5. Oración Intercesora

Un día, una mujer fue a visitar al pastor de su iglesia. Ella dijo: «Estoy preocupada por mi marido. Él nunca se ha convertido. ¿Podrías orar por él?».

El pastor respondió: «Yo oraré por tu esposo una hora todos los días, si tú oras por tu esposo una hora todos los días».

Después de considerar el asunto brevemente, la mujer dijo: «No importa». Y se fue de la oficina.

¿Cuál es tu reacción ante esta mujer? ¿Crees que ese pastor sabía cómo sacarla del bosque con humo? Obviamente, después de todo, ella no estaba tan preocupada por su marido. ¿O crees que esta mujer simplemente estaba siendo honesta, al admitir que no podría cumplir su parte del trato? ¿Qué harías si alguien te hiciera una oferta similar? ¿Irías a casa, y orarías fielmente por tu amigo o familiar, durante una hora todos los días? ¿Serías capaz de hacerlo? ¿Alguna vez has orado durante una hora entera por una sola persona? ¿Podrías hacerlo de nuevo mañana, y pasado mañana, y al otro día?

Quizás algunos de nosotros hubiéramos aceptado el acuerdo, y hubiéramos luchado durante diez o quince minutos el primer día, cinco minutos el segundo día, y después de eso, esperaríamos que el pastor cumpliera, ¡aunque nosotros no lo hiciéramos!

En una iglesia que pastoreé hace varios años, decidimos tener una serie sobre el tema de la oración, durante nuestras reuniones de los miércoles por la noche. No pasó mucho tiempo para que las discusiones se centraran en una pregunta clave: ¿Qué diferencia hace la oración? Si oras por alguien, y él sabe que estás orando por él, tal vez eso tenga algún beneficio psicológico. Pero ¿qué pasa si oras por alguien que no sabe que estás orando por él? ¿Eso ayuda? ¿Cómo podría? ¿Por qué lo haría? Después de todo, ¿es justo que Dios bendiga a esta persona aquí, que tiene a alguien orando por él, y le niegue la bendición a esa persona de allá, sólo porque no tiene a nadie orando por él?

Después de exprimir nuestros cerebros durante algún tiempo, alguien finalmente sugirió: «¿Por qué no lo intentamos, y lo descubrimos? Escojamos un caso imposible, y oremos por esa persona, tanto en grupo de los miércoles por la noche, como en privado en nuestras casas. Veamos qué pasa».

Ese mismo día, había ido a visitar a un caso «imposible». Había una familia en la comunidad que había sido miembro de la iglesia años antes. De hecho, incluso habían estado en el campo misionero. Pero alguien les hizo mal, y se sintieron amargados, desilusionados, y enojados. Odiaban a la iglesia. Odiaban a los predicadores. Cuando salí de su casa, esa tarde gritaron: «¡Y no oren por nosotros!»

¡Pero eso era algo sobre lo que no tenían control!

Entonces, mencioné los nombres de estas personas a la congregación. Todos asintieron con la cabeza. La familia era muy conocida en la comunidad. Fue realmente un caso imposible. Decidimos hacer de esa familia, nuestro caso de prueba. Oraríamos por ellos, específicamente en nuestras oraciones privadas en casa, durante toda la semana.

¡Esa primera semana su casa se quemó! La noticia salió en el periódico local. Cuando nos reunimos para una reunión de oración el miércoles siguiente, le pregunté a mi congregación: «¿Por qué están orando, de todos modos?»

Continuamos orando. La segunda semana, el periódico informó que habían robado un valioso equipo que esta familia utilizaba en su negocio. Y así paso. Una cosa tras otra les salió mal. Seguimos orando y observando.

El último sábado de ese mes, toda la familia entró a la iglesia. Las cabezas se giraron, y luego rápidamente se volvieron hacia atrás, y la palabra voló de una persona a otra: «¡Están aquí!». Después de la iglesia, una por una las personas vinieron a mí, y me dijeron: «¡Deberíamos orar más!»

¿POR QUÉ LA ORACIÓN HACE LA DIFERENCIA?

