Fecha: Julio del año 29
Lugar: Al oeste de Capernaúm
«Y se le acerca un leproso rogándole, y le dice: Si quieres, puedes limpiarme. Entonces Él, enfurecido, extendió su mano y lo tocó, y le dice: Quiero, ¡sé limpio! Y al instante la lepra salió de él, y fue limpiado. Y airado con él, enseguida lo echó, diciéndole: Mira, a nadie digas nada, sino ve, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu limpieza lo que Moisés ordenó, para testimonio a ellos. Pero él, saliendo, comenzó a pregonar en alto, y a divulgar el asunto, hasta el punto que Él no podía entrar públicamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares despoblados, y acudían a Él, de todas partes.» (Marcos 1:40-45)
«Y he aquí un leproso, acercándose, se postraba ante Él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.» (Mateo 8:2)
«Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo: Quiero, sé limpio. Y al instante fue limpiada su lepra. Entonces JESÚS le dice: Mira, no lo digas a nadie, solamente ve y muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos.» (Mateo 8:3-4)
«Y sucedió que estando Él en una de las ciudades, he aquí un varón cubierto de lepra; y al ver a JESÚS, cayendo sobre su rostro, le rogó, diciendo: ¡Señor, si quieres, puedes limpiarme! Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo: ¡Quiero, sé limpio! Y al instante, la lepra salió de él.» (Lucas 5:12-13)
«Y le mandó no decirlo a nadie, sino: Ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación según ordenó Moisés, para testimonio a ellos. Y la noticia acerca de Él, se difundía más y más, y grandes multitudes concurrían para oír y ser sanadas de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a lugares solitarios y oraba.» (Lucas 5:14-16)
La lepra era la más temida de todas las enfermedades conocidas en el Oriente. Su carácter incurable y contagioso, y sus efectos horribles sobre sus víctimas llenaban a los más valientes de temor. Entre los judíos, era considerada como castigo por el pecado, y por lo tanto, se la llamaba el “azote,” “el dedo de Dios.” Profundamente arraigada, imposible de borrar, mortífera, era considerada como un símbolo del pecado. La ley ritual declaraba inmundo al leproso. Como si estuviese ya muerto, era despedido de las habitaciones de los hombres. Cualquier cosa que tocase quedaba inmunda, y su aliento contaminaba el aire. El sospechoso de tener la enfermedad debía presentarse a los sacerdotes, quienes habían de examinarle y decidir su caso. Si le declaraban leproso, era aislado de su familia, separado de la congregación de Israel, y condenado a asociarse únicamente con aquellos que tenían una aflicción similar. La ley era inflexible en sus requerimientos. Ni aun los reyes y gobernantes estaban exentos. Un monarca atacado por esa terrible enfermedad debía entregar el cetro y huir de la sociedad.
Lejos de sus amigos y parentela, el leproso debía llevar la maldición de su enfermedad. Estaba obligado a publicar su propia calamidad, a rasgar sus vestiduras, y a hacer resonar la alarma para advertir a todos que huyesen de su presencia contaminadora. El clamor “¡Inmundo! ¡inmundo!” que en tono triste exhalaba el desterrado solitario, era una señal que se oía con temor y aborrecimiento.
En la región donde se desarrollaba el ministerio de Cristo, había muchos enfermos tales, a quienes les llegaron nuevas de la obra que Él hacía, y vislumbraron un rayo de esperanza. Pero desde los días del profeta Eliseo, no se había oído nunca que sanara una persona en quien se declarara esa enfermedad. No se atrevían a esperar que Jesús hiciese por ellos, lo que por nadie había hecho. Sin embargo, hubo uno en cuyo corazón empezó a nacer la fe. Pero no sabía cómo llegar a Jesús. Privado como se hallaba de todo trato con sus semejantes, ¿cómo podría presentarse al Sanador?
Y además, se preguntaba si Cristo le sanaría a él. ¿Se rebajaría hasta fijarse en un ser, de quien se creía que estaba sufriendo un castigo de Dios? ¿No haría como los fariseos y aun los médicos, es decir, pronunciar una maldición sobre él, y amonestarle a huir de las habitaciones de los hombres? Reflexionó en todo lo que se le había dicho de Jesús. Ninguno de los que habían pedido su ayuda había sido rechazado. El pobre hombre resolvió encontrar al Salvador. Aunque no podía penetrar en las ciudades, tal vez llegase a cruzar su senda en algún atajo de los caminos de la montaña, o le hallase mientras enseñaba en las afueras de algún pueblo. Las dificultades eran grandes, pero ésta era su única esperanza.
