El Paralítico Bajado desde el Techo

Fecha: Agosto año 29

Lugar: La casa de Pedro en Capernaúm

«Días más tarde, volvió a entrar en Cafarnaúm, y se oyó que estaba en casa. Y se reunieron muchos, de modo que ya no había sitio ni aun frente a la puerta; y les hablaba la Palabra. Entonces vienen a Él, cuatro cargando un paralítico, pero al no poder acercarse por causa de la multitud, levantaron el techo de donde Él estaba, y a través de la abertura, bajaron el catre donde yacía el paralítico. Viendo JESÚS la fe de ellos, dice al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. Pero allí sentados, había algunos de los escribas, y cavilaban en sus corazones: ¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede liberar pecados sino uno, DIOS? Al instante, percibiendo JESÚS en su espíritu que cavilaban de este modo, les dice: ¿Por qué caviláis estas cosas en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil? ¿Decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate, toma tu catre y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para liberar pecados (dice al paralítico): A ti te digo: ¡Levántate, alza tu catre y vete a tu casa! Y fue levantado, y alzando de inmediato el catre salió delante de todos, de manera que todos estaban asombrados y glorificaban a DIOS, diciendo: ¡Jamás vimos algo así!» (Marcos 2:1-12)

«Y he aquí, le trajeron un paralítico, echado en un catre, y al ver JESÚS la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo hijo, tus pecados te son perdonados. Pero algunos de los escribas dijeron dentro de sí: Este blasfema.» (Mateo 9:2-3)

«Y viendo JESÚS sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Porque, ¿qué es más fácil, decir: Tus pecados son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene en la tierra autoridad para liberar pecados (dice entonces al paralítico): ¡Levántate, toma tu catre y vete a tu casa! Y él fue levantado y marchó a su casa.» (Mateo 9:4-7)

«Al ver esto, las multitudes, atemorizadas, glorificaron a DIOS, porque había dado tal autoridad a los hombres.» (Mateo 9:8)

«En uno de aquellos días, aconteció que estaba enseñando, y estaban allí sentados unos fariseos y doctores de la ley, los cuales habían llegado de toda aldea de Galilea y de Judea, y de Jerusalén, y el poder del Señor estaba en Él para sanar.» (Lucas 5:17)

«Y he aquí unos varones llevaban en un catre a un hombre que estaba paralizado, y procuraban llevarlo adentro y colocarlo delante de Él. Pero al no hallar cómo llevarlo dentro a causa del gentío, subiendo a la azotea, lo descolgaron con el catre a través de las losas, hasta ponerlo en medio, delante de JESÚS. Viendo la fe de ellos, dijo: ¡Hombre, tus pecados te son perdonados!» (Lucas 5:18-20)

«Y los escribas y los fariseos comenzaron a razonar: ¿Quién es este que habla blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo DIOS? Pero JESÚS, conociendo sus pensamientos, tomando la palabra les dijo: ¿Qué caviláis en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil? ¿Decir: Tus pecados te han sido perdonados? ¿O decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para liberar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: ¡Levántate, alza tu catre y vete a tu casa! Y al instante, levantándose a la vista de ellos, tomó aquello en que estaba acostado y se fue a su casa glorificando a DIOS. Y el estupor sobrecogió a todos, y glorificaban a DIOS, y se llenaron de temor, diciendo: ¡Hoy vimos maravillas!» (Lucas 5:21-26)

En la curación del paralítico de Capernaúm, Cristo volvió a enseñar la misma verdad. Hizo ese milagro para que se manifestase su poder de perdonar los pecados. Y la curación del paralítico ilustra también otras verdades preciosas. Es una lección llena de enseñanza y estímulo, y por estar relacionada con los cavilosos fariseos, contiene también una advertencia.

Como el leproso, este paralítico había perdido toda esperanza de restablecerse. Su enfermedad era resultado de una vida de pecado, y sus sufrimientos eran amargados por el remordimiento. Mucho antes, había apelado a los fariseos y doctores, con la esperanza de recibir alivio de sus sufrimientos mentales y físicos. Pero ellos lo habían declarado fríamente incurable, y abandonado a la ira de Dios. Los fariseos consideraban la aflicción como una evidencia del desagrado divino, y se mantenían alejados de los enfermos y menesterosos. Sin embargo, cuán a menudo los mismos que se exaltaban como santos, eran más culpables que aquellos dolientes a quienes condenaban.

El paralítico se hallaba completamente desamparado y, no viendo perspectiva de ayuda en ninguna parte, se había sumido en la desesperación. Entonces oyó hablar de las obras maravillosas de Jesús. Le contaron que otros tan pecaminosos e imposibilitados como él, habían quedado sanos; aun leprosos habían sido limpiados. Y los amigos que le referían estas cosas, le animaban a creer que él también podría ser curado, si lo pudieran llevar a Jesús. Pero su esperanza decaía cuando recordaba cómo había contraído su enfermedad. Temía que el Médico puro no le tolerase en su presencia.

