Año: 2024
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¿Está familiarizado usted con el mensaje del cuarto ángel? Como iglesia le hemos dado mucho énfasis a los mensajes de los tres ángeles. A muchos de nosotros se nos obligó a aprenderlos de memoria cuando fuimos estudiantes. Pero, ¿en qué consiste el mensaje del cuarto ángel?
Este se encuentra registrado en Apocalipsis 18:1-3: «Después de esto vi a otro ángel descender del cielo con gran poder; y la tierra fue alumbrada con su gloria. Y clamó con voz potente, diciendo: Ha caído, ha caído la gran Babilonia, y se ha hecho habitación de demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible. Porque todas las naciones han bebido del vino del furor de su fornicación; y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido de la potencia de sus deleites».
A veces los símbolos que se usan en el Apocalipsis hacen que las cosas parezcan más complicadas de lo que son en realidad. Leamos el texto otra vez y analicémoslo. En primer lugar, ¿qué representa el ángel? No está hablando de un ángel literal. Más bien está describiendo la obra de Dios en la tierra, que involucra a todas las potencias del cielo, el Espíritu Santo, los ángeles y al pueblo de Dios. Es el símbolo de una obra gloriosa que se lleva a cabo en toda la tierra, con gran poder, gran luz y gran gloria.
El ángel representa el poderoso reavivamiento, y su mensaje es lo que algunas veces hemos llamado «el fuerte clamor», porque «clamó con fortaleza en alta voz». Una vez oí este texto citado por un predicador, quien preguntó: ¿Cómo sería una voz fuerte?
Un hombrecito de cabellos blancos, con una prótesis auditiva en la oreja, que estaba sentado cerca del púlpito gritó: «¡Una voz que se pueda oír!»
¿Qué descubrimos al analizar este mensaje proclamado en alta voz, que debe escucharse alrededor del mundo entero? ¿Será el gran reavivamiento producido por un mensaje acerca de demonios, espíritus inmundos y una jaula llena de toda ave sucia y aborrecible? ¿O es un mensaje acerca de Babilonia? Quizá la manera más fácil de comprender el significado de este mensaje sea conocer, antes que nada, lo que significa Babilonia.
En primer lugar, ¿de dónde vino Babilonia? Su origen se remonta a la torre de Babel. Después del diluvio, aquellos que se habían apartado de Dios dijeron: «Sabemos que Dios ha prometido que no enviará otro diluvio, pero no estamos seguros que sea suficientemente fuerte para cumplir su promesa. Así que vamos a ayudarle». Entonces comenzaron a construir una torre que llegaría al cielo. Fue un ejemplo clásico del hombre que trata de salvarse a sí mismo. En consonancia con este principio trató de salvarse por sus propias obras.
Nabucodonosor cayó en la misma trampa. Era el rey del Imperio Neobabilónico. A pesar de las advertencias divinas se glorificó a sí mismo; como consecuencia tuvo que aprender duras lecciones, antes de dar a Dios voluntariamente la alabanza, la honra, y la gloria que sólo a él corresponden.
«La palabra ‘Babilonia’ deriva de ‘Babel’ y significa confusión. Se emplea en las Santas Escrituras para designar las varias formas de religiones falsas y apóstatas» (El conflicto de los siglos, página 431). «Casi todas las religiones falsas se basan en el mismo principio, a saber, que el hombre puede depender de sus propios esfuerzos para salvarse» (Patriarcas y profetas, página 60). 60). Y un párrafo más de «El Deseado de todas las gentes», página 26: «El principio de que el hombre puede salvarse por sus propias obras, que es el fundamento de toda religión pagana, era ya el principio de la religión judaica. Satanás lo había implantado; Y doquiera se lo adopte, los hombres no tienen defensa contra el pecado».
Así que «Babilonia» significa tratar de salvarse sí mismo, y adorarse a sí mismo en lugar de Dios. Muchas veces hemos señalado a otras denominaciones religiosas como si fueran Babilonia; pero, ¿necesita usted ser miembro de una de esas denominaciones para hacerse culpable del pecado de la autoadoración? ¿O este mensaje será una advertencia para todos? ¿Es posible ser víctima de Babilonia, aun siendo miembro de una iglesia que advierte contra Babilonia?
Si no tengo tiempo para estar a solas con Jesús cada día, en una relación personal de fe y confianza en él, entonces estoy tratando de salvarme a mí mismo. De acuerdo con una encuesta, del 75 al 80 por ciento de los miembros de la iglesia no tienen tiempo para estar ni siquiera cinco minutos al día, a solas con su Salvador. Es inevitable, entonces, llegar a la conclusión de que están tratando de salvarse por sus propios esfuerzos.
Cada cierto tiempo aparece alguien por ahí diciendo que la Iglesia Adventista del Séptimo Día se está convirtiendo paulatinamente en Babilonia, y que Babilonia representa a la iglesia. Pero se necesita mucho más que algunos miembros que estén tratando de salvarse gracias a su conducta, para hacer que una iglesia o una institución sea culpable del pecado de Babilonia. Podemos confesar la necesidad de un Salvador con nuestros labios; y la iglesia puede aceptar doctrinalmente la justicia de Cristo a favor del pecador; pero para estar libre personalmente de Babilonia, no sólo debo ser miembro de la iglesia, sino admitir voluntariamente que no puedo salvarme a mí mismo, y en consecuencia, venir a Jesús para ser salvo sobre la base de una relación personal con él.
¿En qué consiste el mensaje proclamado «con gran poder», el gran reavivamiento que se produce a causa del mensaje de este cuarto ángel? Es el reavivamiento de las buenas nuevas que sólo hay una esperanza de salvación, y que esa esperanza consiste en confiar en la justicia de Cristo. Este es el mensaje que circunda la tierra con poder y gran gloria, justamente antes de la venida de Jesús.
Teniendo esto en mente, volvamos al principio, al contenido y a la conclus1on del mensaje de este poderoso ángel. Si usted ha estudiado la historia de la iglesia, sabe que en 1888 se puso un gran énfasis en Jesús como nuestra única esperanza de salvación. Hacia el año 1892, a medida que el mensaje ganaba terreno a pesar de la oposición, se dio la siguiente advertencia escrita para la iglesia en la Review and Herald del 22 de noviembre de 1892: «El tiempo de prueba está justamente sobre nosotros, porque el fuerte clamor del tercer ángel ya ha comenzado en la revelación de la justicia de Cristo, el Redentor perdonador del pecado». Esta revelación fue el comienzo de la luz que irradia el ángel, cuya gloria llenará la tierra entera, el ángel de Apocalipsis 18.
Una semana más tarde, el 29 de noviembre, la Review publicó esta declaración: «Una obra debe realizarse en la tierra, similar a la que se produjo en el derramamiento del Espíritu Santo en los días de los primeros discípulos, cuando predicaban a Jesucristo y a Jesucristo crucificado. Muchos se convertirán en un día, porque el mensaje saldrá con poder». Por lo tanto, la justicia de Cristo, el mensaje del Redentor que perdona el pecado, fue el principio del mensaje del cuarto ángel.
Ahora veamos el contenido del mensaje: «Todo el poder es colocado en sus manos, y él puede dispensar ricos dones a los hombres, impartiendo el inapreciable don de su propia justicia al desvalido agente humano. Este es el mensaje que Dios ordenó que fuera dado al mundo. Es el mensaje del tercer ángel, que ha de ser proclamado en alta voz, y acompañado con el derramamiento de su Espíritu en gran medida» (Testimonios para los Ministros, página 89). Este es el contenido del mensaje de reavivamiento.
¿Y la conclusión del mensaje de este poderoso ángel? «El mensaje de la justicia de Cristo debe resonar desde un extremo de la tierra hasta el otro, para preparar el camino del Señor. Esta es la gloria de Dios que culmina la obra del tercer ángel» (6TPI 19)
De modo que el principio, el contenido y la conclusión del mensaje, se centran en torno a la justicia por la fe en Jesucristo solamente. Dondequiera y cuandoquiera que usted oiga un énfasis acerca de este mensaje, puede alentarse, levantar su cabeza y regocijarse, porque su redención está cerca.
Es posible que usted se haya dado cuenta a través de las citas anteriores, que el mensaje de este cuarto ángel y el de los tres ángeles, y el mensaje del tercer ángel, se mencionan como si fueran los mismos.
En efecto, así es, porque el cuarto ángel no trae un mensaje nuevo, sino simplemente un énfasis renovado sobre el mensaje ya proclamado por los tres ángeles de Apocalipsis 14. Lo que sucede es que el propósito del mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14 se había perdido de vista durante cierto tiempo.
Puede ser que el lector esté dolorosamente consciente de que el pueblo de Dios ha vagado durante muchos años por el desierto, tal como le ocurrió al antiguo Israel. Generalmente, las peregrinaciones por el desierto se han caracterizado por una ausencia de énfasis en la justicia de Cristo como nuestra única esperanza de justicia. Pero las buenas nuevas nos dicen que no tenemos por qué quedarnos a vivir en el desierto. Llegará el día cuando se cumpla lo predicho por el Salmo 126:1-2: «Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sión, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: grandes cosas ha hecho Jehová con éstos».
Viene el día cuando el pueblo de Dios que ha estado dormitando, despertará de su letargo. Y lo hará cuando finalmente haya comprendido dónde reside nuestra única esperanza de salvación.
Ahora consideremos ciertos términos, que a mi parecer, son peculiares en nuestra «cultura» adventista. La «lluvia temprana» y la «lluvia tardía». Por supuesto, se trata de términos bíblicos: se encuentran en Oseas 6:3; Zacarías 10:1 y Santiago 5:7-8. Estas expresiones indican que en el gran sembradío de Dios, se necesita lluvia para que el grano germine; se necesita lluvia durante el tiempo del crecimiento, y se necesita un buen aguacero exactamente antes de la cosecha. No se necesita ser labrador para darse cuenta de la importancia de la lluvia.
Hemos llamado al día de Pentecostés «lluvia temprana», y vemos en el futuro el último gran derramamiento del Espíritu de Dios sobre la tierra, como la «lluvia tardía». La lluvia tardía o fuerte clamor anunciado por este cuarto ángel, es el mensaje de advertencia contra la adoración del yo, y la invitación a aceptar la justicia de Cristo. Comienza en forma leve, pero pronto se acrecienta y transforma en un fuerte clamor. Todos tendrán que escucharlo. Y yo creo que ya ha comenzado.
La lluvia tardía, como hemos visto, es la manifestación final del bautismo del Espíritu. Pero usted no necesita esperar hasta la lluvia tardía para ser bautizado por el Espíritu Santo. De hecho, se nos dice que no deberíamos esperar para recibirlo. Sin embargo, usted necesita hacer la misma preparación, tanto para la lluvia tardía, como para recibir el bautismo del Espíritu Santo en cualquier momento de la historia de la tierra.
No existe ningún itinerario ni tiempo especial para recibir el Espíritu Santo. Él ha estado disponible desde el Pentecostés, y es evidente que fuera accesible aun durante la época del Antiguo Testamento. Pero existe un límite de tiempo para recibir la lluvia tardía, porque es el último derramamiento del Espíritu antes del fin.
Antes de la lluvia tardía, del fuerte clamor, y la terminación de la obra de Dios en la tierra, ocurrirán unas pocas señales. Una de las primeras será que Dios tomará las riendas en sus propias manos (Véase Testimonios para los Ministros, página 300). Esta expresión proviene de los tiempos cuando los carros eran tirados por caballos. En nuestros días, probablemente diríamos que Dios va a tomar el volante, y va a ocupar el asiento del conductor. Y cuando eso suceda, nos sorprenderemos de los sencillos medios que Dios usará para cumplir sus propósitos.
«El mensaje no será llevado adelante tanto con argumentos como por medio de la convicción profunda inspirada por el Espíritu de Dios» (El conflicto de los siglos, página 670). A veces nos enredamos, y perdemos tiempo en debates. A algunos predicadores del siglo pasado les encantaba argumentar y debatir, pero fueron reprendidos por hacerlo. Esto no sucederá en el caso de la proclamación del cuarto ángel.
En «Primeros escritos», página 277, se nos dice algo más acerca de este gran reavivamiento: «Otros ángeles fueron enviados desde el cielo en ayuda del potente ángel, y oí voces que por doquiera resonaban diciendo: ‘Salid de ella pueblo mío’ … Este mensaje parecía ser un complemento del tercer mensaje».
Como ya dijimos, el mensaje del curto ángel es nuevo en términos de tiempo y énfasis, no en términos de contenido. El mensaje ya ha sido dado a través de los tres ángeles, pero se perdió de vista durante algún tiempo.
Se nos ha dicho que Dios otorgará nuevamente el don de lenguas: «Se realizarán milagros, los enfermos sanarán» (El conflicto de los siglos, página 670).
Pocos «grandes hombres» participarán en esta obra final, porque Dios no puede obrar a través de individuos que poseen grandes talentos, pero exigen parte del crédito por el éxito de sus esfuerzos. (Véase 5TPI 80)
Las invenciones de los hombres, las tretas, y la maquinaria humana serán dejadas de lado, y Dios obrará a través de los medios más sencillos. (Véase Mensajes selectos, tomo 2, páginas 67-68.)
Recuerdo aquella vez cuando estaba sentado en el pórtico de un hotel en Luxor, Alto Egipto. Estábamos a punto de salir de gira con el Dr. Horn, y de pronto vimos a un misionero que afanosamente entraba y salía de las humildes chozas de paja de aquel lugar.
Uno de los doctores del grupo se acercó a él, y le preguntó: -¿Qué necesita usted? Estamos listos para proporcionarle todo lo que necesite para llevar a cabo su obra. ¿Le gustaría un proyector, una pantalla u otro equipo?
Pero el misionero contestó: -Lo que necesitamos es más oración.
Esa noche nuestro tren salió rumbo a El Cairo. Un ejecutivo de la compañía de ferrocarriles había sido promovido de la provincia a El Cairo, para desempeñar un cargo más elevado. Era un gran hombre. Muchos habían venido a expresarle su deseo de éxito y ventura. Allí estaba la multitud gritando, cantando y diciendo adiós con la mano. Pero más allá, en las sombras, trabajaba el solitario misionero adventista del séptimo día. Mientras el tren avanzaba en medio de la oscuridad, todavía podía oír sus solemnes palabras: «Lo que necesitamos es más oración».
Cuando las ataduras del poder humano sean puestas a un lado, y el Espíritu Santo se levante para terminar su obra, entonces nos daremos cuenta de la futilidad de todos nuestros esfuerzos, aun en la realización de la obra de Dios. Y reconoceremos, junto con el solitario misionero adventista del Alto Egipto, que la respuesta a lo largo del camino siempre ha sido y será más oración, y menos esfuerzo humano.
