La acusación original de Satanás contra Dios fue que su ley no podía ser obedecida. Cuando Adán y Eva la quebrantaron, el diablo se regocijó y añadió otra acusación: que Dios no podría perdonar al hombre. Satanás no imaginó que Dios mismo pagaría la penalidad del pecado. Pero la vida y la muerte de Jesús demostraría que los pecadores podían ser perdonados, y que la ley de Dios puede ser obedecida, no solamente por él, sino también por aquellos que vivieran la vida de fe como él lo hizo.
Este doble mensaje de perdón y obediencia es el corazón de la misión del remanente, durante el tiempo simbolizado por los tres ángeles, y la obra final de Cristo en el cielo. Jesús, como nuestro Sumo Sacerdote, provee perdón para los pecadores y poder para obedecer. Ambas verdades son igualmente necesarias. Es extremadamente importante que el pueblo remanente comprenda esta doble obra de Cristo en el cielo; de otra manera, le será imposible cumplir su misión. La justificación por la fe – la obra de Dios por nosotros – y la justicia de Cristo – que incluye la obra de Dios en nosotros – son los temas que debemos presentar al mundo que perece.
Apocalipsis 14:12 describe al pueblo remanente con estas palabras: «Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús». La tónica de victoria para el pueblo de Dios corre a través del libro de Apocalipsis. Cada una de las siete iglesias recibe una promesa.
- «Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios» (Apoc. 2:7).
- «El que venciere, no recibirá daño de la muerte segunda» (vers. 11).
- «Al que venciere, daré a comer del maná escondido» (vers. 17).
- «Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones» (vers. 26).
- «El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles» (3:5).
- «Al que venciere, yo le haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí» (vers. 12).
Y finalmente, a la iglesia de Laodicea, Dios le proclama:
- «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono» (vers. 21).
«El Deseado de todas las gentes», pág. 712 declara que la obediencia o la desobediencia será el último punto de disputa del conflicto entre Cristo y Satanás.
Sin embargo, nos encontramos en una gran dificultad. La mayoría de nosotros no se está desempeñando tan bien en el asunto de la obediencia. Luchamos con las mismas faltas y debilidades; caemos día tras día, y año tras año. Reiteradamente nos proponemos ser mejores, y nos esforzamos por reformarnos. Ejercemos un esfuerzo agotador en un intento de vivir vidas justas y fracasamos vez tras vez. A pesar de los recordativos de que la santificación es la obra de toda una vida, nos sentiríamos más cómodos si pudiéramos reconocer algo de progreso. Aun la seguridad de que Dios nos juzga por la tendencia de nuestra vida, y no por los actos buenos o malos ocasionales que realizamos, nos ofrece, a algunos, poco consuelo, porque nuestra tendencia, aparentemente, no es hacia arriba ni hacia abajo, sino sólo un perpetuo subir y bajar.
No obstante, el pueblo remanente está constituido por aquellos que guardan los mandamientos de Dios. El libro de Apocalipsis dirige sus promesas al vencedor. Por lo tanto, debe existir alguna forma de obedecer a Dios, de guardar sus mandamientos, de vencer, que hasta ahora ha sido pasada por alto por algunos de nosotros. El tema de la obediencia debe tener algo más que todavía necesitamos comprender.
Este libro es un intento de explicar en detalle lo que algunos creemos que es el descubrimiento más grande de la vida cristiana victoriosa. Es que la obediencia viene solamente por la fe en Jesucristo, lo que significa que el propósito de Dios es conducirnos a una relación de absoluta dependencia en él, lo cual le permitirá hacer lo que siempre quiso hacer: vivir su vida en nosotros. Una relación tal lo capacita para producir en nosotros «así el querer como el hacer, por su buena voluntad». Y todo lo que Jesús hace, es verdadera obediencia.
Por largo tiempo sostuvimos dos creencias incompatibles. La primera, que podemos guardar los mandamientos de Dios y que podemos vencer (en el pasado hemos tratado más de una vez acerca de temas como el de la perfección). La segunda, creíamos también que al mismo tiempo que necesitamos la ayuda divina, debemos obedecer por nuestros propios esfuerzos.
Hay quienes se sienten tan frustrados por la débil obediencia que han sido capaces de producir por sus propios esfuerzos, que deciden borrar la creencia en la victoria, en la obediencia y en la superación, y ajustar su teología a su experiencia. Argumentan que es imposible obedecer en forma alguna los mandamientos de Dios, y así, sin darse cuenta, se unen al enemigo en una de sus mayores acusaciones contra Dios.
Si bien es cierto que nuestra aceptación de parte de Dios no resulta de nuestra obediencia, esto en ninguna forma desacredita la verdad de que Dios tiene poder disponible para guardarnos de pecar. La persona que se desanima y renuncia a la seguridad de la salvación por causa de su conducta equivocada, simplemente publica el hecho de que es un legalista. De la misma manera, el individuo que siente que no tiene seguridad de su salvación, a menos que pueda creer que la imperfección es todo lo que Dios espera, también es legalista. Ambos grupos fundamentan la seguridad de su salvación en sus realizaciones y conducta, aunque de diferentes perspectivas.
Son buenas noticias comprender que existe una tercera alternativa. Podemos creer en la justificación por la fe sola y tener completa confianza en nuestra aceptación delante de Dios, basada totalmente en lo que Jesús hizo ya a nuestro favor. Al mismo tiempo, podemos aceptar la verdad de que la obediencia y la victoria están disponibles y que pueden ser una realidad en nuestra vida hoy. La obediencia es sólo por la fe, así como el perdón es solamente por la fe. Pablo lo dijo hace mucho tiempo: «Por lo tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él» (Colosenses 2:6).
