayor. Por decisión propia se habían separado del poder del cielo, y de esa manera tuvieron que hacerle frente al enemigo con sus propias fuerzas endebles. En cualquier momento que tratemos de hacerle frente a los poderes de las tinieblas por nuestras propias fuerzas, ciertamente seremos vencidos. A menos que tengamos el poder de Jesús, sería un grave error intentar una confrontación con el diablo. Él es más fuerte que nosotros y saldrá victorioso cada vez. Sólo el poder de Jesús es suficientemente fuerte para vencer al enemigo, y este poder está al alcance de cada uno de nosotros a través de una relación diaria con Dios.
No sólo somos incapaces de hacerle frente a la posesión demoníaca en su forma extrema, sino que tampoco podemos hacer frente a las tentaciones y engaños del enemigo en nuestras propias vidas. No podemos vencer al pecado por nuestras propias fuerzas, sino sólo por las fuerzas que provienen del cielo, en la medida que acudimos a Jesús y le permitimos que pelee nuestras batallas.
Finalmente, el séptimo caso, registrado en Marcos 16:9. En esta ocasión, no se trata de una historia, como en las anteriores. Tenemos una referencia de algo que ya sucedió.
«Habiendo pues resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios».
Probablemente aquí podríamos especular, si Jesús echó fuera a siete demonios juntos en una ocasión, o si echó fuera demonios de María en siete ocasiones diferentes. Me quedo con esta última posibilidad en virtud de la parábola que Jesús contó en Mateo 12. Veamos lo que dice en los versículos 43-45.
«Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo y no lo halla. Entonces dice: volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación».
¿Qué trata de decirnos Jesús con esto? Que hay algo más importante que la expulsión del espíritu. También es necesario mantenerlo fuera. ¿No es verdad? Y aparentemente, María tuvo que aprender esta amarga lección.
Una persona puede experimentar una liberación grandiosa del pecado, aun de posesión demoníaca, pero a menos que experimente de primera fuente una conexión vital con Dios y una relación continua con él, todos los días, por medio del estudio de la Biblia y la oración, no será suficiente.
Nosotros jamás podremos erradicar el pecado. Simplemente no hay lugar para él cuando Jesús entra.
Podemos llegar a varias conclusiones del estudio de estos casos. Primero, cuando Jesús echaba fuera demonios, lo hacía de manera inmediata. Segundo, los echaba fuera a todos juntos, no uno por uno. Tercero, en ocasiones había un intercesor, en otras no. Evidentemente no es esencial tener un intercesor. Y cuarto, ¡echar fuera a demonios no es cosa del otro mundo!
En Lucas 10, cuando los setenta regresaron y dijeron: «Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre», Jesús en esencia les respondió: «¿Y qué? Satanás fue echado del cielo hace mucho tiempo. Es un enemigo vencido» (véanse los vers. 17-20).
La manera como Jesús trató a los endemoniados es una buena noticia. Fueron buenas nuevas en Palestina; sigue siéndolo en nuestros días. Jesús nunca perdió un solo caso. Los demonios gritaban pidiendo misericordia en su presencia. Por lo tanto, no debemos temerles, siendo que el grandioso nombre de Jesús sigue siendo el más grande poder en esta tierra. Mediante él, podemos ser liberados del poder del enemigo.
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Cuando era chiquillo, me sentaba y lamentaba, Porque a mi hermanito le tocaba la mejor rebanada de pan.
Mi padre acostumbraba citarnos estos versos a mi hermano y a mí. ¡Ocasionalmente era necesario! Cierta Navidad, unos hermanos de la iglesia muy amables nos regalaron una bolsa de caramelos navideños a cada uno. Eran caramelos de los duros que duraban en la boca varias horas antes de deshacerse. Mis padres, inmediatamente se preocuparon. No querían que se nos dañaran los dientes, ni el estómago. Así que establecieron un reglamento. Podríamos disfrutar de un caramelo por vez, y sólo a la hora de la comida. Nada de dulces entre comidas.
Bueno, eso era demasiado para un chiquillo como yo. Así que, haciendo caso omiso de la orden de mi padre, comí dulces entre comidas. Mi padre se enteró del asunto, e inmediatamente destruyó mi bolsa de caramelos. Después de eso, ¡me afligí tanto por la salud de mi hermano, que vacié su bolsa de caramelos en el inodoro!
¿Por qué asumimos este tipo de actitud? ¿Por qué será que nos esforzamos tanto por llevarles la delantera a los demás, ya sea en la manifestación extrema de la guerra o en los inocentes juegos de salón? ¿Qué hace que los partidos de fútbol y otros deportes se hayan convertido en un pasatiempo nacional tan popular? ¿Por qué nos preocupamos tanto por quién será el ganador, quién quedará arriba, quién será el primero?
Todo comenzó con el pecado, ¿no cree usted? Empezó cuando Lucifer decidió ser el más grande. Es una tendencia que pareciera formar parte de nuestra misma naturaleza. Hasta los discípulos de Jesús fueron culpables una y otra vez de querer ser el mayor. Contemplando su experiencia, se nos da un hermoso ejemplo de cómo Jesús trató a los grandes pecadores.
¿Es posible que los santos pequen? ¿Cómo trata Jesús a los santos que pecan? ¿Es posible estar pecando, y seguir haciéndolo, y a la vez seguir siendo un cristiano? Sugiero que esta es una pregunta muy práctica. ¡Y tiene una respuesta tan emocionante que me comen las ansias de presentársela! Pero trataremos de construir nuestro caso, observando en la Escritura cómo trató Jesús a esta clase de gente.
«Y llegó a Capernaúm; y cuando estuvo en casa, les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor» (Marcos 9:33-34).
Había llegado el tiempo cuando Jesús debía ir a Jerusalén. Los discípulos estaban seguros de que había llegado la hora de establecer su reino, su reino terrenal. Y ellos tenían negocios inconclusos que debían atender. El negocio que tenían entre manos era decidir quién sería el presidente del grupo, quién sería el primer ministro, quién sería el mayor en el reino.
Los discípulos continuaron discutiendo por el camino a Jerusalén, procurando terminar sus negocios pendientes. Pero ellos sabían que lo que hacían estaba mal, porque se quedaron atrás. En realidad, cuando Jesús llegó a los límites de la ciudad de Capernaúm, sus discípulos se habían quedado tan atrás que ni siquiera podía oírlos.
Es curioso. Estos discípulos habían estado tres años con Jesús. En repetidas ocasiones declararon su fe en él, que era el Hijo de Dios. ¡Pero ahora los vemos tratando de hablar en voz tan baja como para que Dios no pudiera escucharlos!
Esto nos enseña algo sumamente interesante acerca del pecado. Es difícil cometer pecados en presencia de Jesús. ¿Ya descubrió esto? Hasta las personas más débiles hallan que es difícil pecar en presencia de alguien que aman y respetan. Por alguna razón tenemos que sentir que estamos lejos de Dios, y alejados de Jesús para poder seguir pecando.
Pero los discípulos llegan a Capernaúm, y acompañan a Jesús a la casa donde se van a hospedar. Cuando Jesús encuentra un momento de quietud, les pregunta: «¿De qué hablaban allá en el camino?»
Los discípulos comienzan a patear el suelo. Se mueven de aquí para allá, mostrándose nerviosos. Simplemente no contestan la pregunta. La Biblia dice: «Mas ellos callaron.» ¡Era un buen momento para mantenerse callados! Cuando mis padres me preguntaron lo que había sucedido con la bolsa de caramelos de mi hermano, ¡yo también quedé callado!
Pero Jesús insistió y finalmente uno de los discípulos dijo: -Bueno, nos preguntábamos quién llegará a ser la persona más importante en tu nuevo reino.