Otra verdad acerca del reavivamiento y el fuerte clamor, que se halla en la Review and Herald del 19 de noviembre de 1908, es ésta: Únicamente a aquellos que hayan resistido la tentación mediante la fuerza del Todopoderoso, se les permitirá participar en su proclamación (el mensaje del tercer ángel), cuando ésta se convierta en el fuerte clamor». Esto significa que debo conocer por mi propia experiencia, el poder del Espíritu Santo para sacarme de Babilonia, y aprender a depender completamente de él, antes que llegue ese tiempo decisivo, ¿verdad?
Y finalmente, se nos ha advertido que habrá gran oposición al reavivamiento de este cuarto ángel. En la Review and Herald, del 27 de mayo de 1890, leemos: «La luz que alumbrará a la tierra con su gloria será llamada falsa luz, por aquellos que rehúsen andar en su gloria ascendente». Y en la del 23 de diciembre del mismo año dice: «En la manifestación del poder que ilumina la tierra con la gloria de Dios, ellos (los que fueron cegados por Satanás) sólo verán algo que en su ceguera considerarán peligroso, algo que despertará sus temores, y se unirán firmemente para resistirlo».
En conclusión, veamos brevemente los eventos que ocurrirán entre este momento histórico y la aparición de Jesús por segunda vez.
1. Se dará gran énfasis a la justificación por la fe en Jesús. ¿Ha escuchado algo al respecto?
2. Este énfasis producirá un zarandeo en el seno del pueblo de Dios. Los tibios espirituales irán por uno de estos dos caminos: O se enfriarán totalmente, o recuperarán su primer amor. Esto está sucediendo ya en torno nuestro.
3. El Espíritu Santo y los ángeles comienzan a abandonar a los indiferentes, y duplican su número alrededor de los que están interesados.
4. A medida que el pueblo de Dios aprende a buscar a Jesús, a depender de él, en vez de confiar en ellos mismos, obtienen la victoria sobre la autodependencia, que resulta en la victoria sobre todo hecho y pensamiento pecaminoso.
5. Los que finalmente obtengan la victoria quedarán involucrados en el fuerte clamor del tercer ángel, el gran reavivamiento. De inmediato comienzan a compartir las buenas nuevas con un poder inusitado, jamás experimentado.
6. Mientras avanzan con el poder de la lluvia tardía, los impíos empiezan a temer, y comienza el tiempo de angustia, y se desata la persecución.
7. A medida que la persecución aumenta, el tiempo de angustia para el pueblo de Dios se agudiza, y éste lucha con Dios día y noche por su liberación.
8. Finalmente, aparece Jesús en las nubes del cielo, y el tiempo de ir a la tierra mejor, llega por fin.
¿Ha contemplado usted alguna vez un cielo azul en una tarde soleada, y trató de imaginar lo que será ver ese cielo abrirse como un pergamino que se enrolla? ¿Verdad que la mente no es capaz de visualizar la escena, y uno siente que es casi imposible que aquello pueda suceder?
Pero, por otra parte, ¿ha visto usted alguna vez, aunque sea sólo una vislumbre del sufrimiento, la tristeza, el dolor y las lágrimas de los habitantes de este mundo que va a la deriva, y encontró todavía más difícil no creer que eso suceda?
Hemos estado bastante cómodos aquí. Hemos estado muy contentos en este mundo de pecado. Nos hemos sentido satisfechos con un poquito del poder de Dios en nuestras vidas. Pero el Espíritu Santo, nuestro mejor Amigo, obra continuamente para apartarnos de nuestras complacencias. Obra día y noche, a fin de mostramos nuestros pecados y nuestra necesidad de un Salvador, e inducirnos a rendirle todo nuestro ser y nuestros planes, de modo que podamos ser usados por él, para terminar con esta historia de pecado. ¿Está usted dispuesto hoy, a permitirle que obre en su vida? ¿Buscará su poder hoy, mañana, y pasado mañana, y cada día hasta que Jesús venga, y nos lleve con él por toda la eternidad?
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¿Ha escuchado usted la historia de Griffith Jones? Él se hizo adventista del séptimo día en 1893, y tenía el ardiente deseo de llevar el Evangelio a los habitantes de las indias orientales, y de las islas del Pacífico Sur.
Pero los dirigentes de la iglesia no le permitieron ir. Le dijeron: «Usted está demasiado viejo».
Pero Jones era un «rebelde». ¡Decidió ir de todas maneras! Claramente se podía ver que el Espíritu Santo lo estaba guiando. Se puso en camino y pidió que lo llevaran. Por fin lo transportaron gratis en un barco carguero, que se dirigía hacia los mares del sur.
Una noche, en medio de las tinieblas, decidieron dejarlo cerca de la playa de una isla habitada por caníbales. Se las ingenió para hacerse de un bote en el cual navegó hasta la orilla, y llegó a su destino con el ardiente deseo de llevar el Evangelio a los paganos. Entonces ocurrió algo maravilloso.
En el momento en que sus pies tocaron la arena de la playa fue capacitado para hablar el idioma de los caníbales. A la mañana siguiente, cuando los caníbales lo descubrieron, pudo haber ocurrido un desastre, con el «capitán Jones» servido como desayuno. Pero cuando comenzó a hablarles en su propia lengua, quedaron atónitos. Escucharon todo el tiempo necesario para saber del Dios de amor. El mensaje tocó sus corazones. Y así comenzó la obra en las islas de los mares del sur.
Veremos mucho de este tipo de milagros antes que termine la historia de esta tierra, porque ciertamente, está vigente la manifestación genuina del don de lenguas.
San Pablo pone al don de lenguas en la lista de los dones del Espíritu. Echemos una mirada a los dones espirituales, y comencemos analizando el que parece ser el don del Espíritu, peor comprendido en el mundo cristiano de hoy. En primer lugar, leamos Efesios 4, comenzando con el versículo 8: «Por lo cual dice: subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres». Versículos 11 y 12: «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo».
Aquí tenemos dos puntos importantes acerca de los dones espirituales. A una persona se le da un don, y a otra otro. Y el propósito más importante de la concesión de los dones es la edificación del cuerpo de Cristo.
Mientras estamos en Efesios 4, leamos un versículo más, el 23: «Y renovaos en el espíritu de vuestra mente». Dios obra a través de la mente. Hablaremos más acerca de esto un poco más adelante.
Ahora vayamos al capítulo 12 de la primera epístola a los Corintios, donde San Pablo trata el tema de los dones espirituales. Desde luego, el tema continúa hasta el final del capítulo 14. Aquí San Pablo entra directamente en materia, cuando dice: «No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales». Luego hace una descripción de cómo el Espíritu Santo da los dones, a través de distintas operaciones; y en los versículos 7 al 10 enumera algunos de ellos: «Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia, según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas».
Luego procede a señalar, en el versículo 11, que el Espíritu hace esto «como quiere». Y en el versículo 18, «como quiso». Él actúa de acuerdo a su iniciativa, su elección, su voluntad. Luego hace un resumen al final del capítulo, comenzando con el versículo 28, donde vuelve a repetir la lista de algunos dones del espíritu: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Todos maestros? ¿Hacen todos milagros? ¿Tienen todos dones de sanidad? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos?» La respuesta tácita, para cada una de estas preguntas, es no. ¿Tienen todos el mismo don? No.
Sin embargo, en el movimiento religioso moderno llamado neopentecostalismo, que está propagándose en todas las iglesias, y aun superando fronteras denominacionales, el común denominador es hablar en lenguas; es la evidencia de haber recibido el bautismo del Espíritu Santo. Se piensa que hablar en lenguas es un asunto de la adoración privada. Una persona se oculta en el guardarropas de su recámara, cae bajo el control de un poder extraordinario, empieza a hablar en una lengua que no conoce, pero que acepta como una alabanza a Dios. Por esta razón, queremos analizar con cuidado este asunto y ver lo que la Biblia dice al respecto.
Para comenzar, probemos el análisis hermenéutico. Es decir, debemos buscar todo lo que la Biblia dice sobre un determinado tema, y hacer la interpretación de la verdad basada en el peso mismo de la evidencia. Hacer esto es relativamente fácil con este tema, puesto que no hay muchas referencias al don de lenguas; de modo que no es difícil estudiar todo lo que la Biblia dice al respecto.
El método hermenéutico para interpretar las Escrituras se remonta al tiempo de la reforma protestante, cuando Martín Lutero y los otros reformadores insistieron que la Biblia estaba segura en manos de los legos. La premisa era que la Biblia se interpreta a sí misma. Ello sigue siendo verdad hoy.
Hemos aplicado este mismo método al estudio de doctrinas, tales como el estado inconsciente de los muertos. No tomamos un pasaje aislado de la Escritura, digamos el del rico y Lázaro, y fundamentamos nuestra doctrina sólo en ese texto. Lo que hacemos es analizar todo el contexto relativo al tema, y adoptar una interpretación respaldada por el peso de la evidencia.
La primera referencia acerca de hablar en lenguas, que aparece en el evangelio, la dio Jesús mismo, y se registra en Marcos 16:17-18. El Maestro hablaba con sus discípulos tocante a su obra futura, y les dijo: «Estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán». Así que Jesús predijo el don de lenguas.
Si usted recurre al idioma original de la Biblia, encontrará que las «nuevas» lenguas eran nuevas para ellos. No se está hablando de una lengua o idioma que nunca antes hubiera sido conocida, u oída por nadie. Es como comprar un nuevo automóvil, es decir, un automóvil que ¡es nuevo para usted!
Cuando se les dijo a los discípulos que hablarían nuevas lenguas, el mismo sentido del pasaje indica que se refiere a lenguas ya conocidas y usadas antes, pero que para ellos eran nuevas.
La siguiente referencia al don de lenguas se halla en Hechos 2. No leeremos todo el capítulo, pero dedicaremos tiempo a analizar el marco histórico del día de Pentecostés. Los discípulos estaban predicando a las multitudes que decían: «¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua, en la que hemos nacido?» (versículo 8). Algunos creen que los discípulos hablaban en su lengua materna, y que únicamente el pueblo oía en su propio idioma, lo que quiere decir que si éste fuera el caso, tendríamos que llamarlo don de oír, y no don de lenguas.
El libro «Hechos de los apóstoles», páginas 32-33, nos da una visión detallada de esta experiencia: «El Espíritu Santo, asumiendo la forma de lenguas de fuego, descansó sobre los que estaban congregados. Esto era un emblema del don entonces concedido a los discípulos, que los habilitaba para hablar con facilidad idiomas antes desconocidos para ellos … Toda lengua conocida estaba representada por la multitud reunida. Esta diversidad de idiomas hubiera representado un gran obstáculo para la proclamación del Evangelio; por lo tanto, Dios suplió de una manera milagrosa la deficiencia de los apóstoles. El Espíritu Santo hizo por ellos, lo que los discípulos no hubieran podido llevar a cabo en todo el curso de su vida. Ellos podían ahora proclamar las verdades del Evangelio extensamente, pues hablaban con corrección los idiomas de aquellos por quienes trabajaban. Este don milagroso era una evidencia poderosa para el mundo, de que la comisión de ellos llevaba el sello del cielo. Desde entonces, y en adelante, el habla de los discípulos fue pura, sencilla, y correcta, ya hablaran en su idioma nativo, o en idioma extranjero».
El siguiente caso en que se habló en lenguas se encuentra en Hechos 10. Aquí prácticamente tendría usted que leer el capítulo entero para visualizar la escena. Usted recuerda que Dios envió a Pedro a casa de Cornelio. Pedro había visto en visión el lienzo lleno de animales inmundos, y había comprendido que tendría que ministrar o predicar a los gentiles. Hay quienes piensan que Cornelio era un pagano nato, pero si usted lee el versículo 22, verá que ahí se declara que era un hombre justo y temeroso de Dios.
Cuando Pedro entró en escena, y comenzó a presentar la verdad que Dios le había enviado a revelar, Cornelio, sus parientes, y sus amigos estaban reunidos en casa. Versículo 44: «Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso». Pedro y sus asociados se asombraron, porque no esperaban que el Espíritu Santo fuera derramado sobre los gentiles. Pero los versículos 46-47 declaran: «Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios. Entonces, respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo, también como nosotros?»
Pedro y los demás apóstoles habían recibido el Espíritu manifestado en lenguas en el Pentecostés, las cuales, según hemos visto, eran lenguas conocidas. Ahora añade: «También como nosotros». Y más tarde, ya de regreso en Jerusalén en su informe a la «Asociación General» dijo: «Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también como sobre nosotros al principio» (Hechos 11:15). De manera que la indicación de la Escritura es que ésta fue la misma manifestación que habían experimentado los discípulos en el día de Pentecostés.
En Hechos 19 hallamos otra vez a personas que ni siquiera sabían que existía el Espíritu Santo. Y Pablo comenzó inmediatamente a enseñarles y ayudarles a comprender esta doctrina, con un poco más de profundidad. Versículos 5 y 6: «Y cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas y profetizaban».
No hay nada en el contexto que nos indique si estaban hablando en idiomas conocidos o en lenguas extrañas; pero según lo que hemos estudiado hasta aquí, no habría razón para concluir que no se trataba simplemente de idiomas conocidos.
El comentario inspirado aclara: «Con profundo interés, y agradecido y maravillado gozo, los hermanos escucharon las palabras de Pablo, por la fe aceptaron la maravillosa verdad del sacrificio expiatorio de Cristo, y le recibieron como su Redentor. Fueron bautizados entonces en el nombre de Jesús; y habiéndoles impuesto Pablo las manos’, recibieron también el bautismo del Espíritu Santo, por el cual fueron capacitados para hablar los idiomas de otras naciones, y para profetizar. Así fueron habilitados para trabajar como misioneros en Efeso y en su vecindad, y también para salir a proclamar el Evangelio en Asia Menor» (Los hechos de los apóstoles, página 229).
Ahora volvamos al capítulo difícil: 1 Corintios 14. Ya hemos visto cuatro de las cinco referencias al hecho de hablar en lenguas; y cuatro de las cinco hasta aquí estudiadas, indican que se trata de idiomas conocidos, y no de expresiones de éxtasis. Examinemos el pasaje en el cual algunos creen hallar la mejor evidencia acerca de declaraciones tales. Pero, si nos aferramos a la evidencia, nosotros tendríamos mayoría de votos, ¿verdad?
Hay una palabra griega que significa «éxtasis», pero no se usa en 1 Corintios 14. La palabra que se emplea allí es «glossa» (que aparece también en Hechos 2), y que significa, ni más ni menos, que «lengua» o «lenguaje». Los traductores de la versión Reina-Valera insertaron la palabra «desconocida o extraña». Usted notará que hasta en la edición de 1979 se encuentra la palabra desconocida en cursiva o itálica, lo cual indica que fue añadida por los traductores.
