Segunda Pascua y el Paralítico de Betesda

Fecha: Marzo-Abril del año 29

Lugar: Jerusalén

«Después de esto, había una fiesta de los judíos y JESÚS subió a Jerusalén. Y junto a la puerta de las ovejas en Jerusalén hay un estanque llamado en hebreo Betzatá, que tiene cinco pórticos. En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos e impedidos. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque y revolvía el agua; y el que primero descendía en el estanque después del movimiento del agua era sanado de cualquier enfermedad que tuviera. Y estaba allí cierto hombre que llevaba treinta y ocho años en su enfermedad.» (Juan 5:1-5)

«Cuando JESÚS lo vio tendido, sabiendo que tenía ya mucho tiempo así, le dice: ¿Quieres ser sano? Señor —le respondió el enfermo— no tengo un hombre que me meta en el estanque cuando es agitada el agua, y mientras yo voy, otro baja antes que yo. JESÚS le dice: ¡Levántate, recoge tu catre y anda! E inmediatamente el hombre quedó sano, y recogió su catre y echó a andar. Y aquel día era sábado. Entonces los judíos decían al que había sido sanado: Es sábado; no te es lícito cargar el catre. Pero él les respondió: El mismo que me sanó, me dijo: Recoge tu catre y anda. Le preguntaron: ¿Quién es el hombre que te dijo: levanta y anda? Pero el que había sido sanado no sabía quién era, porque JESÚS se había retirado a causa del gentío que había en el lugar.» (Juan 5:6-13)

“Y hay en Jerusalén a la puerta del ganado un estanque, que en hebraico es llamado Betesda, el cual tiene cinco portales. En éstos yacía multitud de enfermos, ciegos, cojos, secos, que estaban esperando el movimiento del agua.” En ciertos momentos, se agitaban las aguas de este estanque; y se creía que ello se debía a un poder sobrenatural, y que el primero que en ellas entrara después que fuesen agitadas, sanaba de cualquier enfermedad que tuviese. Centenares de enfermos visitaban el lugar; pero era tan grande la muchedumbre cuando el agua se agitaba, que se precipitaban y pisoteaban a los más débiles. Muchos no podían ni acercarse al estanque. Otros, habiendo logrado alcanzarlo, morían en su orilla. Se habían levantado refugios en derredor del lugar, a fin de que los enfermos estuviesen protegidos del calor del día y del frío de la noche. Algunos pernoctaban en esos pórticos, arrastrándose a la orilla del estanque día tras día, con una vana esperanza de alivio. DTG 171.1

Jesús estaba otra vez en Jerusalén. Andando solo, en aparente meditación y oración, llegó al estanque. Vio a los pobres dolientes esperando lo que suponían ser su única oportunidad de sanar. Anhelaba ejercer su poder curativo y devolver la salud a todos los que sufrían. Pero era sábado. Multitudes iban al templo para adorar, y Él sabía que un acto de curación como éste excitaría de tal manera el prejuicio de los judíos que abreviaría su obra. DTG 171.2

Pero el Salvador vio un caso de miseria suprema. Era el de un hombre que había estado imposibilitado durante treinta y ocho años. Su enfermedad era en gran parte resultado de su propio pecado y considerada como juicio de Dios. Solo y sin amigos, sintiéndose privado de la misericordia de Dios, el enfermo había sufrido largos años. Cuando se esperaba que las aguas iban a ser revueltas, los que se compadecían de su incapacidad lo llevaban a los pórticos; pero en el momento favorable no tenía a nadie para ayudarle a entrar. Había visto agitarse el agua, pero nunca había podido llegar más cerca que la orilla del estanque. Otros más fuertes que él se sumergían antes. No podía contender con éxito con la muchedumbre egoísta y arrolladora. Sus esfuerzos perseverantes hacia su único objeto, y su ansiedad y continua desilusión, estaban agotando rápidamente el resto de su fuerza. DTG 171.3

El enfermo estaba acostado en su estera, y levantaba ocasionalmente la cabeza para mirar al estanque, cuando un rostro tierno y compasivo se inclinó sobre él, y atrajeron su atención las palabras: “¿Quieres ser sano?” La esperanza renació en su corazón. Sintió que de algún modo iba a recibir ayuda. Pero el calor del estímulo no tardó en desvanecerse. Se acordó de cuántas veces había tratado de alcanzar el estanque, y ahora tenía pocas perspectivas de vivir hasta que fuese nuevamente agitado. Volvió la cabeza, cansado, diciendo: “Señor, … no tengo hombre que me meta en el estanque cuando el agua fuere revuelta; porque entre tanto que yo vengo, otro antes de mí ha descendido.” DTG 172.1

