Prólogo del Evangelio de Juan

El Verbo de la Vida (Juan 1:1-5)

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.

Desde el principio estaba con Dios.

Todas las cosas fueron hechas por él. Nada de cuanto existe fue hecho sin él.

En él estaba la vida, y esa vida era la luz de los hombres.

La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la extinguieron.

Juan el Bautista, testigo de la luz (Juan 1:6-13)

Hubo un hombre enviado por Dios, llamado Juan.

Este vino de testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyesen por medio de él.

Él no era la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz.

Aquel Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

En el mundo estaba, y aunque el mundo fue hecho por él, el mundo no lo reconoció.

Vino a lo que era suyo, y los suyos no lo recibieron.

Pero a cuantos lo recibieron les dio el derecho (el poder) de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.

Estos no nacieron en forma natural, por voluntad humana, ni por el deseo de un hombre, sino que nacieron de Dios.