¿Recuerda el versículo que ya leímos en Efesios 4, donde dice que debemos renovarnos en el espíritu de nuestra mente? Ahora súmele Romanos 12:2 a este versículo: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta». Dios siempre obra a través de la mente. «La mente rige al hombre entero. Todas nuestras acciones, buenas o malas, tienen su origen en la mente. Es la mente la que adora a Dios, y nos pone en relación con los seres celestiales» (Fundamentos de la educación cristiana, página 293). La mente es la que adora a Dios, no las emociones ni los sentimientos.
Con este pensamiento, introduzcámonos rápidamente en 1 Corintios 14, y destaquemos las palabras claves: Versículo 2, entiende; versículo 3, edificación; versículo 4, edifica; versículo 6, por revelación, por conciencia (o conocimiento); versículo 9, entenderá; versículo 11, el valor de la voz (o su significado); versículo 12, edificación; versículo 14, entendimiento; versículo 16, entiende; versículo 17, edificado; versículo 19, entendimiento; versículo 20, pensar. Una y otra vez se puntualiza el hecho de que no debe hacerse nada en la iglesia que no se comprenda o que no edifique.
¿Qué significa la palabra edificar? Significa instruir, mejorar espiritualmente. El mensaje en suma de 1 Corintios 14 es que si nadie comprende lo que se dice, nadie se edifica. El versículo 2 dice: «Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios». Versículo 9: «Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire». Versículo 11: «Pero si yo ignoro el valor de las palabras, seré como extranjero para el que habla, y el que habla será como extranjero para mí». Versículo 19: «Pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida». Y así por el estilo. Pablo lo repite una y otra vez. Si nadie entiende lo que usted está diciendo, no lo edifica ni lo ayuda espiritualmente.
Lo anterior nos lleva a la siguiente conclusión. Si yo oro en privado y oro en una lengua desconocida para mí, no sería yo edificado tampoco. ¿No es obvio esto? Si se me ha dado el don de hablar en una lengua extranjera, digamos el chino mandarín, y hablo chino mandarín en un servicio de adoración de habla inglesa, nadie sería edificado. Si yo quiero orar a Dios en chino mandarín, debo hacerlo en la intimidad de mi cámara secreta. Pero si yo le hablo a Dios en una lengua que yo mismo no entiendo, entonces no habrá edificación. Y las palabras que se hablan, si nadie las entiende, no tienen utilidad.
En conclusión, recordemos que aun la manifestación genuina del don de lenguas, no es la máxima obra del Espíritu Santo. La mayor manifestación del poder del Espíritu de Dios se ve en la naturaleza humana transformada a semejanza del carácter perfecto de Cristo. Por lo tanto, el único propósito de la manifestación sobrenatural de cualquiera de los dones del Espíritu será la predicación del evangelio de Cristo, a fin de que las vidas sean transformadas. ¿Podemos cooperar con el Espíritu Santo y adoptar ese objetivo como nuestro propósito principal? ¡Qué privilegio tenemos de ser obreros juntamente con Dios en el logro de este elevado propósito!
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Imagínese por un momento que acaba de estar en el consultorio del médico, quien le ha diagnosticado una enfermedad incurable y le ha anunciado que le quedan solamente seis meses de vida. Usted regresa a casa, y trata de encontrar la mejor manera de darle a su familia la desagradable noticia. Y no puede evitar preguntarse cómo será la muerte en realidad. Por supuesto, comienza a preocuparse por las finanzas y la subsistenc1a de su familia cuando usted les falte. De hecho, usted está asustado. Mientras la angustia lo consume, sentado en un sillón de la sala, sus ojos se posan en un anuncio que viene en el periódico del día. Habrá una reunión en el pueblo esta misma semana. Uno de esos predicadores que prometen curar instantáneamente a la gente, por medio de la fe, incluso de la misma enfermedad que usted padece, está de visita. Ahí está también la fotografía de alguien que fue sanado y la declaración de un médico que afirma que fue «un milagro».
Sin embargo, por lo que usted sabe acerca de este predicador, especialmente a juzgar por sus métodos y creencias religiosas, está segurísimo de que existe por lo menos un cincuenta por ciento de probabilidades de que el poder de Satanás esté detrás de sus curaciones milagrosas. A estas alturas, ¿está listo para decidir sobre este asunto? ¿Irá a la reunión y correrá el riesgo? ¿O se quedará en casa y se preparará para morir dentro de seis meses? Dicho de otro modo, ¿preferiría morir, antes que ser sanado por Satanás?
Se nos ha advertido que en los últimos días el enemigo hará un tremendo esfuerzo para engañar, si fuera posible, aun a los escogidos (Mateo 24:23-24): «Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos».
Es evidente que el enemigo tendrá aparejados algunos engaños para la última generación que viva antes de que Jesús venga por segunda vez. Y éstos serán ejecutados tan hábilmente, que casi lograrán su objetivo. Satanás tratará de captar la atención del pueblo de Dios mediante milagros y prodigios. ¡Qué método tan efectivo para llamar la atención de cualquiera! La humanidad siempre fue impresionada especialmente por lo sensacional. Cuando ocurre algo fuera de lo normal, en materia de acontecimientos, todos nos detenemos para escuchar. Hollywood explota esta premisa. Circos, ferias y carnavales han funcionado sobre esta base, durante muchos años. Parece ser parte de la naturaleza humana el dejarse fascinar por lo insólito y espectacular. El enemigo hará uso de ese recurso para engañar, si es posible, aun a los escogidos.
La Biblia registra muchos ejemplos de quienes se dejaron impresionar por el sensacionalismo. Los discípulos de Jesús no fueron la excepción. Lucas 10:17-20 habla de eso. Ellos, tras haber sido enviados por Jesús a un viaje misionero, regresaron entusiasmados. «Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre». Jesús, prudentemente trató de desviar su atención de lo espectacular, y la enfocó sobre el verdadero milagro: «Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos».
Satanás había sido arrojado del cielo hacía mucho tiempo. No era raro, pues, que todavía estuviera sujeto al poder de Jesucristo. ¡En cambio, que el duro corazón humano se entregara al control de Dios, y fuera restaurado a la comunión con él, he ahí algo verdaderamente extraordinario por lo cual asombrarse!
No obstante, todavía no hemos aprendido mucho de esta lección que Jesús dio a sus discípulos. Si supiéramos que alguien resucitó de los muertos, o que sanó de una enfermedad incurable, lo pondríamos en los titulares de los periódicos. Sin embargo, la historia del pecador convertido, que es el mayor milagro, no aparece ni en la última página del diario más ordinario.
Consideremos Lucas 16:20-31, que contiene el relato de Jesús, del rico y Lázaro. Al rico se lo presenta bajo un estado de tormento. En la parábola suplica que Lázaro sea enviado a hablar a sus cinco hermanos. «Porque, según él, si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán». La respuesta de Abrahán es que no creerían aunque alguno se levantase de los muertos.
Puede ser que seamos impresionados momentáneamente por algo fulgurante y sensacional. Pero, ¿cambia en realidad el corazón? Poco tiempo después de que Jesús relató esta parábola, resucitó a otro Lázaro. ¡Lázaro, imagínese! ¿Cómo es posible que no aprendieran la lección? Pero ellos no creyeron. Y cuando Jesús mismo resucitó de entre los muertos, ellos todavía se opusieron, se rebelaron, y se negaron a creer.
Hechos 8 refiere la historia de Simón el mago. Simón había sido considerado como un personaje estelar dentro de su reducido círculo, pero cuando los discípulos aparecieron, reconoció que ellos hacían cosas aún más espectaculares que él. Aprovechándose de las circunstancias quiso hacer el negocio de su vida, y aunque aparentemente se convirtió, por poco tiempo, vemos que el cambio de su corazón fue temporal.
Es posible, que de un modo u otro todos hayamos pasado por la experiencia de Elías, de buscar a Dios en el viento y el fuego, casi pasando por alto la suave vocecita. ¡Qué fácil resulta a los seres humanos hacer esto! Siempre ha sido así.
Somos bombardeados por el sensacionalismo cada día de nuestra vida. El programa televisivo de «La pregunta de los 64 mil dólares» salió del aire hace mucho tiempo, porque se descubrió que era un fraude. No obstante, cautivó al gran país del norte por un tiempo. Mi esposa y yo solíamos discutir con algunos parientes que pensaban que este programa era todo un acontecimiento, algo nunca visto. Discutíamos el hecho de que los patrocinadores del programa no salían al aire para descubrir genios, sino para anunciar un producto. Los promotores introducían a los participantes en una cabina a prueba de sonido, y los ametrallaban con preguntas que sólo podían ser contestadas por alguien que tuviera mil años de experiencia y una memoria fotográfica. La música iba creciendo, el suspenso también crecía, y la gente, sentada frente a su televisor, parecía que iba a sufrir un colapso nervioso. Pero todo era una farsa.
Otro hecho espectacular, con el cual somos confrontados en la actualidad, es la oferta de obtener algo por nada. Se presenta en diversas formas, y sirve de base para todos los concursos, competencias, y sorteos tan populares en el mundo de la publicidad de nuestra época. La lotería es un negocio legal en muchos países, y es muy común ver a personas que compran billetes de lotería, en vez de comida, para alimentar a sus familias.
Recuerdo que cuando era niño, oí que Henry Ford regalaría un Ford nuevo a cambio de cierto tipo de moneda, un centavo acuñado en cierto año, y en cierta casa de moneda. Mi padre estaba dando un ciclo de conferencias, y solicitaba una ofrenda voluntaria cada noche. ¡Qué oportunidad de oro, ante semejante oferta! ¡Como desaprovecharla! ¡Adivine quién estaba en el cuarto de atrás, revisando las monedas una vez recogida la ofrenda!, Y ¡adivine quién encontró la tan preciada moneda de un centavo!
Envié la moneda a Henry Ford por vía aérea. Y allí estaba yo, despierto toda la noche, soñando con mi nuevo Ford. Ya había elegido el color y las llantas, serían de cara blanca. Iba a ser un convertible. Ya había planeado los viajes que haría para gozarme con mis amigos, y prácticamente no resistía las ansias de que llegara el gran día.
Entonces recibí una carta de respuesta de Henry Ford. Fue todo lo que obtuve de él… una carta pidiéndome disculpas.
Nos es duro admitir, que según las Escrituras, las maravillas y los milagros no son pruebas del amor de Dios. Apocalipsis 16:14 habla de los espíritus de demonios obradores de milagros. No dice que pretenden obrar milagros. Hay mucho de falso en los anuncios sobre hechos espectaculares, pero no toda la publicidad es falsa. Nunca olvidemos que el diablo es capaz de obrar milagros. La Escritura es clara al respecto. Conocemos la historia de Faraón y las varas de sus magos en la corte del antiguo Egipto. Ellos repitieron los milagros que Moisés realizó, al menos hasta cierto punto.
También estamos familiarizados con la historia de Job y la sarna maligna que lo atacó. ¿Recuerda usted quién fue el responsable de esa enfermedad? Si el enemigo puede producir sarna, quizá también pueda sanarla, quitando la causa que la produjo. Por semejantes medios es fácil hacer creer que un milagro ha ocurrido.
A veces elogiamos al médico después de una operación exitosa. Pero, realmente ¿es capaz el médico de sanar al paciente? Los médicos pueden cooperar con la naturaleza, quitando la causa de la enfermedad, pero eso es todo lo que pueden hacer. Los médicos pueden suturar una incisión, pero el milagro se produce luego, a medida que sana la herida.
No olvidemos que antes del retorno de Jesús ocurrirán cosas asombrosas y espectaculares, producidas por el poder del Espíritu Santo. No se trata de suprimir todas las manifestaciones sobrenaturales, suponiendo automáticamente que son de origen satánico. Se nos ha prometido el derramamiento del Espíritu de Dios, y la restauración plena de todos los dones del Espíritu en la iglesia. Pero el punto que queremos dejar bien claro aquí, es éste: Nunca juzgue la verdad por lo espectacular. Nunca será seguro determinar si una cosa es de Dios o de Satanás, sobre la base de lo espectacular.
Hemos hecho uso de una serie de racionalizaciones, para explicar por qué no tenemos la manifestación plena del Espíritu Santo en la iglesia actualmente. Por ejemplo, alguien va a Japón, aprende el idioma, y pasa sus exámenes para ejercer su profesión de médico en un año. Y nosotros decimos, ése es el don de lenguas. Pero no es así. Señalamos a nuestros hospitales y a nuestros médicos cristianos con sus logros, sus habilidades y talentos, y decimos, ahí está el don de sanidad. Pero no es así. No vendamos el poder de Dios a bajo precio, sólo porque no experimentamos su plenitud.
En la actualidad existe una gran preocupación en el seno del pueblo cristiano en general, por experimentar las bendiciones y los dones del Espíritu Santo, y todo lo que ello implica. ¿No es éste un deseo legítimo? ¿Hay algo malo en desear todos los dones que Dios quiere darnos? Por supuesto que no. Pero mientras la búsqueda de lo espectacular continúe, la pregunta seguirá: ¿Cómo saber, finalmente, si ese poder viene de Dios o no? Y es una pregunta de suprema importancia.
Siendo que en muchos lugares se llevan a cabo reuniones donde se producen manifestaciones de carácter sobrenatural, la tentación es ir en pos de lo espectacular. Hay quienes buscarán más del poder de Dios, de lo que han visto jamás. Lo buscarán por razones mucho menos dramáticas que las del hombre descritas al principio de este capítulo, que sólo tenía seis meses de vida.
Si usted asiste a alguna de esas reuniones, puede ser que encuentre algo de las siguientes cosas:
1. Estará consciente de un poder o la presencia de algo que sus sentidos no podrán negar.
2. Se verá ante lo milagroso. Verá y experimentará algo inexplicable por la razón.
3. Encontrará un gran énfasis en Jesús y la Biblia.
4. Descubrirá un gran énfasis sobre nuestra necesidad de amor, y sobre la felicidad y el gozo resultantes de amarnos unos a otros.
5. Se verá frente a un sistema religioso que aparentará ser más elevado, una experiencia de fe al parecer más profunda, o un discernimiento de las verdades espirituales que pretenderá ser más profundo.
6. Finalmente, conocerá a personas cuyas vidas habrán sido cambiadas.
¿Encuentra usted algo objetable en todo esto? Al verse frente a todas estas evidencias, ¿serán prueba suficiente de que la obra es de Dios, que el espíritu que se manifiesta es el Espíritu Santo y que lo que se predica es la verdad y no un engaño?
