Hace algún tiempo, después de pedir un sándwich en el restaurante del aeropuerto, lo dejé en el mostrador y me retiré porque tenía algo más que hacer, y luego tuve que volver para retirarlo. Pero si hubiera comprado un Mercedes, habría sido muy difícil que me olvidara de buscarlo de la agencia.
«¿Recibirá un hombre lo que compró? – preguntaron cierta vez Jones y Waggoner –. Si un hombre va a un negocio, y luego de pedir un artículo lo paga, ¿cambiará súbitamente de idea y abandonará el lugar sin llevar consigo lo que compró? Por supuesto que no. Si pagó por algo, ciertamente lo llevará. Jesús pagó por nosotros. Pagó el precio más elevado que existe, su propia preciosa sangre. Se dio a sí mismo por nosotros. Por lo tanto, podemos estar absolutamente seguros de que nos aceptará».
El infinito e inapreciable don de Jesús, proporciona la certeza de que somos aceptados por Dios porque aceptó el sacrificio de Jesús. Y diariamente podemos renovar nuestra alabanza a Dios por esto. Únicamente quienes han sido aceptados, y saben que han sido aceptados, pueden estudiar debidamente el tema de la obediencia. Quien se siente rechazado, de sólo pensarlo experimenta desánimo. Todos sabemos, si hemos estudiado lo que dice la Biblia, que la gracia – un don de Dios – nos salva por medio de la fe (Efe. 2:8-9).
Pero hay algo que no todos saben, y que puede llegar a transformarse en un serio problema, aun entre los adventistas del séptimo día. No todos percibimos que debemos vivir por fe, así como llegamos inicialmente a Dios por medio de la fe. «Porque por fe andamos, no por vista» (2 Cor. 5:7). Vivimos solamente por fe. La obediencia viene sólo por fe. Ni más ni menos.
Hoy algunos que piensan que si uno ha de ser afecto a la fe, tiene que mostrarse hostil a la obediencia; y que si se insiste en la obediencia, debe mostrarse opuesto a la fe. Pero no es así; de hecho, los que rechazan la fe, inevitablemente serán desobedientes también, y viceversa. Las dos cosas van juntas. No obstante, muchas personas tienen una seria incomprensión de lo que significa la vida cristiana, y de cómo son posibles la obediencia y la victoria.
Hace pocos años, el redactor de la Adventist Review (Revista Adventista) habló a una congregación en una reunión campestre de la Asociación de Wáshington:
– Tengo una pregunta para hacerles – dijo – . ¿Cuántos de ustedes creen que somos salvos solamente por fe?
Una o dos manos se levantaron y se bajaron rápidamente.
– ¿Cuántos de ustedes creen que somos salvos por las obras solamente? Nuevamente una o dos manos se levantaron, pero volvieron a desaparecer casi al instante. Luego preguntó:
– ¿Cuántos creen que somos salvos por la fe y por las obras?
Ahora sí, la mayoría del resto de las manos se levantaron, agitando en el aire abanicos de papel. Observando la respuesta, el redactor comentó:
– Espero que antes de que terminemos esta reunión, hayan cambiado de idea.
Y procedió a predicar un poderoso sermón en el cual establecía de manera muy enfática su convicción de que somos salvos sólo por la fe en Jesús.
El conocido pasaje de Romanos 4:5 declara: «Pero al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia».
¿Significa eso que Dios justifica a gente impía? Eso es lo que dice. «Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; pero al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia».
La iglesia ha tenido algunas dificultades con este concepto. Admitámoslo. Los argumentos sobre este tema han sido muy intensos en ciertos círculos. ¿Creemos realmente que somos salvos solamente por la fe en Cristo Jesús en todo lo que concierne a nuestra esperanza de vida eterna? Si comprendemos realmente algo de lo que Jesús proveyó por nosotros en la cruz, debemos aceptar las grandes declaraciones bíblicas de que somos salvados por gracia, por medio de la fe. Ellas son una parte integral del Evangelio.