Sin embargo, no era tanto la curación física, como el alivio de su carga de pecado lo que deseaba. Si podía ver a Jesús, y recibir la seguridad del perdón y de la paz con el Cielo, estaría contento de vivir o de morir, según fuese la voluntad de Dios. El clamor del moribundo era: ¡Oh, si pudiese llegar a su presencia! No había tiempo que perder; sus carnes macilentas mostraban ya rastros de descomposición. Rogó a sus amigos que le llevasen en su camilla hasta Jesús, y con gusto ellos intentaron hacerlo. Pero tan densa era la muchedumbre que se había congregado alrededor, y en el interior de la casa en que Jesús estaba, que era imposible para el enfermo y sus amigos llegar hasta Él, o siquiera llegar al alcance de su voz.

Jesús estaba enseñando en la casa de Pedro. Según su costumbre, los discípulos estaban sentados alrededor de Él, y “los Fariseos y doctores de la ley estaban sentados, los cuales habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalén.” Habían venido como espías, buscando un motivo para acusar a Jesús. Fuera del círculo de estos oficiales, se hallaba la turbamulta, compuesta de los ansiosos, los reverentes, los curiosos y los incrédulos. Estaban representadas diversas nacionalidades, y toda la escala social. “Y la virtud del Señor estaba allí para sanarlos.” El Espíritu de vida se cernía sobre la asamblea, pero los fariseos y doctores no discernían su presencia. No sentían necesidad alguna, y la curación no era para ellos. “A los hambrientos hinchió de bienes; y a los ricos envió vacíos.”

Repetidas veces, los que transportaban al paralítico trataron de abrirse paso a través de la muchedumbre, pero en vano. El enfermo miraba en derredor suyo, con angustia indecible. ¿Cómo podía abandonar su esperanza, cuando la ayuda que había anhelado durante tanto tiempo estaba tan cerca? Por su indicación, sus amigos le llevaron al techo de la casa, y abriendo un boquete en dicho techo, le bajaron a los pies de Jesús. El discurso quedó interrumpido. El Salvador miró el rostro entristecido, y vio los ojos suplicantes que se clavaban en Él. Comprendía el caso; había atraído a sí, este espíritu perplejo y combatido por la duda. Mientras el paralítico estaba todavía en su casa, el Salvador había convencido su conciencia. Cuando se arrepintió de sus pecados, y creyó en el poder de Jesús para sanarle, la misericordia vivificadora del Salvador había bendecido primero su corazón anhelante. Jesús había visto el primer destello de la fe, convertirse en la creencia de que Él era el único auxiliador del pecador, y la había visto fortalecerse con cada esfuerzo hecho para llegar a su presencia.

Ahora, con palabras que cayeron como música en los oídos del enfermo, el Salvador dijo: “Confía, hijo; tus pecados te son perdonados.”

La carga de desesperación se desvaneció del alma del enfermo; la paz del perdón penetró en su espíritu, y resplandeció en su rostro. Su dolor físico desapareció y todo su ser quedó transformado. El paralítico impotente estaba sano, el culpable pecador, perdonado.

Con fe sencilla aceptó las palabras de Jesús, como la bendición de una nueva vida. No presentó otro pedido, sino que permaneció en bienaventurado silencio, demasiado feliz para hablar. La luz del cielo se reflejaba en su semblante, y los concurrentes miraban la escena con reverencia.

Los rabinos habían esperado ansiosamente, para ver en qué forma iba a disponer Cristo de ese caso. Recordaban cómo el hombre se había dirigido a ellos en busca de ayuda, y le habían negado toda esperanza o simpatía. No satisfechos con esto, habían declarado que sufría la maldición de Dios por causa de sus pecados. Esas cosas acudieron nuevamente a su mente, cuando vieron al enfermo delante de sí. Notaron el interés con que todos miraban la escena, y los abrumó el temor de perder su influencia sobre el pueblo.

Estos dignatarios no cambiaron palabras entre sí, sino que mirándose los rostros unos a otros, leyeron el mismo pensamiento en cada uno, de que algo había que hacer para detener la marea de los sentimientos. Jesús había declarado que los pecados del paralítico eran perdonados. Los fariseos se aferraron a estas palabras como una blasfemia, y concibieron que podrían ser presentadas como un pecado digno de muerte. Dijeron en su corazón: “Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”

Fijando en ellos una mirada bajo la cual se atemorizaron y retrocedieron, Jesús dijo: “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados; o decir: Levántate, y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados, (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.”

Entonces, el que había sido traído en una camilla a Jesús, se puso de pie con la elasticidad y fuerza de la juventud. La sangre vivificadora corrió raudamente por sus venas. Todo órgano de su cuerpo se puso en repentina actividad. El rosado color de la salud sucedió a la palidez de la muerte cercana. “Entonces él se levantó luego, y tomando su lecho, se salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca tal hemos visto.”