El Señor es el Juez, el Juez justo del universo. Es una analogía que se encuentra a menudo en las Escrituras. Pablo dijo:

«Me está guardada la corona de justicia, la cual el Señor, juez justo, me dará en aquel día, y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida». (2 Timoteo 4:8).

Otro versículo familiar es 1 Juan 2:1: «Hijitos míos, estas cosas les escribo para que no pequen. Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo».

¿Qué es un defensor? Estas son algunas de las otras palabras que significan lo mismo: abogado, procurador, intercesor, mediador. Isaías 53:12 habla de Jesús como Intercesor por los transgresores. Romanos 8:34 dice que Cristo está a la diestra de Dios, intercediendo por nosotros. Hebreos 7:25 dice que «él vive siempre para interceder por nosotros». 1 Timoteo 2:5-6 habla de Jesús como el Mediador entre Dios y el hombre. Estas palabras describen el papel de Jesús y el Padre, en su relación con nosotros.

Esa es una buena evidencia bíblica, de por qué Dios puede hacer cosas cuando oramos, que no puede hacer cuando no oramos. Cualquier Juez, mediador, intercesor, o procurador, se extralimitaría si asumiera la defensa de un caso que no le hubiera sido apelado. Esto es particularmente cierto cuando se trata de un proceso judicial. Los fiscales vigilan como halcones cualquier oportunidad de declarar un juicio nulo. Si un abogado o un juez se encargara de defender un caso que no le ha sido apelado, ¡puede estar seguro de que el fiscal lo aprovecharía al máximo! Así ocurre con Dios Padre y Jesús, y también con el Espíritu Santo, que intercede por nosotros con gemidos indecibles. Aunque están ansiosos por trabajar en nuestro nombre, existen ciertas limitaciones. Cuando oramos por nosotros mismos o por otros, y apelamos un caso ante Ellos, Ellos son libres de trabajar de una manera, que de otro modo no estaría permitida.

Ésta es una de las razones, en términos de la gran controversia, por las que la oración marca la diferencia. Pero lo siguiente que debemos entender, es qué tipo de diferencia puede hacer la oración, y qué tipo de diferencia no puede hacer la oración. ¡Probemos con otra parábola!

CAMINANDO HACIA LA TIERRA PROMETIDA

¡Digamos que un día caminas desde San Francisco hasta Pacific Union College, la «Tierra Prometida»! Llego en mi auto, me detengo a tu lado, y te pregunto: «¿Adónde vas?».

«Voy al Pacific Union College, la Tierra Prometida», dices.

«Para allá voy», respondo. «Entra y te llevaré allí».

Ahora llegarás a Pacific Union College mucho más rápido. Obtendrás menos ampollas en el camino, y tendrás un viaje más fácil. Pero de todos modos, ibas a llegar allí.

Ahora invirtámoslo con una parábola opuesta.

CAMINANDO A LAS VEGAS

¡Un día, caminas de San Francisco a Las Vegas, el otro lugar! Llego en mi auto, me detengo a tu lado, y te pregunto: «¿Adónde vas?».

Dices: «¡Me voy a Las Vegas, el otro lugar!».

«Allí voy yo también», digo. «Entra y te llevaré allí».

Ahora llegarás a Las Vegas mucho más rápido. Te saldrán menos ampollas en el camino, ¡aunque te saldrán más ampollas cuando llegues allí! Pero, de todos modos, ibas allí.

A veces, cuando he usado esta parábola, la gente intenta revertirla, confundirla, y complicarla. Dicen: «¿Qué pasa si vienes y me ofreces llevarme a Pacific Union College, y yo iba a Las Vegas?», o «¿Qué pasa si me ofreces llevarme a Las Vegas, y yo fuera a Pacific Union College?». O «¿Qué pasa si creo que voy a Pacific Union College, pero en realidad me dirijo a Las Vegas?». O «¿Qué pasa si crees que me vas a llevar a Pacific Union College, pero en realidad me llevas a Las Vegas?». ¡Y así sucesivamente! Pero en términos de salvación eterna, sabemos que Dios nunca hará que la salvación eterna de una persona se base en lo que otra persona haga o no haga. Jesús es la Luz que ilumina a todo aquel que viene al mundo. (ver Juan 1:9).

