Fecha: Noviembre-Diciembre del año 27
Lugar: Betábara (Betania, al otro lado del Jordán)
«Al día siguiente, ve a JESÚS que viene hacia él, y dice: ¡He aquí el Cordero de DIOS, que carga el pecado del mundo! Este es de quien yo dije: Detrás de mí viene un varón que ha estado delante de mí, porque era primero que yo. Y yo no lo conocía, mas para que fuera manifestado a Israel, por eso vine yo bautizando en agua. Y Juan dio testimonio, diciendo: He contemplado al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre Él. Y yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar en agua, Él me dijo: Sobre quien vieras que desciende el Espíritu y permanece sobre Él, ése es el que bautiza en Espíritu Santo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de DIOS.» (Juan 1:29-34)
Al día siguiente, Juan vió venir a Jesús. Con la luz de la gloria de Dios descansando sobre él, el profeta extendió las manos diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es del que dije: Tras mí viene un varón, el cual es antes de mí: … y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por eso vine yo bautizando con agua…. Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y reposó sobre él. Y yo no le conocía; mas el que me envió a bautizar con agua, Aquél me dijo: Sobre quien vieres descender el Espíritu, y que reposa sobre él, éste es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio que éste es el Hijo de Dios.” DTG 110.3
¿Era éste el Cristo? Con reverencia y asombro, el pueblo miró a Aquel que acababa de ser declarado Hijo de Dios. Todos habían sido profundamente conmovidos por las palabras de Juan. Les había hablado en el nombre de Dios. Le habían escuchado día tras día mientras reprendía sus pecados, y diariamente se había fortalecido en ellos la convicción de que era enviado del cielo. Pero, ¿quién era éste mayor que Juan el Bautista? En su porte e indumentaria, nada indicaba que fuese de alta jerarquía. Aparentemente, era un personaje sencillo, vestido como ellos, con la humilde vestimenta de los pobres. DTG 110.4
Había entre la multitud algunos de los que en ocasión del bautismo de Cristo habían contemplado la gloria divina y oído la voz de Dios. Pero desde entonces el aspecto del Salvador había cambiado mucho. En ocasión de su bautismo, habían visto su rostro transfigurado por la luz del cielo; ahora, pálido, cansado y demacrado, fué reconocido únicamente por el profeta Juan. DTG 111.1
Pero al mirarle, la gente vió un rostro donde la compasión divina se aunaba con la conciencia del poder. Toda mirada de sus ojos, todo rasgo de su semblante, estaba señalado por la humildad y expresaba un amor indecible. Parecía rodeado por una atmósfera de influencia espiritual. Aunque sus modales eran amables y sencillos, daba a los hombres una impresión de un poder escondido, pero que no podía ocultarse completamente. ¿Era éste Aquel a quien Israel había esperado tanto tiempo? DTG 111.2
Jesús vino con pobreza y humillación, a fin de ser tanto nuestro ejemplo como nuestro Redentor. Si hubiese aparecido con pompa real, ¿cómo podría habernos enseñado la humildad? ¿Cómo podría haber presentado verdades tan terminantes en el sermón del monte? ¿Dónde habría quedado la esperanza de los humildes en esta vida, si Jesús hubiese venido a morar como rey entre los hombres? DTG 111.3
Sin embargo, para la multitud parecía imposible que el ser designado por Juan estuviese asociado con sus sublimes esperanzas. Así muchos quedaron chasqueados y muy perplejos. DTG 111.4
Las palabras que los sacerdotes y rabinos tanto deseaban oír, a saber, que Jesús restauraría ahora el reino de Israel, no habían sido pronunciadas. Tal rey habían estado esperando y por él velaban; y a un rey tal estaban dispuestos a recibir. Pero no querían aceptar a uno que tratase de establecer en su corazón un reino de justicia y de paz. DTG 111.5
