Fecha: Agosto-Septiembre del año 29
Lugar: El mismo monte al oeste de Genesaret
«Al ver las multitudes, subió al monte, y después de sentarse, se acercaron a Él sus discípulos, y abriendo su boca, les enseñaba diciendo:» (Mateo 5:1-2)
«Y bajando con ellos, se detuvo en un lugar llano, y había gran multitud de discípulos suyos y una enorme muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén, y de la región costera de Tiro y Sidón; los cuales acudieron para oírlo y ser sanados de sus enfermedades. También los atormentados por espíritus inmundos eran sanados, y toda la multitud procuraba agarrarse de Él, porque de Él salía un poder que sanaba a todos.» (Lucas 6:17-19)
En la ladera del monte:
Mas de catorce siglos antes que Jesús naciera en Belén, los hijos de Israel estaban reunidos en el hermoso valle de Siquem. Desde las montañas situadas a ambos lados se oían las voces de los sacerdotes que proclamaban las bendiciones y las maldiciones: “la bendición, si oyereis los mandamientos de Jehová vuestro Dios… y la maldición, si no oyereis”. Por esto, el monte desde el cual procedieron las palabras de bendición llegó a conocerse como el monte de las Bendiciones. Pero no fue sobre Gerizim donde se pronunciaron las palabras que llegaron como bendición para un mundo pecador y entristecido. No alcanzó Israel el alto ideal que se le había propuesto. Un Ser distinto de Josué debía conducir a su pueblo al verdadero reposo de la fe. El Monte de las Bienaventuranzas no es Gerizim, sino aquel monte, sin nombre, junto al lago de Genesaret donde Jesús dirigió las palabras de bendición a sus discípulos y a la multitud.
Volvamos con los ojos de la imaginación a ese escenario, y sentados con los discípulos en la ladera del monte, analicemos los pensamientos y sentimientos que llenaban sus corazones. Si comprendemos lo que significaban las palabras de Jesús para quienes las oyeron, podremos percibir en ellas nueva vida y belleza, y podremos aprovechar sus lecciones más profundas.
Cuando el Salvador principió su ministerio, el concepto que el pueblo tenía acerca del Mesías y de su obra era tal, que inhabilitaba completamente al pueblo para recibirlo. El espíritu de verdadera devoción se había perdido en las tradiciones y el ritualismo, y las profecías eran interpretadas al antojo de corazones orgullosos y amantes del mundo. Los judíos no esperaban como Salvador del pecado a Aquel que iba a venir, sino como a un príncipe poderoso que sometería a todas las naciones a la supremacía del León de la tribu de Judá. En vano les había pedido Juan el Bautista, con la fuerza conmovedora de los profetas antiguos, que se arrepintiesen. En vano, a orillas del Jordán, había señalado a Jesús como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dios trataba de dirigir su atención a la profecía de Isaías con respecto al Salvador doliente, pero no quisieron oírlo.
Si los maestros y caudillos de Israel se hubieran sometido a su gracia transformadora, Jesús los habría hecho embajadores suyos ante los hombres. Fue primeramente en Judea donde se proclamó la llegada del reino y se llamó al arrepentimiento. En el acto de expulsar del templo de Jerusalén a los que lo profanaban, Jesús anunció que era el Mesías, el que limpiaría el alma de la contaminación del pecado y haría de su pueblo un templo consagrado a Dios. Pero los caudillos judíos no quisieron humillarse para recibir al humilde Maestro de Nazaret. Durante su segunda visita a Jerusalén, fue emplazado ante el Sanedrín, y únicamente el temor al pueblo impidió que procuraran quitarle la vida los dignatarios que lo constituían. Fue entonces cuando, después de salir de Judea, principió Cristo su ministerio en Galilea.
Allí prosiguió su obra algunos meses antes de predicar el Sermón del Monte. El mensaje que había proclamado por toda esa región: “El reino de los cielos se ha acercado”, había llamado la atención de todas las clases y dado aún mayor pábulo a sus esperanzas ambiciosas. La fama del nuevo Maestro había superado los confines de Palestina, y a pesar de la actitud asumida por la jerarquía, se había difundido mucho el sentimiento de que tal vez fuera el Libertador que habían esperado. Grandes multitudes seguían los pasos de Jesús y el entusiasmo popular era grande.