Según las Escrituras, Dios es un Dios de amor, y según las Escrituras, Él es responsable de que hayas nacido en este mundo. No fue el diablo, y no fueron tus padres. Fue Dios. Si esas dos ideas son ciertas, que Dios es un Dios de amor responsable de que nazcamos, entonces tendría que darle a cada persona una oportunidad adecuada para algo mejor.

La única opción que puede determinar si irás a «Pacific Union College» o «Las Vegas», es tu propia elección. Nadie más puede decidir eso por ti. Cuando se trata de tu salvación eterna, se te garantiza una oportunidad adecuada de aceptar la vida eterna. Esto no significa que todos tengan las mismas oportunidades. Aquellos que han sido criados en un ambiente cristiano, y conocen mucho de las cosas de Dios y del cielo, ciertamente tienen una ventaja sobre aquellos en las tinieblas del paganismo que nunca escucharon el nombre de Jesús. Pero todo el mundo, en algún momento de su vida, tendrá una oportunidad adecuada de elegir a Dios.

En el juicio, nadie podrá legítimamente señalar a otra persona, y decir: «Él es la razón por la que no voy a ser salvo». Cada uno comprenderá, que él mismo decidió su destino.

Sin embargo, el hecho de que no tengamos la salvación de otros en nuestras manos, no significa que Dios no pueda usar nuestras manos para extenderles la oferta de salvación. Podemos ser canales de Su obra, podemos ser el medio que utiliza para alcanzar a aquellos que están dispuestos a ser alcanzados, para que podamos tener parte en la salvación de otra persona. Podemos acelerar el proceso. ¡Podemos ayudarlos a llegar más rápido! Podemos ahorrarles muchas pruebas, angustias, y moretones en el camino. Podemos traerles la paz de Dios, años antes de lo que sería posible de otra manera.

Veremos más de esto, en el capítulo llamado «Oración y Testificación». Pero por ahora, consolidemos esto. Nuestras oraciones pueden ser parte del proceso de acelerar la obra de Dios, en las vidas de quienes nos rodean.

PRÉSTAME TRES PANES

Uno de los pasajes más bellos de las Escrituras sobre el tema de la oración intercesora, se encuentra en Lucas 11:5-8. Tomémonos el tiempo para leerlo atentamente:

«Él les dijo: ¿Quién de ustedes tiene un amigo, y va a él a medianoche, y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo ha venido a mí en su camino, y no tengo nada que presentarle? Y él desde dentro, responderá y dirá: No me molestes, la puerta ya está cerrada, y mis hijos están conmigo en la cama, no puedo levantarme y darte. Les digo que, aunque no se levante a darte por ser tu amigo, sin embargo por tu importunidad se levantará, y te dará todo lo que necesitas».

Luego, sigue la famosa promesa de Jesús, en el versículo 9: «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán», y así sucesivamente. Fue dada en el contexto de esta parábola, sobre orar por los demás.

Ponte en la foto. Tienes un amigo que ha estado viajando por todo el país. Viene a tu casa tarde en la noche, y tiene hambre. Pero no tienes nada que ofrecerle. Tu alacena está vacía. Tal vez planeabas ir de compras mañana, pero tiene hambre ahora. Es medianoche, y el supermercado cerró hace una hora. ¿Qué vas a hacer?

En primer lugar, la cuestión no es si tu amigo morirá de hambre. La pregunta es si se acostará con hambre. Su vida no está en tus manos, pero sí su consuelo.

Entonces, corres a la casa del pastor, y tocas la puerta. El pastor y su familia están dormidos. El pastor está bastante descontento porque lo has despertado en mitad de la noche. Al parecer, ni siquiera llega a la puerta principal. Simplemente abre la ventana del dormitorio, y grita desde arriba: «No me molestes. Estamos en la cama durmiendo. La puerta está cerrada. Vuelve mañana».