La vida de Jesús era una vida de humildad. Se despojó de sí mismo y tomó forma de siervo, de acuerdo con Filipenses 2. Aquel que había recibido el homenaje y la adoración de todas las huestes celestiales, vino a este mundo a nacer en un establo. Aquel que había sido rico llegó a ser pobre, para que nosotros por medio de su pobreza llegáramos a ser ricos. Una y otra vez trató de transmitir este mensaje a sus discípulos: que la verdadera grandeza tiene sus raíces en la humildad. Y todavía a estas alturas no habían aprendido esta lección.
En este momento, Jesús bien podría haber dicho:
-¡Largo de aquí, miserables! Denme otros doce para volver a empezar.
Pero en vez de hacer eso, se sentó con ellos y les dijo: «Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos. Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos les dijo: El que reciba en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió» (Marcos 9.35-37). Jesús constantemente usaba a niños como ejemplos para demostrar cómo es, en realidad, el reino de los cielos.
Jesús fue bueno con sus discípulos. No los condenó. Siguió tratando de enseñarles pacientemente las lecciones que tanto necesitaban aprender. Sobre todo, siguió caminando con ellos, y siguió siendo buen compañero de ellos. Jesús siguió trabajando con ellos, viajando con ellos y confiándoles su obra y su misión.
De esta lección de la Escritura se infiere que los discípulos eran culpables de pecado. ¿Qué pecado? El pecado del orgullo. Podríamos pensar: No debemos ser orgullosos. Pero todos tenemos un poco de orgullo. El mundo entero lo practica. Lo cierto es que la santificación es tarea de toda la vida. Tal vez antes de morir habremos vencido ese pequeño problema.
Pero si lo estudiamos bien, descubriremos que el orgullo es uno de los peores pecados ante los ojos de Dios. Es uno de los más ofensivos porque es diametralmente opuesto a la misma naturaleza divina. Y fue el orgullo el pecado que nos hundió en la condición desesperada en que se encuentra este mundo.
De modo que el pecado del cual eran culpables los discípulos, no sólo era un pecado, sino que era uno de los peores pecados. Y ellos sabían que estaban mal, y sabían lo que estaban haciendo, pero no cambiaron. Continuaron con su pecado todo el tiempo que anduvieron con Jesús. A decir verdad, seguían siendo los mismos aquella noche que participaron de la primera Santa Cena en el aposento alto poco antes de la crucifixión.
Esto es, según mi definición, pecado conocido, pecado continuo, pecado habitual, pecado acariciado y persistencia en el pecado.
Este texto nos enseña la manera en que Jesús trata a los pecadores que viven en pecado: aquellos que saben que están en pecado, y sin embargo, continúan su vida de pecado.
Alguien ha dicho que el problema con estos discípulos era que no se habían convertido. Pero ellos habían recibido la orden de ir y echar fuera a los demonios, sanar a los leprosos y levantar a los muertos. ¿Pueden personas no convertidas hacer eso? Eran los mismos a los que Jesús dijo cuando regresaron de su misión con los setenta: «Regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos» (véase Lucas 10:20). Pero Juan 3:3 dice que ni siquiera podemos ver el reino de los cielos a menos que nazcamos otra vez. Por lo tanto, no puedo aceptar la premisa de que estos discípulos no estaban convertidos. ¿Entonces qué?
¿Cómo trata Jesús a los discípulos que son culpables de ser pecadores declarados? Él hizo su declaración clásica en Mateo 12:31: «Todo pecado … será perdonado a los hombres». ¿Acaso no son éstas buenas nuevas? Y si toda forma de pecado les es perdonada, tendría que incluir los pecados conocidos, pecados continuos, pecados habituales. Incluiría el perdón de los peores pecados, como el orgullo, además de otros pecados, como asesinato y adulterio, o el que fuere.
Jesús prometió perdonar todo pecado, y siguió caminando con los discípulos mientras ellos aprendían lo que él trataba de enseñarles.
Podría resultar fácil concluir que, después de todo, tal vez no sea tan malo pecar. Quizá pecar no es tan grave. Podría ser que la obediencia y el triunfo sobre el pecado no sean tan necesarios o posibles. Pero necesitamos recordar lo que Jesús dijo a María cuando la arrastraron a sus pies. Le dijo: «Yo no te condeno». Esas son buenas nuevas.
Pero no se detuvo allí. ¿Qué más le dijo?: «Vé, y no peques más». También esas son buenas nuevas.
Dios ama a los pecadores, es verdad. Pero odia al pecado. Nos ha provisto de su poder para que salgamos victoriosos sobre el mal. Nos ha dotado del poder necesario para obedecer, poder para ser victoriosos. Además, ha provisto de su perdón a los cristianos nuevos, débiles e inmaduros, y sigue caminando con ellos.
Tenemos a nuestra disposición el poder de ir y no pecar más. Pero es la aceptación y el amor de Jesús, una continua relación con él, la que nos brinda este poder de ir y no pecar más. Por eso es sumamente necesario que cualquier pecador que insiste en su pecado pueda contar con la presencia acogedora de Jesús, puesto que todavía está aprendiendo a experimentar el poder que está a su disposición.
La única persona que se sobrepone a sus errores es la que sabe que es amada y aceptada, aun cuando sigue cometiéndolos. ¿Acaso esto no puede llevarnos al libertinaje? ¡No! Es esta misma relación con Jesús la que nos conduce a la victoria. Basándose en el relato bíblico, podemos concluir que es posible sostener una relación con Dios y acariciar un pecado simultáneamente. Los discípulos sostenían una relación con Dios y acariciaban un pecado a la misma vez, ¿no es verdad? Pero aun cuando sea posible mantener una relación con Dios y un pecado acariciado en la vida simultáneamente, tarde o temprano uno de los dos tendrá que salir.
Judas era inteligente. Él conocía bien este principio. Decidió que no quería soltarse de su pecado, así que deliberadamente desechó su relación con Jesús en favor del pecado.
Con esto llegamos al meollo sobre los pecados. Pecados acariciados, de presunción y conocidos. Judas sabía lo que tenía que hacer para vencer el pecado, pero deliberadamente decidió hacer lo contrario. Cuando alguien desecha su relación con Jesús porque desea seguir con su pecado, está pisando arena movediza. Tal vez usted haya conocido o conozca a personas que no quieren ser demasiado religiosas, porque temen que su estilo de vida podría cambiar. Este fue el caso de Judas.
Pero los demás discípulos prefirieron seguir con Jesús, a pesar de todo. Juan, por ejemplo, fue el discípulo que siempre estuvo ahí. Nada lo apartó del lado de Jesús. Sin embargo, necesitó tres años para aprender a aceptar la victoria que Jesús le ofrecía. Y a pesar de que sus problemas eran tan detestables como los de Judas, él siguió caminando con Jesús.
Transcurren los años. Juan es el último de los discípulos que aún vive. Todos los demás han sufrido el martirio. Tal vez lo visitan algunos amigos allí en Roma. Escuchan palabras como éstas: «Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios» (l Juan 4:7).
Y ellos le dicen: Juan, has cambiado.
Juan los mira y les pregunta: ¿Quién, yo?
Porque las personas que cambian son las últimas en notarlo, las últimas en publicarlo. La gracia de Dios había estado obrando en la vida de Juan. A él se lo conocía como uno de los hijos del trueno, pero ahora escuchamos de sus labios las palabras «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2)
Por favor, amigo mío, permítame recordarle que si usted acepta a Jesús como un amigo personal día tras día y se relaciona con él por medio de la oración y el estudio de su Palabra; si nada lo retira de su lado, se unirá a Juan el amado en experimentar la transformación de su carácter. No importa la naturaleza de su pecado, éste se desvanecerá.
En ocasiones nos impacientamos y tratamos de fijarle tiempo a nuestro crecimiento. ¡No lo haga! Ese es el departamento de Dios. Es trabajo del Espíritu Santo. El principio del crecimiento cristiano es primero la brizna, luego la espiga, luego la mazorca madura en la espiga. La producción del fruto lleva tiempo.
