Primera Gira por Galilea

Fecha: Junio-Julio del año 29

Lugar: Varias poblaciones de Galilea

«Levantándose muy de mañana, estando aún oscuro, salió y fue a un lugar solitario, y allí oraba. Y lo buscó Simón y los que estaban con él, y cuando lo hallaron, le dicen: ¡Todos te buscan!» (Marcos 1:35-37)

«Les contesta: Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también predique allí, pues para esto salí. Y entró en las sinagogas de ellos por toda Galilea, predicando y echando fuera los demonios.» (Marcos 1:38-39)

«Y recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando el Evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.» (Mateo 4:23)

«Y su fama se difundió por toda Siria, y le trajeron a todos los que padecían males, afligidos por diversas enfermedades y tormentos, endemoniados, lunáticos, y paralíticos; y los sanó. Y grandes multitudes lo siguieron desde Galilea y Decápolis, y desde Jerusalén y Judea, y desde más allá del Jordán.» (Mateo 4:24-25)

«Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario, pero las multitudes lo buscaban, y fueron a Él, y lo detenían para que no se alejara de ellos. Pero Él les dijo: Es necesario que anuncie la buena noticia del reino de DIOS, también a las otras ciudades, pues para esto fui enviado. Y seguía proclamando en las sinagogas de Judea.» (Lucas 4:42-44)

Temprano por la mañana, Pedro y sus compañeros vinieron a Jesús, diciendo que ya le estaba buscando el pueblo de Capernaúm. Los discípulos habían quedado amargamente chasqueados, por la recepción que Cristo había encontrado hasta entonces. Las autoridades de Jerusalén estaban tratando de asesinarle; aun sus conciudadanos habían procurado quitarle la vida; pero en Capernaúm se le recibía con gozoso entusiasmo, y las esperanzas de los discípulos se reanimaron. Tal vez, entre los galileos amantes de la libertad se hallaban los sostenedores del nuevo reino. Pero con sorpresa oyeron a Cristo decir estas palabras: “También a otras ciudades es necesario que anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto soy enviado.”

En la agitación que dominaba en Capernaúm, había peligro de que se perdiese de vista el objeto de su misión. Jesús no se sentía satisfecho atrayendo la atención a sí mismo, como taumaturgo o sanador de enfermedades físicas. Quería atraer a los hombres a sí, como su Salvador. Y mientras la gente quería anhelosamente creer que había venido como rey, a fin de establecer un reino terrenal, Él deseaba desviar su mente de lo terrenal, a lo espiritual. El mero éxito mundanal estorbaría su obra.

Y la admiración de la muchedumbre negligente contrariaba su espíritu. En su vida, no cabía manifestación alguna de amor propio. El homenaje que el mundo tributa al encumbramiento, las riquezas o el talento, era extraño para el Hijo del hombre. Jesús no empleó ninguno de los medios que los hombres emplean, para obtener la lealtad y el homenaje de los demás. Siglos antes de su nacimiento, había sido profetizado acerca de Él: “No clamará, ni alzará, ni hará oír su voz en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare: sacará el juicio a verdad. No se cansará, ni desmayará, hasta que ponga en la tierra juicio.”

Los fariseos procuraban distinguirse por su ceremonial escrupuloso, y la ostentación de su culto y caridad. Mostraban su celo por la religión, haciendo de ella un tema de discusión. Las disputas entre las sectas opuestas eran vivas y largas, y era frecuente oír en las calles, voces de controversia airada entre sabios doctores de la ley.

La vida de Jesús ofrecía un marcado contraste con todo esto. En ella no había disputas ruidosas, ni cultos ostensivos, ni acto alguno realizado para obtener aplausos. Cristo se ocultaba en Dios, y Dios era revelado en el carácter de su Hijo. A esta revelación deseaba Jesús que fuese atraída la atención de la gente, y tributado su homenaje.

El Sol de justicia no apareció sobre el mundo en su esplendor, para deslumbrar los sentidos con su gloria. Escrito está de Cristo: “Como el alba está aparejada su salida.” Tranquila y suavemente, la luz del día amanece sobre la tierra, despejando las sombras de las tinieblas, y despertando el mundo a la vida. Así salió el Sol de justicia, “trayendo salud eterna en sus alas.” DTG 225.3 – 226.4