Había llegado el momento en que los discípulos que estaban más estrechamente relacionados con Cristo debían unirse más directamente en su obra, para que estas vastas muchedumbres no quedaran abandonadas como ovejas sin pastor. Algunos de esos discípulos se habían vinculado con Cristo al principio de su ministerio, y los doce vivían casi todos asociados entre sí como miembros de la familia de Jesús. No obstante, engañados también por las enseñanzas de los rabinos, esperaban, como todo el pueblo, un reino terrenal. No podían comprender las acciones de Jesús. Ya los había dejado perplejos y turbados el que no hiciese esfuerzo alguno para fortalecer su causa obteniendo el apoyo de sacerdotes y rabinos, y porque nada había hecho para establecer su autoridad como Rey de esta tierra. Todavía había que hacer una gran obra en favor de estos discípulos antes que estuviesen preparados para la sagrada responsabilidad que les incumbiría cuando Jesús ascendiera al cielo. Habían respondido, sin embargo, al amor de Cristo, y aunque eran tardos de corazón para creer, Jesús vio en ellos a personas a quienes podía enseñar y disciplinar para su gran obra. Y ahora que habían estado con Él, suficiente tiempo como para afirmar hasta cierto punto su fe en el carácter divino de su misión, y el pueblo también había recibido pruebas incontrovertibles de su poder, quedaba expedito el camino para declarar los principios de su reino en forma tal que les ayudase a comprender su verdadero carácter.
Solo, sobre un monte cerca del mar de Galilea, Jesús había pasado la noche orando en favor de estos escogidos. Al amanecer, los llamó a sí y con palabras de oración y enseñanza puso las manos sobre sus cabezas para bendecirlos y apartarlos para la obra del Evangelio. Luego se dirigió con ellos a la orilla del mar, donde ya desde el alba había principiado a reunirse una gran multitud.
Además de las acostumbradas muchedumbres de los pueblos galileos, había gente de Judea y aun de Jerusalén; de Perea, de Decápolis, de Idumea, una región lejana situada al sur de Judea; y de Tiro y Sidón, ciudades fenicias de la costa del Mediterráneo. “Oyendo cuán grandes cosas hacía”, ellos “habían venido para oírle, y para ser sanados de sus enfermedades…; porque poder salía de Él y sanaba a todos”.
Como la estrecha playa no daba cabida, ni aun de pie, dentro del alcance de su voz, a todos los que deseaban oírlo, Jesús los condujo a la montaña. Llegado que hubo a un espacio despejado de obstáculos, que ofrecía un agradable lugar de reunión para la vasta asamblea, se sentó en la hierba, y los discípulos y las multitudes siguieron su ejemplo.
Presintiendo que podían esperar algo más que lo acostumbrado, rodearon ahora estrechamente a su Maestro. Creían que el reino iba a ser establecido pronto, y de los sucesos de aquella mañana sacaban la segura conclusión de que Jesús iba a hacer algún anunció concerniente a dicho reino. Un sentimiento de expectativa dominaba también a la multitud, y los rostros tensos daban evidencia del profundo interés sentido.
Al sentarse en la verde ladera de la montaña, aguardando las palabras del Maestro divino, todos tenían el corazón embargado por pensamientos de gloria futura. Había escribas y fariseos que esperaban el día en que dominarían a los odiados romanos y poseerían las riquezas y el esplendor del gran imperio mundial. Los pobres campesinos y pescadores esperaban oír la seguridad de que pronto trocarían sus míseros tugurios, su escasa pitanza, la vida de trabajos y el temor de la escasez, por mansiones de abundancia y comodidad. En lugar del burdo vestido que los cubría de día y era también su cobertor por la noche, esperaban que Cristo les diese los ricos y costosos mantos de sus conquistadores.