Pero el amor tiene su propia salvaguarda contra la licencia. A medida que continuamos amando a Jesús, más extraña se nos hace la idea de abaratar la gracia de Dios. Y mientras crecemos, aprenderemos con los discípulos a amar y confiar en él plenamente. Cuán agradecidos podemos estar por el mensaje del tratamiento que dio Jesús a los grandes pecadores.
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¡Esta es la historia de un hombre cuyos amigos levantaron el techo de una casa y lo bajaron por el hueco! Se encuentra en Marcos 2:1 en adelante. «Entró Jesús otra vez en Capernaúm después de algunos días; y se oyó que estaba en casa. E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.
«Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. «Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados …
«Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.
«Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa» (Marcos 2:1-12).
¿Quién fue este hombre que llegó a ser el protagonista principal de este relato? Me gustaría sugerir que era un don nadie en ese pueblo. Era un inválido. Era una persona atada a su cama por las circunstancias de la vida. Seguramente no resaltaba demasiado en el poblado. Como si fuera poco, era un paria. Cualquiera que sufría de alguna aflicción o enfermedad, era tildado de ser un gran pecador, ¡un pecador no arrepentido que seguía en su vida de pecado! Y en este caso, la acusación era cierta.
En algunas ocasiones Jesús dijo que la enfermedad o la aflicción no tenía nada que ver con el pecado de la persona. Lo dijo acerca del hombre ciego registrado en Juan 9. Los discípulos le preguntaron:
-¿Quién pecó, éste o sus padres? -A lo cual Jesús respondió: -Ninguno.
Sin embargo, al ciego se lo consideraba un gran pecador debido a su padecimiento. El hombre de esta historia no sólo era considerado pecador, sino que era un gran pecador. La evidencia es que su enfermedad era resultado directo de una vida pecaminosa, y muchos comentaristas de la Biblia consideran que era una enfermedad social. Así que era un paria.
Lentamente, sus amistades fueron alejándose de él, hasta quedar solo con sus compañeros de pecado. Uno podría conjeturar que los que lo llevaron a Jesús eran de su misma clase. Este hombre sabía lo que es una conciencia ardiente, y sabía cómo empujarla a lo más recóndito de su mente. Sabía cuán malo es el pecado por experiencia propia. Sabía qué se siente ser un paria. Conocía la sensación de culpabilidad y cómo el diablo golpea a las personas con este sentimiento. Conocía de primera mano lo aborrecible que es el pecado, a pesar de seguir amándolo. Había experimentado la inquietud, los deseos insatisfechos, las ataduras de las que trataba en vano de escapar.
Sabía que ni siquiera sus motivos eran correctos. ¿Por qué buscaba ayuda? ¿Alguna vez ha descubierto que una calamidad, aflicción o pena lo impulsan a acudir a Dios en ese momento? Eso se conoce como la teología de la desesperación: interesarse en Dios sólo cuando uno no puede escapar de sus problemas.
Bajo estas circunstancias este hombre acude a Jesús. Eso es lo único bueno que ha hecho. Probó otros métodos, y ha sido defraudado muchas veces. En cierta ocasión estuvo a punto de que lo depositaran en una tumba incógnita, puesto que la enfermedad había avanzado demasiado. Consultó con los mejores médicos, pero éstos no pudieron ayudarle, y pronunciaron su caso como incurable. Fue con los fariseos y dirigentes de la iglesia, pero éstos lo defraudaron. Dijeron que no había esperanzas para él, que era un gran pecador y un paria de Dios y de los hombres. Sus amigos también lo abandonaron. Pero en su último intento por ayudarlo, lo bajaron por el techo, y ése fue el momento más grande de su vida.
Una gran multitud rodeaba a Jesús. Capernaúm no era una aldea pequeña, por lo menos no en aquellos tiempos. Si fuésemos hoy, descubriríamos que es un lugar muy tranquilo, excepto por los turistas y sus activas cámaras. Pero se aprecian las ruinas a orillas del Mar de Galilea. Se distinguen bien los restos de la casa de Pedro, lugar donde se llevó a cabo este suceso.
Después que Jesús limpió el templo, salió de Judea y se dirigió a Galilea para comenzar su ministerio en ese lugar. Ya había limpiado a un endemoniado en la misma sinagoga. Esas noticias habían circundado todo el pueblo, aun entre los que no asistían a la iglesia. El paralítico también había escuchado acerca de ese prodigio.
La mamá de la esposa de Pedro también fue curada por Jesús, y esa misma tarde, después de la puesta de sol, multitudes se presentaron ante él y recibieron sanidad antes que finalmente se apartara de la gente para orar en la soledad y quietud de las colinas. Se produjo otro milagro, algo que no había sucedido desde los tiempos de Elíseo. Un leproso fue sanado. A medida que la noticia circulaba entre la gente, la multitud se hizo tan numerosa que Jesús tuvo que retirarse de Capernaúm a un lugar deshabitado donde descansar.
Ahora Jesús había regresado a Capernaúm . Se encontraba en la casa de Pedro. Había tanta gente allí, que era imposible que cupiera una persona más. Pero a sugerencia del enfermo, sus amigos lo subieron al techo de la casa, rompieron las tejas, y lo bajaron por entre las vigas.
Esto hubiera sido bastante vergonzoso para cualquiera con inhibiciones normales. ¿Se imagina hacer eso y exponerse a la burla de la multitud? Todos se quedaron viendo cómo lo bajaban frente a ellos. Pero él había agotado todos los recursos. Estaba desesperado. Cuando una persona está al borde de la muerte, no le importa lo que piensen los demás.
Allí estaba la gente. Estaban los sinceros, los reverentes, los incrédulos y los curiosos. Había un grupo de espías de Jerusalén, los fariseos y saduceos que procuraban la muerte de Jesús. Uno puede ver a la multitud amontonada, adentro y afuera de la casa, escuchando por las ventanas y parados en las puertas. Uno puede escuchar el silencio repentino en la habitación después del golpeteo en el techo y sentir la tensión en el aire cuando comienza a bajar un hombre solo en su camilla, exactamente frente a Jesús. El relato cuenta que Jesús vio la fe de ellos. No hay que pasar por alto el hecho de que la fe de los cuatro que lo trajeron también se tomó en cuenta. Desconocemos sus nombres. No se han escrito himnos en su honor, ni se relata la historia de sus vidas. Pero ellos trajeron a este hombre en los brazos de su fe a la presencia de Jesús.
Y ahora vienen las palabras que convierten este incidente en el momento cumbre de la vida de este hombre. «Hijo». ¿Hijo? ¿Quiere decir que el Dios del universo le dice a una persona, «cómo estás hijo»? ¿Qué sucedió con el Dios de justicia del que tanto hemos oído? ¿Qué en cuanto al Dios que tiene una lista y que la revisa una y otra vez para ver a cuántos puede impedirles la entrada al cielo? ¿Quiere decir que el propio Dios llamó a este hombre -el que tiene un negro historial de pecado-, su hijo? Efectivamente. El que habla es Dios. Y Dios lo llama «hijo».
Luego, Mateo agrega una pequeña frase que Marcos no incluyó en su versión del relato: «Ten ánimo» (véase Mateo 9:2). Me encanta esa frase. ¿Es posible que también hoy alguien necesite ánimo? ¿Es posible llegar al punto de agobiarse tanto por el sentimiento de culpa, remordimiento y pecado? ¿Habrá alguien que al mirar este relato, pueda ver más que una pequeña historia, y ubicarse a sí mismo en el cuadro?
¿Tenemos hoy representantes de la multitud que se aglomeraba en la casa de Pedro: los curiosos, los sinceros, los reverentes, los incrédulos? ¿Tendremos hoy alguno que represente al hombre paralítico? Si fuese así, entonces estas palabras tienen validez: «Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados».
