Los fariseos interrogan a Juan el Bautista

Fecha: Noviembre/Diciembre del año 27

Lugar: Betábara (Betania, al otro lado del Jordán)

«Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos le enviaron desde Jerusalén unos sacerdotes y levitas para que le preguntaran: ¿tú quién eres?, y confesó (no negó, sino confesó): Yo no soy el CRISTO. Y le preguntaron: ¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías? Y dice: No soy. ¿Eres tú el Profeta? Y respondió: No. Entonces le dijeron: ¿Quién eres para que demos respuesta a los que nos enviaron? ¿Qué dices acerca de ti mismo? Dijo: Yo soy una voz que grita en el desierto: ¡Allanad el camino del Señor!, como dijo el profeta Isaías (y los enviados eran de los fariseos). Le preguntaron diciendo: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el CRISTO, ni Elías, ni el Profeta? Juan les respondió diciendo: Yo bautizo en agua, pero en medio de vosotros está de pie uno que no conocéis, el que viene después de mí, de quien no soy digno de desatar la correa de su sandalia.» (Juan 1:19-27)

«Estas cosas sucedieron en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.» (Juan 1:28)

Juan El Bautista estaba predicando y bautizando en Betábara, al otro lado del Jordán. No quedaba muy lejos del lugar donde antaño Dios había detenido el río en su curso hasta que pasara Israel. A corta distancia de allí, la fortaleza de Jericó había sido derribada por los ejércitos celestiales. El recuerdo de dichos sucesos revivía en este tiempo, y prestaba conmovedor interés al mensaje del Bautista. ¿No habría de volver a manifestar su poder, para librar a Israel, Aquel que había obrado tan maravillosamente en tiempos pasados? Tal era el pensamiento que conmovía el corazón de la gente que diariamente se agolpaba a orillas del Jordán. DTG 106.1

La predicación de Juan se había posesionado tan profundamente de la nación, que exigía la atención de las autoridades religiosas. El peligro de que se produjera alguna insurrección, inducía a los romanos a considerar con sospecha toda reunión popular, y todo lo que tuviese el menor viso de un levantamiento del pueblo excitaba los temores de los gobernantes judíos. Juan no había reconocido la autoridad del Sanedrín ni pedido su sanción sobre su obra; y había reprendido a los gobernantes y al pueblo, a fariseos y saduceos por igual. Sin embargo, el pueblo le seguía ávidamente. El interés manifestado en su obra parecía aumentar de continuo. Aunque él no le había manifestado deferencia, el Sanedrín estimaba que, por enseñar en público, se hallaba bajo su jurisdicción. DTG 106.2

Ese cuerpo estaba compuesto de miembros elegidos del sacerdocio, y de entre los principales gobernantes y maestros de la nación. El sumo sacerdote era quien lo presidía, por lo general. Todos sus miembros debían ser hombres de edad provecta, aunque no demasiado ancianos; hombres de saber, no sólo versados en la religión e historia de los judíos, sino en el saber general. Debían ser sin defecto físico, y hombres casados, y además, padres, pues así era más probable que fuesen humanos y considerados. Su lugar de reunión era un departamento anexo al templo de Jerusalén. En el tiempo de la independencia de los judíos, el Sanedrín era la corte suprema de la nación, y poseía autoridad secular tanto como eclesiástica. Aunque en el tiempo de Cristo se hallaba subordinado a los gobernadores romanos, ejercía todavía una influencia poderosa en los asuntos civiles y religiosos. DTG 106.3

Era difícil para el Sanedrín postergar la investigación de la obra de Juan. Algunos recordaban la revelación dada a Zacarías en el templo, y su profecía de que su hijo sería el heraldo del Mesías. En los tumultos y cambios de treinta años, estas cosas habían sido en gran parte olvidadas. Ahora la conmoción ocasionada por el ministerio de Juan las traía a la memoria de la gente. DTG 107.1

Hacía mucho que Israel no había tenido profeta; hacía mucho que no se había realizado una reforma como la que se presenciaba. El llamamiento a confesar los pecados parecía nuevo y sorprendente. Muchos de entre los dirigentes no querían ir a oír las invitaciones y denuncias de Juan, por temor a verse inducidos a revelar los secretos de sus vidas; sin embargo, su predicación era un anunció directo del Mesías. Era bien sabido que las setenta semanas de la profecía de Daniel, que incluían el advenimiento del Mesías, estaban por terminar; y todos anhelaban participar en esa era de gloria nacional que se esperaba para entonces. Era tal el entusiasmo popular, que el Sanedrín se vería pronto obligado a sancionar o a rechazar la obra de Juan. El poder que dicha asamblea ejercía sobre el pueblo estaba ya decayendo. Era para ella un asunto grave saber cómo mantener su posición. Esperando llegar a alguna conclusión, enviaron al Jordán una delegación de sacerdotes y levitas para que se entrevistaran con el nuevo maestro. DTG 107.2

Cuando los delegados llegaron, había una multitud congregada que escuchaba sus palabras. Con aire de autoridad, destinado a impresionar a la gente y a inspirar deferencia al profeta, llegaron los altivos rabinos. Con un movimiento de respeto, casi de temor, la muchedumbre les dió paso. Los notables, con lujosa vestimenta y con el orgullo de su posición y poder, se llegaron ante el profeta del desierto. DTG 107.3

