6. Permanencia

«Estad en mí, y yo en vosotros» (Juan 15:4)

Al leer el capítulo 15 de Juan, descubrimos que la palabra «permanencia» es una palabra clave. ¿Cuál es el significado de permanencia? Si consultamos una concordancia bíblica, para hallar todos los pasajes que contienen la palabra permanecer o permanencia, pronto descubriremos que·significa nada menos que perseverar, aferrarse a algo. El concepto básico de la parábola de la vid y los pámpanos, es que si se nos invita a permanecer es porque ya hemos llegado a un punto determinado; eso es lo que ya ocurrió. No hay razón para insistir en que alguien permanezca, si aún no ha llegado. En realidad, en Juan 15 no se habla mucho del hecho de acudir primero a Cristo. Más bien se enfatiza el acto de permanecer en Él. El acto de casarse es tan importante como el hecho mismo de permanecer casado. Tan importante es acudir a Cristo como permanecer en Él. Esta es la preocupación de Jesús revelada en sus palabras de Juan 15. Allí encontramos evidencia clara, de la forma en que opera nuestra facultad de elección en la vida cristiana.

Me atrevo a afirmar, apoyado en los relatos e investigaciones de muchos casos, que la mayoría de las personas que se han unido a la iglesia, y han gustado las maravillas de la gracia redentora, no han perseverado en ella. La gran mayoría han permitido que el enemigo las corte gradual, lenta e imperceptiblemente del conocimiento y la emoción de la gracia divina. Tales personas han sustituido el proceso de permanecer en la Vid, por el de permanecer en la viña (la iglesia) o permanecer en otros pámpanos (otras personas).

Notemos que en Juan 15 Jesús no habla de permanecer en la iglesia. No es suficiente permanecer en compañía de otros creyentes, y sin embargo esa es una de nuestras trampas. Podemos aparecer externamente unidos a Cristo, y sin embargo no tener ninguna conexión vital con la Vid. De ese modo, no habrá crecimiento ni fruto. Puede existir una aparente unión con Cristo, una profesión religiosa, pero no una unión verdadera con Dios mediante la fe. Los que no llevan fruto para la gloria de Dios, son pámpanos falsos, y demuestran que no permanecen en la Vid.

Quizás lo más cerca que hemos estado al proceso de injertar, es haciendo trasplantes en nuestro jardín. ¿Lo ha hecho usted alguna vez, amigo lector? Es posible trasplantar varias clases de plántas, muy parecidas, en el mismo vivero; aplicando las mismas técnicas, hasta donde nos es posible usar el mismo método. Algunas plantas florecerán, pero otras morirán. Al momento del trasplante todo se mira igual. Parece como si cada planta se hubiera enraizado en su nuevo ambiente. Sin embargo, después de poco tiempo, de algunas lluvias y un poco de sol, empezamos a descubrir las plantas que sobrevivirán y las que no. ¿Cuál es la diferencia? Unas han establecido la conexión con el suelo, otras no.

¿De qué manera permanecemos en la Vid? ¿Cómo podemos mantener esa conexión con Cristo? ¿Hemos decidido usar nuestros propios medios para subsistir, no una vez, sino diariamente? Una planta que ha sido trasplantada, puede vivir muy poco tiempo dependiendo de sí misma. Porque a menos que obtenga las sustancias nutritivas que hay en el terreno, sus propios recursos se agotarán, y entonces morirá. ¿Es nuestra comunión con Dios, nuestra máxima prioridad, o más bien tratamos de hacer las cosas que agradan a Dios?

Analicemos el significado más profundo de la permanencia en Cristo. «Estad en mí, y yo en vosotros». ¿Qué significa eso de estar Cristo en uno, o uno en Cristo? Sin lugar a dudas, se refiere a una relación muy estrecha. Eso es lo que quiere decir Jesús, cuando dice: «Permanece en la relación que iniciaste cuando me aceptaste por primera vez como tu única esperanza. Mantén esa relación conmigo».

Es posible -de hecho es lo más comón-, que la relación entre el siervo y el amo no sea tan estrecha; tal vez sea distante. Puede ocurrir que la relación del empleado con el patrón no contenga los elementos del respeto mutuo. Es muy posible también que la relación entre alumno y maestro sea superficial. Sin embargo, una relación íntima ocurre sólo con personas muy especiales en nuestra vida. Es por eso que la analogía de Jesús en cuanto al matrimonio y su iglesia, es muy apropiada. Cuando hablamos de una relación que permanece en el marco de esta parábola, estamos hablando de una relación muy íntima de amor. No puede haber una relación íntima de amor, a menos que exista plena comunicación y camaradería. Jesús nos dice: «Permíteme conocerte, no sólo quiero que entres en contacto conmigo, sino que permanezcas en mi». ¿Nos interesa eso?

