Fecha: Agosto-Septiembre del año 29
Lugar: El mismo monte al oeste de Genesaret
«Cuando ayunéis, no pongáis cara triste como los hipócritas, que desfiguran su rostro para mostrar a los hombres que ayunan. Os aseguro que ya tienen su recompensa. Pero cuando tú ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto. Y tu padre que ve en secreto, te recompensará.» (Mateo 6:16-18)
Jesús había demostrado en qué consiste la justicia, y había señalado a Dios como su fuente. Ahora encaró los deberes prácticos. Al dar limosna, al orar, al ayunar, dijo él, no debe hacerse nada para atraer la atención o provocar alabanzas. Dad con sinceridad, para beneficiar a los pobres que sufren. Al orar, póngase el alma en comunión con Dios. Al ayunar, no andéis con la cabeza inclinada y el corazón lleno de pensamientos relativos al yo. El corazón del fariseo es un suelo árido e infructuoso, en el cual ninguna simiente de vida divina puede crecer. El que más completamente se entrega a Dios es el que le rendirá el servicio más aceptable. Porque mediante la comunión con Dios, los hombres llegarán a colaborar con él en cuanto a presentar su carácter a la humanidad.
El servicio prestado con sinceridad de corazón tiene gran recompensa. “Tu Padre que ve en secreto, te recompensará en público.” Por la vida que vivimos mediante la gracia de Cristo se forma el carácter. La belleza original empieza a ser restaurada en el alma. Los atributos del carácter de Cristo son impartidos, y la imagen del Ser divino empieza a resplandecer. Los rostros de los hombres y mujeres que andan y trabajan con Dios expresan la paz del cielo. Están rodeados por la atmósfera celestial. Para esas almas, el reino de Dios empezó ya. Tienen el gozo de Cristo, el gozo de beneficiar a la humanidad. Tienen la honra de ser aceptados para servir al Maestro; se les ha confiado el cargo de hacer su obra en su nombre. DTG 278.4 – DTG 279.1
El ayuno que la Palabra de Dios ordena es algo más que una formalidad. No consiste meramente en rechazar el alimento, vestirse de cilicio, o echarse cenizas sobre la cabeza. El que ayuna verdaderamente entristecido por el pecado no buscará la oportunidad de exhibirse.
El propósito del ayuno que Dios nos manda observar no es afligir el cuerpo a causa de los pecados del alma, sino ayudarnos a percibir el carácter grave del pecado, a humillar el corazón ante Dios y a recibir su gracia perdonadora. Mandó a Israel: “Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios”.
A nada conducirá el hacer penitencia ni el pensar que por nuestras propias obras mereceremos o compraremos una heredad con los santos. Cuando se le preguntó a Cristo: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?”, él respondió: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado”. Arrepentirse es alejarse del yo y dirigirse a Cristo; y cuando recibamos a Cristo, para que por la fe él pueda vivir en nosotros, las obras buenas se manifestarán.
Dijo Jesús: “Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto”. Todo lo que se hace para gloria de Dios tiene que hacerse con alegría, no con tristeza o dolor. No hay nada lóbrego en la religión de Cristo. Si por su actitud de congoja los cristianos dan la impresión de haberse chasqueado en el Señor, presentan una concepción falsa de su carácter, y proporcionan argumentos a sus enemigos. Aunque de palabra llamen a Dios su Padre, su pesadumbre y tristeza los hace parecer huérfanos ante todo el mundo.
Cristo desea que su servicio parezca atractivo, como lo es en verdad. Revélense al Salvador compasivo los actos de abnegación y las pruebas secretas del corazón. Dejemos las cargas al pie de la cruz, y sigamos adelante regocijándonos en el amor del que primeramente nos amó. Los hombres no conocerán tal vez la obra que se hace secretamente entre el alma y Dios, pero se manifestará a todos el resultado de la actuación del Espíritu sobre el corazón, porque él, “que ve en lo secreto, te recompensará en público”. DMJ 75.2 – 76.1
