Fecha: Agosto del año 29
Lugar: Cerca de Capernaúm
«Y al pasar Él por los sembrados en un sábado, aconteció que sus discípulos comenzaron a abrir camino arrancando las espigas. Y los fariseos le decían: Mira, ¿por qué hacen lo que no es lícito hacer en los sábados? Les dice: ¿Nunca leísteis qué hizo David, cuando tuvo necesidad y tuvo hambre, él y los que estaban con él: Cómo entró en la Casa de DIOS, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, y comió los panes de la proposición, de los cuales no es lícito comer sino a los sacerdotes, y dio también a los que estaban con él? Y les decía: El sábado fue instituido para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por tanto, el Hijo del Hombre es también Señor del sábado.» (Marcos 2:23-28)
«En aquel tiempo, cruzaba JESÚS por los sembrados un sábado, y sus discípulos tuvieron hambre, y comenzaron a arrancar espigas y comer.» (Mateo 12:1)
«Al verlo los fariseos, le dijeron: Mira, tus discípulos hacen lo que no es permitido hacer en sábado.» (Mateo 12:2)
«Y Él les dijo: ¿No habéis leído qué hizo David y los que estaban con él, cuando tuvo hambre, cómo entró en la Casa de DIOS y comieron los panes de la proposición, que no le era lícito comer a él, ni a los que estaban con él, sino solo a los sacerdotes? ¿O no leísteis en la ley, que en los sábados los sacerdotes en el templo profanan el sábado, y son sin culpa?» (Mateo 12:3-5)
«Pues os digo que algo mayor que el templo está aquí. Y si hubierais comprendido qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes, Porque el Hijo del Hombre es Señor del sábado.» (Mateo 12:6-8)
El Sábado fue santificado en ocasión de la creación. Tal cual fue ordenado para el hombre, tuvo su origen cuando “las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los hijos de Dios.” La paz reinaba sobre el mundo entero, porque la tierra estaba en armonía con el cielo. “Vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera;” y reposó en el gozo de su obra terminada.
Por haber reposado en sábado, “bendijo Dios el día séptimo y lo santificó,” es decir, que lo puso aparte para un uso santo. Lo dio a Adán como día de descanso. Era un monumento recordativo de la obra de la creación, y así una señal del poder de Dios y de su amor. Las Escrituras dicen: “Hizo memorables sus maravillas.” “Las cosas invisibles de Él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas.”
Todas las cosas fueron creadas por el Hijo de Dios. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas; y sin Él, nada de lo que es hecho, fue hecho.” Y puesto que el sábado es un monumento recordativo de la obra de la creación, es una señal del amor y del poder de Cristo.
El sábado dirige nuestros pensamientos a la naturaleza, y nos pone en comunión con el Creador. En el canto de las aves, el murmullo de los árboles, la música del mar, podemos oír todavía esa voz que habló con Adán en el Edén, al frescor del día. Y mientras contemplamos su poder en la naturaleza, hallamos consuelo, porque la palabra que creó todas las cosas es la que infunde vida al alma. El “que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios, en la faz de Jesucristo.”
Fue este pensamiento el que provocó este canto del salmista:
“Por cuanto me has alegrado, oh Jehová, con tus obras;
En las obras de tus manos me gozo.
¡Cuán grandes son tus obras, oh Jehová!
Muy profundos son tus pensamientos.”