Jesús sabía que como primer punto en su lista de prioridades este hombre deseaba tener paz con Dios. Jesús también sabía que una vez cumplida esta prioridad, todas las demás bendiciones vendrían por añadidura. Así que le dijo: «Hijo, tus pecados te son perdonados».
A este hombre le preocupaba más tener paz con Dios que cualquier otro asunto; vivir o morir le era indiferente, si tan sólo sus pecados le eran perdonados. Todo lo demás, se sentiría feliz de dejarlo en las manos de Dios.
Tuve un amigo durante mis días de estudiante, persona tranquila, un poco mayor que todos los demás, oriundo de Corea, donde había pertenecido a la infantería de marina. Había tenido a su cargo a un pelotón de soldados. En cierta ocasión, en la oscuridad de la noche, alumbrados por las estrellas, se dirigieron hacia una colina que pensaban tomar para las fuerzas aliadas.
Ellos entendían que la colina a sus espaldas había quedado libre de enemigos; pero alguien había hecho un trabajo muy descuidado, y todavía quedaba un soldado comunista con su ametralladora.
Al comenzar el ascenso de la montaña, de repente la ametralladora abrió fuego sobre el pelotón. De una pasada barrió con la última fila de hombres, elevó su arma unos grados y disparó nuevamente, barriendo la siguiente fila. Elevó el arma unos grados más y volvió a repetir la misma operación. Era un hombre muy hábil con su arma.
Mi amigo, al frente de su pelotón, sabía que no tenía demasiado tiempo. Podía oír a sus hombres quejándose de dolor, algunos de ellos en agonía mortal.
Pero él se había criado en un hogar cristiano. Sabía acerca de Jesús, de su segunda venida, del cielo y de la eternidad. Y le había dado la espalda a todo. Pero ahora, a pesar de sus motivos equivocados, miró hacia el cielo y dijo: «Dios, no me queda mucho tiempo. No te pido que me salves la vida. No tengo mérito alguno. Pero, por favor, ¿me permitirás levantarme en la resurrección correcta?»
Era lo único que le interesaba: obtener la paz con Dios. Todo lo demás era secundario.
Por extraño que parezca, bajó de la colina sin siquiera un rasguño. Más tarde ingresó en una institución cristiana con el fin de llegar a ser un ministro de Dios, después de lo cual regresó a las fuerzas armadas como capellán. Su gran anhelo era ayudar a otros que andaban como él mismo anduvo. ¿Por qué lo hizo? Porque Dios le había dado un bono: no sólo el perdón, la paz y la esperanza de la vida eterna, sino la vida misma, aquí y ahora. Y cuando eso le sucede a uno, lo que se desea realmente es ¡contarlo a los demás!
De manera que este hombre paralizado se recostó en su camastro o colchoneta o lo que haya sido, y se regocijó con las buenas nuevas: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Su rostro cobró un brillo singular. Sus ojos se iluminaron, y hasta las funciones del cuerpo comenzaron a cambiar. Es difícil precisar el momento exacto cuando el perdón y la sanidad se fusionaron, pero cuando esto sucedió el hombre se convirtió en una nueva criatura. Experimentó una felicidad que nunca antes había sentido. Pero en un grupo siempre hay alguien que lo arruina todo. Los dirigentes de la iglesia tenían negros pensamientos. Jesús pudo adivinar sus pensamientos y pudo detectar su lenguaje corporal. Les dijo: «¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa» (Marcos 2:9-11).
¿Fue fácil para el paralítico obedecer las palabras de Jesús o le fue difícil? Cuando en el principio el Creador habló, ¡hasta el polvo obedeció sus órdenes! A su voz, los mundos llegaron a la existencia. ¿Hubiera sido fácil que el hombre se quedara acostado en su catre?
En ocasiones nos dedicamos a especular sobre lo que hubiera sucedido si el paralítico no hubiese creído. ¿Qué habría pasado si se hubiera detenido a analizar, qué hago primero: ejerzo la fe o muevo los músculos? ¡La verdad es que no había tiempo para eso! Me gustaría sugerir lo siguiente. Cuando uno está en presencia del Dador de la Vida y él dice, «levántate, toma tu lecho y anda», ¡uno no puede hacer otra cosa sino obedecer! ¡Uno no se detiene a dialogar ni debatir el punto! Uno se levanta inmediatamente ante la palabra creativa y todopoderosa de Dios.
El hombre, de un brinco, se puso de pie. Tomó su lecho. Y por favor, notemos, ¡ahora era alguien! ¡No tuvo que salir por el hueco del techo! Donde instantes antes no había lugar para pasar, de repente la multitud le hizo lugar.
El hombre salió por la puerta, cargando su cama y se dirigió hacia su hogar. Su rostro irradiaba un brillo singular por la maravilla del milagro realizado en su favor. No hay evidencia de que su esposa e hijos hubieran estado con él ese día. Deben de haberlo visto salir de casa muchas veces en busca de doctores, curanderos o los últimos charlatanes. Incontables han de haber sido las ocasiones en las que lo contemplaron volver lentamente, completamente derrotado. Por lo mismo, creemos que ellos se quedaron en casa.
Ahora están mirando por la ventana abierta o por el postigo de la ventana o por encima del cerco delantero. No lo pueden creer. No se parece a papá, pero ¡es papá! Está corriendo, brincando y casi bailando de emoción. Tiene vida nueva. Tuvo un encuentro con el Salvador.
Rodean a su padre y esposo y él les cuenta la historia. Todo hace suponer que de ese momento en adelante la esposa y los hijos gustosos hubieran entregado sus vidas por el Señor Jesucristo.
¿Por qué lo hizo Jesús? ¿Por qué venía a la gente ofreciéndoles sanidad? Porque él quería que todos supiesen que tiene poder en este mundo para perdonar los pecados. Jesús hizo a los pecadores sus mejores amigos en este mundo, y hoy, todavía tiene la misma aceptación, disposición y poder para perdonar.
Actualmente aún hay muchas personas a las que les falta seguridad y paz. Pero me gustaría invitarle a unirse al pobre paralítico, que demostró que sin importar de quién se trate, o dónde haya estado o qué haya hecho, Jesús sigue aceptando a los que acuden a él. Todavía los perdona.
Esto puede hacer que su paso asuma una nueva determinación, con una vida nueva en el alma, puesto que Dios no sólo tiene poder para perdonar, sino también para sanar, cambiar y habilitar a la persona para caminar en novedad de vida. Todo esto sucede en la presencia de Jesús.
Cuán agradecidos debemos estar hoy de que todavía podamos acudir a la presencia de Jesús, y que él ha prometido aceptarnos, perdonarnos y limpiarnos.
El salmista lo expresó de la siguiente manera: «Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.
El es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias. » -Salmos 103: 1-4
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¿Ha sentido temor alguna vez? Cuando era pequeño, ¿alguna vez sintió temor al ver los relámpagos o al escuchar los truenos? ¿Alguna vez sintió temor al estar solo en la noche? ¿Alguna vez ha sentido temor de envejecer, de ser sometido a una cirugía, o de perder su empleo? ¿Ha sentido temor al cambio, de hacer nuevas amistades, de perder viejas amistades? ¿Alguna vez ha temido no llegar al cielo o perder la vida eterna?
El temor es tan viejo como el pecado. Lo primero que notamos en Génesis, después que Adán y Eva comieron del fruto prohibido, es que se escondieron. Dios salió en busca de ellos y les dijo:
-Adán, ¿dónde estás?, ¿por qué te escondiste?
-Tuve miedo -respondió Adán.
¿Por qué tuvo temor? Por causa del pecado.
El último libro de la Biblia, el Apocalipsis, desacredita a los temerosos (cobardes). «El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda» (Apocalipsis 21:7-8). Qué variedad de compinches acompaña a los temerosos en este pasaje. Se desacredita a los cobardes (temerosos) en la Escritura, porque Dios tiene algo mejor que el temor para su pueblo.