Quiero mostrarle algo que ha sido una especie de don especial para la iglesia. Debemos estar agradecidos por el conocimiento detallado acerca de los sucesos finales del gran conflicto entre Cristo y Satanás. Note las siguientes descripciones del espiritismo, y compárela con la lista anterior.
1. Con relación al hecho de encontrar un poder y una presencia evidente, que sus sentidos no podrán negar: Satanás «presentará sus tentaciones a los hombres, pervertirá los sentidos de todos los que no estén protegidos por el poder divino» (El conflicto de los siglos, página 610)
2. En cuanto a milagros: «Han de cumplirse milagros, los enfermos sanarán y se realizarán muchos prodigios innegables» (El conflicto de los siglos, página 645)
3. Relativo al énfasis sobre Jesús y la Biblia: Y como los espíritus profesarán creer en la Biblia; su obra será aceptada como manifestación del poder divino. Mientras años atrás atacaba a Cristo y la Biblia, declara ahora que acepta a ambos» (El conflicto de los siglos, páginas 645-646, 614)
4. Gran énfasis sobre el amor: «Los espiritistas hacen hincapié en el amor como si fuera atributo principal de Dios». El enemigo «apela a la razón por la presentación de temas elevados, deleita los sentidos con escenas que cautivan y conquistan los afectos, por medio de imágenes elocuentes de amor y caridad» (El conflicto de los siglos, págs. 614, 610).
5. Un sistema religioso más exaltado: Satanás «profesa presentar un sistema religioso nuevo y más elevado» (El conflicto de los siglos, páginas 646)
6. ¿Y qué acerca de las vidas transformadas?: «El enemigo de las almas desea impedir esta obra, y antes que llegue el tiempo para que se produzca tal movimiento, tratará de evitarlo introduciendo una falsa imitación. Hará aparecer como que la bendición especial de Dios es derramada sobre las iglesias que pueda colocar bajo su poder seductor; allí se manifestará lo que será considerado como un gran interés por lo religioso. Multitudes se alegrarán de que Dios estará obrando maravillosamente en su favor, cuando, en realidad, la obra provendrá de otro espíritu. Bajo un disfraz religioso, Satanás tratará de extender su influencia sobre el mundo cristiano» (El conflicto de los siglos, página 517).
He aquí otra declaración sobre el mismo tema: «El tentador obra a menudo con el mayor éxito, por intermedio de los menos sospechosos de estar bajo su influencia … muchas personas cultas y de modales afables, que no cederían a lo que suele llamarse actos inmorales, son brillantes instrumentos de Satanás» (El conflicto de los siglos, página 563)
El diablo no coloca a todos en el mismo nivel. Hará uso de algunas personas cuyas vidas parecerán haber sido cambiadas: personas buenas, morales, éticas, bondadosas y llenas de amor. Permítame hacerle otra pregunta. Si Satanás conduce a una persona hacia las drogas, ¿no es razonable suponer que también puede quitar las tentaciones, y permitir al adicto lograr la victoria sobre ellas? ¿Es posible esto o no? Así que ni siquiera una vida cambiada prueba necesariamente la acción del poder de Dios.
Cuando usted compara todos estos puntos, se enfrenta a la pregunta inevitable: Si no podemos saber cuál es la verdad en base a cualquiera de las condiciones arriba mencionadas, entonces ¿qué hacer?
Pues bien, una prueba importante es la de las Sagradas Escrituras. Note lo siguiente: «El anticristo realizará sus maravillosas obras ante nuestra vista. Tan perfectamente semejará el engaño a la verdad, que será imposible hacer una distinción entre ellos, excepto por las Sagradas Escrituras. Por su testimonio ha de probarse toda declaración y todo milagro» (4SP 411).
Considere esta otra prueba que se menciona en el libro de «El Evangelismo», página 43: «Por la falta de fe, muchos que procuran obedecer los mandamientos de Dios tienen poca paz y gozo; no representan correctamente el sacrificio que debe realizarse mediante la obediencia a la verdad. No están anclados en Cristo. Muchos sienten que a su experiencia le falta algo; desean algo que no poseen, y en esa forma, algunos son inducidos a asistir a las reuniones de los que enseñan la doctrina de la santidad, y quedan encantados por las opiniones de los que quebrantan la ley de Dios».
Así que si no tengo una experiencia íntima con Jesús, tratar de obedecer los mandamientos de Dios no me producirá gozo ni paz. Por lo mismo, seguiré buscando algo que siento que falta en mi vida.
De modo que aquí, hay dos pruebas mediante las cuales podemos determinar lo que es falso y verdadero. La primera es de tipo intelectual: compare las enseñanzas con la Palabra y la Ley de Dios. La segunda es de carácter experimental: tenga una relación tan estrecha con Dios, que él pueda enviarle sus señales personalmente, para advertirle y alejarle del error y del engaño.
Lo anterior no pretende, en ningún sentido, juzgar a las personas que están involucradas en los falsos reavivamientos religiosos. Más bien, consideremos dos posibilidades. Primero, una persona puede conocer todo lo relacionado con la Ley de Dios y los mandamientos, pero carece de una profunda experiencia espiritual con Jesús. Segundo, otro puede ser que todavía no haya aceptado toda la verdad con respecto a la Ley de Dios, pero parece tener una profunda experiencia con Jesús. Ahora, ¿cuál de estas dos personas estaría preparada para el derramamiento del Espíritu Santo? ¿Cuál de ellas podría esperar tener la última dotación del Espíritu Santo, y la manifestación de los dones espirituales?
La respuesta es: Ninguna de las dos. No esperaríamos encontrar las últimas manifestaciones del Espíritu Santo, en un grupo de personas que no guardan todos los mandamientos de Dios, ni tampoco esperaríamos verlo en un grupo que no tiene la experiencia personal de haber aceptado la Justicia de Cristo. El Espíritu será derramado únicamente sobre los que hayan tenido ambas experiencias; es decir, que hayan aceptado y experimentado la justicia de Cristo, y estén guardando todos los mandamientos de Dios.
«Hay una obra que debe hacerse en este tiempo, para preparar un pueblo que se sostenga en el tiempo de angustia, y todos deben desempeñar su parte en esta tarea. Deben estar vestidos con la justicia de Cristo, y estar tan fortalecidos por la verdad, que los engaños de Satanás no serán aceptados por ellos como manifestaciones genuinas del poder de Dios» (Review and Herald, 24 de diciembre de 1889).
Para quienes desean conocer a Dios y su verdad, hay una promesa de protección contra el engaño del enemigo. Podemos alegrarnos cuando leemos párrafos como el de «El Conflicto de los siglos», página 617: «Los que busquen sinceramente el conocimiento de la verdad, y se esfuercen en purificar sus almas mediante la obediencia, haciendo así lo que pueden en preparación para el conflicto, encontrarán seguro refugio en el Dios de verdad. ‘Por cuanto has guardado la Palabra de mi paciencia, yo también te guardaré’ (Apocalipsis 3:10), es la promesa del Salvador. Él enviaría a todos los ángeles del cielo para proteger a su pueblo, antes que permitir que una sola alma que confía en él sea vencida por Satanás».
El futuro inmediato será emocionante. Tan ciertamente como habrá falsas imitaciones, habrá manifestaciones genuinas. De otra manera, la falsificación no tendría razón de ser. Mientras vemos los últimos desesperados esfuerzos del enemigo por engañar y destruir, podemos mirar hacia arriba y levantar nuestras cabezas, porque nuestra redención está cerca. Todo aquello que hemos esperado por tanto tiempo; el poder espectacular de Dios, los milagros realizados, una mayor relación con la Biblia y Jesús, en amor, gozo, felicidad, y discernimiento espiritual profundo, todo lo que podemos esperar y más aún, será dado por el Espíritu Santo mientras sigamos caminando con él.
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Hemos visto el don del Espíritu Santo otorgado en su plenitud, el propósito de ese don, y para quién está disponible. Pero nuestra aportación no sería completa ni eficaz, si no dedicáramos tiempo a examinar el secreto de cómo recibirlo. Veamos algunos pasajes de las Sagradas Escrituras, que nos dicen cómo recibir el bautismo del Espíritu Santo.
1. Vea a Jesús como su única esperanza de salvación, su única posibilidad de ser aceptado por Dios. Gálatas 3:2-5 dice: «Esto sólo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? ¿Tantas cosas habéis padecido en vano? Si es que realmente fue en vano. Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?»
Hay dos asuntos distintos de los cuales Pablo habla aquí. Primero, el comienzo de la vida cristiana. Y pide a los «necios» de Galacia que se detengan y piensen cómo recibieron el Espíritu Santo la primera vez. ¿Fue por fe o por obras? Luego continúa: «¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?»
Una cosa es aceptar a Jesús como la única esperanza de salvación al comienzo de la vida cristiana, pero otra distinta es continuar aceptándolo día tras día, de modo que podamos experimentar el derramamiento continuo de su Espíritu.
Cierta vez, en una reunión campestre, un hombre se detuvo a hablar conmigo después de uno de los servicios. Estaba muy desanimado y parecía tener serias dudas respecto de su vida cristiana. Dijo: -Temo haber ido demasiado lejos. No creo que haya esperanza para mí. Debo haber cometido el pecado imperdonable.
Le pedí que abriese su Biblia en Juan 6:37 y leyera el versículo: «Y al que a mí viene, no le echo fuera».
Luego le pregunté: -¿Qué dice en el margen?
Me contestó: -No tengo referencias marginales en mi Biblia.
-Bien, ¿qué dice en el espacio en blanco entre las dos columnas de versículos? ¿Hay alguna fecha allí? ¿Dice, como en el rollo de la cámara fotográfica, vence después de tal fecha? ¿O, válido sólo para Juan López o Francisco García?
-No.
-Entonces, también debe ser válido hoy para usted.
Pero al hombre se le hace muy difícil creerlo. Encontró más fácil aceptarlo años atrás, cuando vino a Cristo por primera vez. Pero desde entonces «ha corrido mucha agua bajo el puente», y ahora resulta más difícil aceptarlo.
2. Arrepiéntase del pecado. Lea Hechos 2:37-38. Allí el apóstol Pedro se halla predicando en el día de Pentecostés. Estaba apenas a mitad de su sermón, cuando repentinamente la gente lo interrumpió e hizo su propio llamado al altar. Dice: «Al oír esto se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo».
Aquí se menciona otro requisito para recibir el don del Espíritu Santo: arrepentimiento. ¿Qué dos cosas incluye el arrepentimiento? Tristeza por el pecado y abandono del mismo. Pero el arrepentimiento en sí es un regalo (Hechos 5:31); por lo tanto, la tristeza por el pecado es un don. ¿Ya lo descubrió? Es únicamente por el compañerismo y la comunión diarios con Jesús, por contemplarlo a él, que somos transformados a su imagen, y recibimos el don del arrepentimiento.
Pero la recepción del Espíritu sucede antes que la aceptación del don del arrepentimiento. Considere la siguiente declaración de «Testimonios para los Ministros», página 516: «Fue por medio de la confesión y el perdón del pecado, por la oración ferviente y la consagración de sí mismos a Dios, como los primeros discípulos se prepararon para el derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés. La misma obra, sólo que en mayor grado, debe realizarse ahora».
3. Bautícese. Este paso se menciona también en Hechos 2:37-38. Pedro aconsejó al pueblo: «Arrepentíos y bautícese cada uno». El bautismo simboliza el perdón de los pecados de los cuales nos hemos arrepentido. Es una confesión pública de fe en Jesucristo. Y es también el paso que une al pecador arrepentido con la iglesia del Señor.
La iglesia organizada es blanco de críticas constantes, y es indiscutible que hay problemas dentro de ella. Pero, a pesar de todo, la existencia de esta institución obedece al plan divino. Dios puede obrar mejor a través de un grupo de personas, que mediante individuos separados que toman direcciones diferentes. Su blanco para su iglesia en la tierra es la unidad, de modo que puedan llevar a cabo lo que nunca serían capaces de realizar, si cada miembro trabajara por su lado.
La iglesia en la tierra es el único objeto al cual Dios dedica su cuidado supremo. Y no importa cuán débil o defectuosa sea la iglesia, todavía constituye el medio más poderoso para llevar a cabo su obra.
La iglesia unida puede hacer lo que una persona sola jamás podría lograr. La iglesia ha producido y enviado miles de misioneros al mundo. ¿Cuántos de ellos podría enviar usted solo? La iglesia ha organizado escuelas, construido hospitales, clínicas y casas editoras. Ningún individuo particularmente podría haber hecho todo eso.
Existe otro factor que debiera considerarse: la actitud centrada en el yo de los hijos de Dios. Toda vez que él obre a través de ellos en forma maravillosa, y se enorgullezcan o se exalten a sí mismos por la obra realizada, ya no los podrá usar nuevamente. Pero cuando él actúa a través de personas que someten el yo y su voluntad al Cristo supremo, las líneas se tornan más imprecisas para poder señalar con exactitud a quién usó Dios para cumplir sus propósitos. Si una persona ora y Dios contesta inmediatamente, puede que esa persona se enorgullezca. Pero si la iglesia entera ora, ¿quién podrá decir cuáles oraciones fueron más efectivas? La humildad continua que se produce dentro del grupo permite que Dios pueda seguir obrando en formas que de otra manera no podría utilizar.
Dios ha elegido a su iglesia. Jesús oró por ella a fin de que la unidad pudiera mantenerse. Y el Espíritu Santo se derrama en su plenitud, sobre las personas que se encuentran dentro de la iglesia del Señor.
4. Alístese en el servicio. Hechos 5:32 dice: «Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen». Por favor, recuerde el contexto de este pasaje. Pedro y Juan habían sido aprehendidos por las autoridades porque habían predicado en el nombre de Jesús de Nazaret. Cuando fueron puestos en libertad llegaron al lugar donde estaba el grupo de creyentes, y les pidieron que oraran. La oración que elevaron es digna de consideración. No pidieron seguridad, ni condiciones más favorables para trabajar. Pidieron que se les diera fortaleza para predicar a Cristo. Y el lugar donde estaban reunidos tembló.
Al día siguiente, Pedro y Juan se reunieron de nuevo en el templo, y fueron arrestados otra vez. Se los arrojó a la prisión común, pero los ángeles del Señor vinieron y los pusieron en libertad. Pedro y Juan se dirigieron al templo y comenzaron a predicar una vez más. Cuando las autoridades visitaron la prisión, los guardias estaban fuera, las puertas estaban con los cerrojos puestos, pero Pedro y Juan habían desaparecido.
Tremendamente frustrados arrestaron nuevamente a los dos apóstoles, y comenzaron a amenazarlos. Fue entonces cuando Pedro dijo: «Nosotros somos testigos suyos». La obediencia a la cual Pedro se refiere aquí, es la obediencia en torno a la realización de la comisión evangélica, la obediencia en la obra de testificación, de compartir el mensaje con otros y alcanzarlos para la causa del Evangelio.