Y el Espíritu Santo declara por medio del profeta Isaías: “¿A qué pues haréis semejante a Dios, o a qué imagen le compondréis? … ¿No sabéis? ¿no habéis oído? ¿nunca os lo han dicho desde el principio? ¿no habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó? Él está asentado sobre el globo de la tierra, cuyos moradores son como langostas, Él extiende los cielos como una cortina, los tiende como una tienda para morar… ¿A qué pues me haréis semejante, o seré asimilado? dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; Él saca por cuenta su ejército: a todas llama por sus nombres; ninguna faltará: tal es la grandeza de su fuerza, y su poder y virtud. ¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel: mi camino es escondido de Jehová, y de mi Dios pasó mi juicio? ¿No has sabido, no has oído que el Dios del siglo es Jehová, el cual creó los términos de la tierra? No se trabaja, ni se fatiga con cansancio. El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ninguna.” “No temas que yo soy contigo, no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra: porque yo soy Dios, y no hay más.” Tal es el mensaje que fue escrito en la naturaleza, y que el sábado está destinado a rememorar. Cuando el Señor ordenó a Israel que santificase sus sábados, dijo: “Sean por señal entre mí y vosotros, para que sepáis que yo soy Jehová vuestro Dios.”
El sábado fue incorporado en la ley dada desde el Sinaí; pero no fue entonces cuando se dio a conocer por primera vez como día de reposo. El pueblo de Israel había tenido conocimiento de él, antes de llegar al Sinaí. Mientras iba peregrinando hasta allí, guardó el sábado. Cuando algunos lo profanaron, el Señor los reprendió diciendo: “¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y mis leyes?”
El sábado no era para Israel solamente, sino para el mundo entero. Había sido dado a conocer al hombre en el Edén, y como los demás preceptos del Decálogo, es de obligación imperecedera. Acerca de aquella ley de la cual el cuarto mandamiento forma parte, Cristo declara: “Hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde perecerá de la ley.” Así que mientras duren los cielos y la tierra, el sábado continuará siendo una señal del poder del Creador. Cuando el Edén vuelva a florecer en la tierra, el santo día de reposo de Dios será honrado por todos los que moren debajo del sol. “De sábado en sábado,” los habitantes de la tierra renovada y glorificada, subirán “a adorar delante de mí, dijo Jehová.”
Ninguna otra institución confiada a los judíos propendía tan plenamente como el sábado, a distinguirlos de las naciones que los rodeaban. Dios se propuso que su observancia los designase como adoradores suyos. Había de ser una señal de su separación de la idolatría, y de su relación con el verdadero Dios. Pero a fin de santificar el sábado, los hombres mismos deben ser santos. Por la fe, deben llegar a ser partícipes de la justicia de Cristo. Cuando fue dado a Israel el mandato: “Has de acordarte del día del reposo, para santificarlo,” el Señor también les dijo: “Habéis de serme varones santos.” Únicamente en esa forma podía el sábado distinguir a los israelitas como adoradores de Dios.
Al apartarse los judíos de Dios, y dejar de apropiarse la justicia de Cristo por la fe, el sábado perdió su significado para ellos. Satanás estaba tratando de exaltarse a sí mismo, y de apartar a los hombres de Cristo, y obró para pervertir el sábado, porque es la señal del poder de Cristo. Los dirigentes judíos cumplían la voluntad de Satanás, rodeando de requisitos pesados el día de reposo de Dios. En los días de Cristo, el sábado había quedado tan pervertido, que su observancia reflejaba el carácter de hombres egoístas y arbitrarios, más bien que el carácter del amante Padre celestial. Los rabinos representaban virtualmente a Dios como autor de leyes, cuyo cumplimiento era imposible para los hombres. Inducían a la gente a considerar a Dios como un tirano, y a pensar que la observancia del sábado, que Él les exigía, hacía a los hombres duros y crueles. Era obra de Cristo disipar estos conceptos falsos. Aunque los rabinos le perseguían con una hostilidad implacable, ni siquiera aparentaba conformarse a sus requerimientos, sino que seguía adelante, observando el sábado según la ley de Dios.
