Fecha: Noviembre-Diciembre del año 27
Lugar: Junto al Jordán
«Al día siguiente, quiso salir hacia Galilea, y hallando a Felipe, JESÚS le dice: Sígueme. Y Felipe era de Betsaida, de la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe halla a Natanael y le dice: Hemos hallado a aquél de quien escribió Moisés en la ley y los profetas: a JESÚS, hijo de José, el de Nazaret. Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Felipe le dice: Ven y ve.» (Juan 1:43-46)
«JESÚS vio venir a Natanael, y dice acerca de él: ¡He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño! Natanael le dice: ¿De dónde me conoces? Respondió JESÚS, y le dijo: Antes que te llamara Felipe, estando tú debajo de la higuera, te vi. Le respondió Natanael: ¡Rabbí, Tú eres el Hijo de DIOS! ¡Tú eres el Rey de Israel! Respondió JESÚS y le dijo: ¿Porque te dije que te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás. Y le dice: De cierto, de cierto os digo : Veréis el cielo abierto y a los ángeles de DIOS subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre.» (Juan 1:47-51)
“El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halla Felipe, al cual dijo: Sígueme.” Felipe obedeció al mandato, y en seguida se puso también a trabajar para Cristo. DTG 113.4
Felipe llamó a Natanael. Este último había estado entre la muchedumbre cuando el Bautista señaló a Jesús como el Cordero de Dios. Al mirar a Jesús, Natanael quedó desilusionado. ¿Podía ser el Mesías este hombre que llevaba señales de pobreza y de trabajo? Sin embargo, Natanael no podía decidirse a rechazar a Jesús, porque el mensaje de Juan le había convencido en su corazón. DTG 113.5
Cuando Felipe lo llamó, Natanael se había retirado a un tranquilo huerto para meditar sobre el anunció de Juan y las profecías concernientes al Mesías. Estaba rogando a Dios que si el que había sido anunciado por Juan era el Libertador, se lo diese a conocer, y el Espíritu Santo descendió para impartirle la seguridad de que Dios había visitado a su pueblo y le había suscitado un cuerno de salvación. Felipe sabía que su amigo Natanael escudriñaba las profecías, y lo descubrió en su lugar de retiro mientras oraba debajo de una higuera, donde muchas veces habían orado juntos, ocultos por el follaje. DTG 113.6
El mensaje: “Hemos hallado a Aquel de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas,” pareció a Natanael una respuesta directa a su oración. Pero la fe de Felipe era aún vacilante. Añadió con cierta duda: “Jesús, el hijo de José, de Nazaret.” Los prejuicios volvieron a levantarse en el corazón de Natanael. Exclamó: “¿De Nazaret puede haber algo de bueno?” DTG 114.1
Felipe no entró en controversia. Dijo: “Ven y ve. Jesús vió venir a sí a Natanael, y dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en el cual no hay engaño.” Sorprendido, Natanael exclamó: “¿De dónde me conoces? Respondió Jesús, y díjole: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera te vi.” DTG 114.2
Esto fue suficiente. El Espíritu divino que había dado testimonio a Natanael en su oración solitaria debajo de la higuera, le habló ahora en las palabras de Jesús. Aunque presa de la duda, y cediendo en algo al prejuicio, Natanael había venido a Cristo con un sincero deseo de oír la verdad, y ahora su deseo estaba satisfecho. Su fe superó a la de aquel que le había traído a Jesús. Respondió y dijo: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.” DTG 114.3
Si Natanael hubiese confiado en los rabinos para ser dirigido, nunca habría hallado a Jesús. Viendo y juzgando por sí mismo, fue como llegó a ser discípulo. Así sucede hoy día en el caso de muchos a quienes los prejuicios apartan de lo bueno. ¡Cuán diferentes serían los resultados si ellos quisieran venir y ver! DTG 114.4
Ninguno llegará a un conocimiento salvador de la verdad mientras confíe en la dirección de la autoridad humana. Como Natanael, necesitamos estudiar la Palabra de Dios por nosotros mismos, y pedir la iluminación del Espíritu Santo. Aquel que vio a Natanael debajo de la higuera, nos verá en el lugar secreto de oración. Los ángeles del mundo de luz están cerca de aquellos que con humildad solicitan la dirección divina. DTG 114.5
Con el llamamiento de Juan, Andrés, Simón, Felipe y Natanael, empezó la fundación de la iglesia cristiana. Juan dirigió a dos de sus discípulos a Cristo. Entonces uno de éstos, Andrés, halló a su hermano, y lo llevó al Salvador. Luego Felipe fue llamado, y buscó a Natanael. Estos ejemplos deben enseñarnos la importancia del esfuerzo personal, de dirigir llamamientos directos a nuestros parientes, amigos y vecinos. Hay quienes durante toda la vida han profesado conocer a Cristo, y sin embargo, no han hecho nunca un esfuerzo personal para traer siquiera un alma al Salvador. Dejan todo el trabajo al predicador. Tal vez él esté bien preparado para su vocación, pero no puede hacer lo que Dios ha dejado para los miembros de la iglesia. DTG 114.6