Sin embargo, la naturaleza humana ha contendido con esta idea por siglos. Los reformadores lucharon y murieron por ella. Ha sido difícil comprender que es imposible para el ser humano ganar o merecer la gracia o el favor de Dios. No obstante, este hecho sigue siendo el fundamento del Evangelio. Dios no actúa sobre un sistema de méritos, sino de dones. Y todo lo que podemos hacer para esperar la vida eterna, es aceptar y responder continuamente a lo que él ya hizo por nosotros en la cruz, y continúa haciendo día tras día.
La soteriología, la ciencia de la salvación, tiene tres aspectos.
(1) El primero es el de la justificación por la fe – la verdad de que Jesús hizo provisión en la cruz no solamente para perdonar nuestros pecados, sino también para tratarnos como si nunca hubiéramos pecado.
(2) El segundo va más allá de la comprensión de que Jesús perdona nuestros pecados pasados – porque incluye el poder, a través del Espíritu Santo, que nos capacita para lograr la victoria sobre nuestros pecados, fracasos y equivocaciones presentes.
(3) Y el tercero, es la esperanza de liberación de un mundo de pecado cuando Jesús regrese.
Estos tres elementos, todos ellos, son buenas nuevas. Aunque otros cristianos evangélicos de nuestros días enfatizan la justificación por la fe y lo que Jesús hizo por nosotros; y un número creciente destaca la venida de Cristo y la glorificación cuando él retorne, la iglesia remanente tiene una misión única, que va más allá de lo que los reformadores predicaron. Es la misión de edificar las paredes sobre el cimiento del Evangelio.
¿Cuáles son esas paredes? La verdad de que Dios puede salvarnos de nuestros pecados presentes, de nuestros fracasos presentes. Él está interesado en hacerse cargo no solamente de nuestras faltas y pecados pasados, sino también de nuestros errores presentes y futuros. Dios no solamente tiene perdón para el pasado, sino también poder para el presente. Nuestro Señor no solamente limpiará y purificará nuestros registros, sino también nuestras vidas. Esta es una porción del Evangelio que se vuelve particularmente significativa durante el período descrito en el libro de Apocalipsis, un período cuya nota tónica es triunfo y victoria.
En cierta ocasión estaba conversando con alguien acerca de cómo creía yo que Dios nos ofrece poder que nos capacita para obedecer sus mandamientos. Y la otra persona dijo: «¿Los guardó usted ayer?»
¿Cómo contestaría usted esta pregunta? «Eso no es de su incumbencia» – le dije – . Y en seguida le hice yo una pregunta: «¿Estará Guillermo Miller en el cielo?» La persona respondió: «Espero que sí».
«No, esa no es la respuesta a mi pregunta. ¿Va a ir al cielo? ¿Sí o no?» «No puedo decirlo, no me corresponde». «Ni tampoco le corresponde saber si yo guardé o no ayer los mandamientos. Eso le corresponde solamente a Dios».
Es fácil caer en la tentación de preguntar: «¿Quién realmente lo ha logrado?» y pasar por alto la verdad registrada en Apocalipsis 14:12. Al fin del tiempo habrá un grupo de gente que guarde los mandamientos de Dios. Podrán no ser identificables para el observador descuidado. Aun ellos mismos quizás no se den cuenta de sus propios logros – por la simple razón de que no serán propios. Son obra de Dios. Y sabemos que cuanto más nos acercamos a Jesús, menos impresionados nos sentiremos con nuestra propia vida.
Aunque no podemos señalar a otros – o a nosotros mismos – y decir: «Él lo ha logrado, ella lo ha alcanzado, yo lo hice», Apocalipsis 14:12 sigue estando allí, y dice: «Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús».
Resulta interesante notar que el libro de Apocalipsis describe a los santos guardadores de los mandamientos como pacientes. Si usted es uno de los que tendrán la fe de Jesús, perseverarán hasta el fin y guardarán los mandamientos de Dios, deberá tener paciencia también. ¿Se ha sentido alguna vez impaciente con su conducta y desempeño? Es fácil que así sea. Y con todo, debemos permitirnos ser tan pacientes con nosotros mismos, como Dios lo es con nosotros.