Hace mucho tiempo, se nos dijo que el Espíritu Santo no será derramado en la iglesia hasta que la mayoría de los miembros lleguen a ser obreros juntamente con Dios. De manera que el bautismo del Espíritu Santo se dará únicamente a los que estén trabajando, no a los inactivos.
Los dones del Espíritu que Pablo enumera en repetidas ocasiones, son dones orientados al servicio. La enseñanza, el ministerio, la sanidad, la hospitalidad, y todos los demás dones, se dan con el propósito obvio de alcanzar a otros, no simplemente para satisfacción de los creyentes. Incluso el don de lenguas, que veremos más detenidamente en otro capítulo, fue dado con el propósito de que los oyentes de las buenas nuevas pudieran comprenderlas, merced a la capacitación milagrosa del Espíritu en su propia lengua.
En realidad, todos los dones de Dios se nos confieren con el propósito de que los compartamos: «Los dones del evangelio no se obtienen a hurtadillas, ni se disfrutan en secreto. Así también el Señor nos invita a confesar su bondad. ‘Vosotros, pues, sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios’» (El Deseado de todas las gentes, página 313).
5. Tenga sed de él. Juan 7:37-39 dice: «En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido todavía glorificado».
No pase por alto esta última cláusula. ¡El Espíritu Santo no se imparte hasta que Jesús es glorificado! Esto es cierto en sentido histórico, aunque también lo es hoy. Cuando Jesús es exaltado, todos son atraídos a él, y el Espíritu Santo puede comenzar a actuar.
Pero Jesús dijo: «Si alguno tiene sed». ¿Está usted sediento? ¿Cómo puede tener sed espiritual? Una de las formas de experimentar sed es mediante el ejercicio. ¿Ha hecho la prueba? ¿Ha realizado alguna vez una caminata larga, escalado una montaña, o podado el césped bajo el sol del verano? ¡Haciendo ejercicio de ese tipo usted de veras sentirá sed! Y, ¿a qué se compara el ejercicio físico en la vida cristiana? Es un símbolo de la testificación.
Otro elemento que puede ponerlo sediento es la sal. ¿Qué representa la sal? La justicia de Cristo. Y mantenerse bajo los rayos del sol lo pone más sediento, recordándole el Sol de justicia, que sale con poder sanador en sus alas.
Tener sed significa sentir una necesidad. Usted necesita agua para mantenerse vivo. Ningún hombre ni animal puede vivir mucho tiempo sin agua. Podemos vivir días y semanas sin comer; pero sin agua pronto morimos. Si usted se preocupa más por otras cosas y descuida su necesidad de agua, no tardará en ver los resultados de su negligencia. Cuando usted se da cuenta de su necesidad con más vehemencia, es cuando más comprende el valor del agua. La promesa se da en Isaías 44:3: «Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos».
Quien esté más consciente de su necesidad del Espíritu de Dios, lo buscará con más fervor y será capacitado para recibirlo.
6. Pídalo deliberadamente. ¡Si usted decide estudiar todas las referencias que hay en la Biblia y en el espíritu de profecía acerca del Espíritu Santo, le llevará un buen rato hacerlo! Pero si lo hace, una verdad surgirá vez tras vez: Para poder recibir el Espíritu Santo es necesario pedirlo. Muy sencillo, ¿verdad? Simplemente pedirlo. En Lucas 11:13 se asegura que Dios está ansioso de dar su Espíritu a quienes se lo pidan: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?»
Una promesa no beneficia a nadie a menos que se la acepte. Esto es verdad cuando usted habla de ofertas y descuentos en asuntos mercantiles, y lo es más cuando se trata de la oferta del perdón de los pecados. No importa cuán trivial o trascendente sea, a nadie se le da la promesa a menos que la desee y acepte. Lo mismo ocurre con la promesa del Espíritu: debemos pedirlo.
7. Crea que lo ha recibido. En Marcos 11:24 se nos promete: «Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá».
¿Quiere decir que hemos de someternos al método del pensamiento positivo? No. Pero se nos invita a reclamar las bendiciones de Dios cuando pedimos de acuerdo a su voluntad. Puesto que él ya ha expresado su voluntad respecto del derramamiento del don del Espíritu Santo, podemos acudir a él con confianza.
Es posible que no nos demos cuenta exactamente de la obra progresiva del Espíritu Santo. Podemos estar orando por él, y esperar la manifestación de lenguas de fuego, y un poderoso viento, sin embargo, el Padre puede contestar nuestra oración enviando al Espíritu a convencernos de algún pecado que esté impidiendo su obra en nuestras vidas. La promesa es segura: si acudimos a él, como nos ha invitado a hacerlo, y continuamos viniendo diariamente, él completará la obra que ha comenzado en nuestros corazones.
En conclusión, medite en el siguiente párrafo de «El Deseado de todas las gentes», página 626: «Cristo prometió el don del Espíritu Santo a su iglesia, y la promesa nos pertenece a nosotros, tanto como a los primeros discípulos. Pero como toda otra promesa, nos es dada bajo condiciones. Hay muchos que creen y profesan aferrarse a la promesa del Señor; hablan acerca de Cristo, y acerca del Espíritu Santo, y sin embargo, no reciben beneficio alguno. No entregan su alma para que sea guiada y regida por los agentes divinos. No podemos emplear al Espíritu Santo. El Espíritu Santo ha de emplearnos a nosotros. Por el Espíritu Santo obra Dios en su pueblo ‘así el querer como el hacer, por su buena voluntad’ (Filipenses 2:13). Pero muchos no quieren someterse a eso. Quieren manejarse a sí mismos. Esta es la razón por la cual no reciben el don celestial. Únicamente a aquellos que esperan humildemente en Dios, que velan para tener su dirección y gracia, se da el Espíritu. El poder de Dios aguarda que ellos lo pidan y lo reciban. Esta bendición prometida, reclamada por la fe, trae todas las demás bendiciones en su estela. Se da según las riquezas de la gracia de Cristo, y él está listo para proporcionarla a toda alma, según su capacidad para recibirla».
Lo anterior, ¿le suena como algo disponible para nosotros? El bautismo del Espíritu Santo es la mayor bendición de Dios. Lo necesitamos. Yo lo necesito. Yo lo deseo. Yo quiero todo lo que Dios tiene para mí, a fin de darme poder en mi vida y capacitarme para su servicio, ¿y usted? Gracias a Dios que ha provisto este maravilloso don para suplir las necesidades de sus hijos.
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Cierta vez, durante unas reuniones hablé de la fase final de la obra del Espíritu Santo, que bien podría denominar el bautismo del Espíritu. ¡En efecto, así la habíamos llamado!
Algunos oyentes se sintieron incómodos con esa frase, y después de la reunión vinieron a preguntarme: «¿Por qué se refirió usted al bautismo del Espíritu Santo?». Después de conversar con ellos, me di cuenta que asociaban la frase «Bautismo del Espíritu», con ese tipo de reuniones donde la gente lanza gritos y alaridos, echan espuma por la boca, y se revuelcan por los pasillos. ¡Pero como quiera que sea, la frase es bíblica!
Los cuatro evangelios mencionan a Juan el Bautista refiriéndose al bautismo del Espíritu Santo (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33). Las cuatro citas dicen casi lo mismo, así que veamos una de ellas solamente. Lucas 3:16: «Respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego».
También se habla del Espíritu Santo en Hechos 1:4, 5 y 8. Volveremos a este pasaje un poco más adelante. Hechos 11:16 también alude al bautismo del Espíritu Santo, cuando Pedro recuerda la promesa de Jesús al respecto.
Hay otras referencias al bautismo del Espíritu Santo que usan palabras diferentes para describirlo, tales como «ser llenos del Espíritu Santo», «siendo investidos con el Espíritu Santo», «recibiendo el don del Espíritu», y «recibiendo la promesa del Padre». Sin embargo, todos estos pasajes describen la misma acción: la última etapa de la obra del Espíritu Santo en la vida del cristiano.
En este capítulo, nos gustaría establecer tres verdades concernientes a la cuarta etapa de la obra del Espíritu Santo, y en el siguiente entraremos al estudio de cómo recibirlo.
1. Cuando haya recibido el bautismo del Espíritu Santo, usted lo sabrá.
Volvamos a Hechos 1:4, 5 y 8. Jesús había guiado a sus discípulos cuesta arriba de la montaña, para tener su última reunión con ellos antes de regresar a su Padre: «Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días … Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra».
La experiencia de ser llenados del Espíritu Santo, de ser bautizados con poder de lo alto, es un evento inconfundible, que no admite dudas acerca de la certeza de su recepción.
Después de la conversión del cristiano comienza el proceso de santificación, la tercera etapa de la obra del Espíritu Santo, que ya hemos estudiado. Esta obra implica no sólo la victoria sobre el pecado y la autodependencia, sino también el desarrollo de las virtudes cristianas positivas. Los frutos del Espíritu se producen durante la tercera etapa de la obra del Espíritu Santo, y todos sabemos que se necesita tiempo para que los frutos se desarrollen. «Las preciosas gracias del Espíritu no se desarrollan en un momento» (Review and Herald, 28 de abril de 1910).
Luego viene la crisis de la entrega, o sea, el momento cuando el cristiano acaba con el esfuerzo propio y la dependencia de sí mismo. Es hasta entonces cuando Dios puede derramar su Espíritu Santo en toda su plenitud.
Pero usted sabrá cuando lo haya recibido. Jesús pidió a sus d1sc1pulos que esperaran en Jerusalén hasta que fueran bautizados con el Espíritu Santo. Obviamente él se estaba refiriendo a un evento específico, y esperaba que lo reconocieran cuando ocurriera. Otra referencia con relación a este mismo punto se encuentra en Lucas 24:49, donde Jesús dijo: «He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto». Si los discípulos no hubieran sido capaces de reconocer la venida y el bautismo del Espíritu Santo, probablemente todavía estarían esperándolo en Jerusalén.
También encontramos apoyo a esta premisa en Hechos 19:2, donde se refiere que el apóstol llegó ante un grupo de creyentes en Efeso, y les preguntó: «¿Habéis recibido el Espíritu Santo después que creísteis?» La respuesta de ellos fue clara y casi humorística, porque le dijeron: «Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. Luego San Pablo los instruyó y fueron bautizados en el nombre de Jesús, y entonces el Espíritu Santo fue derramado sobre ellos.
Supongamos que el apóstol Pablo viniera hoy y le preguntara: ¿Ha rec1b1do usted el Espíritu Santo? ¿Qué le contestaría? El principio bíblico establece que usted debiera saber a lo menos si lo ha recibido o no.
2. El bautismo del Espíritu es una acción del Espíritu Santo, separada y distinta de la conversión.
Cuando una persona nace de nuevo, su nombre se escribe en el libro de la vida, y se le asegura la salvación a través de la fe en Jesús, mientras continúe aceptándola. Pero puede ser que no sea apta aún para el servicio a Dios, tal como él se propone usarla. Todavía debe crecer. Es cierto que ha experimentado la primera fase de la obra del Espíritu, porque Romanos 8:9 dice: «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu … Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él». Pero todavía no tiene la plenitud del Espíritu, que es la etapa final. Ya hemos mencionado las palabras de Jesús dirigidas a sus discípulos, cuando les pide que se queden en Jerusalén hasta que reciban el Espíritu Santo. ¿Estaban convertidos los discípulos? A veces la gente suele discutir este punto, aduciendo que cuando Jesús dijo a Pedro: «Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos», dio evidencias de que éste no se convirtió sino hasta después que hubo negado a Cristo la noche anterior a la crucifixión. Como hemos visto hasta aquí, lo anterior es muy difícil de probar, según las Escrituras, porque el nombre de Pedro ya estaba escrito en el libro de la vida desde el tiempo en que los setenta fueron enviados a predicar.
Nadie ignora que Pedro cayó, y que su arrepentimiento fue tan profundo que lo condujo a la crisis de la entrega. Pero aunque usted trazara el recorrido de la experiencia de la conversión de Pedro, tendría que admitir que durante el tiempo cuando estuvo con Jesús en Galilea, era un hombre cambiado. Sin embargo, todavía tuvo que esperar un buen rato antes de ser llenado por el Espíritu Santo.
Observe Hechos 19:2 una vez más. San Pablo dijo: «¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?». De modo que estaba hablando a creyentes, no a inconversos, paganos, ni ateos. Estas personas habían sido bautizadas con «el bautismo de Juan». ¿Había algo erróneo en él? ¿No creía Juan en Jesús? ¿No creía Juan en el Espíritu Santo? Categóricamente se nos dice que Juan el Bautista fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre. Pero había una obra más amplia que el Espíritu Santo deseaba realizar en su vida.
Examinemos un ejemplo más del libro de los Hechos, con relación a un grupo de creyentes de Samaria. Usted recuerda, sin duda, que Felipe era uno de los diáconos de la iglesia primitiva, elegido por estar henchido del Espíritu Santo. No se contentó con recoger las ofrendas y cerrar la iglesia después de los servicios del sábado, sino que comenzó a predicar.
Felipe les predicó poderosamente a los samaritanos «el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, y se bautizaban hombres y mujeres» (Hechos 8:12).
Aquí tenemos a un grupo de personas bautizadas en el nombre del Señor Jesucristo. Obviamente, eran personas que habían nacido otra vez. ¡Cuando menos algunos de ellos habían nacido de nuevo! Es probable que hubiera quienes no pasaran de ser meros observadores. Pero el registro continúa relatando en los versículos 14-17: «Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la Palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo». Aquí tiene usted la experiencia definida del bautismo del Espíritu Santo, el cual ocurre independientemente de la experiencia inicial de la conversión, y después de ella.
La única excepción a la regla puede ser la experiencia de Cornelio, que recibió el Espíritu Santo antes de ser bautizado. Sin embargo, la verdad es que en el caso de Cornelio, éste ya se había convertido y entregado a Dios, según la luz que había recibido, aún antes que Pedro viniese con un mensaje más abarcante.
Hay muchas referencias sobre esta verdad en el comentario inspirado. Veamos sólo una o dos: «Debemos ser dotados con poder de lo alto, debemos tener el bautismo del Espíritu Santo antes de salir de este lugar» (Review and Herald, 24 de junio de 1884). Esta cita es un extracto de un discurso dirigido a un grupo de obreros y ministros evangélicos, muchos de los cuales ya estaban, obviamente, convertidos. Y recalca, en un sermón similar: «Debemos tener la santa Unción de Dios, debemos tener el bautismo del Espíritu Santo» (Review and Herald, 15 de diciembre de 1885).