Son muchos los que necesitan el ministerio de corazones cristianos amantes. Muchos han descendido a la ruina cuando podrían haber sido salvados, si sus vecinos, hombres y mujeres comunes, hubiesen hecho algún esfuerzo personal en su favor. Muchos están aguardando a que se les hable personalmente. En la familia misma, en el vecindario, en el pueblo en que vivimos, hay para nosotros trabajo que debemos hacer como misioneros de Cristo. Si somos creyentes, esta obra será nuestro deleite. Apenas se ha convertido uno cuando nace en él el deseo de dar a conocer a otros cuán precioso amigo ha hallado en Jesús. La verdad salvadora y santificadora no puede quedar encerrada en su corazón. DTG 115.1
Todos los que se han consagrado a Dios serán conductos de luz. Dios los hace agentes suyos para comunicar a otros las riquezas de su gracia. Su promesa es: “Y daré a ellas, y a los alrededores de mi collado, bendición; y haré descender la lluvia en su tiempo, lluvias de bendición serán.” DTG 115.2
Felipe dijo a Natanael: “Ven y ve.” No le pidió que aceptase el testimonio de otro, sino que contemplase a Cristo por sí mismo. Ahora que Jesús ascendió al cielo, sus discípulos son sus representantes entre los hombres, y una de las maneras más eficaces de ganar almas para él, consiste en ejemplificar su carácter en nuestra vida diaria. Nuestra influencia sobre los demás no depende tanto de lo que decimos, como de lo que somos. Los hombres pueden combatir y desafiar nuestra lógica, pueden resistir nuestras súplicas; pero una vida de amor desinteresado es un argumento que no pueden contradecir. Una vida consecuente, caracterizada por la mansedumbre de Cristo, es un poder en el mundo. DTG 115.3
La enseñanza de Cristo fue la expresión de una convicción íntima y de la experiencia, y los que aprenden de él llegan a ser maestros según el orden divino. La palabra de Dios, pronunciada por aquel que haya sido santificado por ella, tiene un poder vivificador que la hace atrayente para los oyentes, y los convence de que es una realidad viviente. Cuando uno ha recibido la verdad con amor, lo hará manifiesto en la persuasión de sus modales y el tono de su voz. Dará a conocer lo que él mismo oyó, vió y tocó de la palabra de vida, para que otros tengan comunión con él, por el conocimiento de Cristo. Su testimonio, de labios tocados por un tizón ardiente del altar es verdad para el corazón dispuesto a recibirlo, y santifica el carácter. DTG 116.1
Y el que procura dar la luz a otros, será él mismo bendecido. Habrá “lluvias de bendición.” “El que riega será él mismo regado.” Dios podría haber alcanzado su objeto de salvar a los pecadores, sin nuestra ayuda; pero a fin de que podamos desarrollar un carácter como el de Cristo, debemos participar en su obra. A fin de entrar en su gozo—el gozo de ver almas redimidas por su sacrificio,—debemos participar de sus labores en favor de su redención. DTG 116.2
La primera expresión de la fe de Natanael, tan completa, ferviente y sincera, fue como música en los oídos de Jesús. Y Él respondió y le dijo: “¿Porque te dije, te vi debajo de la higuera, crees? cosas mayores que éstas verás.” El Salvador miró hacia adelante con gozo, considerando su obra de predicar las buenas nuevas a los abatidos, de vendar a los quebrantados de corazón, y proclamar libertad a los cautivos de Satanás. Al pensar en las preciosas bendiciones que había traído a los hombres, Jesús añadió: “De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre.” DTG 116.3
Con esto, Cristo dice en realidad: En la orilla del Jordán, los cielos fueron abiertos y el Espíritu descendió sobre mí, en forma de paloma. Esta escena no fue sino una señal de que soy el Hijo de Dios. Si creéis en mí como tal, vuestra fe será vivificada. Veréis que los cielos están abiertos y nunca se cerrarán. Los he abierto a vosotros. Los ángeles de Dios están ascendiendo, y llevando las oraciones de los menesterosos y angustiados al Padre celestial, y al descender, traen bendición y esperanza, valor, ayuda y vida a los hijos de los hombres. DTG 116.4
Los ángeles de Dios pasan siempre de la tierra al cielo, y del cielo a la tierra. Los milagros de Cristo, en favor de los afligidos y dolientes, fueron realizados por el poder de Dios mediante el ministerio de los ángeles. Y es por medio de Cristo, por el ministerio de sus mensajeros celestiales, como nos llega toda bendición de Dios. Al revestirse de la humanidad, nuestro Salvador une sus intereses con los de los caídos hijos e hijas de Adán, mientras que por su divinidad se aferra al trono de Dios. Y así es Cristo el medio de comunicación de los hombres con Dios y de Dios con los hombres. DTG 117.1