Hay un episodio en la vida de Jesús que nos introduce directamente al tema. Se encuentra en Marcos 4: la historia de la tormenta en el Mar de Galilea. Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo a sus discípulos: «Pasemos al otro lado» (Marcos 4:35). Nótese que fue Jesús quien sugirió que fueran al otro lado del lago aquella tarde. No fue idea de los discípulos ni imprudencia de ellos. No fue un asunto de que se metieran en una situación difícil. Emprendieron la travesía bajo la orden e invitación de Jesús.
Jesús dijo: «Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?
«Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4:36-41).
Usted quedaría impresionado, también, con una experiencia como ésta. Pero regresemos al relato, tratemos de ubicarnos en aquel marco e imaginémonos cómo sucedieron las cosas.
Había sido un día muy ajetreado. Jesús había contado muchas parábolas. Había sanado a los enfermos. Había dado consuelo a los corazones perturbados. Ahora se sentía cansado. Estaba exhausto y tenía hambre. ¿Dios? Sí. Tenía hambre y estaba cansado; ¡tal vez más cansado que los demás! Así que emprendieron el viaje hacia el otro lado del mar en busca de un lugar apartado para descansar.
Sin previo aviso, como sucede con tanta frecuencia en ese mar, un recio viento sopló desde las lomas de Gadara y convirtió las aguas tranquilas en olas espumosas y amenazantes. Las olas, hechas una furia por los vientos, eran arrojadas sobre la embarcación de los discípulos, amenazando con tragársela. Indefensos en las garras de la tempestad, desfalleció su ánimo al ver que el bote comenzaba a llenarse de agua.
Absortos en sus esfuerzos por salvarse, habían olvidado que Jesús estaba a bordo. Ahora, al darse cuenta de que todo era en vano y que sólo les esperaba la muerte, recordaron quién fue el que dio la orden de cruzar el mar. En Jesús estaba su única esperanza. En su impotencia y desesperación clamaron: «¡Maestro! ¡Maestro!»
La versión de Mateo de este episodio utiliza las palabras «¡Señor, sálvanos!» (Mateo 8:25). Ellos no dijeron: «Señor, ayúdanos». Existe una tremenda diferencia entre las dos expresiones. El incidente aclara el asunto del poder divino y el esfuerzo humano, si bien les parece. ¿Dónde estaba su cooperación? Habían agotado sus propios recursos y se daban cuenta de que todo lo que podían hacer era clamar, «¡Señor, sálvanos!» Él tendría que hacerlo todo.
Ellos ya habían hecho todo lo que podían. Eran pescadores robustos y experimentados, que habían vivido toda su vida a orillas de este lago. Conocían Galilea. Conocían las colinas y los vientos y las tormentas. Sabían bien lo que eran las grandes olas y cómo mantener el bote bajo control. Sabían cómo distribuir su peso y cómo mover los remos. En honor a la verdad, ésta no era la especialidad de Jesús. Él había sido carpintero, no pescador. Ahora era predicador, y su trabajo consistía en hablar a las multitudes y sanar a los enfermos. Había trabajado arduamente durante todo el día y ahora dormía plácidamente. Ahora era tiempo de que ellos se encargaran de este aspecto del trabajo. Era su especialidad. Pero finalmente se dieron cuenta de que no podían con la tormenta.
Habían agotado todos sus recursos, sin resultados. Su bote se hundía. Finalmente se dirigieron a él con el clamor, «¡Señor, sálvanos, que perecemos!»
Jamás un alma ha elevado este clamor sin ser atendida. Jesús se levantó. Alzó aquellas manos tan acostumbradas a hacer el bien, y dijo al mar airado: «Calla, enmudece» (Marcos 4:39). De inmediato, la tormenta se disipó. Las olas del mar se aquietaron. Las nubes se escurrieron por el espacio. Las estrellas brillaron en el cielo nocturno. El bote descansó sobre un mar apacible. Luego, dirigiéndose a los discípulos, Jesús les preguntó tristemente: «¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?» (vers. 40).
Y bien, ¿qué deberían haber hecho bajo estas circunstancias si en realidad hubiesen tenido fe? Si usted es una persona que tiene mucha fe y conduce su vehículo por la autopista: súbitamente pierde el control del auto y avanza de frente hacia otro vehículo que viene en dirección opuesta, ¿qué debe hacer? ¿Relajarse y sonreír? ¿Soltar el volante? ¿Mirar el paisaje por la ventana?
Tal vez convenga recordar a los misioneros moravos que estaban a bordo en el barco con Juan Wesley. Este se dirigía a Norteamérica para predicar el mensaje de salvación a los indios, pero se sentía frustrado. Llegó a decir: «Yo vine a América para convertir a los indios, pero ¿quién convertirá a Juan Wesley?» Había surgido una tormenta en el Atlántico, y parecía que perecerían en el fondo del mar. Los moravos, sin embargo, no tenían miedo.
Juan Wesley quedó sumamente impresionado. Les preguntó por qué estaban tan tranquilos. Ellos respondieron: «No tenemos miedo de morir».
Sólo porque alguien tiene fe no significa que no se hundirá hasta el fondo del mar. La fe no significa que no lo quemarán en la hoguera como sucedió con Huss y Jerónimo. La fe no significa que se curará del cáncer.
Y hay una cosa más. Las personas que tienen fe no hacen de Dios su último recurso. Ante cualquier prueba inesperada, acuden a él tan naturalmente como la flor busca el sol.
Dos personas conversaban acerca de un amigo que sufría por su salud. Uno de ellos comentaba cómo su amigo había probado varios medicamentos y médicos, todos sin los resultados deseados. Finalmente terminó su descripción de la situación diciendo: «Creo que lo único que resta es orar».
A lo que su compañero respondió:
-¡Vaya! ¿Acaso llegó a ese extremo?
La persona que tiene fe nunca olvida que Jesús está a bordo, sino que acude a él ante cualquier emergencia.
Bueno, los discípulos no tenían fe. Jesús se los señaló, pero de todas maneras los salvó. Y esas son buenas noticias. Él los salvó a pesar de su falta de fe.
Hoy día tenemos muchos temores. Sentimos temor con respecto a nuestra salud y nuestros hijos y nuestras casas y nuestros terrenos. Nos da temor lo que otros puedan pensar de nosotros. El pobre teme por lo que pueda necesitar, y el rico por lo que pueda perder. A veces sentimos temor por el futuro de la iglesia y por nuestra salvación.
El solo hecho de tener a Jesús a bordo no es garantía de que no tendremos temor; no lo fue con los discípulos. Aunque Jesús estuvo a bordo, se olvidaron de él cuando azotó la tormenta y se vieron abrumados por las olas. Lo mismo ocurre hoy. Podemos tener una relación con Jesús y todavía no depender de él para todas nuestras necesidades. Los discípulos tuvieron una relación con Jesús. Caminaron juntos, conversaron juntos, oraron juntos, trabajaron juntos. Eran personas muy allegadas a Jesús. Pero hubo ocasiones en que demostraron que a pesar de su estrecha relación con el Señor, todavía no dependían de él para todas sus necesidades.
Pero Jesús permaneció con ellos. Era paciente con ellos y los animaba a confiar en él. Y llegó el momento en que estos mismos hombres temerosos pudieron enfrentarse valientemente al aceite hirviente, la espada, las llamas o la crucifixión con la cabeza hacia abajo. Lo lograron gracias a que aprendieron las lecciones de fe y confianza que Jesús les enseñó.
El amor de Jesús ahuyenta el temor y produce una diferencia. La Biblia dice que el perfecto amor echa fuera el temor. (Véase 1 Juan 4:18.) A primera vista, uno puede hacerse la siguiente pregunta: ¿quién posee perfecto amor? ¿Si no poseemos perfecto amor, podemos evitar el temor? Pero no se trata de nuestro perfecto amor. Cristo es el único que posee perfecto amor. Y él es el que echa fuera el temor.