Cierto sábado, mientras el Salvador y sus discípulos volvían del lugar de culto, pasaron por un sembrado que estaba madurando. Jesús había continuado su obra hasta hora avanzada, y mientras pasaba por los campos, los discípulos empezaron a juntar espigas y a comer los granos, después de restregarlos en las manos. En cualquier otro día, este acto no habría provocado comentario, porque el que pasaba por un sembrado, un huerto, o una viña, tenía plena libertad para recoger lo que deseara comer. Pero el hacer esto en sábado era tenido por un acto de profanación. No sólo al juntar el grano se lo segaba, sino que al restregarlo en las manos se lo trillaba, y así, en opinión de los rabinos, había en ello un doble delito.
Inmediatamente, los espías se quejaron a Jesús, diciendo: “He aquí, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado.”
Cuando se le acusó de violar el sábado en Betesda, Jesús se defendió afirmando su condición de Hijo de Dios, y declarando que Él obraba en armonía con el Padre. Ahora que se atacaba a sus discípulos, Él citó a sus acusadores ejemplos del Antiguo Testamento, actos verificados en sábado por quienes estaban en el servicio de Dios.
Los maestros judíos se jactaban de su conocimiento de las Escrituras, y la respuesta de Cristo implicaba una reprensión por su ignorancia de los sagrados escritos. “¿Ni aun esto habéis leído—dijo,—qué hizo David cuando tuvo hambre, él, y los que con él estaban; cómo entró en la casa de Dios, y tomó los panes de la proposición, y comió, … los cuales no era lícito comer, sino solo a los sacerdotes?” “También les dijo: El sábado por causa del hombre es hecho; no el hombre por causa del sábado.” “¿No habéis leído en la ley, que los sábados en el templo los sacerdotes profanan el sábado, y son sin culpa? Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí.” “El Hijo del hombre es Señor aun del sábado.”
Si estaba bien que David satisficiese su hambre, comiendo el pan que había sido apartado para un uso santo, entonces estaba bien que los discípulos supliesen su necesidad recogiendo granos en las horas sagradas del sábado. Además, los sacerdotes del templo realizaban el sábado una labor más intensa que en otros días. En asuntos seculares, la misma labor habría sido pecaminosa; pero la obra de los sacerdotes se hacía en el servicio de Dios. Ellos cumplían los ritos que señalaban el poder redentor de Cristo, y su labor estaba en armonía con el objeto del sábado. Pero ahora, Cristo mismo había venido. Los discípulos, al hacer la obra de Cristo, estaban sirviendo a Dios, y era correcto hacer en sábado lo que era necesario para el cumplimiento de esta obra.
Cristo quería enseñar a sus discípulos y a sus enemigos, que el servicio de Dios está antes que cualquier otra cosa. El objeto de la obra de Dios en este mundo es la redención del hombre; por lo tanto, lo que es necesario hacer en sábado en cumplimiento de esta obra, está de acuerdo con la ley del sábado. Jesús coronó luego su argumento, declarándose “Señor del sábado,” es decir un Ser por encima de toda duda y de toda ley. Este Juez infinito absuelve a los discípulos de culpa, apelando a los mismos estatutos que se les acusaba de estar violando.
Jesús no dejó pasar el asunto con la administración de una reprensión a sus enemigos. Declaró que su ceguera había interpretado mal el objeto del sábado. Dijo: “Si supieseis qué es: Misericordia quiero y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes.” Sus muchos ritos formalistas, no podían suplir la falta de aquella integridad veraz y amor tierno, que siempre caracterizarán al verdadero adorador de Dios.
Cristo volvió a reiterar la verdad, de que en sí mismos los sacrificios no tienen valor. Eran un medio, y no un fin. Su objeto consistía en señalar el Salvador a los hombres, y ponerlos así en armonía con Dios. Lo que Dios aprecia es el servicio de amor. Faltando éste, el mero ceremonial le es una ofensa. Así sucede con el sábado. Estaba destinado a poner a los hombres en comunión con Dios; pero cuando la mente quedaba absorbida por ritos cansadores, el objeto del sábado se frustraba. Su simple observancia exterior era una burla. DTG 248.1 – 252.3
