Fecha: Agosto-Septiembre del año 29
Lugar: El mismo monte al oeste de Genesaret
«»Oísteis que fue dicho: ‘Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo’. «Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que maltratan y persiguen. «Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que envía su sol sobre malos y buenos, y manda lluvia sobre justos e injustos. «Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? «Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen lo mismo los paganos?» (Mateo 5:43-47)
«»Pero a vosotros que oís, digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen. «Bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian. … «Y lo que quisierais que los hombres os hagan, así hacedles vosotros a ellos. «Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. «Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. «Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto. «Amad, pues, a vuestros enemigos, haced bien y prestad, sin esperar de ello nada. Y vuestro galardón será grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno aun con los ingratos y malos.» (Lucas 6:27-28,31-35)
Dios derrama sus bendiciones sobre todos. Él “hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos.” “El es benigno para con los ingratos y malos.” Nos invita a ser como él. “Bendecid a los que os maldicen”—dijo Jesús,—“haced bien a los que os aborrecen, … para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos.” Tales son los principios de la ley, y son los manantiales de la vida. DTG 277.3
La lección del Salvador: “No resistáis al que es malo”, era inaceptable para los judíos vengativos, quienes murmuraban contra ella entre sí; pero ahora Jesús pronunció una declaración aún más categórica:
“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos”.
Tal era el espíritu de la ley que los rabinos habían interpretado erróneamente como un código frío de demandas rígidas. Se creían mejores que los demás hombres y se consideraban con derecho al favor especial de Dios por haber nacido israelitas; pero Jesús señaló que únicamente un espíritu de amor misericordioso podría dar evidencia de que estaban animados por motivos más elevados que los publicanos y los pecadores, a quienes aborrecían.
Señaló Jesús a sus oyentes al Gobernante del universo bajo un nuevo nombre: “Padre nuestro”. Quería que entendieran con cuánta ternura el corazón de Dios anhelaba recibirlos. Enseñó que Dios se interesa por cada alma perdida; que “como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen”. Ninguna otra religión que la de la Biblia presentó jamás al mundo tal concepto de Dios. El paganismo enseña a los hombres a mirar al Ser Supremo como objeto de temor antes que de amor, como una deidad maligna a la que es preciso aplacar con sacrificios, en vez de un Padre que vierte sobre sus hijos el don de su amor. Aun el pueblo de Israel había llegado a estar tan ciego a la enseñanza preciosa de los profetas con referencia a Dios, que esta revelación de su amor paternal parecía un tema original, un nuevo don al mundo.
Los judíos creían que Dios amaba a los que le servían—los cuales eran, en su opinión, quienes cumplían las exigencias de los rabinos—y que todo el resto del mundo vivía bajo su desaprobación y maldición. Pero no es así, dijo Jesús; el mundo entero, los malos y los buenos, reciben el sol de su amor. Esta verdad debierais haberla aprendido de la misma naturaleza, porque Dios “hace salir su sol sobre malos y buenos, y… hace llover sobre justos e injustos”.
No es por un poder inherente por lo que año tras año produce la tierra sus frutos y sigue en su derrotero alrededor del sol. La mano de Dios guía a los planetas y los mantiene en posición en su marcha ordenada a través de los cielos. Es su poder el que hace que el verano y el invierno, el tiempo de sembrar y de recoger, el día y la noche se sigan uno a otro en sucesión regular. Es por su palabra como florece la vegetación, y como aparecen las hojas y las flores llenas de lozanía. Todo lo bueno que tenemos, cada rayo del sol y cada lluvia, cada bocado de alimento, cada momento de la vida, es un regalo de amor.
Cuando nuestro carácter no conocía el amor y éramos “aborrecibles” y nos aborrecíamos “unos a otros”, nuestro Padre celestial tuvo compasión de nosotros. “Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia”. Si recibimos su amor, nos hará igualmente tiernos y bondadosos, no sólo con quienes nos agradan, sino también con los más defectuosos, errantes y pecaminosos.
Los hijos de Dios son aquellos que participan de su naturaleza. No es la posición mundanal, ni el nacimiento, ni la nacionalidad, ni los privilegios religiosos, lo que prueba que somos miembros de la familia de Dios; es el amor, un amor que abarca a toda la humanidad. Aun los pecadores cuyos corazones no estén herméticamente cerrados al Espíritu de Dios responden a la bondad. Así como pueden responder al odio con el odio, también corresponderán al amor con el amor. Solamente el Espíritu de Dios devuelve el amor por odio. El ser bondadoso con los ingratos y los malos, el hacer lo bueno sin esperar recompensa, es la insignia de la realeza del cielo, la señal segura mediante la cual los hijos del Altísimo revelan su elevada vocación. DMJ 64.1 – 65.4