En este libro consideraremos cuidadosamente ocho razones principales por las cuales la obediencia puede producirse sólo por la fe. Las mencionaremos brevemente y luego dedicaremos un capítulo para examinar cada punto en detalle.
1. Porque la Biblia lo dice así.
En Romanos 1:17 Pablo declara: «El justo por la fe vivirá». ¿Quién es el justo? Aquel que ha aceptado la gracia justificadora de Dios. Y aquí la Biblia nos dice que el justo – quien ha sido justificado – vivirá por fe.
2. Debido a la naturaleza de la humanidad.
Romanos 5:19 declara que, por el pecado de un hombre, los muchos fueron constituidos pecadores.
«Nuestro corazón es malo, y no lo podemos cambiar» (El camino a Cristo, pág. 16). Juan 3 nos dice que a menos que nazcamos de nuevo, no podremos ver el reino de Dios. Si eso es verdad, hay algo que está mal en relación con nuestro primer nacimiento. Varios siglos antes, Isaías declaró que todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia (Isa. 65:6). De modo que nuestra misma naturaleza revela que la obediencia puede ser posible únicamente por la total dependencia de otro poder, un poder exterior a nosotros mismos.
3. Por la naturaleza del pecado.
Significa que debemos renunciar a intentarlo nosotros mismos (Rom. 9 y 10). Si cesamos de tratar de tener éxito por nuestra propia cuenta, debemos depender del poder de alguien más. Es imposible tratar de hacer las dos cosas, esforzarse por obedecer, y al mismo tiempo renunciar a la posibilidad siquiera de obedecer. Renunciar, niega la posibilidad de esforzarnos por lograr alguna cosa. Pero cuando renunciamos, o nos sometemos, nos colocamos bajo el control de Dios.
4. Dios desea que seamos controlados por él. De acuerdo a Romanos 6, tenemos dos opciones en este mundo, dos posibilidades en cuanto a quién está en control de nuestras vidas – o Dios o el diablo. No hay terreno intermedio. Elegimos cuál de los dos poderes queremos que nos gobierne. El de Dios es un control de amor, y si nos entregamos a él, seremos obedientes.
5. Dios nos ofrece descanso al vivir la vida cristiana, como también descanso de la culpa del pecado. «Queda un reposo para el pueblo de Dios» (Heb. 4:9). (Nótese que esto es para el pueblo de Dios, formado por los que lo han aceptado y que han llegado a ser sus hijos). «Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas» (vers. 10).
6. La naturaleza del arrepentimiento así lo requiere.
El arrepentimiento no procede de nosotros mismos, sino que es un don de Dios (Hech. 5:31). ¿Y qué es arrepentimiento? Es tristeza por el pecado y abandono del mismo. Así que si el arrepentimiento es un don, y el arrepentimiento es tristeza por el pecado y abandono del mismo, entonces el apartamiento del pecado debe ser también un don de Dios. No es algo que nosotros logramos, sino algo que recibimos.
7. En Juan 15 Jesús hizo claro que la obediencia es un fruto de la fe.
El fruto es el resultado de alguna otra cosa. No lo conseguimos tratando denodadamente de producirlo; es la consecuencia natural de las actividades de la Vid viviente. Si estamos conectados a la Vid, produciremos fruto, espontánea y naturalmente, porque no podremos hacer otra cosa.
8. Y finalmente, Jesús nos dio el ejemplo máximo (Juan 14:10).
Jesús hizo todo en su vida mediante un poder superior a él, más bien que por su propia fuerza interior. Vino a este mundo no solamente para morir por nosotros – para pagar la penalidad del pecado – sino también para mostrarnos cómo vivir dependiendo de un poder superior. Jesús vivió una vida de obediencia por la fe, y llegó a ser el más grande argumento en favor de que nosotros también podemos vivir como él vivió.
En resumen, quisiéramos subrayar el hecho de que la obediencia por la fe es algo que sólo el cristiano consagrado puede entender o experimentar. No es simplemente otra forma de autoayuda, una modificación de la conducta o un pensamiento positivo que ofrece un cambio exterior para los que tienen suficiente fuerza de voluntad para lograrlo. La obediencia por fe puede proceder solamente del corazón, y sólo en la persona que vive en comunión diaria con Cristo.
Para la persona que ha sido justificada, perdonada y puesta en una relación correcta con Dios por la aceptación de lo que Jesús hizo en la cruz, la obediencia por fe es un tema tranquilizador y virtualmente esencial. Sólo el que ha aceptado la relación restaurada, que es el objeto de la justificación, y está otra vez en comunión con Dios, lo encontrará significativo. Por lo tanto, este es un libro solamente para cristianos, para los que tienen esa relación.
Por consiguiente, nos dedicaremos la mayor parte del tiempo volviendo a enfatizar el hecho de que la obediencia no es la base de nuestra salvación – esto es, cuán bien estamos venciendo no determina nuestra posición de hoy delante de Dios. En otras palabras, nunca podremos encontrar el fundamento de nuestra seguridad en nuestro desempeño o conducta, ya sean buenos o malos.
Pero para la persona que ha aceptado la gracia justificadora y que está en relación con Dios, la obediencia mediante la fe en Jesucristo llega a ser las buenas nuevas de lo que Dios desea hacer en nosotros y mediante nosotros, para glorificar su nombre ante el mundo y el universo.