Jesús no pide a este enfermo que ejerza fe en Él. Dice simplemente: “Levántate, toma tu lecho, y anda.” Pero la fe del hombre se aferra a esa palabra. En cada nervio y músculo pulsa una nueva vida, y se transmite a sus miembros inválidos una actividad sana. Sin la menor duda, dedica su voluntad a obedecer a la orden de Cristo, y todos sus músculos le responden. De un salto se pone de pie, y encuentra que es un hombre activo. DTG 172.2

Jesús no le había dado seguridad alguna de ayuda divina. El hombre podría haberse detenido a dudar, y haber perdido su única oportunidad de sanar. Pero creyó la palabra de Cristo, y al obrar de acuerdo con ella, recibió fuerza. DTG 172.3

Por la misma fe podemos recibir curación espiritual. El pecado nos separó de la vida de Dios. Nuestra alma está paralizada. Por nosotros mismos somos tan incapaces de vivir una vida santa, como aquel lisiado lo era de caminar. Son muchos los que comprenden su impotencia y anhelan esa vida espiritual que los pondría en armonía con Dios; luchan en vano para obtenerla. En su desesperación claman: “¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?” Alcen la mirada estas almas que luchan presa de la desesperación. El Salvador se inclina hacia el alma adquirida por su sangre, diciendo con inefable ternura y compasión: “¿Quieres ser sano?” Él os invita a levantaros llenos de salud y paz. No esperéis hasta sentir que sois sanos. Creed en su palabra, y se cumplirá. Poned vuestra voluntad de parte de Cristo. Quered servirle, y al obrar de acuerdo con su palabra, recibiréis fuerza. Cualquiera sea la mala práctica, la pasión dominante que haya llegado a esclavizar vuestra alma y cuerpo por haber cedido largo tiempo a ella, Cristo puede y anhela libraros. Él impartirá vida al alma de los que “estabais muertos en vuestros delitos.” Librará al cautivo que está sujeto por la debilidad, la desgracia y las cadenas del pecado. DTG 172.4

El paralítico sanado se agachó para recoger su cama, que era tan sólo una estera y una manta, y al enderezarse de nuevo con una sensación de deleite, miró en derredor buscando a su libertador; pero Jesús se había perdido entre la muchedumbre. El hombre temía no conocerle en caso de volver a verlo. Mientras se iba apresuradamente con paso firme y libre, alabando a Dios y regocijándose en la fuerza que acababa de recobrar, se encontró con varios fariseos e inmediatamente les contó cómo había sido curado. Le sorprendió la frialdad con que escuchaban su historia. DTG 173.1

Con frentes ceñudas, le interrumpieron, preguntándole por qué llevaba su cama en sábado. Le recordaron severamente que no era lícito llevar cargas en el día del Señor. En su gozo, el hombre se había olvidado de que era sábado, y sin embargo no se sentía condenado por obedecer la orden de Aquel que tenía tanto poder de Dios. Contestó osadamente: “El que me sanó, Él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda.” Le preguntaron quién había hecho esto; pero él no se lo podía decir. Esos gobernantes sabían muy bien que sólo uno se había demostrado capaz de realizar este milagro; pero deseaban una prueba directa de que era Jesús, a fin de poder condenarle como violador del sábado. En su opinión, no sólo había quebrantado la ley sanando al enfermo en sábado, sino que había cometido un sacrilegio al ordenarle que llevase su cama. DTG 173.2

Los judíos habían pervertido de tal manera la ley, que hacían de ella un yugo esclavizador. Sus requerimientos sin sentido habían llegado a ser ludibrio entre otras naciones. Y el sábado estaba especialmente recargado de toda clase de restricciones sin sentido. No era para ellos una delicia, santo a Jehová y honorable. Los escribas y fariseos habían hecho de su observancia una carga intolerable. Un judío no podía encender fuego, ni siquiera una vela, en sábado. Como consecuencia, el pueblo hacía cumplir por gentiles muchos servicios que sus reglas les prohibían hacer por su cuenta. No reflexionaban que si estos actos eran pecaminosos, los que empleaban a otros para realizarlos eran tan culpables como si los hiciesen ellos mismos. Pensaban que la salvación se limitaba a los judíos; y que la condición de todos los demás, siendo ya desesperada, no podía empeorar. Pero Dios no ha dado mandamientos que no puedan ser acatados por todos. Sus leyes no sancionan ninguna restricción irracional o egoísta. DTG 173.3