Supongo que la mayoría de los padres han tenido la experiencia de lanzar a sus hijos al aire cuando tenían dos o tres años de edad. A mí me encantaba jugar así con mis hijos. Los impulsaba hacia arriba y cómo se reían y demostraban paz y tranquilidad absolutas, confiando en que papito los amaba y los tomaría en sus manos antes de caer.
Una noche comenzamos a jugar en el banco del piano. Mi hijo se subía al banco, daba un tremendo salto y caía en mis brazos. El juego siguió hasta que yo quedé exhausto. Luego le dije:
-Ya se acabó, hijo. No más.
-Una vez más, papá. Una vez más.
Y finalmente, haciendo un intento de acabar con el juego, me di vuelta y me alejé del lugar, convencido de que él había comprendido mis palabras.
Pero él ni siquiera miró. Esta vez cuando se subió al banco del piano y se lanzó al aire, yo estaba al otro lado de la habitación y él cayó con fuerza en el piso. ¡Me sentí muy mal! Sin embargo, aprendí que no hay nada como el amor y la confianza de un niño. Jesús lo dijo: «Que si no os volvéis y os hacéis como niños … » (Mateo 18:3). Y nos invita a echar todas nuestras cargas sobre él, ya que él se preocupa por nosotros (véase 1 Pedro 5:7). Pero existe una gran diferencia. Él nunca se cansa. Siempre está allí. Él ha prometido: «No te desampararé ni te dejaré» (véase Hebreos 13:5). Sin embargo, en realidad, nadie se arroja totalmente sobre Jesús hasta que se convence de aquel amor y reconoce que ha llegado al final de sus propios recursos.
Nótese dónde estaba Jesús durante la tormenta. El dormía plácidamente en la embarcación. No tenía miedo. A veces nos sentimos tentados a pensar que esto fue porque él era Dios. El compositor de cantos nos dice: «Este es Dios, y no hay mar que pueda hundir el barco donde él yace, el Amo de la tierra y del mar y de los cielos». M.A. Baker.
Pero hay algo más que no debemos pasar por alto; algo que nos dice cómo vivió su vida Jesús. Cuando despertó para hacerle frente a la tormenta, su estado anímico era de perfecta paz. No había rastro de temor en su mirada ni en sus palabras, puesto que no existía temor en su corazón. Pero no descansaba tranquilo sabiéndose Todopoderoso. No fue como Amo de la tierra y del mar y de los cielos que descansó apaciblemente. Depuso voluntariamente ese poder. Él dijo: «No puedo yo hacer nada por mí mismo» (Juan 5:30). Confió en el poder de su Padre. Jesús descansó en la fe, en el amor y en los cuidados de Dios. El poder de aquella palabra que calmó la tormenta era el poder del Dios de los cielos, y no el poder de Dios que existía en su interior. Si los discípulos hubieran confiado en él, habrían sido guardados en paz. Su temor en el tiempo de prueba reveló su incredulidad. En sus esfuerzos por salvarse, se olvidaron de Jesús, y fue sólo cuando en la desesperación de su autodependencia acudieron a Jesús, cuando él estuvo en condiciones de salvarlos.
Nótese aquí la aplicación espiritual involucrada en el milagro realizado por Jesús. Cuando consideramos el tema de la salvación, cuán frecuentemente nos encontramos preocupados por si seremos salvos o no. Y todo esto desvía nuestra atención de Jesús, la única fuente de fortaleza. Se nos invita a someter nuestras almas a Dios y confiar en él (véase 1 Pedro 4:19). Si lo hemos aceptado como nuestra esperanza y salvación, él jamás nos dejará. Nosotros podemos abandonarlo, pero él jamás nos abandonará.
¿Y qué hay acerca de vivir una vida de cristiano? Algunas personas son capaces de aceptar el sacrificio de Jesús en la cruz, pero cuando leen Apocalipsis 3:5, «El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida», quedan al borde de la desesperación. Dicen o piensan lo siguiente: «Jamás podré hacer eso. Jamás seré un triunfador. Caigo y fácilmente fallo, demasiado a menudo».
¡Cuántas veces nuestra experiencia se parece a la de los discípulos! Cuando se desata la tempestad de la tentación, cuando se liberan los relámpagos y las olas nos anegan, luchamos solos con la tormenta, olvidándonos que hay Uno que puede ayudarnos. Confiamos en nuestras propias fuerzas hasta perder toda esperanza y resignarnos a perecer. Pero, de pronto, nos acordamos de Jesús, y si acudimos a él en busca de auxilio, nuestro clamor no será en vano. Aunque reprenda con tristeza nuestra incredulidad y autosuficiencia, nunca deja de brindarnos la ayuda que necesitamos. Como cristianos, sólo hay una cosa que debemos temer: confiar en nuestras propias fuerzas, soltarnos de la mano de Cristo e intentar caminar solos el sendero cristiano.
Pero mientras dependamos de Cristo, como él dependió de su Padre aquí en esta tierra, estaremos seguros. No hay razón para temer mientras confiemos en su perfecto amor.
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En la pequeña aldea de Betania, a unos cinco kilómetros de Jerusalén, vivían dos hermanas, María y Marta, y su hermano Lázaro. Aparentemente Lázaro era quien traía el sustento al hogar. Papá y mamá ya no estaban, así que María, Marta y Lázaro vivían juntos en aquel pueblecito.
Uno puede imaginar a Lázaro yendo y viniendo al trabajo todos los días con su bolsa de almuerzo en la mano. Al regresar cansado a su hogar, se entera de las noticias y se acuesta a dormir, sólo para iniciar nuevamente la rutina al día siguiente.
¡Marta era una persona que siempre estaba ocupada! Podía dirigir un convite en la congregación, una fiesta de bodas o un día de campo de la iglesia. Nunca se mostraba más contenta que al estar en la cocina, probando una receta nueva. Marta era una persona buena. Nunca hacía cosas malas. Es posible que lo más malo que hubiera hecho fuera comerse las uñas cuando su procesadora de alimentos no le funcionaba. Era una persona religiosa. Era difícil no serlo en esa época y en ese lugar. Cada sábado por la mañana transitaba por la gastada vereda de su casa a la sinagoga.
María, por otro lado, se interesaba más en el mundo social. Cada vez que se organizaba un día de campo de la iglesia, se la invitaba para dar la bienvenida y hacer que las personas se sintieran cómodas. Era una persona atractiva, tal vez hasta hermosa.
Pero María llevaba una carga secreta de culpa y miseria en su alma, que nadie sospechaba. Tenía que ver con su tío Simón: Simón el Fariseo.
Los fariseos eran personas muy respetadas en sus días. A cualquiera que se le preguntaba: «¿Quién es su hijo?», respondía orgullosamente: «Mi hijo es fariseo».
Por eso, Simón era un pilar en Betania. Era un dirigente de iglesia. Era respetado en la comunidad. Los vecinos apreciaban su relación con la familia de María, Marta y Lázaro. Como su pariente más cercano, se esperaba que él cuidara de sus familiares. Pero en cierta ocasión, Simón comenzó a mirar demasiado a María, y aprovechándose de su posición, pronto la indujo a ceder a sus demandas.
Aparentemente nadie sabía lo que sucedía. Simón siguió siendo dirigente de la sinagoga. María siguió sonriendo, conversando y complaciendo a las personas. Pero la carga de culpa que llevaba era muy pesada para ella.
En algunas ocasiones trató de razonar con su tío, trató de liberarse de su dominio. Pero en aquella época no se le hacía demasiado caso a las mujeres y sería la palabra de ella contra la de él. Él la amenazó con exponerla públicamente y aun con la muerte. La culpó de haber provocado todo el problema, y María finalmente desechó la idea de verse liberada de su poder.