Según Romanos 1:16-17, la primera razón por la cual la obediencia se logra solamente por fe – y únicamente por fe – es simplemente porque la Biblia lo dice así. «Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego. Porque en el Evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Pero el justo por la fe vivirá».
El sacrificio de Cristo en la cruz aseguró salvación a todos los que lo acepten. Un pecador responde al poder convincente del Espíritu Santo, y llega a Dios tal cual es. Y por Cristo es puesto en una correcta relación con Dios. La sangre de Cristo cubre sus pecados, y está delante de Dios como si nunca hubiera pecado. Aceptado en el Amado; contado como justo. Y Pablo agrega: «Pero el justo por la fe vivirá». La frase aparece varias veces en la Escritura. Primeramente, en Habacuc 2:4. Pablo más tarde la cita otra vez en Gálatas 3:11 y en Hebreos 10:38. «Pero el justo por la fe vivirá».
Si el justo – e1 que ha sido justificado – ha de vivir por fe, entonces, lo primero que debemos hacer es comprender qué es fe.
Elena de White declara en Patriarcas y Profetas, pág. 712: «Todo fracaso de los hijos de Dios se debe a la falta de fe». De modo que la fe es extremadamente importante en la obediencia y la victoria.
Existe mucha incomprensión acerca de lo que es la fe. Una pseudo fe, que no es nada más que un pensamiento positivo, ha estado perturbando al mundo cristiano por años. Sin embargo, una de las mayores evidencias de la fe genuina, es que es totalmente espontánea. No es algo que nosotros logramos o resolvemos. Si pudiéramos comprender claramente este único punto, nos protegería de aceptar la fe falsificada tan prevaleciente en nuestros días. La fe viene como resultado natural de alguna otra cosa. Y aunque la obediencia es el fruto de la fe, la fe en sí misma es también un fruto. Efesios 2:8-9 nos recuerda que somos salvados por gracia, mediante la fe, y que esto no es de nosotros. Ni la gracia ni la fe son de factura humana. Ambas son dones de Dios.
Dios concede el don de la fe en cierta medida a toda persona. Todos los seres humanos que nacen en este mundo y que tienen alguna capacidad mental, reciben una medida de fe (Rom. 12:13; La educación, pág. 247).
Dios nos ha dado a todos suficiente fe como para comenzar. Pero ésta no es una fe salvadora, porque no todos se salvan. A fin de poseer una fe salvadora, debemos tener más de la que originalmente Dios dio a cada uno.
«La fe que nos capacita para recibir los dones de Dios, es en sí misma un don del cual se imparte una porción a cada ser humano. Aumenta a medida que se la usa para apropiarse de la Palabra de Dios. A fin de fortalecer la fe debemos ponerla a menudo en contacto con la Palabra» (La educación, pág. 247).
Algunos piensan que la manera de ejercitar la fe es esforzándose uno mismo a creer que alguna cosa fuera de lo ordinario ha de ocurrir – o meterse en algún problema y creer que Dios lo ayudará a salir de él. Pero la ejercitación de la fe no es girar un cheque sin fondos, y abrigar la esperanza de que Dios vendrá con los fondos para cubrirlo. Eso es presunción. Y aunque este es un ejemplo extremo, a menudo es el caso con nuestro así llamado ejercicio de la fe, de avanzar por fe, que termina dañando nuestra confianza en Dios en vez de fortalecerla. Mientras que Dios tiene mil maneras de responder a nuestras necesidades, la forma en que esperamos que él obre, puede no ser ninguna de ellas.
Cada vez que intentamos incrementar nuestra fe esforzándonos para convencernos de que algo va a ocurrir, no estamos realmente ejerciendo la fe. Más bien la fe tiene que ver con nuestro contacto con la Palabra de Dios. «La fe viene por el oír y el oír por la palabra de Dios» (Rom. 10:17).