Todos los corazones palpitaban con la orgullosa esperanza de que Israel sería pronto honrado ante las naciones como el pueblo elegido del Señor, y Jerusalén exaltada como cabeza de un reino universal. DMJ 7.1 – 10.42
Rara vez reunía Cristo a sus discípulos a solas para darles sus palabras. No elegía por auditorio suyo únicamente a aquellos que conocían el camino de la vida. Era su obra alcanzar a las multitudes que estaban en ignorancia y en error. Daba sus lecciones de verdad donde podían alcanzar el entendimiento entenebrecido. Él mismo era la Verdad, que de pie, con los lomos ceñidos y las manos siempre extendidas para bendecir, y mediante palabras de amonestación, ruego y estímulo, trataba de elevar a todos aquellos que venían a él.
El sermón del monte, aunque dado especialmente a los discípulos, fue pronunciado a oídos de la multitud. Después de la ordenación de los apóstoles, Jesús se fue con ellos a orillas del mar. Allí, por la mañana temprano, la gente había empezado a congregarse. Además de las acostumbradas muchedumbres de los pueblos galileos, había gente de Judea y aun de Jerusalén misma; de Perea, de Decápolis, de Idumea, una región lejana situada al sur de Judea; y de Tiro y Sidón, ciudades fenicias de la costa del Mediterráneo. “Oyendo cuán grandes cosas hacía,” ellos “habían venido a oírle, y para ser sanados de sus enfermedades; … porque salía de Él virtud y sanaba a todos.”
La estrecha playa no daba cabida al alcance de su voz, ni aun de pie, a todos los que deseaban oírle, así que Jesús los condujo a la montaña. Llegado que hubo a un espacio despejado de obstáculos, que ofrecía un agradable lugar de reunión para la vasta asamblea, se sentó en la hierba, y los discípulos y las multitudes siguieron su ejemplo.
Los discípulos se situaban siempre en el lugar más cercano a Jesús. La gente se agolpaba constantemente en derredor suyo, pero los discípulos comprendían que no debían dejarse apartar de su presencia. Se sentaban a su lado, a fin de no perder una palabra de sus instrucciones. Escuchaban atentamente, ávidos de comprender las verdades que iban a tener que anunciar a todos los países y a todas las edades.
Presintiendo que podían esperar algo más que lo acostumbrado, rodearon ahora estrechamente a su Maestro. Creían que el reino iba a ser establecido pronto, y de los sucesos de aquella mañana sacaban la segura conclusión de que Jesús iba a hacer algún anuncio concerniente a dicho reino. Un sentimiento de expectativa dominaba también a la multitud, y los rostros tensos daban evidencia del profundo interés sentido. Al sentarse la gente en la verde ladera de la montaña, aguardando las palabras del Maestro divino, tenían todos el corazón embargado por pensamientos de gloria futura. Había escribas y fariseos que esperaban el día en que dominarían a los odiados romanos y poseerían las riquezas y el esplendor del gran imperio mundial. Los pobres campesinos y pescadores esperaban oír la seguridad de que pronto trocarían sus míseros tugurios, su escasa pitanza, la vida de trabajos y el temor de la escasez, por mansiones de abundancia y comodidad. En lugar del burdo vestido que los cubría de día y era también su cobertor por la noche, esperaban que Cristo les daría los ricos y costosos mantos de sus conquistadores. Todos los corazones palpitaban con la orgullosa esperanza de que Israel sería pronto honrado ante las naciones como el pueblo elegido del Señor, y Jerusalén exaltada como cabeza de un reino universal.
Cristo frustró esas esperanzas de grandeza mundanal. En el sermón del monte, trató de deshacer la obra que había sido hecha por una falsa educación, y de dar a sus oyentes un concepto correcto de su reino y de su propio carácter. Sin embargo, no atacó directamente los errores de la gente. Vio la miseria del mundo por causa del pecado, aunque no delineó demasiado vívidamente la miseria de ellos. Les enseñó algo infinitamente mejor de lo que habían conocido antes. Sin combatir sus ideas acerca del reino de Dios, les habló de las condiciones de entrada en él, dejándoles sacar sus propias conclusiones en cuanto a su naturaleza. Las verdades que enseñó no son menos importantes para nosotros que para la multitud que le seguía. No necesitamos menos que dicha multitud conocer los principios fundamentales del reino de Dios. DTG 265.1 – 266.2