3. El propósito del bautismo del Espíritu Santo no es hacernos santos, ni felices, sino útiles.
Si usted analiza todo el material existente sobre la obra del Espíritu Santo, descubrirá que en cada caso, el propósito de ella es movernos a testificar, ministrar, y servir. La cuarta etapa de su obra tiene por objeto enviarnos a servir. El bautismo del Espíritu Santo se concede para adelantar la obra de Dios en la tierra. No se da con el fin de purificar, ya que esto debe haberse realizado en la etapa previa de la obra del Espíritu Santo. Se concede con un propósito más profundo que el solo hecho de hacernos sentir más gozosos y animados.
Note otra vez en Hechos 1:8 las palabras de Jesús: «Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos». Esto no quiere decir que no podamos hacer la obra de compartir los milagros que Cristo ha hecho en nuestras vidas, desde el mismo momento de nuestra conversión. Los endemoniados gadarenos se fueron a sus casas a contar lo que Jesús había hecho por ellos, inmediatamente después de haber sido liberados de los demonios que los dominaban.
Pero el poder que se requiere para testificar en una escala mayor, como llevar el evangelio al mundo, sólo puede provenir del Espíritu Santo. Conviene aclarar que la señal inconfundible de que alguien ha sido bautizado con el Espíritu Santo no es la posesión del don de lenguas, ni el don de profecía; tampoco es el viento ni el fuego. Es una pasión por salvar a los perdidos, una preocupación por alcanzar a otros con las buenas nuevas del evangelio de Jesucristo. Si yo me siento conforme con ser un miembro promedio de la iglesia, y me basta con limpiar el polvo de mi banca semana tras semana, y nunca salgo de casa a buscar a otros y a testificar, es posible que esa sea la mayor evidencia de que todavía no he sido investido de la plenitud del Espíritu Santo.
A veces, los adventistas del séptimo día pensamos que el bautismo del Espíritu Santo está reservado para el momento de la lluvia tardía. Y es cierto que el Espíritu Santo será derramado sobre el pueblo de Dios en aquel tiempo. Sin embargo, no nos crucemos de brazos, ni nos sentemos a esperar el derramamiento final del Espíritu Santo sobre la tierra. Es nuestro privilegio orar por él, buscarlo, y encontrar la forma de recibirlo ahora.
Debemos «luchar con Dios en ferviente oración por el bautismo del Espíritu Santo, para que podamos suplir las necesidades de un mundo que perece en el pecado» (Review and Herald, 31 de mayo de 1910).
«Necesitamos gente que comprenda la pobreza de su alma, y que busque fervientemente ser dotada del Espíritu Santo. Mientras hablamos de los incomparables atractivos del Redentor divino, nuestros corazones serán conmovidos y llenos del Espíritu Santo. Debemos ser investidos con poder de lo alto por el bautismo del Espíritu Santo. Es la única manera en que podemos recibir ayuda» (Review and Herald, 5 de abril de 1892).
«Si queremos aprender de Cristo, debemos orar como los apóstoles oraron cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre ellos. Necesitamos el bautismo del Espíritu de Dios» (Review and Herald, 11 de noviembre de 1909).
Una declaración más, del libro «El Evangelismo», página 508: «El descenso del Espíritu Santo sobre la iglesia es esperado como si se tratara de un asunto del futuro; pero es el privilegio de la iglesia tenerlo ahora mismo. Buscadlo, orad por él, creed en él. Debemos tenerlo y el cielo está esperando concederlo».
¡Jesús lo tuvo! La verdad es que Jesús hizo su maravillosa obra, y vivió su vida inmaculada gracias al poder del Espíritu Santo. Y la ayuda con que contó para vivir esa vida también está a nuestro alcance. Jesús no recibió el Espíritu Santo sólo en ocasión de su bautismo. Observe que recibió un nuevo bautismo del Espíritu Santo cada día. En el libro «Palabras de Vida del Gran Maestro», página 125 dice: «De las horas pasadas en comunión con Dios, volvía mañana tras mañana para traer la luz del cielo a los hombres. Diariamente recibía un nuevo bautismo del Espíritu Santo».
Si Jesús, siendo el Hijo de Dios, necesitaba el bautismo diario del Espíritu Santo, ¿cuánto más nosotros? Y note que él lo recibió en el marco de su relación personal con su Padre, día tras día.
Puede ser que usted se pregunte: «¿Cuánto tiempo se necesita?» Bueno, a Pablo le tomó tres días, desde el camino de Damasco donde se convirtió, hasta que recibió el bautismo del Espíritu Santo a través del ministerio de Ananías. A Pedro y los otros discípulos les tomó tres años. A Jacob, le tomó veinte años, como ya hemos visto. Sin embargo, el consejo sigue siendo el mismo para todos: «Buscadlo, orad por él, creed en él. Debemos tenerlo y el cielo está esperando concederlo».
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Jacob habría sido un buen miembro del Pentágono. Era un maestro de la estrategia. Sabía cómo manejar las circunstancias para sus propios fines. Era astuto. Se especializó con su tío Labán durante veinte años, y finalmente lo manipuló a él mismo. Ahora se encontraba camino a casa para ver a su padre, pero en el recorrido tenía que pasar por el territorio de su hermano Esaú.
Jacob tenía buenas razones para temer que su hermano estuviera todavía enojado con él, desde el último contacto que tuvieron cuando le hubo quitado la primogenitura. Así que empezó a sentirse nervioso. Dividió a su familia y sus siervos en dos grupos, de modo que si un grupo era capturado, el otro pudiera escapar. Incluso, se aseguró de que Raquel, su esposa favorita, estuviera en el grupo que más posibilidades tenía de escapar. Había enviado tributos de paz a su hermano, esperando mitigar el amargo recuerdo de su último encuentro. ¡Era hora de volver a Dios en oración! ¡Había tomado todas las precauciones!
Jacob estaba haciendo frente a la crisis de su vida, la crisis de la entrega. A esta clase de situación se le podrían dar otros nombres, tales como «la crisis de la purificación» o «la crisis de ser plenamente llenos del Espíritu Santo». Este es un tema que a veces se discute, porque algunos insisten que la conversión y la crisis de la entrega deben ocurrir al mismo tiempo. Pero nosotros fundamos nuestra posición en casos históricos que presenta la Biblia, como el de Jacob, por ejemplo, en cuya vida transcurrió un tiempo, entre la conversión y la crisis de la entrega. De hecho, así ocurre en la mayoría de los casos.
Esto no quiere decir que la conversión no incluya la entrega. Pero el corazón humano tiene la tendencia a no permanecer en el estado de entrega, sino que oscila entre la total dependencia de Dios y la dependencia de sí mismo. Esta es una realidad dolorosa que conduce a una crisis igualmente dolorosa: la crisis de la entrega absoluta.
Por supuesto, sabemos que no todas las conversiones son iguales. Una persona puede experimentar una tremenda emoción, en cambio para otra la conversión es casi imperceptible. A veces quizá exageramos esta diferencia, en nuestra calidad de miembros de iglesia de segunda, tercera, o cuarta generación. Nos gusta convencernos de que la conversión puede ser imperceptible, y que uno no necesita saber el tiempo, la fecha, ni la ocasión en que ocurrió. Pero note la siguiente descripción acerca de la conversión, en el libro «El Deseado de todas las gentes», página 144: «…Cristo obra constantemente en el corazón. Poco a poco, tal vez inconscientemente para quien las recibe, se hacen impresiones que tienden a atraer el alma hacia Cristo. Dichas impresiones pueden ser recibidas meditando en él, leyendo las Escrituras, u oyendo la palabra del predicador viviente. Repentinamente, al presentar el Espíritu Santo un llamamiento más directo, el alma se entrega gozosamente a Jesús». ¿Captó usted la transición que se produce entre «poco a poco» y «repentinamente»? El pasaje continúa: «Muchos llaman a esto conversión repentina; pero es el resultado de una larga intercesión del Espíritu de Dios».
De manera que hay un proceso que conduce a la conversión. Puede ser éste lento, imperceptible, gradual, y progresivo. Pero de repente llega el momento en que se produce una crisis.
Tal vez nadie dude que la voluntad de Dios sea que la experiencia inicial de la entrega constituya una entrega permanente. No es el propósito de Dios que exista una laguna entre las dos. Pero, como notamos en el capítulo anterior, en la vida de mucha gente piadosa ha habido un proceso creciente, una cuestión de tiempo, prueba y error, antes de llegar al punto en que se establece la posición de entrega definitiva.
Pero hay algo en lo cual todos podemos estar de acuerdo: que si la conversión le llegó a usted imperceptiblemente, y efectivamente usted es una de esas personas que nunca podría señalar el tiempo, o la fecha, y ni siquiera el año en que se convirtió, y usted simplemente ha sido un buen miembro de iglesia toda su vida, podemos asegurar que la entrega absoluta no le llegará de la misma manera. ¿Por qué? Por lo que dice en «El camino a Cristo», página 43: «La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande que jamás se haya reñido. La entrega de uno mismo, sometiéndolo todo a la voluntad de Dios, requiere una lucha constante; pero para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes a Dios». Si usted sigue descubriendo que hay ocasiones en su vida cuando depende de sí mismo, y luego termina derrotado, entonces hay una gran crisis que le espera en el camino: la crisis de la entrega.
¿Qué tipo de crisis es ésta? Es la gran crisis que se produce en la experiencia de quienes han fracasado en las crisis más pequeñas. Una gran crisis para aquellos que hayamos fallado en las pequeñas crisis. Esto es cierto en la vida en general. Si yo no aprendo a tiempo mis tablas de multiplicar, me estaré encaminando a una gran crisis, que ocurrirá cuando trate de pasar la materia de matemáticas en la universidad. Si nunca aprendí a chapotear en el agua, afrontaré una gran crisis el día que trate de cruzar a nado el Canal de la Mancha. Si me da miedo brincar el cerco trasero de mi casa, afrontaré una gran crisis el día que trate de saltar en paracaídas.
Alguien puede pensar que fumar un cigarrillo es un acto sin importancia. Pero para quien lo hace, puede llegar el momento en que afronte una gran crisis: cáncer del pulmón. Otro puede descubrir cómo manipular el aparato del teléfono público, sin poner la moneda necesaria para hacer una llamada. Una pequeña crisis. Pero un día, puede vérselas con la acusación de un gran robo. Nadie pasa de la inocencia de un recién nacido, a la brutalidad de un criminal empedernido, de la noche a la mañana. Requiere tiempo. Es un proceso.
La razón por la cual Pedro se abrazó a la tierra, y restregó su rostro contra el polvo en el Getsemaní, y deseó morir allí mismo, no fue el resultado de un momento. Había fracasado en una crisis menor en el lago, cuando pensó que podía caminar sobre el agua por su propia cuenta. Había fracasado en la crisis con el recaudador de impuestos del templo. Había fallado en su comprensión del lugar que ocupaba la cruz en la misión de Cristo, y había sido severamente reprendido por Jesús con estas duras palabras: «Apártate de delante de mí, Satanás». Pensó que podía pelear sus propias batallas, y logró rebanarle la oreja a Malco, antes que Jesús lo detuviera. «El Deseado de todas las gentes», declara que si Pedro hubiera aprendido lo que Jesús trataba de enseñarle en las pequeñas crisis, no habría fracasado cuando llegó la prueba suprema: «Día tras día, Dios instruye a sus hijos. Por las circunstancias de la vida diaria, los está preparando para desempeñar su parte en aquel escenario más amplio que su providencia les ha asignado. Es el resultado de la prueba diaria, lo que determina su victoria o derrota en la gran crisis de la vida» (página 345).
Así que ocurre una serie de eventos menores en torno a un solo punto: ¿Voy a tratar de manejarlos por mí mismo, o voy a dejar que Dios los maneje por mí? La serie de pequeños eventos sobreviene, y si yo sigo fallando y cayendo, debo prepararme para una tremenda lucha con el ángel, alguna noche a la orilla del arroyo de Jaboc.
Evidentemente, hay quienes, al parecer, supieron actuar correctamente durante todo el camino, como Enoc, Daniel y Eliseo, y pasaron sus pruebas con una lucha menos intensa.
Es posible fracasar en las pruebas pequeñas, y apenas darse cuenta de ello. Esaú pasó por esta experiencia. Un día llegó a su casa muy hambriento, y vendió su primogenitura por un plato de lentejas. ¿Quién iba a pensar que un impulso tan momentáneo relacionado con el hambre, tendría tantas y terribles repercusiones? Pero tome nota de este comentario acerca de Esaú: «Esaú pasó la crisis de su vida sin saberlo. Lo que consideró un asunto apenas digno de un pensamiento, fue el acto que reveló los rasgos predominantes de su carácter. Mostró su elección, mostró su verdadera estima de lo que era sagrado, y que debiera haber sido apreciado como sagrado» (Comentarios de Elena G. de White, Comentario bíblico adventista, tomo 1, página 1108).
Y con esto abordamos el caso de Jacob. Jacob se convirtió en Bethel mientras huía del hogar de su padre. Hasta entonces él tampoco había tenido éxito en las pruebas pequeñas. Había recurrido al engaño, tratando de ayudar a Dios en la obtención de la primogenitura prometida. Pero algo extraordinario ocurrió en Bethel. Y Jacob se entregó a Dios.
Luego, durante veinte años continuó batallando con el problema del inútil esfuerzo propio. Sí, mantenía una relación con Dios. Pero continuó interfiriendo con el control que ejercía sobre su propia vida, tratando de hacer las cosas a su modo. Cuando llegó la noche de la lucha a la orilla del arroyo de Jaboc, ya había agotado hasta el último de sus recursos. Lo había probado todo, ahora todo estaba en juego. De repente, se dio cuenta de que sus esfuerzos no eran suficientes. Comenzó a buscar al Señor como nunca antes lo había hecho. Y el Señor se acercó para responder a la súplica de Jacob, que pedía ayuda desesperada.
Jacob sintió una mano tocándole en el hombro. Estaba seguro de que se trataba de un enemigo y comenzó a luchar. Pasó toda la noche haciendo exactamente lo que había hecho los últimos veinte años. Durante ese tiempo, cada vez que Dios quiso poner su mano sobre él, Jacob lo malinterpretó y comenzó a luchar inmediatamente. Lo hizo ahora otra vez, y la lucha duró hasta el amanecer. Y cuando la larga noche terminó y llegó el amanecer … Jacob, en vez de continuar luchando contra Dios, se aferró de él. A mí me gusta esta escena, ¿y a usted? Como resultado de aquella experiencia, Jacob se convirtió en un hombre diferente. «La confianza en sí mismo había desaparecido» (Patriarcas y profetas, página 208). Y la crisis de la vida de Jacob, la crisis de la entrega, finalmente se había producido.