Alguien puede decir: «Pero ese es un asunto de obras. Enfatizar la continuidad de nuestra relación con Cristo, es simplemente legalismo». Así es para quien todavía no ha agotado todos sus recursos; cualquier cosa, incluyendo esto, puede resultar en un proceso de vivir por obras. La persona que depende todavía de la conexión con la viña, o con otros pámpanos (hasta del pastor de la iglesia, ¡y por favor no cometamos ese error!) hallará que el énfasis colocado en la permanencia en la Vid, es un proceso de vivir por obras. Esto es cierto. Pero una vez que la persona descubre el amor y la bondad de Jesús, como lo demostró durante su vida y muerte, y capta una vislumbre de su cuidado por cada uno de nosotros, se convencerá que permanecer en Él, es un privilegio y un alto honor. Para él, el estudio de la Biblia y la oración no son aburridos, sino una maravillosa oportunidad.

Volvamos al jardín, y pensemos si el dejar las plantas de rosas en el suelo, de donde pueden obtener las sustancias nutritivas que allí se encuentran, es poner nuestra confianza en las obras. Imaginémonos a un jardinero, que dice: «Dejar una planta en el suelo es un viaje por la senda de las obras. Algún día plantaré mis plantas en el suelo cuando lo crea conveniente. No me someteré ahora a esa pesada rutina. En algunas ocasiones, llevaré conmigo mis rosales y los tendré conmigo todo el día. Quizás en otra ocasión, simplemente colocaré las plantas en el estante de los libros y las dejaré allí. Otras veces las tiraré a la grama. Y las abandonaré allí con sus raíces al aire. Finalmente, cuando crea que es apropiado, las volveré a plantar en el suelo». ¿Cuántas rosas brotarían bajo tales circunstancias?

Vale la pena notar, que cuando Jesús empleó la palabra permanencia en las instrucciones a sus discípulos, mediante esta parábola, estaba señalando el punto donde realmente deben recaer nuestros esfuerzos y elecciones.

En cierta ocasión, se acercó a mí un alumno, para decirme cuán frustrado se sentía por las dificultades de vivir una vida cristiana. Simplemente, no se sentía capaz de ordenarla ¡Pero no somos nosotros los llamados a ordenarla! La verdad es que el esfuerzo y la voluntad para vivir la vida cristiana, resultan muy sencillos: «Permaneced en mí -dijo Jesús-«, en continua y permanente comunión». Ese es el secreto.

¿Cómo lo logramos? No debemos caer en la trampa, de pensar que para mantener una relación con alguien, debemos tratar de hacer lo que le agrada. Esa no es la forma de permanecer en relación con alguna persona. Colosenses 2:6 nos da una clave: «De la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en Él». Andamos con Él, tenemos comunión con Él, permanecemos en Él, de la misma manera como le recibimos ini~ente. ¿Cómo le recibimos al principio?

«Por las obras de la ley, ninguna carne se justificará delante de Él, porque por la ley es el conocimiento del pecado» (Romanos 3:20)’. No recibimos a Cristo originalmente a través de las obras de la ley.

«Empero al que obra no se le cuenta el salario por merced, sino por deuda. Pero al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia» (Romanos 4:4-5).

En primer lugar, aceptamos a Cristo y así nos unimos a la Vid, no para tratar de producir buenas obras que realcen nuestro valor, sino aceptando su gracia como un don todopoderoso. De ninguna manera debemos pensar, que el hecho de aceptar su gracia no envuelve obras. La gran mayoría de pecadores ha descubierto que es muy dificil ir a Cristo; sin embargo, esa es una obra diferente a las obras a las cuales se refiere Pablo. El apóstol no pregona una religión sin esfuerzo, que no demanda nada. Nos recuerda la realidad del esfuerzo que esto implica. Las obras, si queremos usar esa expresión, consisten en admitir que no estamos capacitados para hacer algo en nuestro favor, sino que acudimos a Jesús para aceptar su gracia.

En Juan 15, Jesús nos indica en qué dirección debemos enfocar nuestros esfuerzos. Nunca nos pide que nos esforcemos por llevar fruto, sino que nos muestra cómo permanecer en Él. Y si elegimos estar en Él, el fruto es el resultado natural y espontáneo de esa unión.

Por lo tanto, la parábola define la pregunta en cuanto a dónde debemos fijar nuestro esfuerzo. No obstante, muchos hemos peregrinado largamente tratando de hacer todo lo demás, menos permanecer en esta íntima y estrecha relación de amor.

Para todos los que hemos estado ocupados haciendo todo lo demás, Cristo vuelve a extendernos hoy su amorosa invitación: «Estad en mí, y yo en vosotros».