¡Oh admirable amor de Cristo, que se inclina a sanar al culpable y afligido! ¡La divinidad se compadece de los males de la doliente humanidad, y los calma! ¡Oh maravilloso poder así manifestado en favor de los hijos de los hombres! ¿Quién puede dudar del mensaje de salvación? ¿Quién puede despreciar las misericordias de un Redentor compasivo?

Para restaurar la salud a ese cuerpo que se corrompía, no se necesitaba menos que el poder creador. La misma voz que infundió vida al hombre creado del polvo de la tierra, había infundido vida al paralítico moribundo. Y el mismo poder que dio vida al cuerpo, había renovado el corazón. El que en la creación “dijo, y fue hecho,” “mandó, y existió,” había infundido por su palabra, vida al alma muerta en delitos y pecados. La curación del cuerpo era una evidencia del poder que había renovado el corazón. Cristo ordenó al paralítico que se levantase y anduviese, “para que sepáis—dijo—que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados.”

El paralítico halló en Cristo curación, tanto para el alma como para el cuerpo. La curación espiritual fue seguida por la restauración física. Esta lección no debe ser pasada por alto. Hay hoy día miles que están sufriendo de enfermedad física, y que como el paralítico, están anhelando el mensaje: “Tus pecados te son perdonados.” La carga de pecado, con su intranquilidad y deseos no satisfechos, es el fundamento de sus enfermedades. No pueden hallar alivio hasta que vengan al Médico del alma. La paz que Él solo puede dar, impartiría vigor a la mente y salud al cuerpo.

Jesús vino para “deshacer las obras del diablo.” “En Él estaba la vida,” y Él dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” Él es un “espíritu vivificante.” Y tiene todavía el mismo poder vivificante, que mientras estaba en la tierra, sanaba a los enfermos y perdonaba al pecador. Él “perdona todas tus iniquidades,” Él “sana todas tus dolencias.”

El efecto producido sobre el pueblo por la curación del paralítico, fue como si el cielo, después de abrirse, hubiese revelado las glorias de un mundo mejor. Mientras que el hombre curado pasaba por entre la multitud, bendiciendo a Dios a cada paso, y llevando su carga como si hubiese sido una pluma, la gente retrocedía para darle paso, y con temerosa reverencia le miraban los circunstantes, murmurando entre sí: “Hemos visto maravillas hoy.”

Los fariseos estaban mudos de asombro, y abrumados por su derrota. Veían que no había oportunidad de inflamar a la multitud con sus celos. El prodigio realizado en el hombre, a quien ellos habían entregado a la ira de Dios, había impresionado de tal manera a la gente, que por el momento, los rabinos quedaron olvidados. Vieron que Cristo poseía un poder que ellos habían atribuído a Dios solo; sin embargo, la amable dignidad de sus modales, estaba en marcado contraste con el porte altanero de ellos. Estaban desconcertados y avergonzados; y reconocían, aunque no lo confesaban, la presencia de un Ser superior. Cuanto más convincente era la prueba de que Jesús tenía en la tierra poder de perdonar los pecados, tanto más firmemente se atrincheraban en la incredulidad. Salieron de la casa de Pedro, donde habían visto al paralítico curado por la palabra de Jesús, para inventar nuevas maquinaciones, con el fin de hacer callar al Hijo de Dios.

La enfermedad física, por maligna que fuese y arraigada que estuviera, era curada por el poder de Cristo; pero la enfermedad del alma, se apoderaba más firmemente de aquellos que cerraban sus ojos para no ver la luz. La lepra y la parálisis no eran tan terribles como el fanatismo y la incredulidad.

En la casa del paralítico sanado, hubo gran regocijo cuando él volvió a su familia, trayendo con facilidad la cama sobre la cual se le había llevado de su presencia, poco tiempo antes. Le rodearon con lágrimas de alegría, casi sin atreverse a creer lo que veían sus ojos. Estaba delante de ellos, en el pleno vigor de la virilidad. Aquellos brazos que ellos habían visto sin vida, obedecían prestamente a su voluntad. La carne que se había encogido, adquiriendo un color plomizo, era ahora fresca y rosada. El hombre andaba con pasos firmes y libres. En cada rasgo de su rostro estaban escritos el gozo y la esperanza; y una expresión de pureza y paz había reemplazado los rastros del pecado y del sufrimiento. De aquel hogar subieron alegres palabras de agradecimiento, y Dios quedó glorificado por medio de su Hijo, que había devuelto la esperanza al desesperado, y fuerza al abatido. Este hombre y su familia estaban listos para poner sus vidas por Jesús. Ninguna duda enturbiaba su fe, ninguna incredulidad manchaba su lealtad hacia Aquel que había impartido luz a su oscurecido hogar. DTG 232.1 – 236.5