“¿Tú, quién eres?” preguntaron. DTG 107.4

“No soy yo el Cristo,” contestó Juan, sabiendo lo que ellos pensaban. DTG 108.1

“¿Qué pues? ¿Eres tú Elías?” DTG 108.2

“No soy.” DTG 108.3

“¿Eres tú el profeta?” DTG 108.4

“No.” DTG 108.5

“¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?” DTG 108.6

“Yo soy la voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta.” DTG 108.7

El pasaje al que se refirió Juan es la hermosa profecía de Isaías: “Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalem: decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado… Voz que clama en el desierto: Barred camino a Jehová: enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y manifestaráse la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá.” DTG 108.8

Antiguamente, cuando un rey viajaba por las comarcas menos frecuentadas de sus dominios, se enviaba delante del carro real a un grupo de hombres para que aplanase los lugares escabrosos y llenase los baches, a fin de que el rey pudiese viajar con seguridad y sin molestia. Esta costumbre es la que menciona el profeta para ilustrar la obra del Evangelio. “Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado.” Cuando el Espíritu de Dios conmueve el alma con su maravilloso poder de despertarla, humilla el orgullo humano. El placer mundanal, la jerarquía y el poder son tenidos por inútiles. Son destruídos los “consejos, y toda altura que se levanta contra la ciencia de Dios,” y se sujeta “todo intento a la obediencia de Cristo.” Entonces la humildad y el amor abnegado, tan poco apreciados entre los hombres, son ensalzados como las únicas cosas de valor. Tal es la obra del Evangelio, de la cual el mensaje de Juan era una parte. DTG 108.9

Los rabinos continuaron preguntando: “¿Por qué pues bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?” Las palabras “el profeta” se referían a Moisés. Los judíos se habían inclinado a creer que Moisés sería resucitado de los muertos y llevado al cielo. No sabían que ya había sido resucitado. Cuando el Bautista inició su ministerio, muchos pensaron que tal vez fuese el profeta Moisés resucitado; porque parecía tener un conocimiento cabal de las profecías y de la historia de Israel. DTG 108.10

También se creía que antes del advenimiento del Mesías, Elías aparecería personalmente. Juan salió al cruce de esta expectación con su negativa; pero sus palabras tenían un significado más profundo. Jesús dijo después, refiriéndose a Juan: “Y si queréis recibirlo, éste es Elías, el que había de venir.” Juan vino con el espíritu y poder de Elías, para hacer una obra como la que había hecho Elías. Si los judíos le hubiesen recibido, esta obra se habría realizado en su favor. Pero no recibieron su mensaje. Para ellos no fué Elías. No pudo cumplir en favor de ellos la misión que había venido a realizar. DTG 109.1

Muchos de los que estaban reunidos al lado del Jordán habían estado presentes en ocasión del bautismo de Jesús; pero la señal dada entonces había sido manifiesta para unos pocos de entre ellos. Durante los meses precedentes, durante el ministerio del Bautista, muchos se habían negado a escuchar el llamamiento al arrepentimiento. Así habían endurecido su corazón y obscurecido su entendimiento. Cuando el Cielo dió testimonio a Jesús en ocasión de su bautismo, no lo percibieron. Los ojos que nunca se habían vuelto con fe hacia el Invisible, no vieron la revelación de la gloria de Dios; los oídos que nunca habían escuchado su voz, no oyeron las palabras del testimonio. Así sucede ahora. Con frecuencia, la presencia de Cristo y de los ángeles ministradores se manifiesta en las asambleas del pueblo; y, sin embargo, muchos no lo saben. No disciernen nada insólito. Pero la presencia del Salvador se revela a algunos. La paz y el gozo animan su corazón. Son consolados, estimulados y bendecidos. DTG 109.2

Los diputados de Jerusalén habían preguntado a Juan: “¿Por qué, pues, bautizas?” y estaban aguardando su respuesta. Repentinamente, al pasear Juan la mirada sobre la muchedumbre, sus ojos se iluminaron, su rostro se animó, todo su ser quedó conmovido por una profunda emoción. Con la mano extendida, exclamó: “Yo bautizo con agua; pero en medio de vosotros está uno, a quien no conocéis, el mismo que viene después de mí, a quien no soy digno de desatar la correa de su zapato.” DTG 109.3

El mensaje que debía ser llevado al Sanedrín era claro e inequívoco. Las palabras de Juan no podían aplicarse a otro, sino al Mesías prometido. Este se hallaba entre ellos. Con asombro, los sacerdotes y gobernantes miraban en derredor suyo esperando descubrir a Aquel de quien había hablado Juan. Pero no se le distinguía entre la multitud. DTG 110.1

Cuando, en ocasión del bautismo de Jesús, Juan le señaló como el Cordero de Dios, una nueva luz resplandeció sobre la obra del Mesías. La mente del profeta fué dirigida a las palabras de Isaías: “Como cordero fué llevado al matadero.” Durante las semanas que siguieron, Juan estudió con nuevo interés las profecías y la enseñanza de las ceremonias de los sacrificios. No distinguía claramente las dos fases de la obra de Cristo—como sacrificio doliente y como rey vencedor,—pero veía que su venida tenía un significado más profundo que el que discernían los sacerdotes y el pueblo. Cuando vió a Jesús entre la muchedumbre, al volver él del desierto, esperó confiadamente que daría al pueblo alguna señal de su verdadero carácter. Casi impacientemente esperaba oír al Salvador declarar su misión; pero Jesús no pronunció una palabra ni dió señal alguna. No respondió al anunció que hiciera el Bautista acerca de él, sino que se mezcló con los discípulos de Juan sin dar evidencia externa de su obra especial, ni tomar medidas que lo pusiesen en evidencia. DTG 110.2