El leproso fue guiado al Salvador. Jesús estaba enseñando a orillas del lago, y la gente se había congregado en derredor de Él. De pie a lo lejos, el leproso alcanzó a oír algunas palabras de los labios del Salvador. Le vio poner sus manos sobre los enfermos. Vio a los cojos, los ciegos, los paralíticos y los que estaban muriendo de diversas enfermedades, levantarse sanos, alabando a Dios por su liberación. La fe se fortaleció en su corazón. Se acercó más y más a la muchedumbre. Las restricciones que le eran impuestas, la seguridad de la gente, y el temor con que todos le miraban, todo fue olvidado. Pensaba tan sólo en la bendita esperanza de la curación.
Presentaba un espectáculo repugnante. La enfermedad había hecho terribles estragos; su cuerpo decadente ofrecía un aspecto horrible. Al verle, la gente retrocedía con terror. Se agolpaban unos sobre otros, en su ansiedad de escapar de todo contacto con él. Algunos trataban de evitar que se acercara a Jesús, pero en vano. Él ni los veía, ni los oía. No percibía tampoco sus expresiones de horror. Veía tan sólo al Hijo de Dios. Oía únicamente la voz que infundía vida a los moribundos. Acercándose con esfuerzo a Jesús, se echó a sus pies clamando: “Señor, si quieres, puedes limpiarme.”
Jesús replicó: “Quiero: sé limpio,” y puso la mano sobre él.
Inmediatamente, se realizó una transformación en el leproso. Su carne se volvió sana, los nervios recuperaron la sensibilidad, los músculos, la firmeza. La superficie tosca y escamosa, propia de la lepra, desapareció, y la reemplazó un suave color rosado como el que se nota en la piel de un niño sano.
Jesús encargó al hombre que no diese a conocer la obra en él realizada, sino que se presentase inmediatamente con una ofrenda al templo. Semejante ofrenda no podía ser aceptada, hasta que los sacerdotes le hubiesen examinado y declarado completamente sano de la enfermedad. Por poca voluntad que tuviesen para cumplir este servicio, no podían eludir el examen y la decisión del caso.
Las palabras de la Escritura demuestran con qué urgencia Cristo recomendó a este hombre la necesidad de callar y obrar prontamente. “Entonces le apercibió, y lo despidió luego. Y le dice: Mira, no digas a nadie nada; sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu limpieza lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos.” Si los sacerdotes hubiesen conocido los hechos relacionados con la curación del leproso, su odio hacia Cristo podría haberlos inducido a dar un fallo falto de honradez. Jesús deseaba que el hombre se presentase en el templo, antes de que les llegase rumor alguno concerniente al milagro. Así se podría obtener una decisión imparcial, y el leproso sanado tendría permiso para volver a reunirse con su familia y sus amigos.
Jesús tenía otros objetos en vista al recomendar silencio al hombre. Sabía que sus enemigos procuraban siempre limitar su obra, y apartar a la gente de Él. Sabía que si se divulgaba la curación del leproso, otros aquejados por esta terrible enfermedad se agolparían en derredor de Él, y se haría correr la voz de que su contacto iba a contaminar a la gente. Muchos de los leprosos no emplearían el don de la salud en forma que fuese una bendición para sí mismos y para otros. Y al atraer a los leprosos en derredor suyo, daría ocasión de que se le acusase de violar las restricciones de la ley ritual. Así quedaría estorbada su obra de predicar el Evangelio.
El acontecimiento justificó la amonestación de Cristo. Una multitud había presenciado la curación del leproso, y anhelaba conocer la decisión de los sacerdotes. Cuando el hombre volvió a sus deudos, hubo mucha agitación. A pesar de la recomendación de Jesús, el hombre no hizo ningún esfuerzo para ocultar el hecho de su curación. Le habría sido imposible en verdad ocultarla, pero el leproso publicó la noticia en todas partes. Concibiendo que era solamente la modestia de Jesús la que le había impuesto esa restricción, anduvo proclamando el poder del gran Médico. No comprendía que cada manifestación tal, hacía a los sacerdotes y ancianos más resueltos a destruir a Jesús. El hombre sanado consideraba muy precioso el don de la salud. Se regocijaba en el vigor de su virilidad, y en que había sido devuelto a su familia y a la sociedad, y le parecía imposible dejar de dar gloria al Médico que le había curado. Pero su divulgación del asunto estorbó la obra del Salvador. Hizo que la gente acudiese a Él, en tan densas muchedumbres, que por un tiempo se vio obligado a suspender sus labores.