Como suele suceder cuando una persona religiosa se involucra en un pecado secreto, María empezó a tratar de autoinfligirse castigos. Los corderos y la sangre, los sacrificios matutinos y vespertinos, todo le recordaba que alguien tenía que pagar. Y cuando uno trata de pagar el precio por su propio pecado y trata de castigarse a sí mismo, uno de los mejores métodos es cometer el mismo pecado una y otra vez. Con esto, la persona logra sentirse peor. Y hacer que uno se sienta peor es una buena forma de autocastigarse. Si la persona se sigue castigando a sí misma, comete el mismo pecado una y otra vez hasta que queda sólo una cosa por hacer: saltar de un puente alto en algún lugar como la máxima expresión de autocastigo.
Así que María comenzó a castigarse a sí misma, y como resultado, se dio a conocer en el poblado como una mujer de vida fácil. Las mamás comenzaron a hablar de ella.
-¿Ya escucharon acerca de María?
-Tengan cuidado con María. Asegúrense de que sus jóvenes no se junten con ella.
Las habladurías aumentaron hasta que un día la situación se puso tan mal para María, que decidió salir de Betania. Recogió sus pertenencias y se trasladó de la montaña con siete colinas, a una aldea cerca del mar llamada Magdala. Después fue más conocida como María de Magdala o María Magdalena.
La visualizo como a una persona que llegó a Magdala para iniciar una nueva vida. Comienza a buscar trabajo. Pregunta en la lencería, pero no necesitan ayuda en ese lugar. Solicita trabajo en el almacén de abarrotes cercano, pero tampoco hay lugar para ella. Tal vez hasta solicitó la ocupación de cocinera, esperando que lo poco que había aprendido de Marta le sirviera para su nuevo empleo. Pero allí tampoco necesitaban ayudantes.
Después de caminar por las calles de Magdala en busca de trabajo y con una creciente sensación de hambre, un día María cedió a la tentación de ganar un poco de dinero fácil. ¿Por qué no?, pensó. Después de todo, ya estás metida en este lío. Al cabo que hay más corderos en el rebaño de donde salieron los anteriores. María logró encontrar hombres dispuestos a pagar el precio. Y aunque parezca extraño, encontró cierto nivel de aceptación. Pero el peso de su culpa se tornó aún más insoportable. Se le hacía más y más difícil olvidar aquellos días felices en Betania, antes de la muerte de sus padres, antes de su caída con Simón, días cuando todavía vivía en paz.
En cierta ocasión llegó un predicador ambulante a la aldea de Magdala. No fue a predicar a la sinagoga. No hubiera habido lugar para tanta gente. Hablaba con la multitud allí mismo al aire libre. Decía cosas como: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28). «Al que a mí viene, no le echo fuera» (Juan 6:37). «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento» (Mateo 9:13).
María permaneció un tanto distanciada de la multitud, escuchando atentamente. Nunca antes había oído cosas como éstas. Al oír estas palabras, sintió un calor extraño en el corazón. Esperó a que todos se fueran, entonces se acercó a él para derramarle su corazón y su tremenda necesidad de ayuda.
Este predicador itinerante se postró de rodillas y oró por ella ante su Padre, para que le brindara toda la ayuda que necesitaba. María aceptó al nuevo Maestro. El diablo fue reprendido. Y María se convirtió instantáneamente.
¡Qué historia más maravillosa!
Me gustaría decir que la historia terminó allí y que María vivió feliz desde ese momento en adelante. Sin embargo, no fue así, porque el predicador salió del pueblo, pero María permaneció en él. Tal vez debió haber buscado otro lugar donde vivir. Allí en Magdala vivían las mismas personas, los mismos amigos, las mismas voces en el mercado que la llamarían por su nombre. A medida que transcurría el tiempo, María descubrió que aunque ella aceptó la paz que este Predicador le había ofrecido, la atracción hacia las cosas de este mundo todavía era demasiado fuerte; y María cayó nuevamente.
En esta historia tenemos uno de los ejemplos más hermosos de cómo trató Jesús a los caídos.
Jesús regresó al pueblo. Una vez más lo rodeó la multitud y lo escucharon. María nuevamente se ubicó a cierta distancia de los demás y se preguntaba si todavía podría ser verdad. Sí. Jesús seguía diciendo: «Al que a mí viene, no le echo fuera». Todavía era verdad.
Ella se le acercó y descubrió que la seguía aceptando. Nuevamente le derramó su corazón y sus necesidades con lágrimas en los ojos. Una vez más él cayó de rodillas y clamó a su Padre por ella. Y de nuevo Jesús se fue del pueblo, pero María no.
Me gustaría decir que este fue el fin de la historia. Pero María volvió a caer, y volvió a caer, y volvió a caer. Pero cada vez que Jesús llegaba al pueblo, ella estaba entre la multitud. Siempre se sentía atraída hacia Aquel que decía: «Al que a mí viene, no le echo fuera».
Luego, un día María recibió una invitación para ir a Jerusalén. Es posible que el mensajero le ofreciera una suma grande de dinero por sus servicios. Tal vez se le dijo que se le tramitaría su boda. Es posible que se le dijera que la necesitaban en casa, o que su tío Simón la mandaba a llamar. Cualquiera que fuera el método, a María se le tendió una trampa. Y lo que tanto había temido, que su pecado produjera un escándalo, se hizo realidad.
La puerta del departamento que le habían ofrecido se abrió de par en par. Voces estridentes la declaraban pecadora y que merecía morir. Manos rudas la tomaron ásperamente y fue arrastrada a la calle. María apretó los ojos y deseó morir.
La arrastraron entre la multitud y la arrojaron a los pies de Jesús. Gritos de condenación llenaban el aire mientras María yacía humillada en el suelo temblando, esperando los golpes de las piedras que terminarían con su vida. Seguramente había llenado su copa de iniquidad, y ya ni Jesús podría ayudarla.
Mientras esperaba allí, avergonzada y temerosa, los gritos de la turba se fueron acallando poco a poco. María esperaba sentir en cualquier momento el primer impacto. Pero, para su sorpresa, escuchó una voz tierna que le preguntaba, «Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?»
María finalmente levantó la cabeza. Todos sus acusadores habían desaparecido. Increíblemente escuchó las palabras de Jesús que le decían: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más». Una vez más María se postró a los pies de Jesús, implorando su perdón y pidiendo su poder (véase Juan 8). Y aquel día María aprendió algo que no había aprendido en las ocasiones anteriores y que es tiempo que aprendamos nosotros también.
María aprendió que era posible encontrar a Jesús a través de su Palabra, de orar a Jesús dondequiera que ella estuviese. Aprendió que era posible permanecer a los pies de Jesús aun cuando él no estuviera en el pueblo … Y usted, ¿ya descubrió esta misma realidad? Es difícil pecar cuando uno está a los pies de Jesús. Hay poder en su presencia.
Y aunque Jesús continuara su camino, María estaba dispuesta a seguir a sus pies, en busca de su presencia constante. Luego, a María se le ocurrió una idea muy brillante. ¿Por qué no regresar a casa, a Betania con Lázaro y Marta? Ni bien se le ocurrió la idea, sintió que la sangre le corría más rápidamente por las venas. Seguramente el poder de Jesús sería suficiente para tratar hasta con su tío Simón. Así que empacó sus cosas y se dirigió a Betania.
Al acercarse al pueblo, comenzó a escuchar una llamada de advertencia muy triste, pero frecuente en aquellos días. Mientras más se acercaba, más claramente oía la voz. Era un leproso que estaba fuera de los muros de Betania.