Toma tiempo. Toma tiempo transformar lo humano en divino; exactamente como toma tiempo degradar hasta lo brutal y satánico, aquello que ha sido formado a la imagen de Dios. Toma tiempo, no importa en qué dirección se vaya. El tiempo había hecho su obra en la vida de Jacob, y nunca más fue el mismo. Alcanzamos nuestra mayor fortaleza cuando sentimos y reconocemos nuestra propia debilidad. Cristo conecta a los hombres y mujeres caídos, cuando confiesan su debilidad y desamparo, con la fuente del poder infinito. ¿Qué fue lo que cambió en Jacob aquella noche? Se dio cuenta que durante veinte años había estado tratando de hacer lo que Dios no esperaba que hiciera; tratando de vivir con sus propias fuerzas, de acuerdo con las promesas que le había hecho a Dios en Bethel. Y ahora, por fin, había comprendido que la entrega definitiva es el camino de la victoria.
Cuando Dios viene a nosotros y pone su mano sobre nuestro hombro, ¿no sería maravilloso reconocerle inmediatamente como amigo, en vez de confundirlo con un enemigo? «Por la entrega de sí , y por su confiada fe, Jacob alcanzó lo que no habría podido alcanzar por su propia fuerza. Así el Señor enseñó a su siervo, que sólo el poder y la gracia de Dios podían darle las bendiciones que anhelaba. Así ocurrirá con los que vivan en los últimos días. Cuando los peligros los rodeen, y la desesperación se apodere de su alma, deberán depender únicamente de los méritos de la expiación. Nada podemos hacer por nosotros mismos. En toda nuestra desamparada indignidad, debemos confiar en los méritos del Salvador crucificado y resucitado. Nadie perecerá jamás mientras haga esto» (Patriarcas y profetas, página 201)
Cualquiera sea la forma que tome en su vida esa gran crisis, puede estar seguro que si continúa buscando la relación de confianza y comunión con Jesús, día a día, usted será llevado por Dios a esa crisis. Y una vez que ello ocurra, nunca más será el mismo.
«Tal será la experiencia del pueblo de Dios en su lucha final contra los poderes del mal. Dios probará la fe de sus seguidores, su constancia, y su confianza en el poder suyo para librarlos. Satanás se esforzará por aterrarlos con el pensamiento de que su situación no tiene esperanza; que sus pecados han sido demasiado grandes para alcanzar el perdón. Tendrán un profundo sentimiento de sus faltas, y al examinar su vida, verán desvanecerse sus esperanzas. Pero recordando la grandeza de la misericordia de Dios, y su propio arrepentimiento sincero, pedirán el cumplimiento de las promesas hechas por Cristo a los pecadores arrepentidos. Su fe no faltará porque sus oraciones no sean contestadas enseguida. Se asirán del poder de Dios, como Jacob se asió del ángel, y el lenguaje de su alma será: ‘No te dejaré si no me bendices’» (Patriarcas y profetas, página 200).
La lucha será intensa. El enemigo hará todo lo posible para que usted se abandone al temor y al desaliento. Pero recuerde, cuando la mano de Dios se pose sobre su hombro, no es la de un enemigo. Es del mejor Amigo que usted haya tenido jamás en su vida.
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¿Ha sentido usted alguna vez temor de haber cometido el pecado imperdonable, aun sin saber exactamente en qué consiste dicho pecado?
¿Ha prometido alguna vez a Dios, que si él lo perdonaba sólo una vez más, usted no volvería a hacer lo mismo, y cuando lo hizo nuevamente hasta temió orar al respecto? ¿Ha oído hablar alguna vez sobre cierta señal de los tiempos, particularmente ominosa y terrible, en la que se decía que la venida de Jesús está más cerca de lo que usted había imaginado, y en consecuencia se quedó muy asustado? Si algo de lo que acaba de leer le suena familiar, hay noticias extraordinarias para usted, contenidas en el tercer aspecto de la obra del Espíritu Santo, a saber, la purificación del cristiano.
La obra de purificación que realiza el Espíritu Santo, probablemente es una de las áreas de estudio más descuidadas y, por lo tanto, una de las más incomprendidas por la cristiandad. Se han escrito libros, se han compuesto himnos y presentado dramas que describen el proceso de la conversión, en el que una persona, paso a paso, transita de una vida de abierta rebelión a otra de sumisión al Señor Jesús. Y hay también un número igual, si no mayor, de himnos, libros y dramas producidos con relación a la esperanza celestial, la recompensa final de los hijos de Dios, y el pronto retorno de Jesús.
Pero la mayoría de nosotros vive en algún punto intermedio entre estos dos eventos. La mayoría de los miembros de la iglesia se han entregado a Cristo en algún momento, pues de otra manera nunca se habrían unido a la iglesia. Por otra parte, ¡no es difícil demostrar que todavía no estamos en el cielo! Para decirlo con términos usados en el púlpito, hemos comprendido algo acerca de la justificación, y vamos en camino a la glorificación. Pero ¿que sabemos de la santificación?, ¿qué acerca de la obediencia y la victoria en la vida cristiana?
Hemos hablado mucho de la obediencia en términos del qué, por ejemplo, qué requiere la ley, qué es lo correcto, y qué es lo erróneo, según las Escrituras. Pero hemos hablado muy poco acerca del cómo. Y si usted no comprende cómo se produce la obediencia, mientras más sepa acerca de lo que es correcto y lo que es erróneo, mayor será su desaliento.
Algunos tienen la impresión equivocada, de que después de haber caminado hacia el altar o hacia el bautisterio, todo ocurrirá más o menos automáticamente, si son sinceros. Para muchos jóvenes, la seguridad de la salvación que experimentan con la justificación, resulta una experiencia muy breve. Demasiado pronto descubren que todavía prevalecen muchos de sus antiguos problemas, las mismas tentaciones y las mismas debilidades que tenían antes de tomar la decisión de invitar a Cristo a entrar en sus vidas. Perplejos y avergonzados, muy a menudo llegan a la conclusión de que estaban equivocados, y que en realidad no se habían convertido. Así, desalentados, esperan la siguiente semana de oración, la siguiente reunión de reavivamiento, o el próximo llamado al altar, para tratar una vez mas de hallar la fórmula mágica que sí les dé resultado, y que los haga sentirse mejor. Este problema no es exclusivo de los jóvenes. También hay muchos adultos que nunca han aprendido como manejar el problema del pecado que encuentran en sus vidas.
En los primeros años de la Iglesia Adventista, la experiencia de nuestros antepasados con el Señor Jesús era profunda y duradera. Ellos forjaron los conocimientos doctrinales, que constituyeron los fundamentos de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Pero con el paso del tiempo, una nueva generación puso su confianza únicamente en la verdad doctrinal, y no buscó la experiencia personal de fe que sus padres habían conocido. Así surgió el formalismo y el problema de la salvación por las obras, que dejó a la Iglesia tan árida como las colinas de Gilboa.
Pero cuando la tercera y cuarta generaciones de miembros de la iglesia aparecieron en el escenario, no sólo desconocían la relación personal con Cristo que sus abuelos habían experimentado, sino que también perdieron de vista el valor de las doctrinas de la iglesia. Por esta causa, muchos jóvenes han dejado la iglesia, y han tratado de hallarle significado a la vida en otro lugar y de modo diferente.
Algunos que permanecen en el seno de la iglesia después de tratar en vano de ser buenos, y de fracasar una y otra vez, llegan a la conclusión de que la santificación es obra de toda la vida, y esperan alcanzarla algún buen día antes de morir, para que la muerte los encuentre preparados. Pero ante la evidencia de que el humo del horno del día final parece haber comenzado a elevarse, se ponen nerviosos, ajustan su teología a su experiencia, y concluyen que una vida de derrotas es lo máximo que Dios puede ofrecer.
A fin de comprender la obra del Espíritu Santo de purificar el corazón de todo pecado, es esencial definir, en primer lugar, qué es el pecado en esencia. Y a fin de vencerlo, es vital no sólo definirlo, sino saber por qué medio se puede obtener la victoria sobre él.
Consideremos primero una definición de pecado. ¿Ha oído hablar alguna vez sobre 1 Juan 3:4: «El pecado es transgresión de la ley»? Probablemente, este es el pasaje que citamos con más frecuencia. Pero añadamos otros dos textos: Romanos 14:23, «Y todo lo que no es de fe es pecado»; y Juan 16:9, donde Jesús habla acerca de la obra del Espíritu Santo, de convencer al mundo de pecado: «De pecado ciertamente, porque no creen mí».
Si el pecado consistiera únicamente en violar la ley; entonces todo lo que tendríamos que hacer para ser salvos sería guardar la ley. Pero, ¿es guardando la ley como nos salvamos? ¿Se resuelve el problema del pecado con la moralidad, o es que el pecador necesita un Salvador?
Considere por un momento, y en primer lugar, cómo comenzó el pecado. ¿Ha participado usted, alguna vez, en un debate en el que se discutía si Eva pecó cuando tomó el fruto, cuando lo comió, o cuando se distrajo y se apartó de Adán? ¡No olvide que el pecado comenzó con Lucifer, no con Eva! ¿Y cuál fue el problema de Lucifer? ¿Comenzó su pecado al trabajar en sábado, o cuando robó mangos? ¿Qué dice la Biblia al respecto? Lea Isaías 14:13-14: «Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo, en lo alto, junto a las estrellas de Dios ensalzaré mi solio … y seré semejante al Altísimo». Lucifer pecó cuando dejó de depender de Dios, y comenzó a depender de sí mismo. Ello ocurrió cuando rompió su relación de confianza con su Creador, y trató de endiosarse a sí mismo.
Lo propio ocurrió con Eva. Satanás le presentó la misma tentación que lo había conducido a su propia caída: «Seréis como dioses…»
Así que la base del pecado radica en la dependencia propia, que resulta en la separación de Dios. Quebrantar los mandamientos es la acción pecaminosa que resulta del pecado. Vuelva a 1 de Juan 3:4 y considere el texto completo: «Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley». Cualquiera que se separa de la relación de dependencia de Dios, y confía en sí mismo, de hecho viola los mandamientos, «pues el pecado (vivir separado de Dios) es transgresión de la ley». Siendo que la base de la ley de Dios es la dependencia de él, y no de uno mismo, cada vez que alguien se separe de Dios y trate de ser su propio dios, inevitablemente quebrantará el resto de la ley.
Por otra parte, la premisa fundamental de la justificación por la fe en Jesús es que la humanidad no alcanza la justicia separada de Jesús: «El hombre pecaminoso puede hallar esperanza y justicia solamente en Dios; y ningún ser humano sigue siendo justo después que deja de tener fe en Dios, y de mantener una conexión vital con él» (Testimonios para los Ministros, página 373).
En Juan 15:5 dice: «Sin mí, nada podéis hacer». Y Filipenses 4:13 añade: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Ponga estos dos versículos juntos, y tendrá en una píldora el mensaje completo de la salvación por la fe. En efecto, si sin Cristo nada podemos hacer, pero con él todo es posible, entonces todo lo que nos queda por hacer es permanecer en él. Y Juan 17:3 todavía aclara: «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado».
El camino por el cual llegamos a ser pecadores, es en primer lugar, haber nacido. Salmo 58:3: «Se apartaron los impíos desde la matriz, se descarriaron hablando mentira desde que nacieron». Y el Salmo 51:5 explica: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre». Jesús le dijo a Nicodemo en Juan 3, que a menos que nazcamos de nuevo no podremos ver el reino de Dios. Por tanto, algo malo debe de haber ocurrido en nuestro primer nacimiento.
El pecado es separación de Dios y dependencia de uno mismo. La justificación es posible solamente a través de la conexión con Jesús, y la relación de fe con él. Nadie sigue siendo justo si abandona esa relación con Jesús. Y la relación con Cristo se caracteriza por la comunión diaria con él, y se cultiva mediante la entrega cotidiana a su dirección, en vez de tratar de ejercer control sobre nosotros mismos. Esto significa pasar el tiempo más importante del día en compañerismo con él.
Esta experiencia de la búsqueda diaria de Jesús, se inicia en el momento de la conversión. Durante la conversión se nos da un nuevo corazón, lo cual se manifiesta en una nueva capacidad de conocer y amar a Dios. También recibimos una nueva actitud hacia Dios, como vimos en el capítulo anterior. ¿Quiere decir eso, que desde el momento de nuestra conversión en adelante, nunca más pecaremos? Este punto es el terreno en donde brotan más equivocaciones.
Una «nueva teología» que comenzó a circular en los últimos años, dice: «Por supuesto que pecaremos, caeremos y fracasaremos después de nuestra conversión. De hecho, continuaremos pecando, cayendo y fracasando, hasta el momento de la glorificación. Si no pecamos a sabiendas, pecaremos inconscientemente». Así, la respuesta al dilema que ofrecen los exponentes de esta teoría, es como sigue: «No se preocupen por el pecado, puesto que es nuestra naturaleza, hasta que seamos glorificados. La respuesta al problema es confiar en el sacrificio realizado por Cristo en nuestro favor, y creer que su justicia nos cubrirá hasta que regrese y quite el pecado de nuestros corazones».
Por otra parte, hay algunos adventistas que dicen que usted pierde su salvación cada vez que peca, cae o fracasa. Sostienen que si usted está «realmente convertido», y es «realmente sincero», será victorioso siempre, desde el momento de su conversión, en adelante». Los que aceptan este punto de vista creen que se necesita una gran cantidad de esfuerzo humano para luchar contra el pecado, a fin de evitar la caída y el fracaso. Dicen que hay necesidad de una constante vigilancia contra la tentación, y que se debe rechinar los dientes en el esfuerzo por no hacer nada malo, No niegan que si usted peca, todavía puede volver a Dios y buscar el perdón; aunque algunos de los más estrictos, basados en los servicios del santuario en el Antiguo Testamento, dicen que no hay perdón para los pecados «conocidos», sólo para los pecados en los cuales caemos accidentalmente.
Los argumentos que se presentan entre estos dos extremos son largos y complicados, y se emplea mucho tiempo discutiendo asuntos que tienen que ver con la naturaleza de Cristo, la perfección, y cosas por el estilo. Pero a mí, me gustaría intentar la descripción de una tercera opción. Y me gustaría hacerlo en forma tan sencilla como fuera posible, dejando las aguas teológicas más profundas para otra ocasión.
Tratemos de seguir el método de preguntas y respuestas, mientras examinamos algunas de estas cuestiones.
- ¿Puede volver a pecar una persona que ha hecho una entrega sincera y completa de su vida al Señor Jesucristo?