Pero quédate ahí. Dices: «Tengo un amigo que ha venido a pedirme ayuda, y no tengo nada que darle. Tienes que ayudarme». Y persistes en tus llamamientos.

¿Crees que podrías hacer eso? ¿Te sentirías intimidado por el hecho de estar causando molestias a otra persona? ¿O estarías tan decidido a conseguir algo para tu amigo que lo necesita, que persistirías a pesar del aparente despido?

Observa los tres factores que te permiten seguir suplicando, incluso frente a los obstáculos. Primero, tienes un amigo que lo necesita. No estás pidiendo esto para ti, sino para otra persona. Ese hecho añade un valor extra, que de otro modo faltaría. En segundo lugar, aquel a cuya puerta estás llamando, tiene lo que se necesita. Tú sabes de antemano que podrás obtener lo que necesitas para tu amigo, de esta fuente. A pesar de lo avanzado de la hora, y de lo intempestivo de la petición, la respuesta no es: «Yo tampoco tengo pan, vete a casa, y vete a la cama», sino: «No me molestes».

¡Y finalmente, tú y el pastor ya son amigos! Puede que no parezca demasiado amigable en este momento, pero a veces, la falta de cortesía puede ser un indicio de amistad. Si fueras un extraño, el pastor podría ser más rápido en dar lo mejor de sí, y desempeñar su papel oficial. Pero como eres solo tú, él confía en tu amistad lo suficiente, como para decir: «¡No me molestes!». ¿Alguna vez te ha pasado?

Pero eres amigo, no sólo de aquel para quien buscas los tres panes, sino también de aquel a quien se los pides. Observemos cómo el peticionario de medianoche comenzó su petición: «Amigo, préstame tres panes». Aquí existe una relación ya establecida, de la que quien hace la solicitud no teme depender.

¿Has visto alguna vez el pequeño lema «La prueba de la amistad no es cómo manejan las palabras del otro, sino cómo manejan el silencio del otro»? Los amigos no tienen que charlar constantemente para saber que son amigos. Pueden sentirse cómodos juntos, incluso en silencio. ¿Es eso cierto en cuanto a tu amistad con Dios? ¿Te sientes cómodo con Su silencio? ¿Lo conoces lo suficientemente bien como para eso?

Se nos dice que Jesús contó esta parábola a modo de contraste, no de comparación. Dios está dispuesto a dar, y se deleita en responder a nuestras peticiones. Pero hay ocasiones en las que guarda silencio por un tiempo, para probar la autenticidad de nuestros deseos, de nuestra confianza en Él. Andrew Murray cita esta parábola, en su libro sobre la oración intercesora, y sugiere, que tal vez la razón por la que Jesús usó el contraste para expresar su punto, fue que no pudo encontrar a nadie en la vida real, a quien pudiera usar a modo de comparación. Quizás. Pero a causa de los tres primeros hechos, el que busca panes a medianoche llega a una conclusión definitiva. Él dice, tengo un amigo necesitado, tú tienes lo que este amigo y yo necesitamos, tú y yo también somos amigos, así que no me iré. ¡Me quedaré aquí, hasta que me des lo que pido!

¿Tienes un amigo necesitado? ¿Te das cuenta de tu propia impotencia para satisfacer sus necesidades? ¿Pero conoces a otro Amigo que tenga todo el poder, y todos los recursos del cielo y de la tierra a sus órdenes? La seguridad de la historia de Jesús es que puedes acudir a tu Amigo celestial, y tener la seguridad de la ayuda que la situación requiere. La parábola termina con una nota triunfante. El que buscó ayuda a medianoche, recibió toda la ayuda que necesitaba.

«Nunca a nadie se le dirá, no puedo ayudarte. Aquellos que mendigan a medianoche panes para alimentar a las almas hambrientas, tendrán éxito». (PVGM 148).

Andrew Murray escribe en su libro «El Ministerio de Intercesión»:

Si creemos en Dios y su fidelidad, la intercesión se convertirá, para nosotros, en lo primero en lo que nos refugiaremos cuando busquemos bendiciones para los demás, y en lo último para lo que no podamos encontrar tiempo.