Cuando nos ponemos en contacto con la Palabra de Dios, nos ponemos en relación con Jesucristo. Y al aprender más de él, comenzamos a experimentar una relación salvadora con él. La verdadera fe o confianza, viene de esta relación. Esta no puede existir sin ella. La fe consiste en confiar en alguien más.
En el momento en que tenemos fe, poseemos por lo menos dos componentes. No puede haber fe con sólo una persona. Además, la fe es la dependencia de una persona en otra. ¿Cómo ocurre esto? Ante todo, usted debe encontrar a alguien digno de confianza; y segundo, debe llegar a conocerlo. Entonces sólo así confiará en él, espontánea y naturalmente. Eso es lo que queremos decir al mencionar que la fe es la consecuencia de alguna cosa – el resultado de una relación. «La fe significa confiar en Dios» (La educación, pág. 247).
¿Cómo desarrollamos una relación? Mediante la comunicación. ¿Cómo podemos comunicarnos con Dios? A través de su Palabra, que es el medio por el cual nos habla, y por la oración, el medio por el cual nosotros le hablamos. Y también mediante la concurrencia a sitios donde sabemos que nos encontraremos con él – la iglesia – y la realización de obras juntos – obra misionera. A través de estos sencillos medios es como puede existir una relación, y cuando nos familiarizamos con él, confiaremos en él, y natural y espontáneamente tendremos fe en él.
De modo que la fe nunca es algo que obtenemos por nuestro propio esfuerzo. Donde debemos colocar nuestros esfuerzos es en el logro de la relación con él, en la comunicación con él; y al dirigir nuestra atención a Jesús, obtenemos fe.
Consideremos por un momento cómo llegamos a aceptar a Jesús como nuestro Salvador personal. A través de su Palabra, por medio de su lectura, o escuchándola en el testimonio de alguien más, es como descubrimos algo de su amor. Percibimos cómo es él, comprendimos que Cristo nos aceptaría, nos perdonaría y nos limpiaría de toda injusticia.
Oyendo la Palabra predicada o leyéndola por nosotros mismos, comenzamos a familiarizarnos con él. Luego respondimos hablándole personalmente mediante la oración. Al hablar con él, le confesamos la necesidad del gratuito don de la salvación, de su gracia. Finalmente aceptamos su ofrecimiento de salvación, y él nos perdonó y nos justificó. Uno de nuestros primeros impulsos al experimentar la paz de la aceptación y de la armonía con Dios, fue el de contar a otros las buenas nuevas.
¿Supo alguna vez de alguien que llegó a ser hijo de Dios sin conocerle, sin haber hablado con él, y sin haber comunicado a otros la buena nueva? ¡Imposible! Colosenses 2:6 dice: «Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él». Vivimos la vida cristiana exactamente en la misma forma en que la comenzamos. «Pero el justo por la fe vivirá». No nos esforzamos denodadamente para ser justos, ni para tener fe. En vez de ello, dirigimos todos nuestros esfuerzos a lograr una relación de confianza con Jesús, y él nos da la fe y la justicia como dones gratuitos.
Justamente antes de que Jesús regrese, el último gran tema no será si Jesús murió o no por nuestros pecados, o si su sacrificio fue suficiente para cubrir nuestra culpa; la última gran contienda será sobre la obediencia y la desobediencia. El mundo entero tendrá que enfrentarla. (El Deseado de todas las gentes, pág. 712).
Por mucho tiempo, como iglesia enfatizamos la necesidad de la obediencia, visualizándola como nuestra misión. Pero dimos la impresión de que la obediencia es el resultado de arduo esfuerzo de nuestra parte. Creímos que Dios ayuda a los que se ayudan. Nuestras resoluciones, decisiones y promesas fueron interminables, mientras probábamos y fracasábamos una y otra vez. A pesar de ello, todo el tiempo Jesús estuvo esperando pacientemente con los brazos extendidos diciéndonos: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mat. 11:28).