El sonido era muy común. En esa región la lepra era vista como una marca del dedo de Dios. Se la consideraba un juicio; en realidad, cualquier enfermedad era un juicio de Dios, consecuencia directa de una vida pecaminosa. Pero la lepra era la peor de todas. No importaba si la persona era el presidente municipal de la ciudad, un dirigente de la sinagoga o un fariseo. Cuando uno se enfermaba de lepra, se lo declaraba inmundo. Debía abandonar rápidamente el pueblo. La persona normalmente se sentaba junto al camino y debía anunciar su calamidad con el grito de «¡Inmundo, inmundo!», rogándole a alguien que le arrojase un poco de comida. Así que cuando María se acercó al poblado, casi pasó por alto este grito tan común, hasta que de repente reconoció algo muy familiar en la voz que anunciaba «Inmundo». Era su tío Simón, el mismo que años antes la había inducido a una vida de pecado. Cuando yo escuché eso, me dije a mí mismo: ¡Qué bueno! ¡Simón se merecía eso y más! ¡Que se pudra allí al lado del camino! ¡Imaginen mi forma de pensar!
María se cubrió el rostro con su reboso y siguió su camino hacia Betania, tratando de aceptar el hecho de que ya no tenía nada que temer de Simón el Fariseo.
Estaba muy ansiosa de ver nuevamente a Marta y Lázaro. Subió corriendo los escalones de la casa y atravesó el umbral de la puerta. Qué reunión más conmovedora, donde fluyeron lágrimas de alegría porque la familia estaría nuevamente junta. Pero, empezó a correr la voz:
-Ya regresó María. Cuídense de ella. ¿Ya supieron lo que sucedió en Jerusalén?
-Dicen que cambió.
-Bueno, su cambio no durará mucho tiempo. He oído que ya había cambiado en el pasado, pero jamás fue un cambio duradero. Lo único que les puedo decir es que no la pierdan de vista, ya verán. Así hablaba la gente en esos días.
Fue muy difícil para María vivir en medio de los chismes y habladurías, pero se quedó, con la determinación de compartir con alguien las noticias acerca del Amigo que había encontrado, el Amigo que siempre mostró amor y aceptación hacia ella, el Amigo que no la condenaba, pero que le dio el poder para no pecar más. Ella quería que otros hallaran a ese Amigo a cuyos pies le encantaba sentarse. Esperaba ansiosa el momento cuando éste visitara Betania.
Y así sucedió. En cierta ocasión Jesús subió la montaña para visitar a Betania con sus doce compañeros. Al acercarse al pueblo, escuchó el mismo sonido triste que había oído María: «¡Inmundo, inmundo!»
Parece casi imposible de comprender. Pero a Jesús se le dificultaba pasar de largo cuando se topaba con los leprosos, a pesar de que nueve décimas de los sanados jamás se molestaran en agradecerle.
Así que Jesús se detuvo ante el clamor de Simón el leproso. Tocó lo intocable y le devolvió la salud. No insistió en que lo aceptara como su Salvador personal. Simplemente lo limpió.
Antes, yo pensaba que las únicas personas que podían recibir sanidad eran las que estaban listas para ser trasladadas al cielo. Pero Jesús sanó a Simón el pecador, el impuro, el que no se había arrepentido, cuando todavía ni siquiera lo había aceptado como Salvador. Jesús sanó a Simón debido a que era Jesús, no por lo que era Simón. ¿Alguna vez se ha preguntado cómo se habrá sentido María cuando escuchó la noticia? Tal vez Jesús le aseguró que el poder que Simón tuvo sobre ella quedaría destruido.
Pero el don de sanidad era algo sumamente difícil de aceptar para un fariseo. Un fariseo está acostumbrado a ganarse sus propias recompensas. Este regalo de parte de Jesús era demasiado generoso para que Simón lo aceptara pasivamente. Así que después de regresar a Betania y de haber sido restaurado a su posición de liderazgo en la aldea, uno no puede menos que imaginárselo dando vueltas en su cama por la noche, caminando de un lado a otro en su habitación durante el día, tratando de pensar en qué hacer. No había podido ganarse la sanidad ni hacer mérito alguno para merecerla. Pero de repente se le ocurrió una idea: No me la gané de antemano, pero ¿por qué no ganármela después de los hechos? Simón dijo para sus adentros, le pagaré a este hombre por lo que me ha hecho. Daré una fiesta en su honor (véase Mateo 26; Juan 12).
Pensó rápidamente. Marta sería la que le prepararía los alimentos; eso estaría muy bien. Pero a María no la invitaría. Simón se sentía incómodo en presencia de María. ¿Quién puede predecir? Tal vez haya contraído lepra al relacionarse con él; más vale no arriesgarse.
Cuando llegó la noche señalada, María quedó en casa. Le habría encantado estar entre los invitados a la fiesta, aun cuando algunos todavía se portaban un poco indiferentes cuando ella se les acercaba. Pero lo que realmente le pesaba a María era el hecho de que no podría ver a Jesús.
Había oído decir a Jesús que pronto iría a Jerusalén y que allí sería traicionado y entregado en manos de pecadores y lo matarían. A un costo muy elevado, María había comprado una libra de perfume de nardo puro para ungir a Jesús después de su muerte. Pero no le gusta la idea de regalar flores en un funeral. Deseaba darle su regalo de amor a Jesús ahora, cuando todavía estaba vivo.
De pronto toma el perfume y sale rápidamente por las calles de Betania, haciendo planes mientras apura el paso. Entra por la puerta trasera de la casa y atraviesa la cocina. Marta trata de impedirle la entrada, pero nada puede detenerla.
Se mueve cautelosamente por la habitación apenas iluminada con aquellas pequeñas lámparas de aceite de olivo, hasta el lugar donde está el Señor. Su plan es abrir el frasco de perfume, ungir los pies de Jesús y salir rápidamente. Nadie lo notaría. Pero ella olvida una cosa. Cuando uno abre un frasco de perfume de nardo, el más caro del mercado, éste proclama su presencia. Ahora, todas las miradas de la habitación se dirigen hacia ella. La mirada de Simón, quien ocupa la cabecera de la mesa, parece arrojarle dagas mortíferas. Allí están Judas y todos los demás apóstoles. Ella derrama el perfume sobre la cabeza y los pies de Jesús. Pero ha olvidado traer una toalla o cualquier cosa para enjugarlo, así que María hace lo que en esos días era imperdonable: sólo una mujer callejera se soltaría el cabello en público. Pero ella no piensa en eso. Deja libre su cabellera y con ella comienza a limpiar los pies de Jesús.
Y Simón, en el extremo de la mesa piensa para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que lo toca, que es pecadora.
En ese momento María escucha la voz amigable de Jesús que dice: «Dejadla. Buena obra me ha hecho. Y dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella».
Luego dirigiendo la mirada a Simón, le dice: «Simón». Al instante comienzan a sudarle las manos a Simón. Jesús continúa: «Tengo algo que decirte». Simón se prepara para lo peor. Espera que le arranquen de golpe la máscara de santidad. Había oído decir que Jesús podía leer los pensamientos de las personas. Se prepara para recibir lo peor.
Pero Jesús le cuenta una pequeña historia acerca de dos deudores, uno de los cuales debía una gran cantidad y otro que sólo debía una cantidad mínima. Ambos deudores fueron exonerados de sus deudas (véase Lucas 7). Nadie comprendió la historia más que Simón, María y Jesús. Simón entendió totalmente el mensaje. ¡Cuán bien lo comprendió!
Simón quedó atónito por el amor y la compasión de un Hombre que podría haberlo expuesto públicamente por lo que realmente era; pero veló su mensaje a través de una parábola, y lo protegió de sus amigos.
El corazón de piedra de Simón fue quebrantado. Comprendió todo lo que Jesús había hecho por él y que jamás podría pagárselo. Allí, en su propia fiesta, Simón aceptó a Jesús como su Maestro, Señor y Salvador. Y Jesús conquistó también a Simón.
¡Qué excelsa historia!
Si Jesús pudo aceptar a María y a Simón, seguramente podrá aceptarnos a usted y a mí hoy, perdonándonos y amándonos hasta el fin.