Cada acto del ministerio de Cristo tenía un propósito de largo alcance. Abarcaba más de lo que el acto mismo revelaba. Así fue en el caso del leproso. Mientras Jesús ministraba a todos los que venían a Él, anhelaba bendecir a los que no venían. Mientras atraía a los publicanos, los paganos y los samaritanos, anhelaba alcanzar a los sacerdotes y maestros, que estaban trabados por el prejuicio y la tradición. No dejó sin probar medio alguno por el cual pudiesen ser alcanzados. Al enviar a los sacerdotes al leproso que había sanado, daba a los primeros un testimonio que estaba destinado a desarmar sus prejuicios.
Los fariseos habían aseverado que la enseñanza de Cristo se oponía a la ley que Dios había dado por medio de Moisés; pero la orden que dio al leproso limpiado, de presentar una ofrenda según la ley, probaba que esa acusación era falsa. Era suficiente testimonio para todos los que estuviesen dispuestos a ser convencidos.
Los dirigentes de Jerusalén habían enviado espías, en busca de algún pretexto para dar muerte a Cristo. Él respondió dándoles una muestra de su amor por la humanidad, su respeto por la ley, y su poder de librar del pecado y de la muerte. Así testificó acerca de ellos: “Pusieron contra mí, mal por bien, y odio por amor.” El que desde el monte dió el precepto: “Amad a vuestros enemigos,” ejemplificó Él mismo este principio, “no volviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino antes, por el contrario, bendiciendo.”
Los mismos sacerdotes que habían condenado al leproso al destierro, certificaron su curación. Esta sentencia, promulgada y registrada públicamente, era un testimonio permanente en favor de Cristo. Y como el hombre sanado quedaba reintegrado a la congregación de Israel, bajo la garantía de los mismos sacerdotes, de que no había en él rastro de la enfermedad, venía a ser un testigo vivo a favor de su Benefactor, Con alegría presentó su ofrenda, y ensalzó el nombre de Jesús. Los sacerdotes quedaron convencidos del poder divino del Salvador. Tuvieron oportunidad de conocer la verdad, y sacar provecho de la luz. Si la rechazaban, se apartaría de ellos para no volver nunca. Muchos rechazaron la luz, pero no fue dada en vano. Fueron conmovidos muchos corazones, que por un tiempo no dieron señal de serlo. Durante la vida del Salvador, su misión pareció recibir poca respuesta de amor de parte de los sacerdotes y maestros; pero después de su ascensión, “una gran multitud de los sacerdotes obedecía a la fe.”
La obra de Cristo, al purificar al leproso de su terrible enfermedad, es una ilustración de su obra de limpiar el alma de pecado. El hombre que se presentó a Jesús estaba “lleno de lepra.” El mortífero veneno impregnaba todo su cuerpo. Los discípulos trataron de impedir que su Maestro le tocase; porque el que tocaba un leproso se volvía inmundo. Pero al poner su mano sobre el leproso, Jesús no recibió ninguna contaminación. Su toque impartía un poder vivificador. La lepra fue quitada. Así sucede con la lepra del pecado, que es arraigada, mortífera, e imposible de ser eliminada por el poder humano. “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza, no hay en él cosa ilesa, sino herida, hinchazón y podrida llaga.” Pero Jesús, al venir a morar en la humanidad, no se contamina. Su presencia tiene poder para sanar al pecador. Quien quiera caer a sus pies, diciendo con fe: “Señor, si quieres, puedes limpiarme,” oirá la respuesta: “Quiero: sé limpio.”
En algunos casos de curación, Jesús no concedió inmediatamente la bendición pedida. Pero en el caso del leproso, apenas hecha la súplica, fue concedida. Cuando pedimos bendiciones terrenales, tal vez la respuesta a nuestra oración sea dilatada, o Dios nos dé algo diferente de lo que pedimos, pero no sucede así cuando pedimos liberación del pecado. Él quiere limpiarnos del pecado, hacernos hijos suyos, y habilitarnos para vivir una vida santa. Cristo “se dió a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de Dios y Padre nuestro.” Y “ésta es la confianza que tenemos en Él, que si demandáremos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquiera cosa que demandáremos, sabemos que tenemos las peticiones que le hubiéremos demandado.” “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad”. DTG 227.1 – 231.3