Vayamos a la Biblia en busca de respuestas. ¿Qué pasó con los discípulos de Jesús? Ellos caminaron y hablaron con él durante tres años y medio, y la misma noche que precedió a la crucifixión, en el mismo aposento alto, todavía estaban discutiendo acerca de quién sería el mayor. ¿Se habían convertido o no? Suponemos que sí, porque Jesús les dijo que sus nombres estaban escritos en el libro de la vida (Lucas 10:20). Habían sanado a los enfermos, limpiado a los leprosos, echado fuera demonios, y resucitado muertos en el nombre y con el poder de Jesús. Sin embargo, todavía tenían problemas con el pecado.
Consideremos a los santos del Antiguo Testamento. Moisés se había convertido. Habló con Dios en el Sinaí, y estaba tan seguro de su salvación eterna que se la ofreció a Dios como incentivo en su intercesión por el descarriado Israel. Sin embargo, pecó en la misma frontera de la tierra prometida.
David fue llamado varón conforme al corazón de Dios, sin embargo cometió adulterio y un asesinato, en su relación con Betsabé. Gedeón, bajo el control del Espíritu Santo, tomo 300 hombres con antorchas y cántaros, con los cuales ganó una gran victoria para el pueblo de Israel. De pronto, se emocionó tanto con sus hazañas, que ya no quiso seguir siendo un campesino y decidió convertirse en sacerdote, prerrogativa que sólo pertenecía a los levitas.
Abrahán fue llamado el amigo de Dios. Confió tanto en el Señor como para dejar su tierra e ir a un lugar desconocido. Se atrevió a dialogar con Dios acerca del destino de Sodoma. Sin embargo, mintió a más de un hombre con respecto a su esposa Sara, diciendo que era su hermana.
Elías se puso valerosamente de parte de Dios, en el monte Carmelo, sin embargo su fe falló esa misma noche ante las amenazas de una mujer. Noé se mantuvo firme durante los 120 años de la construcción del arca, en medio de la burla y el escarnio de un mundo incrédulo, pero después del diluvio lo hallamos sumido en el sopor del alcohol.
Hubo otros que fueron profetas de Dios, como Sansón, Jonás y Balaam, y sin embargo fueron seres débiles y flacos.
¿Así que las personas que un día se han entregado sinceramente a Dios, pueden volver a pecar? Por supuesto que sí.
- ¿Significa eso que la obed1enc1a perfecta es imposible?
Aquí es donde más a menudo surgen los malentendidos, cuando se considera este tema. Si todos los personajes bíblicos mencionados pecaron y fracasaron, aun después de haberse convertido, ¿quiere decir que no hay esperanza? ¿Es imposible la obediencia? ¿O ésta es innecesaria? ¿O no es tan importante? No, no y no.
Grábelo en su mente. La obediencia es absolutamente posible. La obediencia es necesaria. ¡Y la obediencia es sumamente importante!
- ¿Hubo personajes bíblicos que aparentemente nunca cayeron, ni fracasaron, ni pecaron, después de entregarse a Cristo?
Sí, las buenas noticias son que sí los hubo. Hubo unos pocos. Enoc, Daniel, Eliseo. Sólo unos pocos. Pero suficientes como para probar que es posible permanecer en el mismo estado que teníamos en el momento de entregarnos a Dios, sin apartarnos de esa posición mientras nos toque vivir en un mundo de pecado.
- ¿Dónde está entonces la diferencia? Si el fracaso no es inevitable, ¿por qué ocurre?
La respuesta se encuentra en lo que podríamos llamar el principio de «tanto tiempo como». ¡Cuando venimos a Cristo por primera vez, y nos entregamos a él, lo hacemos en forma tan completa que seríamos incapaces de hacerlo más cabalmente! La entrega nunca es parcial. Es todo o nada. O se ha entregado a Cristo, o no se ha entregado en lo absoluto. O depende usted de Dios, o depende de sí mismo. No hay término medio.
Durante todo el tiempo que estemos rendidos a Dios, el pecado no tendrá poder sobre nosotros. Desaparecen no sólo los hechos pecaminosos, sino también los deseos pecaminosos. «El Deseado de todas las gentes», página 621 es la cita clásica acerca de este asunto. «Toda verdadera obediencia proviene del corazón. La de Cristo procedía del corazón. Y si nosotros consentimos, se identificará de tal manera con nuestros pensamientos y fines, amoldará de tal manera nuestro carácter y nuestra mente en conformidad con su voluntad, que cuando le obedezcamos estaremos tan sólo ejecutando nuestros propios impulsos. La voluntad refinada y santificada, hallará su más alto deleite en servirle. Cuando conozcamos a Dios como es nuestro privilegio conocerle, nuestra vida será una vida de continua obediencia. Si apreciamos el carácter de Cristo y tenemos comunión con Dios, el pecado llegará a sernos odioso».
Toda la ayuda está disponible desde el comienzo de la vida cristiana hasta su fin. Dios no da su poder por medida, permitiéndonos solamente la victoria según el tiempo que hayamos estado en su servicio.
Si trazáramos la obra de purificación del Espíritu Santo desde el momento de la conversión, sería más o menos así: Cuando una persona se ha convertido, ha experimentado la entrega por primera vez. Entregarse es darse a sí mismo, y transferir la autodependencia a la dependencia de Dios. Si la persona mantuviera esta posición el resto de sus días, y dependiera totalmente de Dios todo el tiempo, y nunca más de sí mismo, nunca más caería, fracasaría, ni pecaría.
Pero muchos de nosotros hemos descubierto, que en el proceso de crecimiento del cristiano no hemos sabido cómo permanecer en un estado de entrega, y por eso caemos, pecamos, y fracasamos, y tenemos necesidad de venir a Dios una y otra vez, con actos de confesión y arrepentimiento. Esto significa que no hemos permanecido en la posición o estado de entrega. Nos hemos deslizado hacia atrás o hacia adelante, fluctuando entre la dependencia total de Dios, y la dependencia de nosotros mismos.
La obra purificadora del Espíritu Santo toma al cristiano desde el momento de su conversión, y lo guía pacientemente hacia la experiencia de la entrega, llevándolo, tan lejos como sea posible, hasta el momento feliz en que permanece constantemente en la posición y estado de entrega a Dios, y no sólo parcialmente. El crecimiento en la vida cristiana se produce en virtud de la constancia de la entrega.
El objetivo del Espíritu Santo es llevarnos al punto de que experimentemos una entrega permanente, o lo que podríamos llamar, una entrega absoluta, a tal grado que nunca más dependamos de nosotros mismos, sin importar las circunstancias que nos rodeen. Y para la mayoría de nosotros, eso lleva tiempo.
«El camino a Cristo», página 21, dice: «El Salvador dijo: ‘a menos que el hombre naciere de nuevo’, a menos que reciba un corazón nuevo, nuevos deseos, designios y motivos, no puede ver el reino de Dios».
La transformación interna conduce a un cambio de vida en términos de comportamiento. Pero normalmente, hay un proceso detrás de todo eso. Muchas veces apartamos nuestros ojos de Cristo, y volvemos a depender de nosotros mismos inconscientemente, entonces somos sorprendidos por el pecado. Pero la clave para disfrutar de una seguridad permanente acerca de nuestra salvación, consiste en venir cada día a Cristo, dedicar tiempo al estudio de su Palabra y a la oración ferviente, e invitarle a que controle y dirija nuestras vidas. En ese marco el Espíritu Santo obra para guiarnos, tan rápidamente como sea posible, al punto en que dependamos de él, cada momento del día.
Es de capital importancia, que se comprenda la diferencia que existe entre el instante en que apartamos los ojos de Cristo, y la deliberada elección de caminar otra vez separados de Dios, rebeldes a su control. Lo primero puede suceder involuntariamente. Lo segundo ocurre solamente cuando decidimos separarnos de Dios, y olvidarnos de buscarlo día a día.
Aun para los cristianos que comienzan el día en compañerismo, comunión, y dedicación a Cristo, todavía es posible apartar los ojos de él en cualquier momento, y comenzar a depender de sí mismos. Cuando esto ocurre, la transgresión es inevitable. Para las personas que tienen fuerza de voluntad podrá ser únicamente el deseo interior de pecar, pero para las personas débiles puede significar acciones equivocadas. Sin embargo, demasiado a menudo nos encontramos dependiendo de nosotros mismos, y en lugar de correr hacia Jesús buscando perdón y poder, preferimos manejar las cosas por nosotros mismos. Esta es la causa de nuestra derrota.
Leamos las tres citas del comentario inspirado, que pueden alentar la esperanza en quienes todavía se hallan en la etapa inicial de su experiencia con la obra purificadora del Espíritu Santo, sin haber alcanzado aún el punto de entrega absoluta.
La primera se encuentra en la Review and Herald del 12 de mayo de 1896: «Si una persona que sostiene una comunión diaria con Dios se aparta de la senda, si deja un momento de mirar a Jesús, no peca voluntariamente, porque cuando ve su error, se vuelve otra vez y fija sus ojos en Jesús, y el hecho de haber errado no lo hace menos amado a los ojos de Dios».
La segunda cita la hallamos en el libro «El camino a Cristo», página 69: «Hay personas que han conocido el amor perdonador de Cristo, y deseado realmente ser hijos de Dios; pero reconocen que su carácter es imperfecto y su vida defectuosa; y propenden a dudar de si sus corazones han sido regenerados o no por el Espíritu Santo. A los tales quiero decir que no cedan a la desesperación. A menudo tenemos que postrarnos y llorar a los pies de Jesús a causa de nuestras culpas y equivocaciones; pero no debemos desanimarnos. Aun si somos vencidos por el enemigo, no somos desechados ni abandonados por Dios. No, Cristo está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros. Dice el discípulo amado: ‘Estas cosas os escribo, para que no pequéis. Y si alguno pecare, abogado tenemos para con el Padre, a saber, a Jesucristo el justo’. Y no olvidéis las palabras de Jesús: ‘Porque el padre mismo os ama’. Él desea reconciliaros con él, quiere ver su pureza y santidad reflejada en vosotros. Y si tan sólo estáis dispuestos a entregaros a Él, el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de nuestro Señor Jesucristo. Orad con más fervor; creed más implícitamente. Cuando lleguemos a desconfiar de nuestra propia fuerza, confiaremos en el poder de nuestro Redentor, y alabaremos a Aquel que es la salud de nuestro rostro».
Y esta otra, de «Profetas y reyes», página 433, donde se describe al sacerdote Josué vestido con ropas sucias, y acusado ante Dios: «Sin embargo, aunque los seguidores de Cristo han pecado, no se han entregado al dominio de los agentes satánicos».
La obra purificadora del Espíritu Santo consiste en guiarnos a una entrega a Dios, momento tras momento, dentro del marco de una búsqueda diaria continua de Dios. La obra del Espíritu Santo, que purifica el corazón, no se lleva a cabo con el propósito de salvarnos. Es con el objeto de librarnos de la dependencia propia, a fin de que Dios pueda ser glorificado en nosotros. La obra purificadora del Espíritu Santo no es lo que nos salva; más bien, el Espíritu Santo puede obrar purificando nuestros corazones, porque estamos en una relación salvífica con Jesús.
Nosotros no creemos en una salvación parcial. El plan de Dios para su pueblo es libertarlo del pecado completa y totalmente. Podemos vivir todavía en un mundo de pecado, y experimentar aún los efectos del mismo, a través de sufrimientos, dolor y muerte. Pero no estamos obligados a continuar viviendo en una condición pecaminosa. El pecado no tiene que habitar más en nosotros. La Review and Herald del 19 de septiembre de 1899 declara: «Todo pecado, desde el más pequeño hasta el más grande, puede ser vencido por el poder del Espíritu Santo» . Y la misma revista del 12 de noviembre de 1914 añade: «La religión de Cristo es mucho más que perdón de pecados. Significa que el pecado es quitado y la vida llenada con el Espíritu Santo».
«El Deseado de todas las gentes» dice: «El pecado podía ser resistido y vencido únicamente por la poderosa intervención de la tercera Persona de la divinidad, que iba a venir, no con energía modificada, sino en la plenitud del poder divino. El Espíritu es el que hace eficaz lo que ha sido realizado por el Redentor del mundo. Por el Espíritu es purificado el corazón. Por el Espíritu llega a ser el creyente partícipe de la naturaleza divina. Cristo ha dado su Espíritu como poder divino para vencer todas las tendencias al mal, hereditarias y cultivadas» (página 625).
Primera de Juan 1:9 dice: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad».
Esta obra purificadora del Espíritu Santo ha sido llamada su obra por excelencia. Usted encontrará esta aseveración en «Testimonios para la Iglesia», tomo 7, página 143: «La mayor manifestación de su poder (del Espíritu Santo) se ve al llevar a la naturaleza humana a la perfección del carácter de Cristo».
Esto nos lleva a nuestro último asunto. ¿Cómo sucede este milagro? ¿Qué parte de la obra espera Dios que hagamos? ¿Qué papel desempeña él en nuestro favor, a través de la obra purificadora del Espíritu Santo?
Ya tocamos este asunto del cómo, pero subrayémoslo una vez más, a fin de estar seguros de que quedó bien claro. Nuestra parte consiste en buscar al Señor y ser convertidos cada día. Nuestra parte consiste en dedicar una hora a la reflexión y contemplación de la vida de Cristo, especialmente de las escenas finales de su vida terrenal, ser transformados por medio de esa contemplación. Puede ser que en algún momento del día nos demos cuenta de que nos hemos apartado de Cristo, y dejamos de depender de él, que hemos apartado nuestros ojos de su dulce imagen. Con frecuencia advertimos nuestro descuido cuando sentimos de pronto que hemos sido vencidos por el pecado. ¿Qué hacer entonces? Volvemos «otra vez». Vamos a Dios inmediatamente buscando perdón y poder. Así continuamos buscándole, día tras día, sin importar nuestras fallas, y nuestra conducta, y forma de actuar. Porque únicamente a través del poder del Espíritu Santo podemos abrigar la esperanza de salir vencedores.
¿Cuánto tiempo pasará antes de que seamos completamente purificados del pecado? ¿Cuánto tiempo pasará, hasta cuando ya no dejemos de depender de Cristo, ni siquiera por un instante? No es un asunto de fechas ni de horarios. En el caso de Elíseo parece que el cambio ocurrió de la noche a la mañana. En el caso de Jacob tomó veinte años. Pero su promesa es segura, si continuamos caminando con él: «Dios, que comenzó a hacer la buena obra en ustedes, la irá llevando a buen fin» (Filipenses 1:6, versión Dios Habla Hoy).
Mientras continuamos en estrecha relación, compañerismo, y comunión con Cristo, día tras día, mientras lo buscamos diariamente para que nos conduzca a una entrega constante de nuestra voluntad y nuestra vida a él, nos llevará tan rápidamente como sea posible a la crisis de la entrega absoluta, definitiva, que es el lema del próximo capítulo.